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26 de Febrero del 2018
Historias
Lectura: 18 minutos
26 de Febrero del 2018
Fermín Vaca
Periodista político. Es editor de PLANV. Ha trabajado en los principales periódicos de Ecuador en la cobertura de política y actualidad. 
Carlos Ochoa en el Salón de la Justicia

Foto: Asamblea Nacional

En diez días, la Comisión de Fiscalización anunciará si da o no paso al juicio político de Carlos Ochoa en el pleno de la Asamblea Nacional. 

 

El superintendente de Comunicación concurrió a la Comisión de Fiscalización para presentar sus descargos. Llevó refuerzos, presentó vídeos editados de forma truculenta, apeló a la moral, las buenas costumbres y la decencia en el lenguaje. Recitó de manera impecable la Ley de Comunicación y dejó fuera de toda duda que la suya no es cualquier superintendencia, sino una auténtica policía ideológica. Al final solo la falta la capa, con la que ha enfrentado a los villanos del cómic y la caricatura: Barman, Droguin y hasta La Melo.

Fue, de lejos, el primero en llegar. Cerca de las 09:30 del 23 de febrero, Carlos Ochoa, ex periodista de televisión y actual superintendente de la Superintendencia de la Información y Comunicación (Supercom) llegó temprano al Salón de los Ex Presidentes del Palacio Legislativo. En ese sitio, ubicado en el segundo piso del Palacio, Ochoa tenía previsto comparecer ante la Comisión de Fiscalización y Control Político, que preside la ex correísta, hoy en el morenismo, María José Carrión. La Comisión tramita un pedido de juicio político en su contra por las presuntas arbitrariedades que Ochoa habría cometido en el ejercicio de la Superintendencia, una institución de la que el país tiene el cuestionable privilegio de ser única en todos los estados democráticos del hemisferio occidental. 


El superintendente Carlos Ochoa lució corbata azul y traje oscuro. 

El antiguo anchor de televisión, corresponsal de varias de las cadenas nacionales en Cuenca antes de la toma del poder del correísmo y luego, figura principal del canal GamaTV que de los hermanos Isaías pasó al control del Gobierno correísta, viste una corbata azul y traje oscuro. No ha llegado solo: a la derecha de la mesa en donde tendrá lugar la comparecencia un nutrido grupo de funcionarios de la Supercom lo acompaña. Se han sentado todos juntos en esa parte del salón. Entre ellos se puede reconocer a algunos ex periodistas, devenidos en funcionarios comunicacionales. 


Funcionarios de la Supercom, inclusive del interior del país, llegaron a apoyar a Ochoa

En el vestíbulo del Salón, varias vitrinas de colocación reciente llaman la atención. Siguiendo el criterio museográfico correísta, que confunde pieza de museo con reliquia, y le da valor a algún objeto porque fue tocado por los políticos de las manos limpias, las vitrinas están llenas de regalos corporativos de los congresos de países extranjeros, sin duda regalados en alguna visita de algún legislador ecuatoriano. Donde un observador imparcial ve un simple pisapapel, que reproduce una figura precolombina colombiana, los "curadores" del "museo" legislativo han etiquetado una pieza valiosa, de origen prehispánico y valor incalculable. Y así con varios otros objetos, desde vasos de colores hasta recuerdos de plástico, que, sin duda, los congresos anfitriones deben haber mandado a hacer por decenas, como recuerdos de viaje. 

No ha llegado solo: a la derecha de la mesa en donde tendrá lugar la comparescencia un nutrido grupo de funcionarios de la Supercom lo acompaña. Se han sentado todos juntos en esa parte del salón. Entre ellos se puede reconocer a algunos ex periodistas, devenidos en funcionarios comunicacionales.

