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14 de Noviembre del 2016
Historias
Lectura: 14 minutos
14 de Noviembre del 2016
Julian Martínez
Trump: el anti-héroe americano

Trump se mostró exitosamente como la opción anti sistema. Algo que los demócratas, en su arrogacia, no entendieron del hartazgo del pueblo estadounidense.

 

La política es un juego de posiciones e intensidades. No basta “tener razón”, es importante convencer. Los resultados de las últimas elecciones en Estados Unidos dejan lecciones y preguntas que se convierten en un imperativo para el análisis y la reflexión.

Aproximadamente a las 20:00 horas de Ecuador empezaron conocerse los primeros resultados. The New York Times ya señalaba en ese momento (mediante una herramienta web de predicción en tiempo real) que las probabilidades de Trump para ganar eran superiores al 87%. Los más incrédulos culpamos al mal diseño del gadget, a que eran los primeros resultados, que era muy pronto, que faltaban los estados grandes. Esa probabilidad no hizo otra cosa que aumentar con el paso de las horas, incluso en los escasos momentos en que Clinton iba por delante en los votos de colegios electorales.

Lo llamativo es que pocas horas antes nadie, exceptuando algún arriesgado espontáneo, esperaba que esto ocurriera. Pero lo realmente importante es que hemos olvidado una de las premisas básicas de cualquier democracia: el partido que gobierna puede perder las elecciones (Przeworski, 1999).

¿Cómo explicar este sorpresivo resultado? ¿Cómo darle sentido a lo parece ser una catástrofe política de alcance global? Lo primero debe ser analizar las claves del proceso electoral. A pesar del resultado, el proceso electoral no ha sido cuestionado por ninguno de los candidatos; por lo tanto, podemos hablar de unas elecciones libres, limpias y competitivas. La victoria de Trump, sin embargo, da más tela para cortar:

1. Subestimación del voto oculto: las grandes encuestadoras y grandes medios daban ganadora a Clinton por un amplio margen. Incluso el mencionado The New York Times mostró un drástico giro de las probabilidades hacia Trump durante la noche de la elección. Esto puede deberse a varios factores: encuestas mal hechas, poco representativas o sesgadas. Un sesgo frecuentemente olvidado es el conocido como “deseabilidad social”. En pocas palabras, nadie se identificaría públicamente con valores que son rechazados por la sociedad como el racismo o la xenofobia, aunque íntimamente los comparta. Al parecer este efecto oculto a las encuestas se “destapó” en la elección. Además, muchas de las encuestas son realizadas on line, lo que distorsiona la muestra debido a las características de los usuarios que responden a estas encuestas. Al parecer, los votantes de Trump fueron subestimados o directamente no tenidos en cuenta.

La elección estadounidense se caracterizó por la presencia de un fuerte sentimiento anti-sistema. Un ejemplo de ello es la fuerte competencia que plantó Bernie Sanders a Clinton en las primarias del partido demócrata.

2. Cambio en la dimensión crítica de competencia electoral: usualmente estamos acostumbrados a pensar políticamente en términos de izquierda vs. derecha, incluso cuando se ha demostrado que existen más dimensiones políticas significativas, e incluso cuando esta escala se ha mostrado débil para definir o predecir el comportamiento político. La elección estadounidense se caracterizó por la presencia de un fuerte sentimiento anti-sistema. Un ejemplo de ello es la fuerte competencia que plantó Bernie Sanders a Clinton en las primarias del partido demócrata. Otras dimensiones en las que Clinton no supo posicionarse con intensidad fue la cuestión urbano-rural y la cuestión élite-pueblo. Trump sedujo con promesas de acabar con el dominio mediático y cultural de Washington y cosechó electores antisistema. El partido Demócrata no supo entender desde el primer momento que no sólo servía “tener razón”, sino que había que intensificar esas posturas para convencer.

