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2 de Mayo del 2023
Historias
Lectura: 28 minutos
2 de Mayo del 2023
Esteban Salazar* y Daniela Garzón** / Razón Pública
Petro con los suyos y las calles: ¿una radicalización democrática?
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Foto: Razón Pública

 

En menos de una semana se rompió la coalición de gobierno en el Congreso y se cambió casi la mitad del gabinete ¿Hacia dónde va el gobierno Petro?

El revolcón

Del martes 25 de abril en la noche al miércoles 26 a las 2:25 pm todo fue zozobra en el mundo político colombiano.

Después de que, en un trino, el presidente Petro dijera que la coalición política se había acabado por “unos presidentes de partido” al saberse que el Partido Conservador, el Liberal y la U mantenían su negativa a aprobar la reforma a la salud; y de pedir la renuncia de todos los ministros, las especulaciones en torno a quienes salían y quiénes entraban al gabinete mantuvieron entretenidos a politólogos y entusiastas de la coyuntura.

El miércoles, el presidente Petro a través de un comunicado, reveló que, del total de dieciocho ministros, siete serían reemplazados. Estos se suman a los tres reemplazos que hizo hace dos meses, y que incluyeron la salida del ministro de Educación, Alejandro Gaviria. Los nuevos nombres son:

  • Ricardo Bonilla en el Ministerio de Hacienda, en reemplazo de José Antonio Ocampo.
  • Jhenifer Mojica en el Ministerio de Agricultura, en reemplazo de Cecilia López.
  • Luis Fernando Velasco en el Ministerio del Interior, en reemplazo de Alfonso Prada.
  • Guillermo Alfonso Jaramillo en el Ministerio de Salud, en reemplazo de Carolina Corcho.
  • William Camargo en el Ministerio de Transporte, en reemplazo de Guillermo Reyes.
  • Yesenia Olaya en el Ministerio de Ciencia, en reemplazo de Arturo Luna.
  • Mauricio Lizcano en el Ministerio de Tecnologías de Información y las Comunicaciones, en reemplazo de Sandra Urrutia.
  • Y, además, como Lizcano pasa al Min TIC, el nuevo director del Departamento Administrativo de la Presidencia es Carlos Ramón González.

Así las cosas, con este nuevo gabinete Petro manda los siguientes mensajes:

  1. Se rodea de gente que ya ha trabajado con él. Con los nombramientos de Bonilla y Jaramillo tiene en el gabinete a tres de sus exsecretarios como alcalde de Bogotá, junto con Susana Muhamad que se mantiene en el Ministerio de Ambiente.
  2. Aunque saca a Carolina Corcho, una de las ministras más polémicas de estos ocho meses, su apuesta en la reforma de salud se mantiene con Jaramillo, quien ha dicho que van a seguir buscando que la Administradora de los Recursos del Sistema General de Seguridad Social en Salud (ADRES) sea la pagadora directa de los servicios que prestan las Instituciones Prestadoras de Servicios de Salud (IPS).
  3. Por ahora, deja sin representación a los partidos Conservador y La U, pero no así al Partido Liberal, pues ni Catalina Velasco ni Néstor Osuna salieron de sus cargos.
  4. Le apuesta a ahondar la disidencia liberal que está revelándose contra César Gaviria, y que está siendo apoyada por congresistas como Dolcey Torres (de la familia Torres Villalba, cercanos a Armando Benedetti), María Eugenia Lopera (ficha del exsenador Julián Bedoya) y Andrés Calle. La interlocución de Luis Fernando Velasco como ex liberal y uno de los duros críticos de Gaviria desde el Min Interior con el Congreso probablemente ahondará las tensiones dentro del partido.
  5. Mantiene dentro del gobierno a una sola de las cuatro personas que manifestaron críticas a la reforma a la salud, el director de Planeación Nacional, Jorge Iván González.
  6. Se aleja del centro, pues incluye en su gabinete a personas con una trayectoria menos reconocida pero que creen más en sus ideas. Así, por ejemplo, en Agricultura, nombra ministra a una mujer joven abanderada del movimiento campesino y que dice trabajará por acelerar la reforma agraria y la compra de predios.
  7. Profundiza sus relaciones con el ala de la Alianza Verde más cercana a él, al dejarle el manejo del DAPRE a Carlos Ramón González, quien ha sido su puente con ese partido, y quien riñe con políticos como Claudia López o Angélica Lozano.
  8. Sale de su “fiel de balanza”, el ahora exministro de Hacienda José Antonio Ocampo, quien se había convertido en la figura que representaba de mejor manera la calma y la moderación especialmente para los detractores.
  9. Muestra, de nuevo, que su talante no es el de un político de jugadas milimétricas, sino el de alguien que está dispuesto a jugarse todo su capital político para cumplir sus promesas de campaña.

