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3 de Enero del 2016
Historias
Lectura: 21 minutos
3 de Enero del 2016
Redacción Plan V
Relato de una golpiza policial

Foto: Luis Argüello

Manifestantes se solidarizan con los autodenominados 21 de El Arbolito, en la etapa de apelación de la sentencia, la cual fue negada.

 

Este es el testimonio de Carlos Pástor, estudiante de doctorado de la Universidad Andina Simón Bolívar, detenido entre los llamados 21 de El Arbolito, la tarde y noche del 3 de diciembre del 2015, cuando la mayoría oficialista de Alianza País aprobó las reformas constitucionales. El relato de su detención, maltrato y condena a prisión, y de otras 20 personas, es el relato de lo que será denunciado ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, como abuso arbitrario del poder y violación a los derechos humanos y derechos judiciales.

Soy estudiante de la Universidad Andina Simón Bolívar desde hace cuatro años.  Estoy haciendo el programa de doctorado de Estudios Latinoamericanos y siempre nos han enseñado a pensar la realidad desde el pensamiento crítico. El jueves 3 de diciembre me encontraba en la Universidad y seguía por la redes sociales el debate en la Asamblea. En realidad el debate estaba bastante pobre en términos académicos y de contenidos, y finalmente levantaron las manos cien personas y aprobaron las reformas constitucionales. Esto me causó bastante indignación y entonces salí de la Universidad, caminé por la 12 de Octubre y llegué hasta El Arbolito. Saludé con varios compañeros, con Natalia Sierra, con Pablo Ospina, con dirigentes del FUT, de la Conaie.


Los detenidos durante la audiencia. Carlos Pástor es el primero de la izquierda. Foto: Cortesía

Dieron como las cinco y cuarenta de la tarde, los policías empezaron a lanzar una ráfaga de bombas lacrimógenas. Todo estaba cubierto de gas  y en la parte de la 6 de Diciembre y Tarqui habían alrededor de 70 caballos y en la parte interna del parque había medio centenar de perros, mientras que en la 12 de Octubre había como setenta policías en moto. Después de las bomba lacrimógenas entró por la 12 de Octubre un carro tipo trucutú, con una rampa metálica adelante, a una velocidad aterradora, llevándose por delante todo lo que encontraba; hubo personas que se salvaron de ser atropelladas, y luego todos salieron corriendo, despavoridos. Yo me fui caminando tranquilo, con los compañeros de la Universidad. De repente vi  como una guerra: los caballos pisaban a las personas, a ancianos, a niños; vi cómo unos perros morían el brazo a una anciana, intenté socorrerla pero fui llevado por la marea humana.

Estaba caminando por la vereda que da al hotel Tambo Real, cuando veo que, al frente, en la entrada del ágora de la Casa de la Cultura, Pedro Alcócer, vendedor de caramelos en la Casa de la Cultura y en la Concentración Deportiva de Pichincha, estaba siendo brutalmente golpeado por unos 20 policías.

Así llegué a la 6 de Diciembre, entonces vi en la vereda de al frente a las autoridades y estudiantes de la Universidad. Esto se puso violento, retirémonos, dijeron y así sucedió.  Estaba caminando por la vereda que da al hotel Tambo Real, cuando veo que, al frente, en la entrada del ágora de la Casa de la Cultura, Pedro Alcócer, vendedor de caramelos en la Casa de la Cultura y en la Concentración Deportiva de Pichincha, estaba siendo brutalmente golpeado por unos 20 policías, y César Montúfar estaba a unos diez pasos del  ágora. Ví que César se acercó donde Pedro –que también fue detenido con nosotros- y preguntó a los policías que por qué le golpeaban así.  Entonces le cayeron encima a César unos 20 policías más y lo zarandearon como un trapo viejo, lo tiraron contra el suelo, lo volvieron a levantar y lo arrastraron por la 12 de Octubre. Mi reacción instintiva fue indignarme y crucé la calle, casi mecánicamente, alcancé a tomar su mano y le dije: César, vamos que tenemos clases (Montúfar es director de Estudios latinoamericanos de la UASB. Ndlr.), y pregunté a los policías que porqué agreden al profesor, es profesor de la Andina y tenemos clases, les dije. No terminé de hablar y me dieron un toletazo en las pantorrillas que me obligó a doblar las rodillas, y entonces me tocó el turno de los golpes, del zarandeo contra el piso. Entonces me encerraron entre cuatro escudos policiales y me empezaron a golpear con los mismos mientras me decían que me iba a ir preso también, en medio de insultos como hijueputa, de qué estás protestando.

