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5 de Junio del 2015
Historias
Lectura: 17 minutos
5 de Junio del 2015
Juan Jacobo Velasco
¿Cambiará la FIFA después de Blatter?

El máximo jerarca de la FIFA, Joseph Blatter, se habría sentido presionado por el escándalo internacional producido por las denuncias de la justicia de Estados Unidos. 

 

La ilusión de un cambio en la FIFA y en la forma de administrar el fútbol ciertamente aparece espontánea tras la inesperada renuncia de Blatter. Pero lo lógico es atemperar esa ilusión al alero de los hechos. Una historia de muchas décadas de corrupción es difícil de borrar de un plumazo y con solo una persona.

La noticia  de la renuncia de Joseph Blatter a la presidencia de la FIFA produjo más revuelo en el mundo del fútbol que la final de la Champions League o la inauguración del Mundial femenino del deporte.

Y no era para menos. La de la resignación del suizo fue una sorpresa inesperada al alero de la quinta elección que ganara el 29 de mayo y en la que impuso su poder sobre una entidad que se rige por unos códigos de obediencia, silencio y oscuridad similares a las de las organizaciones delictuales.

Solo así se explicaría por qué a pesar de la orden de detención contra siete dirigentes de la FIFA, las investigaciones en curso por sobornos en la dación de los derechos de transmisión y en las elecciones de Rusia y Catar como sedes de los próximos Mundiales, y las sospechas de que la corrupción ha hecho metástasis en el ente rector, Blatter no solo se reeligió sino que pareció estar por encima del bien y del mal, como un verdadero jefe mafioso. Al punto de que, cuando a pocas horas de ser reelecto le preguntaron si debía haber renunciado a repostular, llegó a afirmar que no tenía por qué puesto que no había hecho nada de malo.

Lo curioso es que exactamente cuatro días después de su quinta reelección Blatter decidió dar un paso al costado. Inmediatamente las especulaciones sobre las razones que gatillaron la renuncia comenzaron a sumarse. Que el FBI lo tiene en la mira. Que la justicia de Suiza estaría pronta a dar otro remezón con su investigación sobre la elección de Rusia y Catar. Que ha recibido la presión para renunciar por parte de los grandes auspiciantes, que amenazan con no continuar para no ser salpicados por la corrupción. Que varias asociaciones importantes de fútbol quieren hacer una revolución casa adentro. Que la opinión pública, los medios y varios gobiernos van a hacer causa común para destapar todas las miasmas de la FIFA. En fin, que en el juego de las teorías conspirativas todos tienen algo que decir, pero solo el suizo sabe qué lo motivó a tomar tamaña decisión a menos de una semana de haber hecho ostentación de un poder en apariencia incombustible.

El método Blatter

El hecho no es para nada menor. Blatter es una institución dentro de la institución. Lleva cuatro décadas ligado al poder de la FIFA, primero como director de desarrollo (1975-1981) y luego como secretario general (1981-1998) de la institución durante el extenso, polémico y criticado mandato de Joao Havelange, para luego sucederlo en la testera de la entidad desde 1998. Si algo ha sabido cultivar el suizo es la red de contactos apadrinado por Havelange, a quien nombró Presidente Honorario cuando dejó la FIFA en 1998. Del brasileño aprendió de qué manera, cuándo y cómo mover los hilos institucionales y que de esa forma de gobernar dependía cimentar el poder que ejerció.

Blatter incluso fue más inteligente que su predecesor porque promovió conceptos convocantes con los del “Fair play” para impulsar un mejor comportamiento dentro y fuera de la cancha, así como el de “Respect” de combate contra toda forma de discriminación. Siguió expandiendo la FIFA, que ahora alberga a 209 países, algunos tan ignotos y no futbolizados como Bután o Seychelles, e impulsó al fútbol femenino tanto deportiva como mediáticamente. Todos estos logros –Blatter tenía la firme convicción de ser un posible candidato al Nobel de la paz-, en los que se mezclaba la prédica de un catecismo de buen comportamiento combinado con el impulso al deporte en nichos no explorados, fueron reforzados por un sistema de “apoyos” que políticamente le eran muy redituables. Bajo la fachada de inversiones para el desarrollo del fútbol a nivel global, particularmente en África y Asia, la FIFA ha transferido recursos a nuevos socios y a países en vías de desarrollo en la forma de estadios y complejos deportivos, formación de árbitros, proyectos educativos y de entrenamiento a niños, niñas y jóvenes, y apoyo a ligas. 

Es difícil no dudar de la idoneidad de la construcción de instalaciones deportivas o de ostentosas sedes para las asociaciones locales en países con poblaciones muy pequeñas que no pueden tener una liga profesional o una práctica que permita un mínimo de ocupación de las instalaciones.

