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20 de Junio del 2016
Historias
Lectura: 14 minutos
20 de Junio del 2016
Redacción Plan V
Caso Saraguro: "me hicieron sentir como un animal"

Foto: Luis Argüello

El ciudadano saraguro, sentenciado a 4 años de prisión por poner piedras en en camino, se dirige a sus acompañantes durante un plantón de solidaridad.

Amable Angamarca es, junto a Luisa Lozano, el otro saraguro sentenciado a cuatro años de prisión por la justicia correísta, como resultado de la movilización en Saraguro, Loja, el 17 de agosto del 2015. El Informe psicosocial y de violaciones de derechos humanos narra su historia.

Amable Angamarca cuenta que llegó antes de la movilización del pueblo Saraguro, ese 17 de agosto del 2015, para cubrir los hechos. Él es un reportero de la radio comunitaria. "Tuve que reemplazar a mi hija que tenía que ir a Guayaquil. Yo ese día reporté vía telefónica, tenía que cubrir la noticia. El director de la radio trasmite la noticia y lo hicimos en vivo cerca de las 7 am. La novedad era que la gobernadora iba a dialogar. Estaba ese día por momentos, iba y venía a la radio. A las 7y30 de la mañana, decían que venían a dialogar las autoridades pero llegaron policías y militares al lugar donde estaba la gente esperando y en lugar de conversar, de una llegaron las bombas, una tras otra, y se expandió el gas…".

Cuenta que "estaban cerca 200 a 300 personas. Uno como comunicador tiene que estar donde está la noticia. Después de lanzar las bombas se corrió por diferentes direcciones. Como tengo problemas del corazón tuve que buscar refugio. Mi corazón es muy grande y tengo latidos muy fuertes. Dicen que mi enfermedad es hereditaria. Así que me fui a un camino como a 300 metros, ahí pedí agua en una casa que encontré y pedí un baño. Yo estaba solo y ya no podía más con el gas, y un policía entró y se vino gritando con palabras gruesas, con insultos fuertes. Decían ¿Quién está por acá? ¡Ahora son cogidos!, ¡de aquí no se escapan! Le pregunte qué pasa y me dijeron palabras descomedidas y decían que somos guerrilleros, los que armamos el problema. El policía entró al baño. Yo le dije que era reportero, pero ni me dejó sacar las credenciales. Luego entraron más y tres policías me llevaron a la Panamericana. Hubo agresiones verbales, me decían que eran poderosos y que yo no era nada, que vaya a hacer creer a otro lo que yo era, que vaya a hacer creer a la abuela o a quien yo pueda hacerles creer quien era yo. Eran groseros, prepotentes. Me cogieron del cuello llegamos a la Panamericana y en una camioneta nos iban llenando”

“Llegó otra compañera, Teresa, en muy mal estado. Cuando pasé en el lugar de los hechos yo le vi a ella en el piso y ocho policías le arrastraban porque ella no se dejaba, le habían sacado el anaco y le daban golpes y patadas y más policías llegaban para dominarla, le echaban gas. Yo le ayudaba, dándole aire…”

Amable  pensó que no habría consecuencias pues no estaba haciendo nada malo, sin embargo en ese momento les llevaron a Loja, según relata en el informe:

Lea aquí la primera parte

"De la camioneta nos llevaron a un bus y vinieron más personas y llenaban el bus con gente. Ahí si ya supe qué iba a pasar. Yo decía: por qué no nos llevan a Saraguro, ahí hay autoridades. Cuando llegué a Loja estaba medio lleno el bus y traían compañeros ensangrentados, medio desnudos, sin camisetas, abierto el pelo, todos un relajo. Ahí al ver todo empecé a tener indignación por ese maltrato e injusticia, no escuchaban nada. Me hizo acuerdo como si fueran los españoles, estaban con las armas. Yo decía: si ya pasamos eso con nuestros ancestros, nuestros padres, y ahora otra vez, no puede ser…”.

En relación al proceso judicial, Amable dice que este ha afectado gravemente su condición personal y la de su familia.

"Cuando llegué a Loja estaba medio lleno el bus y traían compañeros ensangrentados, medio desnudos, sin camisetas, abierto el pelo, todos un relajo".