Para Petro, no importa el método sino el resultado: sacar adelante el cambio.

Con el cambio de gabinete, Petro les deja claro a los partidos que no está dispuesto a tolerar sus chantajes, y que prefiere mantenerse en su visión del “cambio” que negociar reformas que podrían considerarse “cosméticas”.

Carolina Corcho - Aunque Petro sacó a Carolina Corcho del gabinete, su apuesta por la reforma a la salud se mantiene con Guillermo Alfonso Jaramillo. Foto: Twitter

Petro, o la apuesta por la “radicalización democrática”

Sin duda Petro ha sido siempre un político audaz. En el fondo de sus convicciones está el representar “la voluntad popular” y para ello utiliza el entusiasmo y los golpes de opinión como una manera de impulsar sus ideas más controversiales, que al tiempo han sido las que más le han traído rédito político. Esto se debe, en parte, a la propia naturaleza heredada del M-19: una guerrilla urbana sin aspiraciones de tomarse el poder, como las FARC, o de resistir eternamente, como el ELN; sino de dar sendos golpes en la agenda pública para ganar adeptos.

Aunque no puede negarse que durante los cuatro años que llevan desde su primera aspiración en 2018 a su victoria en 2022 mostró un lado más moderado y con capacidad de negociación, hoy asistimos al fracaso del intento de meter “a la fuerza” a tres partidos que tienen realmente pocas coincidencias con su visión de país.

La luna de miel con su supuesta “aplanadora legislativa” no aguantó ni el primer año del Congreso.

Ese rompimiento se debe sobre todo al gran paquete de reformas que pretendía pasar antes del 20 de julio de 2023.  El florero de discordia, sin duda, fueron las reformas sociales —salud, laboral y pensional— que mantienen, junto con la reforma agraria, el corazón de la apuesta petrista: un papel mucho más importante del Estado, como herramienta para luchar contra la desigualdad y garantizar una mejor vida para los más desfavorecidos.

Para los jefes y para muchos miembros de los partidos, esto ha implicado una ruptura con el consenso de todos los gobiernos anteriores (poca intervención en la economía, dejar buena parte de la administración o disposición de los recursos públicos en manos de privados, etc…). A esta ruptura ideológica se suma el intento de cambiar un Congreso dedicado a negociar prebendas para pasarle los proyectos al Ejecutivo, a sentarse a pensar si las reformas afectan o no el otro conjunto de intereses que ellos sí representan —como los de los gremios— o que podrían limitar su margen de intermediación y de gestión de recursos públicos, fuente primaria de su poder.

La oportunidad de obtener avales en cualquier partido de los 33 que hoy existen, también ha hecho que dentro de los partidos consolidados los congresistas tengan menos miedo de llevarle la contraria a sus directivas, pues sería realmente fácil “saltar de barco”. En esto, el liderazgo que más se ve amenazado es el de César Gaviria.

Con el cambio de gabinete, Petro les deja claro a los partidos que no está dispuesto a tolerar sus chantajes, y que prefiere mantenerse en su visión del “cambio” que negociar reformas que podrían considerarse “cosméticas”. Así, el nuevo gabinete es una forma de refugiarse en los suyos: en personas que probablemente considera leales a su proyecto político y a los que llama a hacer tanto como puedan desde sus carteras, sin depender del legislativo.

