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20 de Enero del 2017
Historias
Lectura: 23 minutos
20 de Enero del 2017
Gustavo Isch

Consultor político, experto en comunicación electoral y de gobierno. Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar

Una década de campaña sucia

Las campañas sucias buscan destruir a un adversario político. Mientras que en las negativas es la verdad la que se revela, en las sucias es la mentira.

 

El hecho es que el país vive desde hace una década en un entorno de campaña sucia y campaña negativa, desatadas y promovidas desde el régimen, las cuales inevitablemente tenían que degenerar en una respuesta en los mismos términos, de aquellos que finalmente terminaron por perderle el respeto a quien hizo de su marca personal, una ambulante pedagogía de vulgaridad, cinismo y abuso.

Se dice que el origen de las “campañas sucias” en política se encuentra en los Estados Unidos de América. El 9 de febrero de 1825,  John Quincy Adams fue elegido presidente con el apoyo de 13 estados contra 7 que apoyaron a Andrew Jackson.

Las elecciones se resolvieron en la Cámara de Representantes. En el Colegio Electoral los resultados fueron: Andrew Jackson con 99 votos, John Quincy Adams con 84. Es una de las pocas elecciones en las cuales el candidato que recibió más votos no llegó a ser presidente. Es lo que acaba de pasarle a Hilary Clinton con Donald Trump.

Los cuatro años siguientes los partidarios de Jackson fundaron en todo el país las sedes del que finalmente sería el “partido demócrata”, y enfilaron sus acciones a derrotar al “usurpador” Adams cuya facción devino en el actual partido republicano.

Por sobre sus diferencias en asuntos cruciales, ambas campañas se concentraron en difamar y menoscabar la personalidad del oponente, utilizando “tácticas sucias” que rayaron en lo bochornoso. Jackson ganó en 1828. Coincidentalmente la campaña Trump-Clinton reprodujo el mismo fenómeno casi dos siglos después.

Si la elección de Jackson de 1828 fue —o no—  la primera campaña de desprestigio real de la historia estadounidense, debería ser solo una anécdota de historia política, lamentablemente, al parecer también fue uno de los primeros productos de exportación del “capitalismo salvaje” hacia las “ínsulas baratarias” latinoamericanas.

En el Ecuador las campañas sucias no son nuevas. Desde la vuelta a la democracia en nuestro país quizá la más agresiva de este tipo es la que enfrentó a Abdalá Bucaram del PRE, con Jaime Nebot del Partido Social Cristiano en 1996.

En el Ecuador las campañas sucias no son nuevas. Desde la vuelta a la democracia en nuestro país quizá la más agresiva de este tipo es la que enfrentó a Abdalá Bucaram del PRE, con Jaime Nebot del Partido Social Cristiano en 1996. Luego de esa experiencia y sin temor a equivocarnos, 10 años de gobierno correísta en campaña de comunicación permanente han entregado varios ejemplos de ese recurso aplicado para ganar elecciones o para ejercer el gobierno; y es evidente que, a menos de un mes de los comicios en nuestro país, asistiremos a una reedición de este tipo de campaña.

Así lo demuestra la bronca por el caso Odebretcht entre Alianza PAIS y Mauricio Rodas, alcalde de Quito y aliado político del movimiento CREO que auspicia a Guillermo Lasso en su campaña presidencial. Figuras pasadas y otras en plena vigencia del Partido Social Cristiano son embarradas por el mismo caso de corrupción; se  hackean  cuentas privadas de candidatos, periodistas, opositores, medios de comunicación, y hasta la del binomio de Lasso, Andrés Páez,  para exponer y denostar facetas de su vida íntima. Las primeras sospechas de la oposición apuntan a operadores anónimos del oficialismo, pues no sería la primera vez que esta nefasta práctica de espionaje sale desde esa orilla política; los casos de hackeo a cuentas de medios de investigación periodística están a la orden del día y tienen sus antecedentes en lo ocurrido contra opositores al oficialismo, como Martha Roldós, Fernando Villavicencio y Mery Zamora, por citar solo pocos datos que sostienen la sospecha. Hace poquísimas semanas el escarnio llegó al director del diario El Telégrafo —afín a Correa— al difundirse un video que ventilaba sus impudicias frente a una joven.