El problema con estas actividades es la falta de control y rendición de cuentas. Es difícil no dudar de la idoneidad de la construcción de instalaciones deportivas o de ostentosas sedes para las asociaciones locales en países con poblaciones muy pequeñas que no pueden tener una liga profesional o una práctica que permita un mínimo de ocupación de las instalaciones. A ello se suma lo difícil de la sostenibilidad de esos proyectos en el mediano y largo plazos debido a la falta de recursos locales y a la ausencia de un impulso que haga despegar el deporte en algunos de esos países vinculado con temas culturales y de tamaño poblacional.

Pero lo más grave es la ausencia de auditoría a estas transferencias de fondos. Como señalan muchas de las investigaciones periodísticas al respecto, la práctica habitual en la FIFA ha sido entregar los dineros vinculados con los proyectos, pero no preguntar cómo se utilizan. La obra eventualmente puede ejecutarse pero de manera precaria, con diferencias entre costo real y presupuesto que llevan a cuestionarse el destino de los dineros faltantes.

La vista gorda de estos nichos de corrupción en la faceta expansiva y de desarrollo del fútbol tomó una deriva gigantesca en los casos en que se negociaban derechos de televisación en zonas donde el fútbol es “el evento” por excelencia. Esa habría sido la norma del fútbol en las Américas. La acusación del FBI y la fiscalía norteamericana sobre las tropelías que involucran a varios personeros de la Conmebol y la Concacaf es la primera acción legal de magnitud, a pesar de que varias investigaciones judiciales y periodísticas ya habían destapado negocios nada transparentes. Quizás el caso más polémico fue el de ISL. La británica BBC mostró en un reportaje cómo la empresa de márquetin International Sports and Leisure (ISL) obtuvo los derechos para varios mundiales de fútbol antes de su liquidación en 2001.

A pesar de que desde la década de los ochentas ISL era la empresa encargada oficialmente de administrar los asuntos de publicidad y mercadeo de la Copa Mundial, se convirtió en la excusa perfecta para parapetar sobornos de varios millones de dólares a altos dirigentes de la FIFA y de confederaciones continentales.  Dada la mediatización del hecho, Havelange tuvo que renunciar a su puesto como Presidente honorario del ente rector en 2013.

El problema con este esquema de destape de escándalos y denuncias es que durante la presidencia de Blatter se generó una respuesta muy particular. A diferencia de Havelange, quien siempre negó la existencia de corrupción en la FIFA y escamoteó todo intento por fiscalizarla, el suizo anunciaba con bombos y platillos procesos de investigación ante las denuncias. El problema ha sido la permanente capacidad de Blatter para diluir el resultado de estas “investigaciones”, ya sea influyendo en sus conclusiones cuando son casa adentro (y por ende liberando de culpabilidad a los investigados), dejando pasar el tiempo sin mirar los resultados de los informes para dejar que el interés sobre sus resultados se enfríe o seleccionando el set de conclusiones que le interesaban. Todo esto cubriendo con una cortina de hierro la historia, los detalles y los resultados de esas “comisiones” de fiscalización. 

¿Al final, qué tanto puede cambiar la FIFA?

La ilusión de un cambio en la FIFA y en la forma de administrar el fútbol ciertamente aparece espontánea tras la inesperada renuncia de Blatter. Pero lo lógico es atemperar esa ilusión al alero de los hechos. Una historia de muchas décadas de corrupción es difícil de borrar de un plumazo y con solo una persona. Incluso se puede pensar que el o los nuevos personeros del ente rector del fútbol apliquen una reforma que apunte a darle más transparencia a la gestión de la entidad y comenzar a instalar la rendición de cuentas.

Pueden cambiar los mecanismos de control, pero si permanecen las mismas personas o la misma lógica con la que se administra el deporte, es muy difícil que se modifique un esquema enraizado de corrupción.

No obstante, existen muchos inconvenientes de fondo. El primero son los dirigentes y la gente asociada al fútbol. Pueden cambiar los mecanismos de control, pero si permanecen las mismas personas o la misma lógica con la que se administra el deporte, es muy difícil que se modifique un esquema enraizado de corrupción. Eso corre tanto para los corruptos como para los corruptores. Tanto lo ocurrido en el caso de ISL como lo que destapó el FBI muestra que la administración del fútbol tiene tintes mafiosos, pero las empresas que postulan a los derechos de transmisión y comercialización de los eventos no se quedan atrás. Esas prácticas también estarían asociadas al deseo de los países de figurar como un foco de atención global, lo que habría atizado la falta de transparencia y la corrupción en la elección de las sedes de los Mundiales de 2018 y 2022.
La duda razonable sobre una transformación real en el fútbol toma aún más cuerpo cuando Blatter “renuncia” a la Presidencia de la FIFA, pero a su vez va a “acompañar” a la entidad para organizar la elección de las nuevas autoridades en siete o nueve meses más. La del suizo es una mascarada porque “la renuncia” está condicionada a que el todavía jefe del fútbol encuentre un sucesor idóneo que le facilite el escape.

