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29 de Abril del 2019
Historias
Lectura: 20 minutos
29 de Abril del 2019
Por María Cristina Bayas
Cautiva en el bosque: el secuestro de Julia Chediak
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El guardia le dijo que tenía unos papeles para su mamá y cuando la niña se acercó a la caseta, vino otro hombre por detrás, le tapó la boca, la empujó hacia el baño de la garita y la sometió contra el piso. Así empezó el secuestro de una niña de pocos años en una urbanización en las afueras de Quito.

El sonido de las ruedas de una maleta de viaje haciendo fricción contra el pavimento de la casa adyacente le transportó a Julia al 11 de enero de 2010. Después de varios días de dormir con su mamá desde que la rescataron, la niña de ocho años por fin se aventuró a dormir sola. Esa noche los vecinos llegaron de viaje y el traqueteo de las ruedas de la maletas le remitió a Julia al ruido del basurero verde en el que la metieron unas semanas antes para secuestrarla. Sus oídos, engañados por el trastorno de estrés postraumático, le condujeron al momento en el que la capturaron. Todo fue real: el viento, el sonido, la confusión de una pequeña a la que se la llevaron a un lugar recóndito por Puembo.

- Mamá, le están secuestrando a alguien
- Tranquila Julia, ya no estás en peligro
 
Los once días que duró su ausencia dieron vida a decenas de mitos, ritos y cadenas de oración. En el momento en que fue rescatada, unos decían que la Virgen se le había presentado; otros que la niña era una iluminada. La historia de Julia, según Alexandra, su madre, fue también un triunfo de los creyentes que rezaron por su hija.
 
***
 
El lunes 11 de enero de 2010, como de costumbre, Julia llegó del colegio en un bus, pero en lugar de avanzar hasta su casa se quedó en la puerta del condominio, ubicado en Tumbaco.  El guardia le dijo que tenía unos papeles para su mamá y cuando la niña se acercó a la caseta, vino otro hombre por detrás, le tapó la boca, la empujó hacia el baño de la garita y la sometió contra el piso. El hombre le dijo que las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) estaban dentro de su casa amenazando a su familia y que él la iba a proteger. Julia no sabía qué eran las FARC. Él le explicó que se trataba de un grupo terrorista que quería “sacarle plata a su familia”, y que por eso debía esconderla. Le dijo también que la llevaría donde sus abuelos, en Puembo, para ver si las FARC no habían llegado aún hasta allí y podía quedarse con ellos. “Yo no estoy en peligro, sino mi familia, y él me está ayudando”, pensó Julia. Así fue como accedió a meterse en un basurero de color verde que luego fue arrastrado hacia una camioneta. El sonido de las ruedas contra el asfalto se grabó enseguida y para siempre en su cabeza. Cuando llegaron a su destino, alrededor de 40 minutos más tarde, el secuestrador destapó el basurero.
 
- Esta no es la casa de mis abuelos
- Es que las FARC ya estaban ahí
 
Julia reconoció el entorno. Estaba en Puembo, cerca de El Chiche. El secuestrador la hizo caminar alrededor de 30 minutos, adentrándose en un bosque, hasta que se encontraron con un árbol grande donde reposaba, apoyada en el tronco, una mochila. El hombre le dio la orden de abrazar el tronco del árbol con sus piernas y, una vez que Julia obedeció, le puso unas esposas en los tobillos. La dejó sola y a la intemperie con lo que llevaba puesto, su maleta del colegio y la mochila, que contenía tres latas de atún y un paquete de galletas. No dejó ningún líquido. Y se fue. Julia gritó durante un día entero pidiendo auxilio, hasta que se le agotaron las fuerzas.

El secuestrador la hizo caminar alrededor de 30 minutos, adentrándose en un bosque, hasta que se encontraron con un árbol grande donde reposaba, apoyada en el tronco, una mochila.

“Si me preguntan, en esta situación, ¿qué harías?, no sabría”, dice Julia. “Pero en ese momento [las soluciones] se me ocurrían”. Julia empezó entonces a actuar por instinto. No sabía cuánto tiempo estaría allí, sola, así que tendría que racionar la comida y un jugo de naranja que, por suerte, no se había tomado ese día en el recreo de la escuela. Durante tres días, Julia comió una lata de atún diaria y bebió a sorbos el jugo de naranja. Resistió el frío, el miedo y la presión de las esposas.
 
