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28 de Noviembre del 2016
Historias
Lectura: 14 minutos
28 de Noviembre del 2016
Patricio Crespo Coello
¿Podremos vivir junto a Donald Trump?

El 2017 empezará con la posesión del magnate norteamericano en la Casa Blanca. El suceso motiva varios análisis en América Latina. 

 

El hecho es que tendremos que vivir junto con Donald y no será fácil, pues el nuevo presidente de los Estados Unidos representa a su nación, a sus miedos y deseos más profundos, y aunque pueda ser destituido en unos meses, el problema que él expresa seguirá vivo, quizás más vivo que antes

El mundo de la política envía señales de agotamiento de la democracia y, en particular, de las opciones liberales y socialdemócratas. Cansancio y escepticismo sobre la institucionalidad de los Estados modernos de derecho, de la misma globalización y de los procesos de integración y de cohesión social intercultural.

El triunfo del Brexit, la elección de Trump, los recientes triunfos de líderes pro-rusos en Bulgaria y Moldavia, el ascenso progresivo de las opciones de derecha e izquierda nacionalistas en Francia, Italia, España y en Alemania. Los liderazgos autoritarios en América Latina. Incluso, el triunfo del No en el referéndum sobre  los acuerdos de paz en Colombia. Crecen en el mundo las respuestas autoritarias frente a los procesos de globalización. ¿Por qué sucede esto? ¿Cuáles son las motivaciones profundas que movilizan a numerosos ciudadanos? Incertidumbre, complejidad, desencanto con utopías e ideas de progreso, decepción con los valores de la modernidad, parecería que son algunos de los síntomas de los actuales momentos.

Incertidumbre, complejidad, desencanto con utopías e ideas de progreso, decepción con los valores de la modernidad, parecería que son algunos de los síntomas de los actuales momentos.

Dos registros de dilemas globales

Las ideas que dieron origen a la modernidad ya no tienen la potencia de antes, o dejaron de ser significativas para mucha gente. Un Estado nación que organiza la convivencia social bajo las ideas del orden y del progreso. Individuos que asumen su libertad bajo un marco normativo fundado en los derechos naturales de las personas. La creencia en la democracia como la mejor opción que vincula, por medio de una ley construida por todos, a aquellos que son parte del contrato social. La idea de un Estado laico que discrimina, en el ámbito público, la vida civil de la religiosa y que se organiza jurídicamente sin consideración a una u otra opción religiosa.

A continuación se presentan dos ejemplos que colocan en cuestión algunos de los valores de la modernidad.

• El automóvil, durante todo el siglo XX, fue un símbolo de la modernidad. El individuo, propietario de un vehículo, que usa la dirección de manera autónoma para dirigirse al destino que le plazca. Se decía que al automóvil no podía faltarle la capacidad individual de movilización y, especialmente, el volante, pues este último medio tecnológico garantiza la libertad individual de conducción. Sin embargo, en estos últimos años, se han producido dos fenómenos tecnológicos y de comunicación digital que pueden cambiar estos conceptos fundacionales del automóvil: la dirección automática que, potencialmente, no requiere de un conductor y, por medio de servicios como Uber, la ruptura del paradigma de uso individualizado del automóvil.

• Hace pocos días, un familiar cercano, creyente y practicante, contrajo matrimonio con una mujer extranjera. El matrimonio se celebró en las oficinas del Registro Civil en Quito. La funcionaria de esa dependencia pública, luego de los procedimientos jurídicos de rigor y dentro del mismo solemne acto, ofreció una amable y sentida prédica religiosa. La sala del Registro Civil se convirtió, por pocos minutos, en un templo en el que se veneraba a Jesús.

En el caso del automóvil, el auto sin conductor y el uso colectivo y programado de los vehículos con las herramientas de la tecnología satelital, puede constituir una opción al concepto moderno de libertad individual. ¿Dejó de ser relevante la libertad individual en la conducción del automóvil? ¿La propiedad privada sobre los autos empieza a perder sentido?

Y, en el caso del matrimonio civil, aunque el ejemplo es marginal, quizás muestre que las normas elementales de un Estado laico están también en discusión. Con la irrupción de las minorías desde el escenario privado hacia el público, acaso terminen por cuestionar la separación entre el mundo civil y el religioso. Y surge la pregunta: ¿está en cuestión el concepto moderno de laicismo? ¿Si las personas son parte de comunidades religiosas, entonces quizás alivien su ansia de identidad y pertenencia llevando sus creencias al ámbito público y reformando el contrato social de un Estado laico?

En el caso del matrimonio civil, aunque el ejemplo es marginal, quizás muestre que las normas elementales de un Estado laico están también en discusión. Con la irrupción de las minorías desde el escenario privado hacia el público, acaso terminen por cuestionar la separación entre el mundo civil y el religioso.

Alain Touraine, en su libro ¿Podremos vivir juntos?, muestra, desde diversas perspectivas, que la contradicción fundamental de la actual “baja modernidad” se da entre dos mundos: el mundo de la economía globalizada y el mundo de las identidades culturales. La economía globalizada genera complejas dinámicas que ponen en cuestión las principales conquistas de la modernidad, especialmente la noción de un Estado nación que ordena las relación de los individuos y los grupos por medio del derecho y de la educación. Las nuevas tecnologías al servicio de la transmisión global de capitales, bienes y servicios y del consumo simbólico, rompen con los límites que los Estados nación establecían en términos de cohesión social. Esta realidad del mundo actual coloca a las naciones, a las comunidades, a las familias y a los individuos en una situación de incertidumbre, de afectación de sus principios organizadores de la  vida social. Las identidades culturales se sienten seriamente amenazadas por la globalización y, como respuesta para aliviar la necesidad de cohesión, pertenencia e identidad, proliferan las formas autoritarias de homogeneización. Constituyen una forma de sostén y de generación de orden frente al caos operado por la racionalidad instrumental de la economía global.

