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20 de Enero del 2015
Historias
Lectura: 16 minutos
20 de Enero del 2015
Daniel Pontón C.
Breaking Bad y la nueva geopolítica de las drogas

Breaking Bad es interpretada por Bryan Cranston, derecha, como el maestro de química que deviene en productor y distribuidor de drogas, y por Aaron Paul, su joven socio.

 

El argumento de la serie más exitosa en la historia reciente de la televisión estadounidense compagina con una nueva visión estratégica de la producción y consumo de la droga en ese país, que bien puede replicarse en nuestras naciones.

Después de casi año y medio del lanzamiento de la última temporada de la serie televisiva Breaking Bad (Volviéndose malo), esta sigue teniendo un alto nivel de impacto en la opinión pública internacional. En primer lugar, esta producción  será recordada por haber roto, de una manera sin precedente, los niveles de audiencia de la televisión por cable en Estados Unidos y otros países del mundo. También,  por su excelente calidad de producción, guión y actuaciones que la ha llevado a tener innumerables nominaciones y premios. Incluso ha sido catalogada por varias celebridades de renombre como Stephen King como “la mejor serie de televisión de la historia”. 

Para las personas que hemos visto esta serie con avidez y que no tenemos la experticia ni el paladar de un crítico agudo de cartelera de televisión, peor aún cinematográfica, Breaking Bad no puede pasar desapercibida por su impacto al imaginario colectivo sobre la problemática de las drogas en Estados Unidos y sus repercusiones geopolíticas. Después de todo, la televisión y el cine han sido potentes instrumentos donde se ha acentuado la hegemonía interpretativa  estadounidense sobre varios temas de trascendencia mundial.

¿Qué de especial tiene esta producción para una nueva compresión geopolítica de las drogas?
El consumo de metanfetaminas creció en el mercado de drogas estadounidense en la década pasada de una manera importante.

Breaking Bad fue una serie realizada por Sony Picture Television desde el año 2008, la cual relata la historia de un profesor de química de colegio, Walter White (interpretado por Bryan Cranston),  que al enterarse de que tiene un cáncer terminal al pulmón decide entrar en el lucrativo mercado de producción de metanfetaminas en sociedad con su ex alumno, Jesse Pikman (Aaron Paul), para poder pagar los costos de  su tratamiento médico y asegurar el futuro económico de su familia. Este tipo de negocio contamina la personalidad de Walter White, quien bajo el seudónimo de Heisenberg, se transforma en un ser ambicioso e inescrupuloso, que  se adapta plenamente a las reglas de violencia y corrupción de este mundo criminal.

Producida principalmente en el Estado de Alburquerque, Nuevo México, con  5 temporadas y 62 capítulos, la historia de Walter White es una emocionante exposición de  superación de peripecias que lo hacen pasar de ser un padre de familia  monótono y tradicional a ser un fabricante marginal de metanfetaminas local y luego al amo absoluto de la producción de este tipo de drogas en la zona del sur oeste de los Estados Unidos, imponiéndose incluso a los temidos carteles mexicanos.

Pero ¿qué de especial tiene esta producción para una nueva compresión geopolítica de las drogas?
El consumo de metanfetaminas creció en el mercado de drogas estadounidense en la década pasada de una manera importante.  Con efectos parecidos a la cocaína pero de más larga duración, las metanfetaminas son drogas sumamente adictivas con repercusiones severas en el  sistema nervioso central.   Pese a que esta demanda ha  permanecido estable en los últimos años, según la Encuesta Nacional de uso de Drogas y Salud en Estados Unidos,  este país sigue siendo el principal centro de consumo mundial de este producto ilegal tanto en número como en su capacidad de poder adquisitivo. 

De acuerdo a The Office of National Drug Control Policy, se estimó que para el año 2010  había entre 1,6 a 2,7 millones de consumidores crónicos de este tipo de droga en este país, lo que equivale a tener un mercado  de más o menos USD 13 000 millones, un poco menos de la mitad de los todavía dominantes  mercados de la cocaína y la heroína.

Las metanfetaminas pertenecen al grupo de las denominadas drogas sintéticas. Las drogas sintéticas difieren de las drogas naturales (marihuana, cocaína, heroína...) debido a que las primeras son producidas en laboratorios y se puede llegar a obtener el mismo producto a través de varias vías o fórmulas. Estas características de las drogas sintéticas dificulta mucho más el control de la oferta dada las múltiples formas de obtención y productos necesarios para su fabricación.  Además,  su producción es rentable a baja escala y es fabricada por lo general en laboratorios pequeños ocultos en casas, departamentos o bodegas de muy difícil detección. Actualmente, la producción local de metanfetaminas abastece,  junto con la producida por los carteles mexicanos, la demanda  interna de Estados Unidos. 