Julia cuenta que, en su casa, solía tomar siempre mucha agua por las noches, y estando en el bosque, somnolienta durante una madrugada, acercó el jugo a su boca y se lo terminó. Enseguida cayó en cuenta de que se había quedado sin líquidos y se desesperó. “Me voy a morir”, se dijo. Fue la primera vez que lloró.

* * *

Alexandra ya sabía que algo malo le había pasado a su hija. Aunque su retraso era de apenas unos minutos, la madre empezó a dar vueltas desde su casa a la entrada del condominio, hasta que en una de esas confrontó al guardia de seguridad. “Entré en una dimensión de velocidad mental desconocida por mí”, recuerda. Tenía siete meses de embarazo, y aún así logró desarmar al guardia y sostenerle las manos. Alexandra le preguntó, de frente, dónde estaba Julia. El hombre dijo, “Yo no tengo nada que ver con ellos”. Esa especie de confesión torpe fue suficiente para delatarse. “Llamen a la UNASE”, les dijo Alexandra a los vecinos. Llegaron dos grupos armados. El segundo detuvo al guardia, evidente cómplice de la captura, y empezó la investigación.

* * *

En medio del bosque, Julia procuraba dormir lo que más podía. Y soñaba con frecuencia. Adormecido, su inconsciente se trasladaba a su casa, a su colegio; pasaba tiempo con su familia y sus amigas. Pero cuando abría los ojos, despertaba en una pesadilla.

Su captor regresó al tercer día. El hombre volvió con un pan y una consigna: si no me haces caso en todo lo que te diga, te mato. No eran palabras vacías: el sujeto portaba una pistola y guardaba unas balas que Julia recuerda de color rojo. Entonces, el secuestrador abrió las esposas de Julia, le ordenó caminar y le hizo cruzar un río lleno de basura, cerca de una cascada. Julia ya no podía resistir la sed y aprovechó para beber sorbos de una corriente alterna que no tenía el agua empozada. Mientras caminaba hacia la orilla contraria del río, obligada también a nadar en algún tramo, miró la mochila del colegio y pensó, “¡Voy a dañar los libros de la biblioteca, qué va a pasar!”. El captor gritaba: “Dale, mueve, más rápido”. El agua empapó la única ropa que tenía: una camiseta morada, un jean y un saco delgado de color rosado decorado con rosas en el lado derecho. Ya del otro lado del río, el hombre volvió a esposarla a un árbol. Esa noche, Julia se intoxicó y vomitó. “Él se puso muy bravo conmigo por haber vomitado”, recuerda. Débil, desnutrida, mojada y lastimada por la travesía, Julia se durmió temblando de frío.

Su captor regresó al tercer día. El hombre volvió con un pan y una consigna: si no me haces caso en todo lo que te diga, te mato. No eran palabras vacías: el sujeto portaba una pistola y guardaba unas balas que Julia recuerda de color rojo.

 
* * *
 
En los primeros días del secuestro, Julia intentó escapar usando unas tijeras que tenía en su mochila del colegio. Cuando el secuestrador se iba a hablar por teléfono, cosa que hacía constantemente para negociar con la familia de Julia, ella las sacaba de la maleta y clavaba sus puntas en las esposas para tratar de abrirlas, la niña empezó a lastimarse los tobillos. Finalmente, Julia forcejeó tanto con las esposas que las dañó. El secuestrador se dio cuenta y buscó otra forma de inmovilizar a Julia. La acostó sobre el pasto y le puso cinta masking alrededor de los pies. Le hizo abrir los brazos, tomó un palo y usó más masking para sostener cada uno de ellos en los extremos del palo. Julia quedó crucificada.
 
A lo largo del secuestro, el hombre liberó a Julia varias veces para hacerla caminar por el bosque, moverla de sitio e inmovilizarla nuevamente. Ella recuerda que vio helicópteros y luego entendió que posiblemente el delincuente temía que la encontraran. A lo largo de la captura, aparte de las tres latas de atún que consumió en los primeros tres días, Julia comió un paquete de galletas, dos panes y un poco de arroz. El secuestrador se iba y regresaba. Algunas noches Julia dormía sola y otras acompañada por él.
 
