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27 de Junio del 2016
Historias
Lectura: 15 minutos
27 de Junio del 2016
Juan Jacobo Velasco
Brexit: el sismo que rompió Europa

Foto: Reuters/Toby Melville

Ante la incertidumbre política, la economía ha reaccionado con una fuerte devaluación de la libra esterlina, la moneda británica. 

 

La narrativa a favor del brexit fundamentaba su lógica en devolverle soberanía a Reino Unido –algo complicado en medio de una internacionalización que vuelve disfuncional el manejo autónomo de políticas-, en la idea de recuperar el brillo de la “grandeza” británica a la economía –una imposibilidad ante la transformación productiva del país desde la industria a la prestación de servicios- y el recuperar control y funcionalidad para los servicios públicos, sobre todo en salud y educación. Toda esta retórica no lo decía directamente, pero llevaba bajo la piel una idea clave: los migrantes estaban echando a perder todo.

Lo que ocurrió el jueves 23 de junio, cuando el Reino Unido votó por abandonar la Unión Europea, fue el equivalente a un megaterremoto en una zona sin antecedentes sísmicos. Las consecuencias del sismo podrían ser terribles. Tras décadas en donde el discurso fue en pro de una Europa fuerte y unida, la UE se convirtió en la panacea de integración y, a ojos de propios y extraños, en una especie de fortaleza inexpugnable e indivisible. Por eso nadie imaginó que los votantes británicos, sobre todo los más afectados por la recesión de 2008 y las tensiones que generó la libre movilidad al interior de la unión, iban a patear el tablero. Y, además, hacer tambalear a la misma UE, que tendrá que reformularse para sobrevivir.

La decisión británica es el resultado de placas tectónicas que han ido acumulando su fuerza de manera silenciosa. La idea del plebiscito siempre partió de la base de la imposibilidad de la salida del Reino Unido, porque todos apostaron a que finalmente iba a primar el sentido común que sopesa los costos y beneficios. Ni la UE, ni los mercados, ni los organismos internacionales, ni siquiera los que apoyaron el Brexit, habían anticipado la fuerza que tomaría el euroescepticismo en suelo británico.

El primer ministro, David Cameron, quien hizo el llamado al referendo en febrero de este año, estaba absolutamente convencido de la inviabilidad del Brexit. A su excesiva confianza condujeron los éxitos que había tenido tanto en el referendo por la independencia escocesa de 2014 como durante su reelección como premier en 2015. En ambos casos, Cameron usó la táctica del miedo, para persuadir a los votantes de que la opción contraria tendría consecuencias desastrosas. El premier trató de repetir esta lógica en el referendo de este año, cuando usó las cifras de los organismos internacionales, de los bancos de inversión, del banco central y de su ministro de finanzas, acerca de las nefastas consecuencias del Brexit. 

El apoyo al Brexit se convirtió en una especie de acto de fe para una feligresía que crecía, en tanto la campaña por el Leave anunciaba la tierra prometida de una Gran Bretaña “libre” y “más grande”..

La estrategia oficialista además contó internamente con el apoyo de la mayoría de parlamentarios conservadores, laboristas y del SNP, y, a nivel exterior, de los organismos internacionales, de los países de la UE y de las grandes empresas. En ese sentido, la campaña por el Remain (o seguir en la UE) fue vista como la opción de las elites, que subestimaron el poder de la narrativa “emancipadora” que usó la campaña por el Leave (o de dejar la UE). Junto con apostar por un discurso que apelaba a recuperar soberanía sobre las políticas internas y a dejar de transferir recursos a Bruselas para que puedan ser reinvertidos en el país, la campaña del Leave puso su mira en el eterno chivo expiatorio del nacionalismo: los migrantes. Los flujos de ciudadanos de la UE que habían llegado a suelo británico desde 2004, acumularon tres millones de personas que, para los británicos más pobres y de clase media, se convirtieron en una amenaza. Estos temores se gatillaron particularmente durante la crisis económica de 2008 y tomaron fuerza con el miedo que la migración está causando en el inconsciente colectivo europeo, sobre todo con la crisis de los refugiados sirios y los ataques a varias capitales del continentes por parte de grupos terroristas islámicos. En ese sentido, la fuerza tectónica antieuropea iba acumulando potencia aceleradamente.

