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25 de Febrero del 2020
Historias
Lectura: 7 minutos
25 de Febrero del 2020
Alexandra Cárdenas @AlecCardenas
Alec Cárdenas: "te estresas mucho mamá"
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Foto: Cortesía de Alec Cárdenas

Alexandra Cárdenas se ha provisto de máscaras para proteger a su familia. La crisis del coronavirus sigue en China y se extiende por el mundo. 

 

En altas temperaturas el virus no tiene escapatoria me decía una vocecita a la cual le encanta el miedo, la oscuridad, el pánico, todo lo quiere destruir y arrasa con todo lo que brille. Es esa vocecita que habita en nuestra mente, que se hace pasar por nosotros, y que es una impostora. Mientras el esposo se aventura en busca de víveres para la familia, Alexandra, su hijo y su mascota incursionan en el desierto jardín del condominio chino.

Llevaba tres días completos sin siquiera cruzar el umbral de la puerta del departamento. Dejé que nuestro Pablito hiciera sus necesidades dentro del departamento y limpiarlas me resultaba menos peligroso que salir. Pablito es un perro adulto al que rescatamos hace más de una semana, quizás ya sean dos o tres, no lo sé.  El tiempo en el encierro es como un día eterno. Al parecer hay gente quien ha abandonado a sus mascotas por miedo a que sean portadoras del virus.  No puedo mentir, primero lo rescatamos y le dimos besos, luego averiguamos si nos podía contagiar.  El veterinario nos explicó que las mascotas no son portadoras del virus y que no debíamos preocuparnos. 

En todo caso, hoy me di cuenta que llevábamos mucho sin salir y me decidí a bajar del piso 25 donde vivimos.  En realidad me preocupó que mi hijo, de tan solo siete años, empezaba a verse muy pálido.  Iniciamos el ritual para salir: zapatos, chaquetas, paraguas, mascarillas, bolsita para recoger los “desperdicios” de Pablito, guantes desechables, alcohol desinfectante, llave del departamento, tarjeta que activa el elevador y más. Procedí a desinfectar la tarjeta con alcohol por si acaso, aproveché también para desinfectar mi teléfono celular, dicen que es portador de tanta mugre…

Tardamos unos 15 minutos aproximadamente en alistanos para salir.  El piso del corredor estaba húmedo con fuerte olor a cloro. Le grité a mi hijo cuando vi que pretendía llamar al elevador con su dedito descubierto. Guarda tus manos en los bolsillos hijo, cuántas veces te lo tengo que repetir?, dije con tono de terror.  Llegó el elevador y también mostraba evidencia de haber sido limpiado recientemente, el piso húmedo con el mismo olor a desinfectante y los botones cubiertos con papel celofán, entramos en silencio. El número 1 traía el papelito protector ya roto y desgastado.  Volví a decir a mi hijo que al salir del elevador recordase no abrir la puerta del edifcio con su manita. Casi no me fijaba en él, estaba muy ocupada pensando en los seres vivos que no podemos detectar con nuestros ojos, pensaba también que el pelaje del perro es demasiado largo y sus patitas, al regresar, traerán mugre. Qué tal si pisa un escupitajo (aunque ya nadie escupe porque está prohibido), o hay algo en el suelo que se le haya caído a alguien que estuvo cerca de alguien más quien sí tiene el virus?

Iniciamos el ritual para salir: zapatos, chaquetas, paraguas, mascarillas, bolsita para recoger los “desperdicios” de Pablito, guantes desechables, alcohol desinfectante, llave del departamento, tarjeta que activa el elevador y más. Procedí a desinfectar la tarjeta con alcohol por si acaso, aproveché también para desinfectar mi teléfono celular, dicen que es portador de tanta mugre…

Empecé a tirar de la correa levantando al perro para que apenas rozara el suelo con sus patas. Salimos del edificio y mi hijo se echó a correr, el aire estaba tan limpio después de la lluvia de todo el día. Pablito intentaba correr también. Era claro que tanto el perro como mi hijo estaban desesperados por estar al aire libre y que el miedo se había apoderado solo de mí. 

Les llevé a una parte alejada del jardín del condominio donde no va nadie, y les dejé correr.  No podía evitar pensar en todo los los microorganismos que estaban recogiendo a su paso.  No podía levantar la mirada del suelo y tampoco podía parar de pensar en todos los que podían haber estado allí un rato antes que nosotros.  Me desesperé.  Le ordené a mi hijo que regresáramos de inmediato. 

Mi marido acababa de llegar un segundo antes con víveres. El veía esta escena de desinfección y angustia con impresión y en absoluto silencio.

Solo al entrar al departamento sentí que teníamos esperanza.  Los zapatos quedaron fuera del departamento, sin tocar nada fuimos al baño para lavarnos las manos como indican los videos en todas las pantallas: las palmas, las puntas de los dedos, el dorso de cada mano, entre los dedos, luego alcohol. A la toalla la saqué a la lavandería ese instante tomándola como si fuese radioactiva. De ahí procedimos a sacarnos las mascarillas con inmenso cuidado porque no tenemos muchas más, estamos obligados a reutilizarlas. Desinfecté los zapatos de mi hijo y los míos y los dejé en el balcón. Cerré rápido la puerta del departamento para que el aire del corredor no entrase, ese aire que tal vez estuvo dentro de otro departamento, ¿cuántas personas lo abrán respirado? En una lavacara puse agua hirviendo y cloro, allí sumergí la correa del perro.  En altas temperaturas el virus no tiene escapatoria me decía una vocecita a la cual le encanta el miedo, la oscuridad, el pánico, todo lo quiere destruir y arrasa con todo lo que brille. Es esa vocecita que habita en nuestra mente, que se hace pasar por nosotros, y que es una impostora.

Mi marido acababa de llegar un segundo antes con víveres. El veía esta escena de desinfección y angustia con impresión y en absoluto silencio. Mi hijo asustado me dijo que mejor no va a volver a bajar nunca más porque “te estresas mucho mamá”.  

Qué frágil es la cordura.

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