Entonces llegó otro policía en una moto y me obligaron a subir a toletazos y con los mismos insultos, me obligaron a poner las manos sobre la cabeza y se sentó otro detrás de mío. Me llevaron a alta velocidad, haciendo eses, y como tenía la sensación de que me iba a caer me sujetaba con las manos de la parte baja de la moto, entonces el policía detrás de mí me golpeaba con el tolete en las costillas: ¡que subas las manos hijueputa! Yo le decía: por qué me pegas, me voy a caer, qué te pasa; cuando casi me caigo por ese ajetreo, el policía de atrás me cogió del cabello y me dijo: siéntate bien, hijueputa.  Nos detuvimos a frente a la panadería Ambato y ahí estaba estacionado un carro negro, con las siglas UMO. Cuando se bajó de la moto el policía que me golpeaba con el tolete en las costillas, el policía que manejaba me lanzó un codazo a la cara y me sacó sangre de la nariz. Le reclamé, le dije que era un salvaje, entonces con otros policías me empujaron dentro del carro, que era un bus y donde ya estaban al menos unas seis personas detenidas: reconocí a Cristina, a Jorge Alarcón, a Vicente Chato y a Jorge Domínguez. Uno diez minutos después llevaron a Pedro Alcócer y luego llevaron a César Montúfar. Estábamos preocupados y agitados, entonces llegó un muchacho y nos dijo, no se preocupen compañeros, yo voy a usar las redes sociales, y nos tomó fotos, nos pidió los nombres y cédulas. Le pregunté de qué organización era y nos dijo que era estudiante secundario, tenía corte militar y era fornido. Le pedí su nombre: Juan Pérez, me dijo. Luego empecé a tomar fotos de los detenidos y logré enviar tuits de lo que estaba pasando.  Luego llegó Ecuavisa y entrevistó a César y preguntaron por los otros detenidos. César dijo que yo lo había defendido. Luego nos dijeron que iríamos a Flagrancia, y en el bus estábamos  todos en un espacio de dos metros por uno. Nos llevaron a recorrer la 10 de Agosto, nos llevaron a la Asamblea, por el sector donde los del gobierno habían puesto su tarima. Entonces bajaron a César y a otros dos compañeros para dizque hacer una requisa, y luego subieron de nuevo todos menos César, al que dejaron en la calle y el carro aceleró. César gritó que no lo dejen afuera, que si lo liberaban a él, que liberaran a todos, pero un policía lo retuvo.

A todos nos dijeron que nos paremos en una pared blanca y como a las dos de la mañana llegó una banda de narcotraficantes que había caído y nos pusieron juntos; entonces los narcos nos empezaron a insultar: nos decían tirapiedras.

Nos llevaron a Flagrancia y ahí nos tuvieron desde las siete de la noche hasta las 4 de la mañana, cerca de nueve horas sin decirnos por qué estábamos ahí ni a quién habíamos agredido; nunca nos leyeron nuestros derechos, nunca nos dijeron quién nos detuvo y por qué razón. Nos mantuvieron en un parqueadero de la Unidad de Flagrancia de la Fiscalía.  Cuando llegamos a Flagrancia el muchacho que nos había tomado fotos y pedido los nombres ya nos había preguntado que dónde estudiábamos o qué hacíamos y otras cosas. Luego él desapareció, nunca más lo vimos. Luego llegaron diez detenidos más, entre estos Carlos Michelena, Richard Erazo, Francisco Reinoso… A todos nos dijeron que nos paremos en una pared blanca y como a las dos de la mañana llegó una banda de narcotraficantes que había caído y nos pusieron juntos; entonces los narcos nos empezaron a insultar, nos decían tirapiedras; estuvimos sin agua, sin comida, no nos permitieron ir al baño sino a las dos de la mañana.

