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9 de Octubre del 2015
Historias
Lectura: 23 minutos
9 de Octubre del 2015
Juan Jacobo Velasco
Bienvenida a casa, larga noche

Ante la falta de liquidez, el gobierno ve a los multilatelares como opción, y lo hará haciendo creer a la tribuna que ese el Ecuador el que pone las reglas de juego.

 

Los objetivos gubernamentales se arman bajo un modelo de desarrollo que nos retrotrae a una combinación de modelos (el cepalino, el coreano, el chino) que tienen como denominador común el anclaje nacionalista, la progresividad y el utilitarismo. Esto último implica convertirse en un jugador que se acoge con sagacidad a las oportunidades. Las cosas sirven en tanto son útiles para alcanzar ciertas metas estratégicas. El caso de la relación con el BM y el FMI es elocuente.

Hay que darle al César lo que es del César: este gobierno ha demostrado tener una capacidad inagotable para ponerle nombre a las cosas. Esa habilidad ha sido muy exitosa como un ejercicio pedagógico en el que por decantación queda una idea sobre la que se tiene una noción. Ocurrió con la "partidocracia2 como causante de las enfermedades de nuestra democracia, los "tirapiedras" como los cabecillas opuestos a cualquier proceso de modernización, los "sicarios de tinta" como los perversos confabuladores mediáticos y, por sobre todo, la "larga noche neoliberal" como quintaescencia de nuestro pasado de pobreza y subdesarrollo.

Esta última fue una suerte de enorme saco en donde entraban las más profundas razones para entender por qué al Ecuador le fue tan mal previo a la llegada de la Revolución Ciudadana. En el cuento revolucionario, la larga noche neoliberal fue el equivalente al Cuco. Uno muy grande, oscuro y perverso, con un poder transnacional que tenía en el país a sus aliados locales, con los que controlaban el entramado de poder económico y, por default, político. Era la teoría de la dependencia vestida con el ropaje de las políticas neoliberales, en una cruza que le vino como anillo al dedo a la justificación para el advenimiento del Socialismo del siglo XXI en su versión ecuatorial.

Cuando la noche fue día

La larga noche neoliberal fue una suerte de enorme saco en donde entraban las más profundas razones para entender por qué al Ecuador le fue tan mal previo a la llegada de la Revolución Ciudadana,  fue el equivalente al Cuco.

No obstante, hay que volver a narrar la historia en su conjunto para entender lo que ocurrió. Y hay que separar las relaciones causa-efecto, de las dinámicas y posibles alternativas que en su momento se pudieron haber tomado. En ese sentido hay que mirar la historia económica para entender que ni el Fondo Monetario Internacional (FMI) ni el Banco Mundial (BM) o los organismos regionales de financiamiento multilateral han respondido a las mismas lógicas siempre.

La arquitectura del FMI y el BM fue inaugurada con Bretton Woods en 1944, para apoyar el proceso de reconstrucción global tras la Segunda Guerra Mundial. La lógica era tributaria de las políticas keynesianas (reactivación de los créditos y el gasto público, decisiones estatales para apoyar sectores privados estratégicos) que prevalecieron tras la crisis de 1929. La Gran Recesión fue consecuencia de un paradigma clásico que, al inicio de la crisis, y esperando que los precios de las acciones iban a equilibrarse en algún momento por acciones de mercado, contrajo tanto el crédito que provocó una quiebra generalizada y una recesión a escalas nunca antes vistas en la historia moderna.

La reconstrucción de los países desarrollados generó una suerte de pax romana caracterizada por un alto crecimiento de sus economías y de las condiciones de vida, que se sumaban a un pleno empleo y a las mejoras de las condiciones de igualdad social, como bien lo ha señalado Thomas Piketty en su libro “El capital en el siglo XXI”. En el mismo periodo se consolidaron los sistemas de protección social, cuyos prototipos habían empezado a fines del s. XIX e inicios del s. XX, con lo que las sociedades más desarrolladas post guerra, en el agregado, funcionaron como socialdemocracias de facto, con un sistema capitalista en lo económico y fuerte protección social.