El escenario nacional está políticamente contaminado, y las denuncias de corrupción, los escándalos y bochornos desvían la atención sobre las propuestas de los candidatos y sus campañas; la Asamblea aprueba nuevos impuestos, se reparten las frecuencias radioeléctricas de manera burda y probablemente ilegal en perjuicio de un equilibrio informativo y de calidad, a costa de la extinción de medios no alineados con el régimen; el Gobierno emite más bonos para capear la crisis… Ecuador es un país tan polarizado, que no hay perdón ni olvido para los “asuntos privados” de ningún personaje público, ni espacio para la reflexión del ciudadano sobre los comicios que cambiarán el rumbo de su vida.

El hecho es que el país vive desde hace una década en un entorno de campaña sucia y campaña negativa, desatadas y promovidas desde el régimen, las cuales inevitablemente tenían que degenerar en una respuesta en los mismos términos, de aquellos que finalmente terminaron por perderle el respeto a quien hizo de su marca personal, una ambulante pedagogía de vulgaridad, cinismo y abuso.

El tema se complica cuando entendemos que no solo se trata de un estilo digno de enderezarse en una correccional. Obedece a la implantación de una estrategia política y de comunicación que requiere explotar el resentimiento social, para dibujar antagonismos que la publicidad y la propaganda oficiales han mercadeado a diario en esta década robada a la racionalidad, la verdad y el bien común.

Ese contexto marca el último mes de la actual campaña electoral y muy probablemente ningún candidato con posibilidades de entrar a segunda vuelta, saldrá ileso.

Se ha gobernado 10 años el Ecuador en base a una patología política autollamada “revolución ciudadana”, basada en la exacerbación de oposiciones sociales volviéndolas supuestamente irreconciliables. Se justifica así el ataque aleve y el autoritarismo de un régimen que usa la institucionalidad pública descaradamente —sin control ni fiscalización algunas— para atacar adversarios y para imponer tesis que han llevado al país al punto de quiebre económico y moral en que se encuentra hoy mismo.

A puertas de elegir entre el continuismo del modelo o el cambio, precisamente son la incertidumbre económica y la ética social a—negadas en el lodazal del populismo del Siglo XXI— las que determinan en el electorado la persistencia de un porcentaje tan alto de indecisos, muchos de los cuales han perdido la fe y la credibilidad en la política. Es por ello que transmitir confianza, honestidad y capacidad es una tarea que muchos de los candidatos a diferentes dignidades no podrán completar satisfactoriamente hasta el 19 de febrero; quien lo consiga habrá dado un gran paso que lo diferenciará de los demás candidatos y mejorará sus posibilidades de triunfo.

Hay políticos y candidatos que sí pueden exhibir una hoja de vida limpia; quizá no exenta de errores, pero tampoco caracterizada por el pillaje, el oportunismo, o la demagogia. Ellos merecen una detenida reflexión del elector apto para votar en los próximos comicios.

Por si fuera poco, en tal escenario también el perfil académico, profesional y personal de muchos candidatos ofende a un gran sector del electorado, cada vez más decepcionado del espectáculo circense en que se ha convertido la inclusión política fomentada por la Constitución de Montecristi. El desagrado desnuda a ciertos binomios y a los potenciales asambleístas. Los candidatos del PRIAN, que obedecen al políticamente lamentable magnate Alvaro Noboa, son el ejemplo más patético y vergonzoso de la pauperización que acusa la representación política ecuatoriana, pero no el único en estas elecciones: algo más preocupante en ese sentido es el hábil mercadeo político del hijo de Abdalá Bucaram, que juega entre la fe medioeval y el populismo más ramplón, eludiendo las alertas sobre su peligroso rol en éstas elecciones.   

