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14 de Noviembre del 2016
Historias
Lectura: 9 minutos
14 de Noviembre del 2016
Fernando López Romero

Historiador. Investigador social. Profesor principal e investigador de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador.

Trump: una explicación histórica

La candidata demócrata, Hillary Clinton, durante el discurso en el cual aceptó su derrota electoral.

 

La crisis del 2007, que expresó el fracaso social y económico de las políticas neoliberales de Estados Unidos, en lugar de abrir el camino a una reestructuración democrática del capitalismo, ha fortalecido a sus tendencias más nefastas con la grave complicidad del Partido Demócrata.

La victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales norteamericanas no es un hecho aislado. Expresa un descontento político cultural, social político mucho más extendido contra la globalización neoliberal, que en los Estados Unidos y en otros lugares del mundo, está siendo capitalizado por las derechas debido a la incapacidad de las izquierdas.

Una derecha radical y nacionalista apareció ya en Europa hacia finales del siglo XIX, en abierto desafío a las antiguas familias políticas conservadoras y liberales, y compitiendo con los avances de la izquierda expresados en el surgimiento de los partidos obreros, que se agruparon en la Segunda Internacional en 1889, varios de ellos con importantísima implantación de masas como la socialdemocracia alemana o el laborismo británico.

Una característica de esta derecha nacionalista fue su interpelación a las instituciones liberales y su creciente antisemitismo, como en el caso de la Acción Francesa. Las previsiones de la izquierda (Federico Engels incluido), de que la masificación de la política, es decir, la incorporación creciente de nuevos votantes favorecería a la izquierda fueron equivocadas: en las primeras décadas del siglo XX  la mayor parte de los nuevos votantes, mujeres, campesinos y nuevos trabajadores urbanos, apoyaron a esta nueva derecha.

Los avances de las derechas no se producen en el vacío. Son una consecuencia inevitable de los fracasos de las izquierdas.

El siguiente momento fue la creación del fascismo en Italia en 1919 y del nacional socialismo en Alemania en 1920. En el caso de Alemania, los nazis capitalizaron el descontento producido por la Paz de Versalles que había humillado a Alemania en favor de los vencedores de la Primera Guerra Mundial, y por la Crisis económica de 1929. La ultraderecha alemana ganó también por los errores de la izquierda, especialmente del Partido Comunista Alemán, el más grande de los partidos comunistas occidentales de la época, que bajo la orientación de José Stalin impulsó una política sectaria que hizo de los socialdemócratas alemanes, calificados de “social fascistas”, el enemigo principal e impidió la unidad para enfrentar y derrotar al nazismo.

La inmensa tragedia de la Segunda Guerra Mundial, la derrota del fascismo alemán e italiano, y la implantación de los estados de bienestar en gran parte de Europa y en los Estados Unidos de Norteamérica, limitaron durante varias décadas el crecimiento de las derechas nacionalistas. El fin de la edad dorada del capitalismo, a comienzos de los años 70, y el despliegue del neoliberalismo, con su epicentro en los Estados Unidos y Gran Bretaña, acorraló, debilitó y deshizo al estado de bienestar. El final de la Guerra Fría, con la victoria de los Estados Unidos, y los avances de la globalización neoliberal estimularon una creciente derechización de la sociedad.

Los avances de las derechas no se producen en el vacío. Son una consecuencia inevitable de los fracasos de las izquierdas, por su incapacidad para plantear alternativas a las nuevas situaciones creadas por la complejidad y la voracidad de la acumulación capitalista permanente, y para frenar las ofensivas contra los bastiones de la izquierda, como el movimiento obrero y los movimientos sociales. En los Estados Unidos y en Inglaterra, los programas neoliberales de Ronald Reagan y Margaret Thatcher pudieron imponerse por la derrota de los grandes sindicatos de la industria automotriz y de los mineros del carbón. Hasta 1985, Reagan había aplastado la huelga de los controladores aéreos, los obreros de la FIAT fueron derrotados en Italia, y Thatcher doblegó al poderoso movimiento huelguístico de los mineros del carbón. Derrotadas estas reservas de las clases trabajadoras, el neoliberalismo galopante impuso sus políticas de privatización y desnacionalización, concentración de la riqueza y desarme de importantes conquistas sociales.