El contexto de Guerra Fría también contribuyó a generar presión para mejorar la protección social, que era el gran esfuerzo de inclusividad que los países del bloque soviético vendían como carta de presentación. En este contexto, el FMI y el BM funcionaron como los médicos de antes: estimulando los positivos hábitos que por propia iniciativa habían decidido adoptar sus pacientes (reconstrucción, crédito, gasto público, inversiones y sectores estratégicos), conversando sobre sus malestares y achaques. Más que un recetario único, había una interlocución amigable. Y bajo el entendido de que la doctrina imperante (keynesianismo) alentaba dichos comportamientos.

Los orígenes del anochecer

Lo que ocurrió después puede resumirse como “la vuelta de la doctrina liberal”. El modelo prevalente comenzó a hacer agua cuando el exceso de gasto público generó inflación y, en el mediano y largo plazos, enfriamiento de las economías. En ese marco, las explicaciones monetaristas y neoliberales comenzaron a ganar adeptos hasta que se convirtieron en la doctrina dominante desde mediados de los setentas. La idea era clara: contraer al máximo el aparato gubernamental en aras de ceder espacios al sector privado, disminuir los déficits fiscales y contener las presiones inflacionarias. El giro hacia la empresa cobró la forma de la liberalización –al menos en el discurso- de todo: comercio, producción de bienes y servicios privados y –por primera vez- públicos.

Curiosamente, la doctrina neoliberal dominante fue aplicada con su recetario en el mundo occidental solo por pocos países (destacándose Reino Unido y, en particular, Chile) antes del advenimiento de la crisis de la deuda, que afectó a los países en vías de desarrollo y en particular a Latinoamérica. La historia que gatilló la crisis de la deuda tenía que ver con un esfuerzo por alcanzar la modernización que muchos países en la región habían empezado en los sesentas y setentas, alentados por la idea de cambiar el sistema productor de bienes primarios por uno más industrializado, que permitiera el desarrollo tanto de la economía interna como de un sistema de protección social que cubría a un número reducido de trabajadores formales. Bajo esa lógica, tanto la expansión del Estado como un sistema de sustitución de importaciones y fuerte protección a la industria local (conocido como el modelo Cepalino) primó durante las tres décadas previas a la crisis. A eso se sumó que algunos países comenzaron a producir nuevos productos primarios a mayor escala, particularmente el petróleo que en los setentas alcanzó precios inéditos.

La lógica desarrollista necesitaba financiamiento y este se obtuvo con créditos externos que se ofrecieron en exceso, justamente porque el precio del crudo les generó excedentes a los grandes países productores, que buscaron invertir esos flujos de petrodólares.

La lógica desarrollista necesitaba financiamiento y este se obtuvo con créditos externos que se ofrecieron en exceso, justamente porque el precio del crudo les generó excedentes a los grandes países productores, que buscaron invertir esos flujos de petrodólares. El problema fue que los excesos provocan desajustes: mucha plata dulce genera engolosinamiento y esto se tradujo en deudas enormes que no podían ser pagadas, ni siquiera en el mediano plazo. Algo así como la crisis de los subprimes de 2008, pero en versión países en vía de desarrollo. Cuando México quedó en default en 1981, se produjo un efecto en cadena que afectó a todos los países deudores. Los capitales y las fuentes de financiamiento comenzaron a retirarse en estampida y los desequilibrios fiscales y macroeconómicos quedaron expuestos, sin ninguna capacidad de respuesta. Fue en ese momento en que los multilaterales se convirtieron en un prestamista de última instancia y, en muchos sentidos, en avales ante los otros acreedores que querían renegociar las condiciones de la deuda.