“Se han enfermado con dolor de cabeza, malestares, con poco ánimo de comer, dormir. Se nos ha quitado las ganas de trabajar, pasamos como con una impaciencia, intranquilidad, hay reclamos continuos conmigo de por qué estoy en esto y la preocupación de dónde sacamos dinero. Me reclaman de por qué estoy metido en el proceso”.

“Mi padre está en Quito para que mis hermanas lo cuiden y él está muy mal de salud. Con esto –el proceso- todo se ha dañado, es intranquilidad, hasta he perdido el gusto de comer, de trabajar, de dormir. Ahora hasta en una conversación ya no sé dónde está mi cabeza. Me resulta difícil concentrarme, paso desconcentrando. Mi familia pasa las mismas situaciones. Mi esposa es más sensible, está preocupada, muy afectada. Mi esposa está en otra etapa de su vida por sus cincuenta años y tiene mucho dolor de cabeza, no puede trabajar bien. Le duele todo el cuerpo”.

El traslado en el bus hasta Loja, también es narrado por Amable:

"Nos llevaron a Loja de forma muy mala, nos llevaron como presos, los militares cuidándonos a todo rato. En el carro íbamos unas 50 personas. El bus hizo 45 minutos, fue violento el traslado. El bus se llevaba las señales de tránsito, ese traslado me hizo sentir como un criminal. Nos tuvieron en un lugar de vigilancia de vehículos, en un lugar medio escondido y ahí nos tenían vigilándonos, nos quitaron los celulares y no podíamos comunicarnos con nadie, ni con nuestros abogados. Estuvimos incomunicados desde las once de la mañana hasta las ocho de la noche. Recién a las siete de la noche un policía nos dio algunas razones de la detención, el supuesto delito flagrante que cometimos”.

“Los abogados nos dejaron un poco de pan y comida. Nos daba miedo de comer la comida de los policías. Por turnos nos examinaban, nos trajeron una doctora de ellos mismo - de la policía- y nos chequeaban y los resultados de esos exámenes eran supuestamente golpes leves; pero a ellos- los policías- si decían que eran brutalmente golpeados, eso supe después. Lo que decía la médico no correspondía con la realidad.

"Yo no puse resistencia y por eso físicamente no me trataron mal, todo daño fue psicológicamente. Pero mis compañeros que si se resistieron a ellos si les golpearon y les dañaron el cabello, algunos estaban ensangrentados. A un compañero que tiene una prótesis de una pierna, le acusaron de tener un palo para golpear a los policías, pero era su bastón”.


Las expresiones de apoyo a Luisa Lozano y Amable Angamarca han sido constantes.

Antes de la audiencia, los detenidos no pudieron tener ningún contacto con sus abogados, su detención fue arbitraria y se vulneró el debido proceso:

“Después de eso nos llevaron a la audiencia en la noche. Se comunicaron con la fiscal, entre ellos. En la audiencia recién nos encontraron los abogados, ya nos esperó el juez de Saraguro que había venido a Loja para la audiencia. Se presentó un recurso de habeas corpus que no fue aceptado. Luego nos llevaron a otro lugar donde se nos tomaron pruebas, de huellas dactilares, fotos… amanecimos como animales, sin dormir, sin camas, con el cuento de que nos tomaban datos. A las 7 u 8 de la mañana del otro día nos llevaron a la cárcel. Nos dijeron que vayamos a la cárcel, para seguir viendo si fuimos culpables. De eso pasaron dieciséis días. Nunca había ido, la comida mala, es como estar en una bodega, antes había estado alguien, tuvimos que llegar a barrer, a trapear para estar medio-medio, pero estuve muy mal. En cuanto a la gente que estaba ahí, estaba medio controlado, porque a los más malos, estaban separados de nosotros, pero un día en presencia de nosotros se apuñalaron y todo eso psicológicamente estábamos mal. Nos decían guerrilleros, terroristas, eso nos decían en la cárcel de Loja. Esas cosas nos dañaron totalmente nuestros ánimos”.