El apoyo al Brexit se convirtió en una especie de acto de fe para una feligresía que crecía, en tanto la campaña por el Leave anunciaba la tierra prometida de una Gran Bretaña “libre” y “más grande”.

Como todo discurso redentor –similar al que utiliza Trump en su campaña presidencial-, la retórica libertaria apeló a creer en su palabra, no en los hechos. No importaba que la permanencia en la UE había ayudado a mejorar la economía, las políticas y, sobre todo, la paz, en un continente caracterizado por las disputas históricas. La narrativa a favor del Brexit fundamentaba su lógica en devolverle soberanía a Reino Unido –algo complicado en medio de una internacionalización que vuelve disfuncional el manejo autónomo de políticas-, en la idea de recuperar el brillo de la “grandeza” británica a la economía –una imposibilidad ante la transformación productiva del país desde la industria a la prestación de servicios- y el recuperar control y funcionalidad para los servicios públicos, sobre todo en salud y educación. Toda esta retórica no lo decía directamente, pero llevaba bajo la piel una idea clave: los migrantes estaban echando a perder todo. El factor central e intrínseco a la estrategia del Leave era que los problemas de pobreza de los grupos menos favorecidos, de las dificultades del sistema de salud pública (NHS en sus siglas en inglés) y de las tensiones para tener cupos escolares en el sistema educativo, tenían como culpable a la “excesiva” migración. Esta fue la idea fuerza de las caras más visibles de la campaña del Leave: dos líderes conservadores, Michael Gove y Boris Johnson, y el representante de la extrema derecha (UKIP), Nigel Farage.

La lógica binaria entre continuar o no en la UE escondió muchas cosas que no podían tamizarse en el debate. Por un lado, el hecho de que una superestructura burocrática como la UE es, per sé, un chivo expiatorio de la desazón de la gente. El malestar con la clase política de los propios países, toma aún mayor fuerza con estructuras supranacionales como la UE, a la que se culpa de todo porque no tiene capacidad real para comunicarse con las personas, escucharlas directamente y explicar más claramente los beneficios de permanecer en la unión. En ese sentido, en el referendo no había la posibilidad de negociar el tipo de relación con la UE de forma diferente y de generar opciones para reformularla.

Por otra parte, los adherentes al Leave nunca mencionaron que el proceso de pauperización que ha atravesado Reino Unido en la última década, se debe, en buena medida, al recetario neoliberal que han implementado los gobiernos conservadores, lo que ha erosionado el sistema de protección social. El círculo retórico era todavía más perverso, porque el primer ministro Cameron tampoco podía reconocer que el malestar de los grupos más marginalizados no se debía a la migración, sino a la perversidad de las políticas de su gobierno. 

El círculo retórico era todavía más perverso, porque el primer ministro Cameron tampoco podía reconocer que el malestar de los grupos más marginalizados no se debía a la migración, sino a la perversidad de las políticas de su gobierno.

La falta de estos matices en el debate produjo una división que polarizó al país. Las dos opciones llegaron con similares opciones la última semana, aunque las encuestas previas señalaban una ventaja de la opción Leave de 7%. La muerte de la parlamentaria laborista Jo Cox, partidaria del Remain y luchadora por la mejor integración de los migrantes, asesinada por un extremista de derecha, pareció devolverle fuerza al Remain. Esta percepción quedó palpable cuando la apuesta del sistema financiero de la continuidad de Reino Unido valorizó la libra esterlina los días previos al referendo y, más aún, cuando se observaba una alta participación (72%) que, en teoría, iba a beneficiar a la opción del Remain.

Por eso la sorpresa y el estupor se apoderaron de todos, cuando la BBC anunció las primeras horas del viernes el triunfo irreversible del Brexit. La victoria final por 51.9% de la opción por dejar la UE mostró a un país dividido. Por el Remain votaron mayoritariamente los más jóvenes, con más educación y los habitantes de los centros urbanos más cosmopolitas, mientras que por el Leave lo hicieron los blancos más pobres, mayores de 40 años y con menor educación. Es decir, la misma base de apoyo, pero en versión inglesa, que se convierte en la levadura nacionalista que emerge y que ya es gobierno en Hungría y Polonia, que amenaza con convertirse en opción de poder en Austria y Francia, y que encaramó a Donald Trump como candidato republicano este año.