Si a ello se suman candidatos como Espinel, Pesántez y hasta el excanciller de Lucio, Patricio Zuquilanda, una mirada rápida al escenario entrega razones de sobra a muchos electores para haberse mantenido indecisos. Pero no se debe generalizar. Hay políticos y candidatos que sí pueden exhibir una hoja de vida limpia; quizá no exenta de errores, pero tampoco caracterizada por el pillaje, el oportunismo o la demagogia. Ellos merecen una detenida reflexión del elector apto para votar en los próximos comicios.

Es la hora de apartar la paja del trigo; es la hora de sacudirse y blindarse frente a la campaña sucia y la trampa del voto útil, que están tratando de marcar el ritmo en este tramo de la contienda electoral. Son dos factores que operan complementariamente en el escenario nacional y que merecen atención de candidatos respetables y votantes responsables. 

El voto útil no es un voto de confianza; es el mismo forraje del “mal menor” que han rumiado muchos ecuatorianos cuando han resignado su derecho a elegir por su propia opción de cambio, hipotecando su futuro, el de su familia, el de su país.


Captura del video en contra de Andrés Páez por parte de operadores políticos anónimos que actúan en redes. Estos operadores robaron la identidad de varias cuentas de Twitter, de políticos y periodistas, para difundir este video.

Pero ¿Qué es una campaña sucia, cómo opera en un proceso electoral, y cómo se liga al voto útil?

Las campañas sucias en tiempos electorales, son armas utilizadas ante la desesperación que sienten ciertas candidaturas frente a la probable derrota que se avecina. Entonces, si la argumentación propositiva no es suficiente, las tácticas para menoscabar la credibilidad del adversario y minar su confianza en él mismo, entre sus propios seguidores y entre los electores, se muestran como recurso indispensable para evitar la pérdida.

Las campañas sucias recurren a la emocionalidad de los electores, apelando a un marco de valores o antivalores comunes en las sociedades, los mismos que habrían sido vulnerados o podrían serlo, dadas las características, defectos, limitaciones, o predisposiciones evidentes de los sujetos políticos y sus propuestas. Dividir para reinar  también es uno de los propósitos tácticos de estas campañas.

Toda campaña sucia busca el desprestigio del adversario, atacando sus atributos para volverlo vulnerable, y finalmente “indeseable” para los votantes y para el conjunto de la sociedad, en base a su posición dentro de esa escala de valores o antivalores.

Toda campaña sucia busca el desprestigio del adversario, atacando sus atributos para volverlo vulnerable, y finalmente “indeseable” para los votantes y para el conjunto de la sociedad, en base a su posición dentro de esa escala de valores o antivalores. Un candidato “sin chance de ganar” no es opción en una sociedad tradicionalmente inclinada a sumarse al carro del vencedor.

Bajo esa lógica, invisibilizar otra opción de cambio, volviéndola supuestamente inviable,  parecería un claro objetivo de esta campaña sucia en las elecciones de febrero próximo, y serviría para apalancar la tendencia del voto útil. El voto útil deja de serlo cuando, dadas circunstancias electorales como las actuales en el Ecuador, nadie puede garantizar a ciencia cierta quién será el segundo que podría competir con el binomio verde flex.

Un amplio sector de electores agobiados por la incertidumbre económica;  hastiados de diez años de campaña negativa y campaña sucia para gobernar, aún no ha decidido su voto.

Curiosamente esa falacia que antes beneficiaba a una sola candidatura que durante los últimos años se acostumbró al rol de “segundera”, hoy es un ente de dos cabezas, un binomio del tamaño de una catedral: el voto útil beneficia por igual a la candidatura de Alianza País, y a la otra que pueda oponérsele, siempre y cuando ésa  segunda tenga menores posibilidades de triunfo. Esa es hoy, la trampa del voto útil.