Por otra parte, el  insumo básico de las drogas naturales debe provenir necesariamente  de una planta natural producida en grandes y medianos extensiones de sembríos, ubicadas en remotas zonas geográficamente distantes (Región Andina en el caso de la cocaína y Asia Central en el caso de la heroína) y cuya producción es rentable en grandes cantidades (más de 100 kilogramos en el caso de la cocaína de máxima pureza). 

Por primera vez Estados Unidos parece mirarse a sí mismo, en el sentido de que el problema de la producción de drogas  puede ser entendido desde su realidad social.

Estas características de las drogas naturales, generó que la “guerra contra las drogas” iniciada en Estados unidos en la década de los 70  y su estrategia de control in situ, haya incidido en la generación de películas como Scarface (1983),  Carlitos Way (1993), Traffic (2000) y Blow (2001), entre otras, en las cuales la cocaína era importada de  lejanos, incomprendidos y caóticos territorios a través de perversos y oscuros personajes  poniendo en vilo la seguridad interna y la salud pública de ese país.

Breaking Bad, en cambio,  presenta un panorama distinto. Por primera vez, Estados Unidos parece mirarse a sí mismo, en el sentido de que el problema de la producción de drogas  puede ser entendido desde su realidad social. Con una posición crítica a las instituciones y valores sociales más tradicionales de ese país, esta serie nos ofrece algunas líneas interesantes que es necesario analizar.

En primer lugar, Breaking Bad es una crítica aguda a una sociedad que promulga el éxito económico como parte sustancial de la realización personal. Walter White, de clase media, es un brillante profesional de las ciencias químicas que no ve reflejado su conocimiento en una retribución económica que le permita solventar su bienestar familiar alrededor del consumo y peor aún cubrir los costos médicos para su enfermedad en un país donde los seguros de salud se encuentran privatizados y en función del poder adquisitivo de su población.

Por lo tanto, este es un claro ejemplo de una sociedad  atravesada por expectativas de vida no satisfechas y que se constituyen en el germen social que impulsa a este personaje a poner sus excelentes conocimientos de química al servicio del mercado ilegal de producción de metanfetaminas. Qué  se puede decir de Jesse Pikman, cuya historia parece encajar perfectamente en las explicaciones que establece la sociología criminológica clásica para el problema de la delincuencia juvenil. Es decir, un joven procedente de un hogar de estrictos  e intransigentes valores conservadores que terminan chocando con el espíritu de rebeldía juvenil propia de la sociedad estadounidense y que motiva al final de cuentas su decisión de introducirse un mundo de drogas, vicios, peligros  y dinero fácil.  Según las propias palabras de Walter White, “Jesse Pikman es un alma buena rodeada de amistades equivocadas”.

Todo este ambiente de apariencia de legalidad y desenfreno  lucrativo ha sido, es y será el ambiente perfecto para el surgimiento,  crecimiento y protección  de economías ilegales como el de las drogas a nivel mundial.

Otra de las críticas que se puede evidenciar en esta producción tiene que ver con los valores que promueven un  ambiente de oportunidades apto para el surgimiento de este tipo de mercado ilegal de drogas. En este sentido, más allá de las potencialidades económica que brinda  este mercado de consumo a la industria del narcotráfico a escala mundial, en esta serie juegan un rol importante los papeles de Gustavo Fring "Gus" (Giancarlo Esposito) y Lydia Rodarte-Quayle (Laura Fraser) como socios estratégicos de Heisenberg.  Escudados bajo la etiqueta de emprendedores, exitosos y correctos empresarios, la venta de pollos de “Gus” y la comercialización de insumos químicos y contactos de Lydia, permiten a Walter White tener la logística para la producción y distribución de metanfetaminas a gran escala en el sur oeste de Estados Unidos.  Pese a ello, esta crítica parece ir más a fondo,  pues pone de manifiesto la contradicción básica de las sociedades que promueven al mercado como expresión básica de libertad y bienestar. Es decir, por un lado, una sociedad que impone reglas y valores colectivos para la regulación y autorregulación de los excesos del mercado y por otro lado, una sociedad atravesada cada vez más por valores  empresariales del emprendimiento privado anarquista  y ganancias sin fin. Todo este ambiente de apariencia de legalidad y desenfreno  lucrativo ha sido, es y será el ambiente perfecto para el surgimiento,  crecimiento y protección  de economías ilegales como el de las drogas a nivel mundial.