En este periodo (inicio de la crisis de la deuda), el FMI y el BM fungieron de doctores en la sala de emergencia con un paciente víctima de un ataque cardiaco. El tratamiento de shock (la magnitud de los ajustes) podía salvarlo de una crisis aún mayor, en el entendido de que no había recursos para sostener la capacidad de gasto de los países, ya que no había más prestamistas o estos presionaban para cobrar los préstamos como sea. Con el paso del tiempo no solo se trató de salvarle la vida a los pacientes, sino que los doctores tomaron la decisión de ajustar todo al recetario “Estado malo-privado bueno” que se conoció como Consenso de Washington. El tratamiento neoliberal se transformó en la terapia de moda y el esquema de deuda con los multilaterales (con sus medidas de ajuste y cartas de intención) en el equivalente a dejar entubado al paciente en la sala de terapia intensiva. En ese sentido, lo que se privilegió fue una visión de la economía liberal que dejó de lado la idea de un sistema de protección social estatal, reduciéndolo en sus capacidades y abriendo espacio para el mercado privado en segmentos como salud, seguridad social y educación. Como Daniela Campello ha señalado, ya sea por injerencia directa de los multilaterales o del propio mercado, las presiones para que gobiernos con agendas progresistas tuvieran que cambiarlas en aras de satisfacer las expectativas económicas, fueron extremadamente exitosas.

La contrarreforma progresista

No obstante, la receta dejó a las economías más vulnerables a los vaivenes de los flujos financieros y a los shocks externos. En muchos casos, con sistemas de protección desmantelados y salarios contraídos (siguiendo el recetario), las consecuencias implicaron aumentos de desempleo, desigualdad y pobreza, como atestiguaron países como Argentina, Uruguay y Ecuador durante la crisis de fines de los noventas e inicios del 2000. En ese sentido, para muchos el mercado había ganado y las sociedades habían perdido. Esta visión generó los anticuerpos que luego decantaron en el advenimiento de una contrarreforma de índole progresista que cubrió a la mayoría de la región.

Como cualquier movimiento pendular, el llamado fue a deshacerse de la influencia y dictados fondomonetaristas y a equilibrar la cancha en la más que coja área social. Esta idea-fuerza fue el norte para la brújula de las agendas de izquierda que se implementaron desde la segunda mitad de la década pasada. A ello contribuyó sobremanera el boom de los productos primarios que benefició a toda la región, dándole una holgura financiera que no solo permitió intentar reconstruir los sistemas de protección social, sino además decirles “que te vaya bonito” al FMI y al BM. Las iniciativas de lo que se podría denominar como la segunda ola desarrollista (o neo-desarrollismo propiamente) curiosamente buscó crear infraestructura en todo orden de cosas, con la consigna de tener independencia sobre qué iniciativas tomar y cómo hacerlas.

Para eso la región encontró al dulce dinero chino. Tal como había ocurrido con los petrodólares en los setentas, el proyecto desarrollista versión siglo XXI cambió las fuentes tradicionales por otras no convencionales con las que estaban muy vinculadas: el boom de los productos primarios se debía en buena medida a la demanda del mercado chino. Lo que la China hizo fue asegurarse las fuentes de materias primas, reciclando los excedentes que le generaba su increíble crecimiento económico. Fue una situación de ganar-ganar entre las nuevas fuentes de financiamiento y los receptores de esos recursos.

Lo que la China hizo fue asegurarse las fuentes de materias primas, reciclando los excedentes que le generaba su increíble crecimiento económico. Fue una situación de ganar-ganar entre las nuevas fuentes de financiamiento y los receptores de esos recursos.

Tanto los mercados -que por decisión propia se mantuvieron distantes de muchos países que jugaron a ser más autónomos- como los multilaterales crediticios -que en un abrir y cerrar de ojos perdieron vigencia y poder- de pronto dejaron de tener la misma incidencia de los ochentas y noventas. Incluso peor: tuvieron casi toda la responsabilidad sobre las causales que motivaron la crisis financiera de 2008. Este punto de inflexión llevó a los multilaterales financieros a una suerte de reflexión sobre los propios excesos a los que habían llevado con su recetario. No se convirtieron en los médicos amables de los primeros años, pero sabían que las terapias de shock generaban comprensibles anticuerpos y entendieron que si querían volver a tener importancia debían considerar aspectos claves como el marco institucional y la cohesión social.