Esto condujo en los Estados Unidos al cierre de miles de empresas, especialmente industriales, y al empobrecimiento de la sociedad. La crisis del 2007, que expresó el fracaso social y económico de las políticas neoliberales, en lugar de abrir el camino a una reestructuración democrática del capitalismo, ha fortalecido a sus tendencias más nefastas con la grave complicidad del Partido Demócrata.

Han existido importantes resistencias a la globalización neoliberal en curso. La irrupción del EZLN el uno de enero de 1994, en Chiapas, fue una respuesta a la implementación del TLC entre Estados Unidos, Canadá y México.

Posteriormente, en 1997, los trabajadores, los movimientos sociales, intelectuales y organizaciones no gubernamentales, articularon una respuesta a la ofensiva neoliberal. Esta respuesta se hizo visible por primera vez en las grandes manifestaciones de Seatle contra la reunión de la Organización Mundial de Comercio (OMC), creándose el llamado movimiento alter mundialista.

Como ex secretaria de Estado y señora de la guerra, Hillary Clinton apareció como la representante de un sistema político que muchísima gente rechaza.

Ese movimiento, identificado con la consigna “otro mundo es posible”, durante década y media se enfrentó a las políticas de ajuste, a la destrucción del planeta y a las intervenciones y guerras imperialistas. Pero, controlado por las ONG, no pudo transformar la consigna de otro mundo es posible en un programa anticapitalista y concretar acciones políticas que debiliten las bases del poder del capital transnacional. Terminó siendo capitalizado por las fuerzas políticas tradicionales como los demócratas en los Estados Unidos para el triunfo de Obama, o alineado y domesticado por los llamados gobiernos progresistas, que abandonando sus propios programas han impuesto programas de modernización capitalista, y han desmovilizado, dividido, cooptado y debilitado notablemente a los movimientos sociales y las organizaciones populares. El caso más evidente ha sido el de los gobiernos del Partido de los Trabajadores del Brasil.

El fracaso de la izquierda para enfrentar la globalización neoliberal y para garantizar las conquistas de los sectores subalternos, ha permitido a las derechas de corte nacionalista y xenófobo capitalizar en las urnas el malestar de amplios sectores populares.

Aunque no es ni remotamente de izquierda, la señora Clinton apareció en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos como representante de la izquierda, y como portadora de ciertos valores políticos contra los que Donald Trump arremetió a patadas.

Como ex secretaria de Estado y señora de la guerra, Hillary Clinton apareció como la representante de un sistema político que muchísima gente rechaza y del Complejo Militar Industrial. Gran parte de los jóvenes que se entusiasmaron con Sanders, ya no lo hicieron con Clinton como en su momento lo habían hecho con Obama.

Trump es el vencedor porque logró expresar el malestar hacia la globalización capitalista y contra un sistema político que no ha cumplido con las aspiraciones de amplios sectores con Obama y los Clinton actuando como  republicanos. En los límites del propio Partido Republicano ha tenido la capacidad de aparecer por fuera del sistema político despertando las emociones y canalizando el descontento de los trabajadores industriales que han perdido o ven en peligro sus empleos, de los granjeros del medio oeste identificados con el nacionalismo norteamericano.

Donald Trump desarrolló su campaña en las antípodas del lenguaje políticamente correcto. Apeló y llegó a la mentalidad más conservadora movilizando al voto blanco, de los blancos ricos y de los blancos pobres.

Esta no ha sido la primera expresión del descontento nacionalista y de las economías locales contra la globalización neoliberal, hay que mirar a los recientes resultados del Brexit en Gran Bretaña. Tampoco es la única manifestación anti sistémica de corte derechista que se haya impuesto en las urnas, allí está, hace muy poco, la victoria del No en el referendo colombiano. Hay que atender también a nacionalismos como los de Escocia y de Cataluña. No hay que perder de vista a los integrismos y fundamentalismos.

Frente a lo que serán nuevos fracasos y nuevos desencantos por los resultados de la gestión política de las derechas nacionalistas, las izquierdas tienen ante sí enormes retos, asumiendo desde abajo la defensa irrestricta de los derechos democráticos y sociales, y desenmascarando todos los cantos de sirena populistas. Quizá, como siempre, deberán colocar el oído en la tierra y enfrentar la realidad mirándola a los ojos.

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