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15 de Marzo del 2016
Historias
Lectura: 13 minutos
15 de Marzo del 2016
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Bienvenido a casa, Obispo Presidente

El obispo José Cuero y Caicedo fue quien se la jugó por los patriotas quiteños del 2 de agosto de 1810, cuando los españoles arremetieron con salvajismo contra la ciudad de Quito.

 

¿Qué espera el Gobierno para traerlos a Quito y entregarlos a la municipalidad para que los deposite en la Catedral en un mausoleo que está construyendo el Instituto Metropolitano de Patrimonio? Nadie lo sabe. Se ha dicho que Correa quiere que esté en uno de sus cambios de guardia de los lunes y que se instalaría una capilla ardiente en Carondelet. Pero eso son solo rumores. No hay un programa oficial, un anuncio creíble.

No es digno de la historia que protagonizó, del patriotismo que llevó a que se jugara su vida, pero la verdad es que sus restos siguen allí, abandonados, en una supuesta capilla ardiente en el Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo (MAAC) de Guayaquil, donde casi nadie los visita, luego de que el 25 de febrero en Lima fueran devueltos al Ecuador y trasladados por el Buque Escuela Guayas, en el último tramo de su vuelta al mundo.

¿Qué espera el Gobierno para traerlos a Quito y entregarlos a la municipalidad para que los deposite en la Catedral en un mausoleo que está alistando el Instituto Metropolitano de Patrimonio? Nadie lo sabe. Se ha dicho que Correa quiere que esté en uno de sus cambios de guardia de los lunes y que se instalaría una capilla ardiente en Carondelet. Pero eso son solo rumores. No hay un programa oficial, un anuncio creíble.

La verdad es que desde el 1 de marzo los restos fueron dejados en el MAAC (¡vaya sitio para los restos de un prócer!) y allí permanecen. Lo más ridículo de la explicación oficial es que los restos se quedarían en Guayaquil “entre 8 y 12 días en una fase de estabilización a nuevas temperaturas”, según citaba el diario El Comercio. ¿Nuevas temperaturas? ¿Las de Guayaquil? ¿O están con aire acondicionado para “estabilizar” los restos antes de traerlos a Quito, donde gozamos de aire acondicionado permanente? No es serio que se anuncie aquello y tampoco que ya hayan pasado más de los 12 días previstos y nadie diga nada.

Me refiero a los restos mortales del primer presidente del Estado de Quito y prócer de la independencia ecuatoriana, el obispo José Cuero y Caicedo, quien falleció en Lima hace 200 años, cuando, como castigo a su rebeldía, iba camino del destierro, luego de haber sido destituido de la presidencia y obispado y privado de sus bienes.

En Lima el 25 de febrero se llevó a cabo el acto de entrega de los restos por parte de funcionarios de la Municipalidad de Lima y de la cancillería peruana al embajador del Ecuador ante el Perú, José Sandoval. Este entregó los restos al comandante del buque escuela Guayas en el Callao al día siguiente.

Los primeros contactos para que sus restos fueran devueltos al Ecuador los inició la Municipalidad de Quito en 2007 y los continuó la actual administración. Con la ayuda inestimable de la embajada del Ecuador en Lima, de la dirección de Asuntos Culturales de la Cancillería peruana, a cargo del exembajador en Quito, Javier León, y, en especial, del historiador peruano Teodoro Hampe Martínez, quien falleció súbitamente menos de tres semanas antes de la entrega de los restos, se fue avanzando en lograr la aceptación de las autoridades del Perú.

Luego intervino la Cancillería ecuatoriana y el Ministerio de Cultura. Y son ellos los que se hicieron cargo de los restos, tras el atraque del buque escuela Guayas a la vuelta de su periplo de 10 meses por el mundo. Y nadie sabe lo que va a pasar. Pero ya que el franco-británico-ecuatoriano Guillaume Long es ministro de Relaciones y lo acaba de ser de Cultura, habría que hacer rogativas para que los restos del prócer no sigan siendo tratados como mercancía depositada en algún recinto aduanero y reciban digna sepultura.

En Lima el 25 de febrero se llevó a cabo el acto de entrega de los restos por parte de funcionarios de la Municipalidad de Lima y de la cancillería peruana al embajador del Ecuador ante el Perú, José Sandoval. Este entregó los restos al comandante del buque escuela Guayas en el Callao al día siguiente.

Cuero y Caicedo tenía 76 años de edad y había sido obispo de Quito por diez años (antes lo había sido de Cuenca, y antes de Popayán) cuando fue proclamado presidente de la Junta de Gobierno de Quito el 11 de octubre de 1811. Ponerse al frente de una Junta revolucionaria no era fácil para un obispo, en épocas del patronato regio, cuando su nombramiento venía directamente del rey de España.

Es que Cuero y Caicedo ya había mostrado su temple al denunciar las arbitrariedades de Ruiz de Castilla en el juicio contra los próceres del 10 de agosto de 1809 y, sobre todo, cuando, como verdadero pastor condolido de su grey, salió a las calles en una procesión improvisada a parar la matanza del 2 de agosto de 1810. Si no hubiera sido por él los muertos de aquel día no habrían sido solo 300. Y también logró que el saqueo de la ciudad por las tropas venidas de Lima y Santa Fe de Bogotá, que había continuado toda la noche, se detuviese al día siguiente. Más todavía: logró que Ruiz de Castilla y Arredondo entendiesen que habían perdido toda legitimidad y que la única manera de evitar nuevos derramamientos de sangre era sacar las tropas de la ciudad, como lo hicieron a partir del 4 de agosto.