La proliferación de los autoritarismos

En la serie House of cards, producida por Netflix, se muestra la manipulación política en una lógica donde el poder solo busca su reproducción. Los políticos son como operarios de una maquinaria que requiere del cálculo político, sin importar, realmente, lo que la gente quiera o necesite. O, para ser más preciso, lo que la gente quiere o necesita solo adquiere sentido si tiene una función política en la reproducción del poder. Esta lógica de manipulación progresivamente genera distancias insalvables entre el poder y la representación, entre la vida de la gente y la lógica con la que operan los políticos. Finalmente, la gente deja de creer en la democracia. Y resulta que una serie de entretenimiento, producida por una red global de comunicación, es la que devela esto. Ahí está lo crítico. Y también lo verdaderamente interesante.

Es decir, el discurso crítico acerca de la democracia contemporánea se presenta al debate mundial ya no por los movimientos sociales, sino por una producción audiovisual global. Quizás sin saberlo, o deseándolo, House of cards, es un llamado al autoritarismo y a las soluciones mesiánicas alentadas por caudillos populistas.

Si se piensa en Hillary Clinton, su discurso se inscribe claramente en los valores de la modernidad: democracia, libertad, inclusión de los inmigrantes, defensa de los derechos de las minorías, desarrollo económico, honrar los tratados y acuerdos económicos internacionales, apertura global, cambio climático y respeto a los acuerdos en el marco del Sistema de las Naciones Unidas. El discurso de Trump es contrastante: proteccionismo, ruptura de los tratados comerciales, expulsión de los inmigrantes ilegales, reivindicación del excepcionalismo norteamericano, homofobia, negación del cambio climático y, en general, un llamado a la identidad nacional y étnica sobre un imaginario de supremacía de los blancos. Trump representa el miedo nacional frente a la globalización y sus amenazas. El miedo y la ira a perder la preeminencia global de Norteamérica frente a China y a Europa. En este miedo, como Rusia no es competencia, bien puede ser un aliado. Es sintomático, el miedo no es al poderío nuclear, el miedo contemporáneo es al desplazamiento competitivo.

El problema no es Trump, el problema es que millones de norteamericanos, como se ha dicho, norteamericanos tipo Homero Simpson, se ven representados en él. Trump dice lo que ellos quieren escuchar.

Y el problema no es Trump, el problema es que millones de norteamericanos, como se ha dicho, norteamericanos tipo Homero Simpson, se ven representados en él. Trump dice lo que ellos quieren escuchar. Como en el Brexit, los jóvenes globalizados no pueden entender el voto por un sujeto atrabiliario, un zafio en toda la extensión de la palabra, que se alzó con la función del más alto poder de la mayor potencia del mundo.

Sin embargo, para entender a Trump, el camino equivocado es la descalificación sin más. Hay que comprender los resortes que él acciona y por qué esos resortes dinamizan procesos tan complejos. Aunque no lo previó Touraine, en su libro se encuentran las claves para entender por qué triunfaron el Brexit y Trump.

Según Touraine, en la baja modernidad se vive, antes que una posmodernidad, una des-modernización. Los valores sobre los que se construyó la modernidad están ahora en crisis. Quizás las ideas de libertad individual y de democracia que constituyeron pilares de la “alta modernidad” dejaron de ser significativas o relevantes para amplios sectores de la población mundial. Estas ideas incorporaban promesas y una utopía que quizás no rinden los frutos esperados, o bien se las dieron por descontadas y simplemente dejaron de ser valoradas. ¿Habrá que valorarlas nuevamente cuando los autoritarismos las destruyan? ¿O hay que pensar que están ya destruidas y por esto surgen los autoritarismos homogeneizantes?

El autoritarismo nacionalista o de homogeneización y de cohesión social de comunidades y culturas genera un alivio frente a la incertidumbre y a la falta de identidad provocada por la globalización. Las personas son seducidas por estos líderes, porque requieren de una argamasa que les haga sentir parte de una comunidad homogénea, de una nación, de una etnia, de una religión. Estar protegidos frente al mundo, dejar de ser olvidados en esta vorágine de cambios globales que a todos descoloca. Si lo aquí planteado tiene un fundamento, es posible que aquellos que ya forman parte de comunidades, por ejemplo religiosas, no requieran de un líder autoritario, pues ya tienen su propio mesías.

En cualquier caso, la proliferación de opciones de ultra derecha, de Estados teocráticos y de una izquierda estalinista que reivindican liderazgos autoritarios con un discurso nacionalista y proteccionista, constituyen una respuesta paranoica frente a los desafíos de la globalización. Pero tampoco esto significa que la racionalidad instrumental que opera con la globalización, como una máquina arrasadora de las diversidades y las identidades culturales, sea una opción para la humanidad. En otras palabras, se deben buscar opciones democráticas que conserven lo mejor de la modernidad, aprovechando los beneficios de la globalización, pero evitando pérdidas esenciales relativas a la cohesión social y a la diversidad cultural.

El hecho es que tendremos que vivir junto con Donald y no será fácil, pues el nuevo presidente de los Estados Unidos representa a su nación, a sus miedos y deseos más profundos, y aunque pueda ser destituido en unos meses, el problema que él expresa seguirá vivo, quizás más vivo que antes. Y tendremos que profundizar nuestra comprensión de fenómenos contemporáneos de proliferación de todo tipo de autoritarismos, para prevenir una nueva edición de los totalitarismos del siglo XX, en un siglo XXI con una capacidad destructiva de la que no disponían ni Stalin ni Hitler.

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