A la vez, Petro ha decidido empezar a jugarse una carta que conoce bien: el del llamado a la movilización social. Fue en las calles donde se aseguró de mantenerse en el Palacio Liévano cuando Alejandro Ordóñez intentó sacarlo —e invocando a la Corte Interamericana de Derechos Humanos— y ha sido allí, en las plazas públicas, donde su proyecto político ganó mayor aceptación. Aquí es donde entra el llamado a las movilizaciones hoy, primero de mayo, y el que ha hecho reiteradamente a los sectores populares para “defender las reformas en las calles”, y así presionar al Congreso.

Con el nombramiento de Jhenifer Mojica en el Ministerio de Agricultura, por ejemplo, el presidente apela a sectores organizados y que pueden actuar de manera colectiva, como los indígenas o los campesinos, se sientan representados y tenidos en cuenta. Y así, Colombia entra en un nuevo periodo de “gobierno 2.0” o de “radicalización democrática”.

Qué esperar

Esta “radicalización” muestra que Petro quiere mantener la agenda frenética en la que ha mantenido a la opinión pública desde su posesión. Al tiempo, que no está dispuesto a “establecer prioridades” en dos o tres asuntos, sino que seguirá impulsando una especie de “todo en todas partes al mismo tiempo”, múltiples frentes de batalla con “alfiles” más dispuestos a darse las peleas más duras o que tienen más experiencia dándolas, como la de la redistribución de la tierra.

Los frentes de batalla ahora no están solo en la negociación con el Congreso y sobre la base de acuerdos burocráticos, sino desde los ministerios y en las calles. Aunque el rompimiento de la coalición de gobierno significa estrechez en el margen de gobernabilidad, para Petro no tiene sentido tener mayorías de papel.

A la vez demuestra que no ahorrará esfuerzos para defender a los ministros que sí le han copiado su visión de país: de allí que Irene Vélez, Iván Velásquez y Susana Muhamad se mantengan sin novedad en el gabinete.

Como señala Hernando Gómez Buendía en esta edición, el gobierno de Petro es uno de los desafíos más grandes que ha tenido el orden conservador colombiano en sus más de doscientos años. Una novedad para un país al que le ha costado mucho llegar a ese “momento pendular” de las democracias liberales maduras, y para instituciones que son tan duras de mover como los elefantes.

Los frentes de batalla ahora no están solo en la negociación con el Congreso y sobre la base de acuerdos burocráticos, sino desde los ministerios y en las calles. Aunque el rompimiento de la coalición de gobierno significa estrechez en el margen de gobernabilidad, para Petro no tiene sentido tener mayorías de papel.

Ese desafío tiene de protagonista un hombre que sigue jugando dentro de los márgenes institucionales y eso no deja de ser apreciable. Por mucho que asuste un periodo de turbulencia y caos, Petro utiliza las herramientas que tiene como presidente, y hasta ahora, no parece tener en mente aventurarse a alguna idea como una constituyente, que abriría un periodo de incertidumbre aún mayor.

En todo caso, el presidente tiene clara una sola cosa: no vale la pena llegar al poder en nombre del cambio solo a decir que lo intentó. Nunca nadie pensó que este gobierno sería aburrido.

* Las opiniones expresadas son responsabilidad de los autores.

La versión original de este artículo aquí

 

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Petro, ahora sí

POR HERNANDO GÓMEZ BUENDÍA*

Un análisis histórico, contextual y prospectivo del giro del gobierno de Gustavo Petro. Cábalas que tal vez ayuden a navegar mejor en lo que viene

Lo que está en juego

Las preguntas de fondo que se abrieron con la elección del primer gobierno de izquierda en la historia de Colombia fueron dos:

  • ¿Será que Gustavo Petro rompe el orden conservador, o será que el orden conservador absorbe a Gustavo Petro?
  • ¿Será que se mantiene la democracia republicana, o será que se rompe ese sistema político?