Historias repetidas y lecciones que no se aprendieron bien

La historia que gatilló la crisis de los setentas parece repetirse en esta década. La impronta modernizadora y desarrollista, gracias a los excedentes de los precios de los bienes primarios y al acceso al crédito chino, permitió usar la discrecionalidad del gasto fiscal en la dirección correcta (emparejando la cancha social), pero con un tamaño estatal cada vez más expansivo y disfuncional. Si antes la idea era “Estado malo-privado bueno”, la consigna ahora era exactamente lo opuesto. El problema fue que se empezaron a repetir las mismas complicaciones que afectaron a los países a fines de los setentas (sobreendeudamiento, déficit fiscal) que dejaron la mesa servida para la posteriores crisis de la deuda y su terapia de shock.

No fueron todos los países los que repitieron la historia. El problema venezolano es el más dramático, con déficit fiscales incrementales por encima de su capacidad de pago, desaceleración económica y una inflación rampante en los últimos cinco años, seguido por la Argentina, que ha vivido los últimos tres años en la cuerda floja. Ecuador ha tenido la holgura que le permitía el alto precio del petróleo y la línea abierta del crédito chino. Y gracias a esa mancuerna pudo, al menos en el discurso, mantener su línea autónoma hasta 2014. No obstante, unos y otros dejaron de tomar en cuenta las lecciones del pasado, esas que cifraron el origen de la crisis de la deuda en los excesos de gasto público y de deuda. No todos los países que vivieron el boom de los commodities en los 2000 incrementaron su deuda tan exponencialmente, aunque todos, de una u otra forma, han comenzado a vivir una estrechez fiscal desde 2014.

El problema, en líneas generales, es que algunos países pueden recibir financiamiento para su deuda y sus crisis fiscales (Uruguay, Chile, Perú) y a otros (Venezuela, Argentina y Ecuador) el crédito se les cerró o es cada vez más inviable, como en el caso chino. Tanto Venezuela como Argentina han tratado de buscar desesperadamente recursos frescos. Venezuela ha insistido con China y con cuanto aliado le pueda dar soporte financiero, e incluso ha buscado alternativas en los multilaterales. Lo mismo ha ocurrido con la Argentina.

Cuando el Presidente Correa visitó al Banco Mundial para reactivar la línea de crédito en abril de 2014 (como una maniobra para cambiar las caras líneas de crédito chinas por unas más baratas), el Ministro de Economía argentino, Axel Kicillof, visitó contrito al FMI, para amigarse con el organismo al que su Gobierno culpó de todos sus males por once años. La Argentina necesitaba (lo sigue haciendo) recursos urgentes para no colapsar y antes de la visita comenzó una serie de ajustes buscando la bendición del “demonio” FMI. Entonces, Correa estaba consciente de que en cualquier momento (si la bonanza petrolera se revertía) podía vivir algo parecido. Y decidió dar un paso en la misma dirección (abuenarse con el tinglado institucional de la “larga noche neoliberal”) pero en condiciones totalmente distintas a las de los desesperados Argentina y Venezuela. Correa nunca se imaginó que la caída en 50% de los precios del petróleo, el aumento del dólar y el trastabillo de la economía china lo iba a poner en una situación igualmente incómoda menos de año y medio después.