El declive de la candidatura Moreno—Glas hace temer a sus menos torpes adeptos. Ya es prácticamente insostenible técnicamente que alguien se atreva a asegurar que triunfarán en primera vuelta; creer en ello alienta la sospecha de fraude. De modo que una prospectiva de escenarios posibles plantea una pregunta elemental: ¿A cuál de los tres candidatos que tienen opciones de entrar a segunda vuelta les resulta más fácil enfrentar? Y la segunda cuestión. ¿Cuál o cuáles candidaturas de la oposición podrían derrotar al oficialismo en segunda vuelta?

Agreguemos otra: ¿Por qué ninguna encuesta publica simulaciones electorales en las que se evidencie las tendencias de voto enfrentando al binomio oficialista en segunda vuelta, con los otros opcionados, Moncayo, Lasso, y Viteri?

Ciertas encuestas han sido manejadas muy hábilmente para sembrar en la mente del votante un mensaje claro: los binomios más opcionados para ganar son el primero y el segundo; afirmación no apta para inteligentes, y de cero valor predictivo cuando las elecciones aún no culminan, el porcentaje de indecisos se mantiene inusualmente alto, y las candidaturas del primer y el segundo binomio mantienen una constante de estancamiento o baja, seguidas de cerca por otras dos candidaturas.

Adicionalmente, el elector oculto que también forma parte de los indecisos, está reaccionando aún a los efectos nocivos de una década en la que como hemos señalado, han dominado la campaña negativa y la campaña sucia, en un ambiente plebiscitario en el cual el correísmo ha ganado por las buenas o por las malas, hasta el campanazo del 23 de febrero del 2014. Ese elector oculto es el escéptico, es el joven que votará por primera vez.

¿Son lo mismo una campaña sucia y una campaña negativa? No. No son lo mismo.

La campaña negativa remarca los errores y defectos de un sujeto, y los pone en evidencia frente al público abriendo sobre ellos toda la luz posible para descubrirlos ante la mirada de la sociedad.

Pretende que el público advierta el grave error que significaría votar por ese adversario y las consecuencias negativas de esta decisión: así, el elector será el único culpable si decide votar a un candidato que parece una cosa pero que en realidad es otra.

Las campañas negativas siembran dudas y provocan la frustración de los posibles electores. Develar la impostura de su candidato preferido produce una ruptura emocional y esto puede cambiar ciertas preferencias, al minar la conexión entre ambos.

Estas campañas intentan descubrir al auténtico candidato que se protege tras el marketing electoral o la publicidad política.

La campaña sucia, en cambio, más que mostrar los errores o defectos del contrincante, los crea. Para ello disfraza la realidad, inventa, retuerce los hechos, miente y difama en base a supuestos o adulterando la realidad; y lo hace a propósito con el  objetivo de perjudicarlo, utilizando para ello cualquier medio disponible, y sin detenerse ante los límites de la ética, la dignidad, del decoro. Más que ilustrar o prevenir a la gente, busca engañarla.

Las campañas sucias buscan destruir a un adversario político. Mientras que en las negativas es la verdad la que se revela, en las sucias es la mentira.

El ataque infamante, la mentira, el hackeo, el espionaje, y otros recursos canallescos propios de este tipo de campañas son, además, burdos por su forma. En la actual campaña ecuatoriana, estos actos viles ¿qué pretenden?

Utilizar datos para moldear la realidad o fomentar una referencialidad estadística para inducir a los votantes indecisos a optar entre el fuego y la sartén; entre el pasado y el presente; entre el continuismo maquillado, y el viraje hacia el pasado neoliberal apalancado en la banca, invisibilizando a propósito a otros candidatos opcionados, es un juego propio de una campaña sucia; muy sutil, pero sucia.

El ataque infamante, la mentira, el hackeo, el espionaje, y otros recursos canallescos propios de este tipo de campañas son, además, burdos por su forma. En la actual campaña ecuatoriana, estos actos viles ¿qué pretenden? ¿En el fondo, no están beneficiando a algún binomio cuando lo atacan para victimizarlo?