El "museo" de la entrada contrasta con el descuido interior del Salón. De sus paredes cuelgan los retratos de los antiguos presidentes del Senado y del Congreso. No se sabe si porque la sala fue afectada por un incendio, o por simple descuido, pero los cuadros de los políticos del pasado están recubiertos de una oscura pátina. Los impecables fracs, las corbatas blancas, las venerables canas, todo luce de un color cenizo. Hasta las camisas, ya más modernas de Assad Bucaram o la de Samuel Belletini, con sus inconfundibles fisonomías costeñas, lucen oscuras y grises. Al Salón no llegaron aún las impecables sonrisas, los trajes típicos, los juveniles rostros de las políticas correístas que presidieron el Legislativo por voluntad del Jefe Supremo. La galería se corta de manera abrupta en tiempos del Congreso previo al correato. Y el siniestro descuido de los retratos, que los vuelve más sombríos, presenta una imagen decadente. 

Es en ese marco, entre las columnas de mármol negro, que Carlos Ochoa prepara su presentación. Se sienta en el lugar asignado en la mesa. Revisa papeles. Se levanta y verifica que una presentación que ha traído esté lista para ser proyectada en una pantalla. Se vuelve a sentar. Está complemente solo porque los legisladores de la Comisión, al parecer, acostumbran llegar elegantemente tarde, y cuando dan las 10:00 aún no han aparecido.

Antes que lleguen los asambleístas de la Comisión, un grupo de pasantes de una universidad recorren las sillas. Llevan unas hojas membretadas de la Comisión de Fiscalización. Su tarea es obligar a los asistentes a que les llenen un formulario con datos personales. Piden nombres, firmas, números de cédula. Aunque se supone que la seguridad del Palacio ya registró las visitas de todos los asistentes, los pasantes insisten en que quieren que les dejen constancia de "la asistencia". Para qué necesita la Comisión de Fiscalización nombres, números de cédula, firmas, no se sabe. Pero los pasantes pasan y repasan, insisten. Los funcionarios interesados en que se sepa que ahí estuvieron, por supuesto, no ponen reparo alguno ante el registro. 


La asambleísta María José Carrión instaló la Comisión con veinte minutos de retraso. 

A las 10:15 llega la asambleísta María José Carrión. La asambleísta viste siempre con cuello de tortuga, haga frío o no. Esta vez es negro y la chaqueta es blanca. El pelo corto impecablemente peinado. Recién a las 10:20 se instala la Comisión y la soledad de Carlos Ochoa en la mesa directiva queda anulada, cuando los asambleístas llegan presurosos, junto a sus asesores que cargan en laptops las cuentas de Twitter abiertas, para recoger cada palabra de sus jefes. Al lado izquierdo, en cambio, se han sentado quienes cuestionan a Ochoa, como el asambleísta Fabricio Villamar. En el centro, los camarógrafos de los canales se disputan cada centímetro de espacio para sus trípodes. 

En la última fila del derecha se ha sentado un personaje que será clave en la argumentación de Ochoa. Es un adulto mayor, vestido con traje café, el pelo canoso, un portafolio en la mano derecha, sentado junto a una mujer de edad. Mientras espera, el hombre mira constantemente el contenido de su porfolio, y al abrirlo, se ve con claridad que contiene dos cosas: una gruesa carpeta y un CD.


Óscar Armas de la Bastida anunció que iba en nombre del "pueblo ofendido" y dio ánimos a Carlos Ochoa.

En la última fila del derecha se ha sentado un personaje que será clave en la argumentación de Ochoa. Es un adulto mayor, vestido con traje café, el pelo canoso, un portafolio en la mano derecha, sentado junto a una mujer de edad. Mientras espera, el hombre mira constantemente el contenido de su porfolio, y al abrirlo, se ve con claridad que contiene dos cosas: una gruesa carpeta y un CD.

La asambleísta Carrión inicia la sesión. Advierte que suspenderá la sesión a la primera altisonancia. Pide más sillas. Saluda la presencia de un gremio periodístico que se ha constituido en veeduría. Luego se leen los oficios de dos asambleístas de oposición: Fabricio Villamar y Jannine Cruz, ambos de las filas de CREO. En el caso de Villamar, es un anuncio de que está presente. El oficio de Cruz, es un pedido de que se conozca un caso de libertad de expresión ocurrido en la provincia de Loja. 