El orden conservador de Colombia es un acuerdo entre las elites de los partidos conservador y liberal que se empezó a forjar desde hace más de un siglo y que se basa en los siguientes principios: ortodoxia en el manejo de la política macroeconómica, adhesión geopolítica a Estados Unidos, debilidad de las organizaciones populares, concesión gradualista de los derechos sociales, e intermediación por parte de los políticos en la ejecución del gasto público.

La estabilidad de ese orden conservador diferencia a Colombia de sus vecinos latinoamericanos y ha hecho además posible la permanencia de nuestra democracia republicana, cuyos pilares a su vez son la elección popular de las autoridades y la separación de los poderes del Estado.

Claro está que habíamos tenido breves interludios militares (el de Melo en el siglo XIX y el de Rojas en el siglo XX) y que el orden conservador había sido sometido a duras pruebas, particularmente entre 1930 y 1957. Pero la prueba que empezamos a vivir con la elección del presidente Petro podría ser todavía más severa.

Esta prueba se venía gestando desde hace mucho tiempo, y se dramatizó con la crisis social sin precedentes o la “tormenta perfecta” que a su vez permitió la elección del primer presidente en dos siglos que nunca militó en el Partido Conservador ni en el Partido Liberal. La pandemia del 2020, el desempleo y la pobreza en niveles que nunca habíamos tenido, la desigualdad entre las más altas del mundo, las protestas masivas también sin precedentes, la represión policial y un rival desconocido (un tal Hernández) se sumaron —y apenas si alcanzaron —para tener por fin un presidente alternativo.

La pregunta de ahora es si con Petro vamos a recorrer — o hasta dónde vamos a recorrer —el camino de otras izquierdas latinoamericanas, que comenzaron por radicalizar el discurso, movilizar los sectores populares y disparar el gasto público, todo lo cual desestabilizó la economía, agravó la polarización y desembocó eventualmente en el autoritarismo de izquierda —o un golpe de Estado de derecha.

La pregunta es si el orden conservador resiste y si la democracia resiste.

El personaje 

El presidente que elegimos esta vez es un economista de pregrado con un dudoso posgrado en Bélgica, que sin embargo tiene teorías sobre todas las cosas, habla más de lo que sabe y es más ducho en denunciar que en diseñar. Por eso no es fácil trabajar con él, también por eso por eso quiere que sus colaboradores trabajen en función de sueños.

Gustavo Petro tiene un discurso y unos instintos de izquierda tan evidentes como el discurso y los instintos de derecha de Uribe. Digo esto porque cada ideología es una cárcel para el pensamiento, o una manera de ver el mundo que nos impide ver el mundo ajeno.

La pregunta de ahora es si con Petro vamos a recorrer — o hasta dónde vamos a recorrer —el camino de otras izquierdas latinoamericanas, que comenzaron por radicalizar el discurso, movilizar los sectores populares y disparar el gasto público, todo lo cual desestabilizó la economía, agravó la polarización y desembocó eventualmente en el autoritarismo de izquierda —o un golpe de Estado de derecha.

Presidencia de la República - Después de la ruptura de la coalición, el presidente Petro podría optar por las movilizaciones sociales. Sin embargo, estas tienen algunos límites, por ejemplo, que las personas no han recibido beneficios tangibles del gobierno. Foto: Facebook

En el discurso de Petro se subrayan la apuesta por los pobres, la intervención del Estado, la paz por vía negociada, la protección del medio ambiente y la afiliación con el “sur global”. Las ideologías, sin embargo, son silencios, y Petro subestima o desconfía del mercado, de las industrias extractivas, de las Fuerzas Armadas y de Estados Unidos. Estas son sus coordenadas mentales, los referentes que se asoman detrás de sus intervenciones públicas y sus conversaciones privadas.