Al salir de la cárcel se dieron medidas sustitutivas, Amable debe firmar dos veces por semana, lunes y viernes. Amable comenta que han debido acudir a abogados de la justicia indígena y abogados de la justicia ordinaria y que todo este proceso ha sido profundamente desgastante, dice que no logra recuperar su vida normal, no puedo hacer su trabajo con normalidad:

“Yo trabajo pero no sé dónde está mi mente, no quiero hacer nada y me olvido las cosas. Yo quisiera estar en Loja para ver qué pasa conmigo y todo lo dejo inconcluso”.

Amable explica con claridad que la sentencia no sólo representa un gran impacto y golpe para él, sino también para su familia, y especialmente para las comunidades del pueblo Saraguro.

“A las personas que trabajan conmigo, a la comunidad, a todos nos ha afectado, porque yo compro todos los productos en la comunidad, muevo a toda la comunidad. Compro a todos, toda la economía de la comunidad se movía conmigo. Ahora están afectados. Y nos duele que nos digan que somos culpables, que somos unos guerrilleros, unos violentos, porque el pueblo Saraguro es un pueblo unido y trabajador”.

Los impactos además, han generado una situación de miedo colectivo e inacción generalizada, la gente tiene miedo de hablar, de opinar.

Los impactos además, han generado una situación de miedo colectivo e inacción generalizada, la gente tiene miedo de hablar, de opinar. Amable lo define como una suerte de chantaje, de lección para que la gente no se levante contra las medidas injustas.

Sus expectativas de reparación integral apuntan a la búsqueda de verdad y justicia, así como a la reconstrucción de la memoria personal, familiar y colectiva y a la reparación integral, especialmente a las garantías de no repetición:

“Yo espero que el Estado revea todo, yo no tengo culpa. No tengo culpa y el Estado se equivocó tanto confiando en quienes no hicieron bien su trabajo. Tenía que haber algo, hubo informes de policías, todo este tiempo ha estado lleno de mentiras. Yo si busco reparación porque esto es injusto. Yo digo que debe revocarse, punto, y así colaborar con el pueblo Saraguro. Amarrar a una persona que hace tanto por la comunidad, yo no creo que eso sea justicia. Con la radio comunitaria, por ejemplo, educamos, informamos y entretenemos, hablamos no a las drogas, no abandonar a los hijos, a no a vivir en una forma mala. Nosotros ayudamos a la comunidad y una persona que hace eso se lo criminaliza...”

“Yo creo que tiene el Estado que reparar nuestros daños. Nosotros estamos dañados, psicológicamente, económicamente. Nuestros planes están como un huracán que bota todo al piso y al ponernos como estuvimos porque soy capaz de hacer las cosas. Que nos devuelvan la armonía de la comunidad. Para que no vuelva a ocurrir estos hechos le corresponde al Estado dar garantías. Debe ser un acceso al dialogo, al conocimiento, que conozco su dialecto su comunidad, sus tradiciones. Cuando se conoce recién se aplica una armonía, el Estado debería conocer. Debe haber un encuentro, lo que llamamos el buen vivir, hasta el gobierno ha dicho eso pero no está el buen vivir, no queremos que nos atropellen, tenemos nuestro poncho así, en alto, como nuestra dignidad…”

Finalmente y en relación a la libre determinación de los pueblos con sus sistemas de justicia indígena, Amable reitera en que el pueblo de Saraguro practica la justicia indígena históricamente y que bajo esta matriz, ya fueron juzgados y ya cumplieron. A diferencia de la justicia ordinaria, la justicia indígena no castiga, restablece, repara.

“El Consejo de Alluys nos hizo declarar, nos preguntaron, y avisamos todo. Ellos dan un juzgamiento de restituir, remediar, poner en armonía, no dar un castigo. Poner en armonía. Hasta eso luchan. Durante como cinco o seis reuniones. Se hace en la tarde porque de día se trabajan y también fueron llamados la autoridades y no llegaron y los representantes de la policía que no puede venir. Con mi experiencia, la justicia indígena es más humana porque toda la comunidad vigila. Ellos si dan un seguimiento y si no cumple le vigilan. La justicia ordinaria es voluble.”

 

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