Por su vileza y saña, la matanza del 2 de agosto, radicalizó la Revolución de Quito. Era un gesto heroico pues los líderes de la revolución habían sido asesinados ––Salinas, Morales, Quiroga, Arenas, Riofrío, Ascázubi, Aguilera, Peña, Vinueza, Larrea, Villalobos, Olea, Melo, Tobar––, o estaban escondidos para salvar sus vidas ––los Montúfar, Vélez, Castelo, Angulo––. Eso impulsó al obispo a la primera línea de esa ciudad mártir. Fue él quien logró las condiciones de alejamiento de las tropas, denunció ante sus superiores los crímenes cometidos por las autoridades españolas y se mantuvo en permanente contacto con los patriotas. Por eso, aunque a veces se olvida, hubo el propio 1810 una segunda revolución de Quito, y esta vez, el 11 de octubre de ese año, el grito herido y airado ya no fue de mera autonomía sino de verdadera independencia.

Cuero y Caicedo fue finalmente capturado y no tardó en privársele de su obispado, incautar sus bienes y condenarlo al destierro. Fue precisamente rumbo a esa pena en España que se hallaba en Lima, cuando enfermó de pulmonía y murió el 10 de diciembre de 1815, a los 80 años de edad.

Fue entonces que el pueblo, reunido en cabildo abierto, designó a Cuero y Caicedo como presidente de la Junta de Gobierno. Y fue Cuero y Caicedo quien convocó e instaló siete semanas después, el 4 de diciembre de 1811, el Congreso Soberano de Quito, el que ya, sin ninguna duda ni juego de palabras, proclamó a Quito como un Estado independiente, pidió la solidaridad de las ciudades del continente y dictó la primera constitución de la historia del Ecuador, que establece la separación de poderes, prevé rentas, crea un ejército, se define a sí misma como una entidad soberana.

Todo bajo la presidencia de Cuero y Caicedo, quien firmaba sus escritos “José, por la gracia de Dios y de la Sede Apostólica, Obispo de Quito y, por la voluntad de los pueblos, Presidente del Estado de Quito”.

Sin embargo, la ayuda de las ciudades cercanas no llegó y España, arrepentida de haber dejado que renaciera en Quito el fervor independentista, mandó un ejército mucho mayor y más decidido a suprimir a sangre y fuego cualquier intentona. Así, la segunda Junta, después de haber dado batalla, no pudo resistir. Un año después, el 8 de noviembre de 1812, el general español Toribio Montes ocupaba la ciudad.

Pero en ella no halló al Obispo Presidente, quien había huido de Quito rumbo a Ibarra, encabezando a un grupo ––que a algunos les parecerá patético, pero a otros nos parece heroico–– de seglares, religiosos, monjas de clausura, artesanos, sirvientes, que pensaban todavía en la posibilidad de una vida independiente. Montes no podía soportarlo, así que destacó varias unidades a buscar a los huidos. Cuero y Caicedo fue finalmente capturado y no tardó en privársele de su obispado, incautar sus bienes y condenarlo al destierro. Fue precisamente rumbo a esa pena en España que se hallaba en Lima, cuando enfermó de pulmonía y murió el 10 de diciembre de 1815, a los 80 años de edad.

Sus restos se perdieron con el paso de las décadas, pero en 1937 el historiador José de la Riva-Agüero y Osma (1885-1944) los encontró en la cripta del hospital de San Andrés. Imposible pensar en repatriar esos restos en el ambiente bélico de aquellos años, y menos tras la guerra del 41 y el Protocolo de Río. Pero, luego de la firma de la paz, se abrió una oportunidad y el alcalde de Quito, Paco Moncayo, que visitó el Perú tras el terremoto de Ica de 2007 para entregar ayuda del pueblo de Quito (lo que no dejó de ser notable pues al General Moncayo se le veía en el Perú como lo que era: quien comandó a los soldados ecuatorianos en el teatro de operaciones en el triunfo del Cenepa de 1995) hizo los primeros contactos para un posible retorno de esos restos.

Simultáneamente otro esfuerzo que se realizó ––y de esto da testimonio quien esto escribe pues tuvo activa participación––, fue la investigación sobre el paradero de los restos de Juan Pío Montúfar, el primer presidente de la América revolucionaria, quien, también desterrado, murió en España en 1819. Este articulista fue personalmente a las ruinas del hospital de Alcalá de Guadaira (Sevilla) en busca de esos restos, encontró que de la iglesia no quedaban sino unos arcos caídos y la cripta estaba vacía. Acordó con el alcalde de esa municipalidad española y el representante de la Junta de Andalucía para la cooperación con el Ecuador que se llevaría adelante una investigación arqueológica, pero, lamentablemente, esto no ha dado resultado y me parece que se puede concluir que los restos de Juan Pío Montúfar se han perdido para siempre.

No así los de su hijo Carlos, comandante de ese ejército fundado por la segunda Junta Revolucionaria y posteriormente fusilado en Buga por los realistas el 31 de julio de 1816. En cuatro meses y medio se cumple el bicentenario de su inmolación por la independencia y tampoco se sabe nada de algún programa oficial de conmemoración. Sus restos fueron devueltos por Colombia hace décadas, por poco se pierden en la Catedral de Quito y la municipalidad construyó un hermoso mausoleo precisamente en la alcaldía de Moncayo, para que su recuerdo viva para siempre.

En todo caso, cuando quiera que la agenda política del presidente Correa lo prefiera, es hora de dar la bienvenida al Obispo Presidente José Cuero y Caicedo al retornar a la tierra por cuya libertad luchó. Y es algo misterioso y profundo que sus restos vayan a estar 200 años después en el mismo recinto de los de Carlos Montúfar, el comandante general de su ejército, muerto solo siete meses y medio después, por la misma causa sagrada de la libertad.

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