El “megaterremoto Brexit” tuvo consecuencias inmediatas. La primera tiene que ver con la incertidumbre que genera el proceso de salida. El primer ministro David Cameron anunció su renuncia tanto por la pérdida de apoyo a su gobierno que implica la derrota como por lo inadecuado de tener que liderar una opción en la que no cree. Esto significa que el partido conservador buscará una opción entre Boris Johnson u otro líder tory. Pero se presume que será una lucha encarnizada al interior del partido, porque la campaña dejó muy divididas a las facciones pro y anti UE. Otro tanto ocurre con el partido laborista. Su líder, Jeremy Corbin, aparece para muchos parlamentarios de su corriente como incapaz de generar un liderazgo que gane el favor popular. Según los “rebeldes” laboristas, ello se evidenciaría en el mayoritario voto por el Leave que se dio en las circunscripciones laboristas, a las que Corbin no habría logrado convencer. Por su parte, el gran beneficiario con los resultados fue la extrema derecha del UKIP, que se frota las manos ante la posibilidad de un llamado anticipado a elecciones y la opción real de convertirse, en el mediano plazo, en alternativa de poder.

A los problemas de los liderazgos políticos, Reino Unido suma la señal que el referendo dio a los nacionalismos casa adentro. Sobre todo para Escocia como Irlanda del Norte, que votaron masivamente por el Remain, diferenciándose de Gales e Inglaterra, que votaron por el Leave. Esta diferencia regional avivó sobre todo la agenda independentista escocesa. Ello porque el triunfo de la opción por permanecer en el Reino Unido durante el referendo de 2014, se basaba en el supuesto de la imposibilidad de que Escocia pudiera, al recobrar su independencia, formar parte de la UE.

A los problemas de los liderazgos políticos, Reino Unido suma la señal que el referendo dio a los nacionalismos casa adentro. Sobre todo para Escocia como Irlanda del Norte, que votaron masivamente por el Remain, diferenciándose de Gales e Inglaterra, que votaron por el Leave..

Pero ahora, que los británicos decidieron dejar su membresía, los escoceses creen que pueden apelar al mismo argumento soberanista, para –colmo de paradojas- formar parte de la UE. Algo similar ocurre con el nacionalismo norirlandés. El proceso de pacificación tuvo un aliado importante: la desaparición de las fronteras entre los vecinos del sur y el norte de Irlanda, y el libre tránsito de sus ciudadanos al alero de la UE. La salida británica de la unión implicaría volver a imponer límites y restricciones entre las dos partes. Esto gatilló la decisión del partido pro reunificación irlandesa, Sinn Fein, de estudiar la opción de realizar su propio referendo soberanista.

Otro coletazo sísmico tiene que ver con la propia UE. La salida de un país miembro no tiene precedentes. Implica, por un lado, activar el artículo 50 del tratado de Lisboa, que da un plazo máximo de dos años para definir los términos de la separación. Este artículo solo puede activarse cuando el gobierno del país que se separa, envíe un comunicado formal solicitando su salida. El problema radica en que lo inesperado del resultado del referendo, ha llevado a las autoridades y clase política británica a proponer una salida paulatina y lenta, en aras de negociar mejor los términos de la separación. En cambio, los países más poderosos de la UE, evidentemente molestos con Reino Unido, proponen un divorcio rápido y sin concesiones, incluso drástico. Ello tendría un objetivo claro: disuadir al resto de los miembros acerca de las consecuencias de una salida definitiva del bloque.

Por lo pronto, el resultado del Brexit va a incidir en que la UE tenga que redefinirse. La salida de Reino Unido significa un quiebre interno y la pérdida de un integrante importante. Parte de los problemas que le imputan a las elites políticas europeas –y sobre todo a la UE como superestructura estatal- es no haber sido lo suficientemente sensibles para acoger y discutir los crecientes temores que están afectando a los grupos más marginalizados, que están quedando apeados de los beneficios de la unión y han buscado a una voz que los represente, sobre todo en las opciones nacionalistas.

Ese es el desafío crucial, si la UE quiere reconstruirse exitosamente: articular mecanismos para acercase al ciudadano común, en aras de escucharlo y llevar sus debates –y la comprensión de los beneficios de una Europa unida- a todos.

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