Dentro de este esquema juega también un rol extremadamente importante, Saul Goodman (Bob Odenkirk), quien se desenvuelve como  un astuto y  carismático abogado que permite a Walter White superar sus peripecias y dotar a su actividad de una imagen de legalidad. De mediocre formación académica y apariencia chabacana, el personaje de Saul parece diferir notablemente de los elegantes e influyentes miembros de buffets de abogados de Harvard que  suele mostrar la televisión y cinematografía estadounidense para referirse a estos temas.  Al contrario, Saul es más parecido a lo que en América Latina sería  un corrupto pero efectivo operador de justicia de bajo rango, que hace presagiar que a este nivel lo que prima y se necesita  es la sabiduría de la calle y las artimañas del sistema de justicia, antes que la meritocracia ilustrada convencional.  La figura del  abogado ha causado tanta simpatía y popularidad que se está pensando hacer en el 2015 un spin-off (serie derivada) bajo el nombre de Better Call Saul, que tratará la vida de este personaje antes de conocer a Walter White.

La producción, sin embargo, no puede estar exenta de críticas respecto a ciertos sesgos en su   visualización de la realidad estadounidense. Una de ellas, a mi juicio, proviene de la interpretación que se hace al rol del Estado y sus agencias de seguridad. En esta programación este rol lo representa principalmente Hank Schrader (DeanNorris), concuñado de Walter White, quien se presenta como un cumplidor y correcto agente de la DEA y que sin querer abre los ojos de  Walter sobre el lucrativo negocio de las metanfetaminas. Pese a su obstinación por atrapar a Heisenberg,  Hank no se da cuenta, sino hasta el final de la serie, que este personaje era nada más y nada menos que su cercano y querido concuñado.

No obstante, en este mundo de ilegalidad, la relación entre Estado y narcotráfico es mucho más compleja. Desde el lado del narcotráfico, el Estado es un importante instrumento de protección y ocultamiento por medio del soborno y la corrupción. Desde el lado del Estado, el narcotráfico es  una importante fuente de enriquecimiento personal de funcionarios o un elemento efectivo de control estatal al mismo narcotráfico. Con respecto a lo último, es conocido muchas veces que las agencias de seguridad pactan o se desentienden del control  de ciertas organizaciones para poder desmantelar otras. Hank simboliza, por el contrario, un Estado ingenuo, incluso torpe y muchas veces racista pero nunca corrupto. Esta mirada es poco creíble en la esfera real; sin embargo, es entendible en un contexto político donde la ideología del “Estado moralmente impoluto” juega una rol central en la guerra contra las drogas a  nivel mundial.

Breaking Bad es una clara demostración de una nueva mirada de la dimensión del problema visto desde sus propios valores. Es decir, una sociedad donde el problema de las drogas nace y muere en su mismo seno.

Otro elemento de sesgo se muestra al final de la película, cuando Walter cuenta a su esposa que la verdadera razón que le motivó a entrar en el mundo del tráfico de drogas es su placer y gusto por el mundo de la ilegalidad (en varias ocasiones Walter White mostraba excitación sexual cuando enfrentaba situaciones peligrosas). Con esta aseveración, el verdadero germen del mal parece trasladarse a la culpa individual de aquellos siniestros antisociales que se atreven a poner en peligro la paz y el orden social, lo cual es, al final de cuentas, la figura conservadora tradicional que se ha usado para explicar el origen de la criminalidad y la sociedad del control y el castigo. Plantear el problema como buenos y malos es por naturaleza el sustrato ideológico de la excesiva criminalización del tráfico de drogas y el consumo a escala mundial.

Pese a estos sesgos, Breaking Bad es una clara demostración de una nueva mirada de la dimensión del problema visto desde sus propios valores. Es decir, una sociedad donde el problema de las drogas nace y muere en su mismo seno. Plantear a su audiencia el problema de la producción de la droga en el marco de un sustrato social familiar, puede ser un salto cualitativo importante para un país que por varias décadas se desentendió de la realidad social desde donde nacía su mercancía ilegal predilecta.  Estas enseñanzas podrían convertirse en la génesis de un nuevo enfoque sobre el problema y tal vez nos ayuden a comprender mejor el impulso que se ha dado a la  legalización de la marihuana en ciertos Estados, que se ubican en un país donde el prohibicionismo y la criminalización de las drogas siguen estando vigentes en materia de política internacional.

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