En cuanto a la democracia, el ahora presidente se enorgullece de haber sido guerrillero, pero llevaba 32 años de lucha electoral y de ejercer cargos públicos con sujeción a la ley. En cuanto al orden social, el M19 fue una guerrilla bolivariana, no propiamente comunista, sino más bien populista, un socialismo de frente amplio o un “pacto histórico” que trata de agrupar la vieja izquierda, la socialdemocracia y las luchas de las nuevas ciudadanías (de género, de etnia, ambientalistas…). De aquí la conformación y las tensiones internas del Pacto Histórico (PH), como también la ambigüedad —y el margen de maniobra dentro del cual se puede negociar con Petro—.

Digo todo lo anterior porque la personalidad del líder cuenta, y en Petro creo encontrar la “madera” de un caudillo, pero también la de un político curtido en el oficio de “cañar” y negociar.

Petro, en resumen, puede llegar tan lejos —o tan cerca— como se lo impongan los demás actores.

Las tensiones

Y es porque la personalidad del presidente no es lo decisivo: lo decisivo son las fuerzas sociales.

Si dependiera solamente de él, Petro empujaría este país hacia la izquierda, con argumentos tan legítimos como que ganó las elecciones, que su mandato es hacer realidad la soñadora Carta de derechos del 91 o implementar el Acuerdo con las FARC. Hay muchas cosas, sin embargo, que no dependen de él, y de aquí surgen las pujas que están por definirse en estos días.

La primera barrera es el Congreso. Petro tuvo el acierto de integrar su coalición con tres partidos de la centroderecha para aprobar la inevitable reforma tributaria y algunas otras leyes. Las reformas sociales, sin embargo, son más sensitivas, y el proyecto de salud fue el motivo de la crisis; la cuestión del momento es si se ahogan los proyectos o si se alcanza algún acuerdo en el Congreso.

Al declarar rota la coalición, el presidente comenzó a apelar a la carta que podría ser su fuerte: las movilizaciones populares. No cabe duda de que el PH tiene casi el monopolio de los nexos con las organizaciones de base, y que ahora con apoyo del gobierno podrían movilizarse en gran escala. Pero esta carta tiene tres límites potentes:

  • La mayoría de la gente no ha recibido beneficios tangibles del nuevo gobierno, la inflación y la inseguridad han persistido, y la popularidad del presidente ha caído bastante en las encuestas.
  • Los movimientos sociales en este país conservador han sido excepcionalmente débiles y dispersos (no somos Bolivia ni Ecuador, tampoco somos Argentina ni Chile, tampoco somos México…).
  • Las protestas callejeras se auto derrotan porque la gente del común paga los platos rotos, y en este caso además sería un gobierno de izquierda el que saca (o no saca) policías a las calles.

Los medios registrarán las movidas en el Congreso y las marchas callejeras, pero detrás de la unas y las otras se moverán los factores profundos de poder en el país conservador:

  • Primero y por supuesto los jueces que, con razón o sin ella, han tenido hasta ahora la última palabra (y Petro lo aceptó como alcalde); el Fiscal y el Consejo de Estado ya han puesto frenos a Petro, la reforma de la salud podría caerse en la Corte…
  • Segundo y en silencio, las Fuerzas Armadas que se sienten o han quedado a la deriva, y cuyo giro de 180 grados es la tarea más difícil del “gobierno del cambio”.
  • Tercero, los inversionistas dispuestos a castigar acciones no ortodoxas, los gremios y los “tres dueños” del país que suman tantos recursos.
  • Cuarto, el gobierno de Estados Unidos, que más allá de la utilidad de Petro en su relación con Venezuela y el acuerdo retórico sobre cambio climático, siguen y seguirán teniendo sus ojos sobre el narcotráfico.
  • Y quinto, aunque la izquierda no lo vea, el conservadurismo de la clase media y buena parte de las clases populares que se asustan del cambio en el país conservador que somos (pregúntenselo a Uribe).