Pragmatismo

Si algo ha quedado claro respecto del modelo de Rafael Correa es el pragmatismo nacionalista que ha sabido aplicar a rajatabla. Cualquiera sea el objetivo, no da tregua hasta lograrlo, así tenga que quemar las naves de los discursos iniciales y entrar en contradicciones dialécticas que ha sabido negar con unas vueltas dignas del mejor trapecista. Si la naturaleza era la prioridad de la mejor Constitución republicana, frente a la necesidad de caja y de la continuidad del modelo, nada mejor que suspender la propuesta de preservación del Yasuní y explotar esa reserva de increíble biodiversidad. Si la Carta Magna fue vendida como un instrumento garantista, cuando la participación ciudadana supone oposición a iniciativas gubernamentales, volvemos a la impronta de un Estado que usa su poder reprimiendo cualquier atisbo de oposición real bajo la consigna antiterrorista. Y si antes el Banco Mundial (BM) y el FMI eran “el diablo capitalista”, y la China el “santo aliado”, cuando las condiciones financieras del crédito chino son insostenibles, y el país experimenta un drenaje de recursos inesperado y feroz, nada mejor que volver al redil de un sorpresivamente bienvenido tinglado internacional que además ¡abrirá las puertas del país a los mercados de capitales!

Los objetivos gubernamentales se arman bajo un modelo de desarrollo que nos retrotrae a una combinación de modelos (el cepalino, el coreano, el chino) que tienen como denominador común el anclaje nacionalista, la progresividad y el utilitarismo. Esto último implica convertirse en un jugador que se acoge con sagacidad a las oportunidades. Las cosas sirven en tanto son útiles para alcanzar ciertas metas estratégicas. El caso de la relación con el BM y el FMI es elocuente. El divorcio inicial le dio espacio a Correa para armar su idea de soberanía económica y desarrollista. Sabía que podía contar con la China al inicio, para moverse con soltura interna. Pero el costo financiero y de oportunidad de dar un salto mayor no podía sostenerse si se mantenía la relación con nuestro principal “socio”, sobre todo cuando este socio y financista experimenta su propia crisis y no puede ser lo dadivoso que ha sido hasta ahora porque, en la práctica, el Ecuador no tiene nada más que empeñar o dar como moneda de cambio.

En una situación cada vez más desesperada, lo más probable es que vuelva a los brazos de los organismos multilaterales haciéndole creer a la tribuna que es él quien pone las reglas del juego. Correa no lo ha dicho pero lo da a entender, como con muchos de sus cambios de política.

En una situación cada vez más desesperada, lo más probable es que vuelva a los brazos de los organismos multilaterales haciéndole creer a la tribuna que es él quien pone las reglas del juego. RC no lo ha dicho pero lo da a entender, como con muchos de sus cambios de política. Cuando en abril de 2014 reactivó la línea de crédito se habló de dar un efecto demostración para que los mercados tengan confianza en el Ecuador. A pesar de que la movida era ir allanando el camino para volver a utilizar el soporte de los multilaterales, la idea de dar una señal a los mercados no tuvo ninguna consecuencia práctica. Para fines de 2015, en cambio, el objetivo es sobrevivir hasta 2017. Los préstamos de los multilaterales no son una opción sino una necesidad imperiosa, que además puede ayudar a volver a captar crédito de los mercados internacionales.
Por eso, aunque el Gobierno no lo vocea, está haciendo todos los deberes del recetario de ajuste dramático de una medida de shock que les permitirá calificar para recibir un crédito de última instancia. No lo pueden denominar así, es obvio, pero el quitar subsidios, privatizar la comercialización del petróleo, comenzar a reducir empleo público y a hacer una reingeniería del pantagruélico aparato burocrático, ha estado en el recetario de los médicos en su versión “larga noche”. La decisión ecuatoriana también les conviene al FMI y al BM. Las dos instituciones son actores políticos y les conviene mostrar que incluso quienes los demonizaban regresan a su ruedo.

La historia tiende a repetirse. La “larga noche” vuelve en gracia y majestad por los mismos motivos que la trajeron la primera vez. Aunque no se llame larga noche. Aunque no podamos llamar a lo que viene como paquetazo. Aunque se vocee inconteniblemente que las cosas cambiaron y que, al final, nos demos cuenta que no tanto. O muy poco. Que en la repetición de las dinámicas históricas lo que cambian son los nombres pero no los hechos que las provocan. Y que esta repetición suena más bien a darle la bienvenida a un durísimo e innombrable último recurso, que no se puede denominar de “larga noche neoliberal”. Aunque lo es.

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