Un tercer oficio es leído: es de Carlos Ochoa. Pide la presencia de tres "testigos", algo que -admiten los asambleístas- es poco ortodoxo. Al final quedan reducidos a dos: Óscar Armas y Diane Rodríguez. 

Óscar Armas resulta ser el señor de la última fila, traje café y portafolio. Como los asambleístas deciden dar paso a los testigos, se pone de pie y avanza hacia la mesa principal. La presidenta de la Comisión le concede diez minutos. El hombre se sienta, saca del portafolios su CD, da gracias a Dios, a sus padres por estar ahí, anuncia que habla en nombre del pueblo y no de cualquier pueblo, sino del "pueblo ofendido" por Barman y Droguin, los dos villanos del micrófono, en alusión a los locutores de Radio Redonda, Luis Baldeón y Aurelio Dávila. El hombre, que según Luis Baldeón es un taxista que llegó a contar con el patrocinio del abogado de Rafael Correa, Caupolicán Ochoa, en sus populares reclamos, pide justicia ante esta ofensa al aire. Y se identifica como el crítico de los periodistas de Radio Redonda, contra quienes presentó denuncias ante la Supercom. Se dirige despectivamente a ellos como "los payasitos". Luego renuncia a hablar y solo pide que se ponga en los parlantes el CD que lleva consigo. El que tenga oídos, diría el Evangelio, que oiga. 


Ochoa habló por casi una hora pero explicó poco sobre las acusaciones en su contra. Foto: PlanV

La presidenta de la Comisión da paso nuevamente. El CD contiene algunas grabaciones del programa de Baldeón. En ellas, los locutores se dirigen a Armas en términos descomedidos. Mientras suena la grabación, el hombre mira con rostro ceñudo. A su lado se ha sentado Diane Rodríguez. Se trata de una activista transexual de Guayaquil, cercana al correísmo. Tan cercana, que llegó a integrar la lista de Alianza PAÍS como asambleísta alterna por Guayas. Aunque el cargo requiere de principalización, no duda en mencionar esa condición subrogante en varias oportunidades. 

Los refuerzos de Carlos Ochoa, convocados de la banca a la cancha, son recibidos en Comisión General. Tras el audio que hizo escuchar a todos, Óscar Armas da la palabra a Rodríguez. La mujer transexual asegura que fue gracias a que la Ley de Comunicación permitió el "poder ciudadano", que "utilizaron (sic)" la norma de marras para obligar a la productora de David Reinoso, cuyos personajes homosexuales como La Melo le parecen una verdadera ofensa, a rectificar. Dice que La Melo enviaba el mensaje de que todo homosexual es pervertido y que eso le afecta en lo personal, aunque admite que "a otros" podría no afectarles. Que muchos gais no vean problema en la caricatura, les arranque una sonrisa aquella frase que precisaba que su novio "no es mi hijo, es solo mi bebé", es algo que no parece ser importante para la transexual. Para Rodríguez, el gran aporte de la Supercom es que ha servido para combatir al "poder fáctico" de la prensa, y asegura que le han dado dignidad como ciudadanos a ella y a quienes se han quejado, cosa que, en su opinión, es extensivo a todos los gais, lesbianas, bisexuales y transgéneros del Ecuador, pues -no es la primera vez que lo dice- ella es su abanderada. 


La activista transexual Diane Rodríguez sostuvo que la Supercom le devolvió dignidad como ciudadana. 

Son las 11:10 cuando Carlos Ochoa toma la palabra. El veterano anchorman se ve en persona más delgado y con menos pelo que en televisión. Esta vez no tiene la ayuda del teleprompter, ni las luces cuidadosamente enfocadas, ni el maquillador y la peinadora de cajón en el negocio televisivo, pero hace gala de su voz de locutor de radio, de su dicción enfática y precisa. 

El veterano anchorman se ve en persona más delgado y con menos pelo que en televisión. Esta vez no tiene la ayuda del teleprompter, ni las luces cuidadosamente enfocadas, ni el maquillador y la peinadora de cajón en el negocio televisivo, pero hace gala de su voz de locutor de radio, de su dicción enfática y precisa.