3. ¿Hillary o Bernie?: Como consecuencia del anterior “error de cálculo”, la selección de Clinton como candidata demócrata pasó factura el día de las elecciones. Durante los debates, Hillary no se mostró fuerte ni discursiva ni físicamente. Algunos analistas señalan que mientras Trump apelaba al revanchismo de la clase trabajadora venida a menos durante las últimas décadas, Hillary solo ofrecía más de lo mismo: formar parte de una élite instruida de las grandes ciudades. Para la candidata demócrata tampoco funcionó la estrategia de evitar la confrontación, y tanto su pasado conservador como sus actos como senadora y secretaria de Estado parecen estar fuertemente relacionadas con el abstencionismo del votante demócrata que reclamaba posiciones fuertes contra el statu quo.

4. La popularidad no se transfiere: Algo llamativo de esta elección fue que el presidente saliente goza de una alta popularidad; sin embargo, la candidata de su propio partido no pudo ganar la elección. Del mismo modo, Sanders al ser derrotado en las primarias demócratas intentó endosar sus votos a Clinton sin obtener resultados. Los votantes de Sanders prefirieron quedarse en casa antes que votar por el statu quo. De hecho, Sanders se mostraba mejor posicionado en la disputa por el voto anti-sistema y los números sugieren que su rendimiento en la noche de la elección hubiera sido superior al de Clinton. Este ausentismo fue clave porque en algunos estados clave el margen de victoria de Trump fue mínimo.

5.  Flip-states, y pobre campaña en estados “ganados”: en el último tramo de la campaña estaba un poco más claro que la disputa iba a ser muy reñida, por lo que mínimas diferencias serían determinantes para la victoria en algunos estados claves. Ohio, Florida, Pennsylvania, Iowa y Wisconsin fueron los llamados flipped-states. Todos ellos cuentan con muchos votos electorales y no estaba claro quién se los llevaría, tanto así que los márgenes de victoria de Trump en tres de ellos (Florida, Pennsylvania y Wisconsin) rondan el 1%. Los demócratas creyeron ganados los estados que apoyaron regularmente a Obama y que durante décadas siempre les han favorecido con su voto. Confiados, esperaron erróneamente que Clinton cosechara esos votos sin esfuerzo para ver cómo terminaron pintándose de republicano por un estrecho margen. Los datos actualizados muestran que Trump logró arrebatar a los demócratas un tercio de los condados que favorecieron a Obama en las elecciones anteriores. Esto puede atribuirse legítimamente a una mala campaña electoral, llevada a cabo por una mala candidata.  

Los votantes de Sanders prefirieron quedarse en casa antes que votar por el statu quo. De hecho, Sanders se mostraba mejor posicionado en la disputa por el voto anti-sistema.

6. El sistema de Colegios Electorales: algunos analistas cuestionan el triunfo de Trump basados en que en el sistema electoral de Estados Unidos el presidente es electo por la intermediación de los votos de delegados electorales de cada estado y no por el voto popular. Es decir, cada estado “tiene” una cantidad determinada de votos electorales y al ganar el voto popular (sea por la mínima diferencia) se gana el total de votos electorales. Este diseño electoral pretende favorecer a lugares pequeños y poco representados respecto a las grandes ciudades. En esta elección ocurrió que Trump ganó los votos electorales necesarios para ser presidente, pero Clinton lo superó en votos populares. ¿Genera esto un conflicto político? Al parecer no, dado que ambos candidatos han aceptado los resultados. Sin embargo, le resta legitimidad al presidente electo, ya que no fue votado por la mayoría. Este hecho es tan raro que apenas ha ocurrido 4 veces en casi 200 años de historia republicana de Estados Unidos. Curiosamente, siempre ha favorecido al Partido Republicano.

55%

de votantes habilitados asistieron a las urnas este 8 de noviembre.