Como a las dos y media de la mañana llegó un coronel Duque y nos dijo: señores, soy el coronel Duque, soy su custodio y yo no les detuve a ustedes, no sé porqué están aquí, pero a mi me han dicho que ustedes estuvieron insultando y agrediendo a la Policía, entonces –dijo- yo tengo que hacer un parte,  porque he trabajado ya dos días seguidos y quiero ir a descansar, y si no hago el parte no me van a dejar ir. Voy a hacer un parte donde pondré que lo que ustedes hicieron fue faltar de  palabra a la autoridad, que es una contravención, que no tiene cárcel y en el peor de los casos la sanción será un trabajo comunitario y una multa igual al 10% del salario básico. Y nos dijo que era una forma de ayudarnos, pero nos pidió algo a cambio: que firmemos una hoja donde se decía que sí se nos leyeron nuestros derechos al momento de ser detenidos. Así fuimos pasando, de cinco en cinco, a una oficina donde firmamos el documento. Luego nos hicieron pasar a un consultorio donde estaba un supuesto médico.  Ahí me hizo desvestir y sin revisarme me dijo que no tenía nada; yo le dije que había recibido toletazos en las piernas y un codazo en la nariz. Nada, luego le pedí el nombre, me dijo que no tenía por qué dármelo, le dije que debía hacerlo porque es funcionario público. Luego de eso nos pidieron nuestras pertenencias y luego nos metieron a una celda de dos por tres metros.  En esa celda estuvimos 21 personas, desde las cuatro de la mañana del 4 de diciembre hasta las seis de la tarde de ese día: unas 14 horas, sin agua, sin alimento, sin saber aún de qué nos acusaban.  Antes de entrar a la audiencia llegó un defensor público que tampoco quiso decirnos el nombre, y nos advirtió que él había defendido a detenidos por manifestaciones y que el COIP daba de tres a cinco años por rebelión y si la Fiscalía insistía podían acusarnos de terrorismo. Y nos sugirió que vayamos por el procedimiento abreviado, en el cual –nos explicó- nos declaramos culpables y nos daría entre tres y seis meses de prisión. Pero si hacemos las cosas bien, dijo, nos darían unos quince días.  Todos dijimos que no. Era el primer abogado que veíamos, nunca pudimos ver a nuestros abogados antes de la audiencia. Sabíamos que había un equipo de defensa para nosotros.

En la audiencia, un defensor público defendía a los policías. Era un abogado que no podía leer un nombre, no podía citar un artículo. La acusación contra nosotros fue que habían videos, fotos, testimonios de que habíamos estado con piedras, lanzas y bombas molotov agrediendo a los policías. Los seis testigos, policías, llegaron en calidad de moribundos, con muletas, vestidos con la bata del hospital. A todos y cada uno les preguntaron: díganos por favor si usted reconoce entre estas 21 personas si les lanzaron piedras, bombas molotov o cualquier otro tipo de agresión o insulto.  Ninguno de los seis testigos, incluido un comandante, nos reconoció, a nadie. No había pruebas, no había nadie acusado ni reconocido por haber cometido esa infracción. Entonces el juez, Rafael Pérez Urbano, dijo que teníamos derecho a protestar, pero siempre dentro de los marcos legales. Y si bien ninguno de los policías reconoció a alguno de los 21 detenidos como un agresor,  sí había las pruebas -dijo- de que los 21 estuvieron en El Arbolito, a la misma hora en la que estuvieron los policías agredidos, y por eso nos sancionaba de 15 a 30 días de prisión más una multa, que tocó como a 120 dólares para cada uno de los 21 detenidos. El delito del cual se nos acusó fue falta de palabra a la autoridad. 

No nos dejaron conversar con nadie. En la audiencia nos defendieron varios abogados. Nos pusieron las esposas, nos subieron al carro y en la noche ya nos llevaron al Centro de Detención Provisional de El Inca. Los tres primeros días dormí en el suelo, luego llegó el director y dijo que debían darnos una cama y dos noches más compartí el colchón con un compañero. La celda era muy pequeña, la comida muy mala , el arroz siempre estaba quemado y olía mal, no había agua potable. En 15 días que estuvimos un preso fue acuchillado con el mango afilado de un cepillo de dientes. En esos días habían dejado abierta la llave del gas, y el pabellón Los Ceibos, donde yo estaba, se llenó de gas; pero no había salida de emergencia, no vi un solo extintor, cuando se cerraba la celda no se podía salir. No vi ninguna actividad de rehabilitación, había mucha violencia, se consumía drogas y libre uso de celulares. Un día antes de salir, un hombre que estaba detenido por violencia intrafamiliar, Mario B., se ahorcó. Había sido claustrofóbico y si se supone que en el centro hay tres o cuatro psicologos, nunca se nos preguntó ni vi que preguntaran a nadie sobre su situación. Vi a un joven, Adrían, de 19 años de edad, consumidor de marihuana, que viven en las calles, quien fue detenido -contó- cuando buscaba comida en un cajón de basura. Un defensor público le dijo que había sido detenido por tenencia de drogas y que tenía que pagar entre tres y cinco años de prisión. En el parte pusieron que fue encontrado con cinco paquetes de cocaína. El lo negaba, pero era su palabra contra la Policía, así que una defensora pública le "recomendó" que se sometiera al procedimiento abreviado y le dieron un año de prisión. 