Durante los siguientes minutos, Carlos Ochoa repetirá muchos de los tópicos que Rafael Correa, ex jefe supremo de la República, repitió durante una década hasta convertirlos de opiniones personales en doctrina del Estado. Lo hará con convicción de cruzado, tal como lo hacían todos los correístas de cepa y solera. Desmontará una a una las falacias de la democracia liberal, citará al manoseado periodista polaco Ryszard Kapuściński, cuyas opiniones sobre la necesidad de la bondad del corazón del reportero son casi equivalentes a las motivaciones para la autoayuda de Paulo Coelho. Abrirá mucho los ojos ante la constatación evidente de que las empresas periodísticas son para "ganar dinero",  y cómo su libertad de empresa está por encima de los derechos humanos. Ante eso -"capitalismo salvaje", que diría algún romano pontífice-, es que debe haber restricciones. 

Y para evidenciar que la mano dura contra esas empresas insumisas, colocadas más allá del bien y del mal y por tanto, cuando menos, amorales, es indispensable, presentará en su pantalla preparada desde temprano varias cápsulas con música truculenta. En una de ellas, los denostados personajes costumbristas de las comedias de Guayaquil que tanto han ofendido a los biempensantes. En otra, con tonos todavía más sombríos en la música, las portadas del diario Extra de Guayaquil, conocidas por su amarillismo. 


Carlos Ochoa insinuó que las empresas periodísticas se colocan más allá del bien y del mal en su intento de hacer dinero. 

El superintendente, aclara, no ha censurado a nadie, pero alguien debe proteger a los desposeídos, a los discapacitados, a las víctimas de rumores maliciosos, a los niños, a las mujeres, a los cantantes y publicistas nacionales, en guerra contra el enlatado extranjero; a cuanta minoría oprimida existe en esta tierra del equinoccio. Oyéndolo hablar, no cabe duda de que Ochoa merece, con toda razón, el  título de eso que en Estados Unidos llaman social justice warrior. Para muestra, presenta el testimonio de una mujer que dice que, por ser pobre, no le hacen caso los periodistas. Abunda en su condición de justiciero cuando dice que su "vía administrativa" es más rápida y expedita que recurrir a "un abogado para un juicio penal o civil" que "el 90% de los ecuatorianos" no puede pagar y por ello es mejor que plantear una demanda civil o penal. Que los estrados de la Supercom se hayan convertido en remedos de audiencias judiciales  con abogados de ambas partes enfrascados en largos y copiosos alegatos -casi no les dejaban hablar a los supuestos ofendidos- se le pasa por alto. 

Luego le hace un nuevo guiño a sus refuerzos. Recuerda que es gracias a la Ley de Comunicación, que los cantantes nacionales por fin suenan en nuestras radios, pues por cada canción extranjera hay que tocar una de la música vernácula. Que cantantes como Juan Fernando Velasco le hayan sacado el cuerpo en CNN a la supuesta bondad de la Ley, que sigue sin darnos un Maluma o una Shakira, tampoco parece importar al superintendente. 

Arremete también contra los dos archivillanos de la Radio Redonda. Y como si el audio de Oscar Armas no hubiera sido suficiente, él también presenta su audio contra los dos locutores. Dice con voz profunda: "lenguaje procaz", "cosificación de la mujer". Pide en varias ocasiones que "por secretaría" se lea la Ley de Comunicación, elevada a auténtico Evangelio en favor de los débiles y los morales, frente a los poderosos y amorales. 

Así, Carlos Ochoa se presentó como un auténtico superhéroe, un campeón de aquellos defensores de la moral y las buenas costumbres que el "pueblo ofendido" requiere. Un gladiador contra villanos perversos, contra ese dúo dinámico del mal llamado Barman y Droguin. 

Poco después de las 13:00, el superintendente concluyó su intervención. María José Carrión pidió diez días para analizar "la información presentada". Desde sus cuadros opacos y abandonados, los venerables patriarcas de la República vieron convertirse su  olvidado salón en el Salón de la Justicia. 

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