7. Ausentismo y sociodemografía: Para entender los resultados los expertos están exprimiendo los datos disponibles. Género, raza, clase social, nivel educativo, situación geográfica, y un largo etcétera fueron analizados para entender por qué ganó Trump unas elecciones que parecían fáciles para Clinton. Entre lo más destacable se encuentra el elevado ausentismo que afectó más a los votos demócratas que republicanos. Alrededor del 55% de votantes habilitados asistieron a las urnas el martes 8 de noviembre, dato solo comparable al 53% de la elección de 1996. De hecho, hubo más votos registrados para la elección de senadores que para presidente. Otro aspecto destacable es que Trump ganó por amplio margen el voto de los hombres blancos sin estudios universitarios (72%) y con pocos ingresos. Si bien Clinton ganó el voto de las minorías, no fue suficiente para contrarrestar el aplastante margen de ventaja de Trump. El voto de minorías obtenido por Clinton (65%) fue menor al obtenido por Obama en pasadas elecciones. Además de ello, Trump ganó a pulso los condados del llamado Rust Belt norteamericano, que históricamente habían sido bastiones demócratas. La clase trabajadora industrial venida a menos y empobrecida por la recesión económica de las últimas décadas vio en la oferta de Trump una reivindicación de lo que han perdido en los últimos gobiernos demócratas. Finalmente, Clinton apenas logró un pequeño margen de victoria entre los votos de mujeres con estudios (6%), lo cual fue insuficiente para superar a Trump en el resultado general.

Después del “shock” global por la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, algunos analistas y personajes públicos están alarmados y cuestionan la eficacia de la democracia como sistema político y del sistema electoral estadounidense. Esto no es necesariamente cierto, pero merece una amplia reflexión. Para hablar de crisis de la democracia como sistema político primero hay que saber en qué términos se evalúa el rendimiento de tal sistema. Los expertos consideran que la democracia puede ser evaluada por sus procesos o por sus resultados, o por ambos.

La diferencia entre votos de colegios electorales y voto popular tampoco cuestiona el proceso porque ese diseño promueve la ponderación del voto rural versus el urbano.

En términos de procesos, una crisis de la democracia estaría caracterizada por elecciones cuestionadas o fraudulentas, por el rompimiento con reglas de juego en la competencia política, o por una constante falta de confianza en sus mecanismos institucionales. Al contrario, lo ocurrido en Estados Unidos da cuenta de una fuerte competencia política, en elecciones libres y limpias, tanto que ambos candidatos reconocieron los resultados. Que no haya ganado el candidato que las encuestas daban por ganador no implica que el proceso esté viciado. La diferencia entre votos de colegios electorales y voto popular tampoco cuestiona el proceso porque ese diseño promueve la ponderación del voto rural versus el urbano, justamente el aspecto de la campaña en el que Clinton falló y en el que Trump supo sacar ventaja.

Si se evalúa al sistema democrático por sus resultados, entonces habría que preguntarse cuáles resultados son deseables para una democracia. El avance en derechos sociales y de minorías demuestra no ser una garantía si se deja a una parte de la gente detrás, empobrecida y desconectada.

Trump canalizó el odio y el rencor de aquellos norteamericanos cansados de que las élites los miraran por debajo del hombro, tanto económica como culturalmente. Clinton no representaba un cambio real y de cierta manera amenazaba lo avanzado con Obama en términos de derechos. Pero además de ello, la “batalla cultural ganada” por la clase media urbana y educada, con valores cosmopolitas pero apáticos e impermeables a la diferencia política, impidió ver que se gestaba una reacción entre las clases bajas, no solo pobres, sino desconectadas del mundo global al que están acostumbrados en las grandes ciudades. Tal vez por esta misma razón las encuestas fallaron y se expresó en las urnas lo que no se podía decir en público por ser mal visto y denigrado.

Esto nos recuerda que, para que la democracia funcione, no basta con que existan reglas justas y se las respete. Vuelve a ser imperativo el acople armónico entre dicho sistema y la cultura política de la gente. Esto nos recuerda que cuando hay progresos económicos, políticos, sociales y culturales, no se puede dejar a nadie atrás. El saldo de las elecciones en Estados Unidos es un enrome reto para la democracia occidental, quizá el mayor de toda su historia. Si el resultado de una elección democrática es el autoritarismo, algo no está funcionando bien. El sistema democrático debe ser capaz de contener el peligro que representa un actor político como Trump, porque de lo contrario, será víctima de sus propios vicios.

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