En el pabellón hicimos tres asambleas de presos, con un caporal al frente que resultaba mucho más democrático que el Presidente. La primera asamblea fue para darnos la bienvenida; nos dijeron, los presos, que estaban con nosotros, que pensaban que protestar es un derecho. 

En El Inca estuvimos 20 presos del 3 de diciembre; Cristina fue llevada a la cárcel de mujeres en Chillogallo, al sur de Quito. En El Inca habían varios pabellones, que tenían nombre de barrios: El Condado, La Floresta, San Blas, La Tola, Quito Tenis, y en teoría cada pabellón alberga a detenidos por un solo tipo de delitos o contravenciones. Por ejemplo, en La Tola, solo los presos por no pagar pensiones alimenticias. En el nuestro, Los Ceibos, estuvimos cinco compañeros y estaban. en teoría, solo detenidos por contravenciones de tránsito, pero en realidad había gente detenida por narcotráfico, asesinato, robo... A nosotros nos separaron de a cinco detenidos por pabellón. En el pabellón hicimos tres asambleas de presos, con un caporal al frente que resultaba mucho más democrático que el Presidente. La primera asamblea fue para darnos la bienvenida; nos dijeron, los presos, que estaban con nosotros, que pensaban que protestar es un derecho. Los primeros días fueron difíciles para nosotros, sobre todo por la indignación de estar presos injustamente, pero la adpatación nos permitió conversar con los presos, fue muy enriquecedor. Hicimos una asamblea para hablar de los derechos humanos de los presos y los familiares. Los presos denuciaban que a sus esposas o familiares mujeres que iban de visita, las hacían desvestir completamente para registrarlas incluso en sus partes genitales. En las asambleas se organiza la actividad interna del pabellón, como la limpieza de los baños, quien oficia de cabinero esa semana, qel cual controla las llamadas telefónicas; nos organizamos también para la fiesta de Navidad, con una planificación que se iba cumpliendo.  Luego trasladaron al caporal y otro fue escogido en una nueva asamblea democrática. 

Toda esta experiencia me hace ratificar que en el mundo hay dos tipos de personas, aquellas que aman el poder y aquellas que podemos amar. Creo que las primeras son autoritarias, déspotas, egocéntricas y aman el poder por el poder. En el segundo grupo están las personas solidarias, las que tienen empatía y sensibilidad por el sentimiento de la gente. En este grupo están todas las personas que nos apoyaron en esos momentos: familiares, amigos, abogados, a gente de la Universidad Andina que nos dio un apoyo enorme. En este grupo estamos también nosotros, los de El Arbolito, porque sabemos que un pan guardado puede ser alimento para veinte personas, que una colcha vieja y hasta sucia puede ser abrigo para veinte personas. En los momentos difíciles se ve a las personas como lo que son. Y cuando se comparten esos momentos duros te haces mejor persona. Ahora, los cinco que compartimos nuestro pabellón somos hermanos, por nuestra condición humana. Hay personas que no amamos el poder, se trata de cambiar las relaciones de poder entre quienes lo ejercen y quienes lo soportan. 

Ahora, frente a  la actuación de la policía, de los fiscales, de los jueces en nuestro caso, creo que el Estado tiene el monopolio legítimo de la fuerza, eso en lo abstracto; pero desde que los policías nos atacaron como nos atacaron sentí en carne propia como ese poder, todo ese aparato, ese engranaje actúa en conjunto sin mesura y sin vergüenza; el juez que nos concenó sin tener pruebas de la manera más desvergonzada es lo mismo que el policía que echó su caballo para que pisotee a una señora, los que nos tiraron los perros, el carro blindado ...y lo hicieron sin remordimiento. Se supone que todos somos iguales ante la ley y yo, que he representado al Ecuador en 18 países en ponencias académicas, que tengo 12 publicaciones, que he sido invitado a dar ponencias por las propias instituciones de este Estado, no pido ningun privilegio, solo justicia; una justicia independiente, porque todo este engranaje le está haciendo el juego a un modelo autoritario. Luego veía que el ministro José Serrano decía muy satisfecho que tenía 21 detenidos violentos; pregunto ¿quiénes? ¿Yo, un estudiante de doctorado que nunca ha tenido un problema de violencia? ¿Jorge Quishpe, albañil que nunca estuvo en la protesta y fue detenido cuando terminaba de jugar un partido de fútbol con sus compañeros en El Ejido? ¿Quién?

[RELA CIONA DAS]

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