Los escenarios                     

Hoy lunes 1 de mayo tendremos la primera medición del poder de la calle tras la ruptura de la coalición del gobierno. Parece más probable que no llegue lejos, y que ésta sea un error táctico del presidente Petro.

Esa presión sin embargo puede facilitarle la vida en el Congreso, que como es obvio será el protagonista. Cualquier reforma pasará por el Senado, donde el gobierno tiene un máximo de 40 curules propias o de partidos aliados y la oposición tiene 26 senadores declarados; se necesitan 55 votos, o sea que el gobierno tendría que conseguir por lo menos 15 de los 39 senadores que suman el Partido Conservador, el Liberal y el de la U. Petro espera conseguir la mayoría de estos votos entre los senadores del Partido Liberal, como sugiere el hecho de no haber cambiado a los dos ministros de esta procedencia (Néstor Osuna y Catalina Velasco).

Si dependiera solamente de él, Petro empujaría este país hacia la izquierda, con argumentos tan legítimos como que ganó las elecciones, que su mandato es hacer realidad la soñadora Carta de derechos del 91 o implementar el Acuerdo con las FARC. Hay muchas cosas, sin embargo, que no dependen de él, y de aquí surgen las pujas que están por definirse en estos días.

En el papel entonces, la ruptura de la coalición sería el entierro de las reformas de Petro. Pero por cosas de la historia o por pura coincidencia, los partidos en realidad no existen en Colombia, y en los tres que ahora tienen la sartén por el mango predominan los caciques o los clanes regionales.

Luis Fernando Velasco y Guillermo Alfonso Jaramillo son duchos en estas lides y tratarán de salvar las reformas, comenzando por la de salud. Todos hablarán de convicciones, algunos quizá las tengan, los otros por lo que sabemos —y todos haciendo cuentas para las elecciones de octubre—, los 39 senadores del cuento hundirán, sacarán —o más probablemente cambiarán—las reformas del gobierno del cambio:

  • Si las hunden vendrían la parálisis legislativa del gobierno, la frustración de los que esperan beneficiarse de ellas, Petro recorriendo las plazas y el orden conservador resistiéndose a fondo.
  • Si las sacan como propuso el gobierno…el autor de esta nota quedaría sorprendido.
  • Si las cambian (o sea si negocian puntos serios), tendríamos un hibrido en el sistema de salud, en el régimen pensional y /o en el mercado laboral. Las “líneas rojas” de lado y lado significan que tendríamos lo mejor de los dos mundos…o lo peor de ambos mundos, con sectores populares que ganan y sectores populares que pierden, con la certeza, eso sí, de que los acuerdos en materia laboral serán a costa del empleo formal y los acuerdos en salud y en pensiones serán a costa del erario.

La decisión del Congreso será pues el parteaguas del gobierno Petro:

  • ¿Un movimiento a la izquierda moderado que beneficie al menos por un tiempo a los de abajo, algo que Petro reclamaría como triunfo y al mismo tiempo serían nuevas concesiones del orden conservador, que casi han triplicado el gasto social del Estado en los últimos treinta años?
  • ¿Un presidente que escala la retórica, convierte en plebiscito las elecciones que vienen, y a punta de decretos intenta que el país vire a la izquierda? ¿Unas Cortes y unos poderes fácticos que por eso se ocupan de bloquearlo y de esperar los tres años que faltan?
  • ¿Un presidente que a base del discurso y —más de fondo — de las frustraciones y las injusticias y las exclusiones y los no futuros de tantos y de tantas, utiliza la palanca del poder que ahora tiene para saltar al país de sus sueños…? Un salto que en el mediano sería pesadilla para todos, o en todo caso, para los poderosos que antes de ello optarían por prescindir de la democracia.

¿Será que Petro rompe el orden conservador, será que es absorbido por ese orden? ¿Será que en el proceso se mantiene nuestra frágil democracia?

La versión original de este artículo aquí

 

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Petro con los suyos y las calles: ¿una radicalización democrática?
 


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