Así también una campaña sucia es mucho más que un acumulado de insultos y agravios despotricados entre políticos. A mediados del 2011 un estudio ampliamente difundido mostró que el presidente ecuatoriano habría utilizado hasta ese año más de 170 insultos o groserías para dirigirse a otras personas. Si a este manejo del lenguaje le siguió en algún tema específico el desarrollo de acciones conexas y planificadas a propósito para desdibujar la realidad e imponer un objetivo político, se habría producido una campaña sucia en el ejercicio de gobierno. 

En todo el mundo, con el paso del tiempo, los panfletos y la pared han sido reemplazados por los medios masivos y las redes sociales, multiplicando el efecto ya por sí devastador del temible “boca a boca”. Políticos profesionales, mandatarios, funcionarios de cualquier rango, y ciertamente, líderes de opinión de cualquier ralea, así como millones de personas comunes y corrientes usan las facilidades provistas por las tecnologías de la información y modernos medios de comunicación, para ejercer su derecho a conocer la verdad, a reivindicarla, a defenderla; o a contaminarla y manipularla con fines particulares.

En Ecuador, la campaña de comunicación permanente del gobierno correísta, trabajó mucho y con éxito para moldear la conciencia social. La nueva institucionalidad complementó esa labor en base a dádivas y represión; vigilando y castigando, en el mismo esquema que advirtió la teoría desarrollada por el filósofo e historiador francés Michele Foucault.

El gobierno que el 19 de febrero será juzgado en las urnas, impuso un nuevo decálogo de ética, moral, y civismo. Trastocó, volteó, eliminó, confundió, contaminó y reinventó las nociones sobre el bien y el mal; lo permitido y lo prohibido socialmente; el compromiso con la Patria o la traición; el continuismo o el cambio. Y lo hizo impregnando todos los niveles de la sociedad mediante la colonización de la esfera pública; enclavando prácticas cargadas de simbolismo en la conciencia colectiva; controlando el sistema educativo, el sistema de salud, el aseguramiento y el bienestar social; redefiniendo el rol de las instituciones a su antojo y conveniencia.

Pero no todas las campañas sucias tienen éxito. Pueden terminar por desgastar a sus autores y generar el rechazo de la gente, como ha ocurrido en los últimos dos años del gobierno correísta, pasándole factura a él mismo y a su corte de funcionarios, cuyos niveles de credibilidad y confianza son bajos, muy bajos y en unos casos llegan al subsuelo.

En escenarios electorales, por otra parte, es perfectamente factible que otras candidaturas que se mantengan en lo posible al margen de las campañas sucias,  rebasen a las involucradas en el conflicto, a condición de que conjuguen  una campaña inteligente y el rechazo de los electores al conflicto exacerbado.

Otros binomios en carrera ¿Están muy lejos y sin el tiempo suficiente para remontar la ventaja de los dos primeros? ¿Quién puede garantizar que así es? ¿Todas las candidaturas tienen techos de crecimiento, o hay alguna que no lo tiene?

Con su voto en estas elecciones los ecuatorianos, más que cambiar de presidente y legisladores, se enfrentan al reto de terminar con un proyecto que pretende mantener indefinidamente la participación social, el control, la fiscalización, la justicia, la legislatura y hasta el poder militar y la fuerza policial dentro de un cajón de útiles escolares

Dependiendo de la legislación de cada país, las campañas políticas pueden tener algunas normas básicas de civilidad y equidad entre los oponentes, pero el criterio más aceptado a nivel comparado es no regular los mensajes que transmiten o los ataques en campaña; considerando que, finalmente, será la aceptación o el rechazo de la gente lo que determinará el éxito o fracaso de esos recursos comunicativos.

Toca al elector identificar el mejor cambio propuesto, y con ello votar por el mejor candidato.

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