La lección aprendida cuando Havelange dejó la FIFA fue que lo importante no es solo terminar inmune sino asegurar esa inmunidad de manera institucionalizada y por largo tiempo, como hizo el brasileño cuando Blatter lo reemplazó. Por ende, lo que se va a cocinar por estos meses son los mecanismos de traspaso y selección del sucesor ideal. A ello se suma un tema geopolítico. Tanto Rusia, pero sobre todo Catar, están preocupados de que la salida de Blatter implique una reversión de la elección de las sedes. Los rusos acusan un plan internacional para suspender el Mundial de 2018 y seguramente moverán sus poderosas teclas para seleccionar un Presidente FIFA que les asegure llegar a puerto. La suma de todos esos factores podría significar un triunfo para el establishment de la FIFA y una derrota para el fútbol.

La luz de esperanza

Empero, pueden suceder cosas totalmente opuestas al deseo de Blatter y de otros actores involucrados. La salida del suizo en sí marca que su poder no puede tapar la corrupción imperante y que seguramente existen fuerzas que exigen un cambio y están haciendo algo para lograrlo. Por ende, la pulsada que se viene con el proceso de elección del nuevo mandamás del fútbol va a ser decisiva. El resultado va a depender mucho de la cadena de delaciones que puede provocar la orden de captura emitida por el FBI. De hecho, Jack Warner, ex presidente de Concacaf y uno de los acusados por la fiscalía norteamericana, acaba de asegurar que va a dar a conocer varios hechos de corrupción que involucran directamente a Blatter. El destape de este y otros delatores puede quitarle piso a Blatter casa adentro, al punto que nadie quiera aparecer como su cercano.

Si ganan los reformistas, es probable que se den cambios profundos, tanto en la estructura de la entidad, como en la transparencia de los procesos, en la rendición de cuenta y en los mecanismos de gobernanza, comenzando por el límite de la reelección de los personeros FIFA y de los presidentes de las federaciones nacionales y regionales.

Para que la opción de saneamiento de la FIFA se concrete, esta debe ser encabezada no solo por una persona sino por un grupo comprometido con una reforma en serio, que cambie el patrón de gobernanza. De ello dependerán las adhesiones que se logren y la probabilidad real de éxito. Un mecanismo puede ser la creación de un ente totalmente independiente conformado por personas de prestigio global no vinculadas al fútbol que se encargue de monitorear y auditar las actividades (todas y en detalle) de la FIFA y sus filiales regionales y nacionales.

Un mecanismo puede ser la creación de un ente totalmente independiente conformado por personas de prestigio global no vinculadas al fútbol que se encargue de monitorear y auditar las actividades (todas y en detalle) de la FIFA y sus filiales regionales y nacionales.

Otro aspecto básico es el de la gobernanza. La reforma puede incluir una estructura similar a la de las Naciones Unidas, en las que las decisiones cruciales puedan ser definidas por el peso futbolístico de algunos países y federaciones (tal como ocurre con el Consejo de Seguridad) y otras por la totalidad de países. Ello dejaría sin efecto la práctica de comprar apoyos de los países más pequeños y pobres a punta de regalos.

La FIFA tiene el monopolio de la organización de las Copas del Mundo de todas las categorías, pero la joya de la corona es el Mundial de fútbol de hombres. Esta decisión ha dado pie a mucha corrupción y maniobras indebidas por parte de los países aspirantes. La elección debiera tener, sobre todo, dos componentes: técnica y ética, en donde esta última, además de probidad incluya responsabilidad social, para que no ocurran hechos como lo ocurrido con Catar, con una oferta estratosférica para financiar la Copa.

Y, finalmente, un aspecto muy importante es el de las características de quien va a tomar las riendas de la entidad. Se necesita alguien que brinde garantías de transparencia, probidad, convicción para realizar los cambios y capacidad de gestión de equipos. Varios de los nombres que se barajan tienen pros y contras, pero además una característica común: son hombres. Una idea que ha empezado a surgir es que la FIFA pueda ser encabezada por una mujer, algo que si bien puede parecer demasiado novedoso en un deporte mayoritariamente masculino, no suena tan descabellado cuando se piensa en que los cambios que requiere la institución deben ser de raíz y con una mirada fresca.

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