Después de que la niña se intoxicó, el hombre le dijo que iba a hablar por teléfono con su familia. Le ordenó que dijera que estaba enferma, débil, que se estaba muriendo: todo eso era cierto. “Si no les dices eso, te voy a matar”, amenazó el hombre. Luego le pasó el teléfono y le apuntó con la pistola mientras la niña hablaba con Santiago Cárdenas, su tío, quien negociaba en nombre de la familia. Con el paso de los días, Julia se distanció de la realidad, y dice que todo le era borroso, como una serie de manchas que se mueven. Intentaba entretenerse pensando en cualquier cosa. Hacía de sus manos un reloj de sol; se esforzaba por repetirse qué día era para no perder lo único que le quedaba: la noción del tiempo. “Me voy a volver loca”, se decía, “mantén tu mente en algo”. Fantaseaba, por ejemplo, con pedir a sus padres que le compraran un perro. Ojeaba los libros que tenía en la mochila y en uno de ellos encontró una historia de terror. Ahora, con humor, Julia dice que desde el secuestro aprendió a elegir mejor sus libros, porque nunca sabe si en algún momento serán los únicos compañeros que tenga.
 
En cierto momento, Julia dejó de sentir apetito y toda intención de escapar. Abrazó su suerte. Aunque sentía miedo, sabía que no podía gastar líquido en lágrimas ni energía en un estado de desesperación. Julia soñaba despierta, se debilitaba y dormía más. A pesar de su estado crítico, dice, se sentía protegida, como si alguien la estuviera cuidando. Una noche, en sueños, vio un tren que se acercaba y, al pasar, reconoció en los vagones a toda la gente que amaba. Ellos la miraban y se despedían. El tren seguía su camino, se alejaba, llevándoselos a todos.
 
* * *

Alexandra recuerda cómo fueron los meses posteriores al rescate de su hija y lo que sentía por el secuestrador. “Quería matar a su hija poco a poco, lentamente, para que le duela”. Después pasó a una fantasía “una gota más civilizada” en la que mataba al secuestrador y no a su hija. El odio se presentaba intermitente y obstinado. Uno de los momentos en que apareció, implacable, fue cuando su bebé de 6 meses, Bernardo, hermano de Julia, murió. Alexandra estaba en la última etapa de su embarazo cuando secuestraron a su hija mayor y habla de la tensión que sintió esos once días: “Es como que te metan una paliza estando embarazada”, dice. Bernardo nació con problemas respiratorios y cardíacos, le faltó la energía vital para respirar y sobrevivir. El acta de defunción del bebé fue ingresada en el juicio como agravante, “en ese secuestro sí hubo una muerte”, dice Alexandra. Después se dio cuenta de que el sentimiento que siempre había reinado en su vida era el amor. “Tengo un amor inmenso de ir a ayudar a otros, no iba a perder eso”, dice Alexandra, que decidió liberarse del rencor cuando empezó a faltarle la energía para vivir. Sentía dolor en el cuello y la mandíbula, se había roto muelas y dientes de tanto apretarlos. La condena de los secuestradores, la cual se dio en diciembre de 2010 antes de que venciera la prisión preventiva, le ayudó a sanar.

“Mamá, una persona que hace tanto daño tiene una miseria en el alma” le decía Julia a Alexandra. Pasados unos meses, Alexandra quiso ir a visitar al secuestrador a la cárcel, pero la iniciativa no se concretó. Su plan era llevarle un paquete de cigarrillos y decirle, “Pana, vengo a decirte que se acabó esto entre tú y yo”.
 
* * *

Julia recuerda nuevamente el bosque, donde todo era nebuloso y lejano. Había perdido ya todas sus fuerzas cuando el hombre le dijo que vería a su familia si hacía lo que le ordenara, y le pidió trepar una pendiente junto a él. Alexandra dice que, en la reconstrucción de los hechos, los policías tuvieron que hacer un gran esfuerzo físico para lograr subir esa cuesta. “Eran paredes de 300 metros”, dice Alexandra, y recalca que Julia estaba deshidratada y desnutrida. “Me estaba muriendo”, dice Julia, “ya no tenía hambre ni sed”, pero sentía una fuerza que “está siempre ahí, en todas partes… pero te invade sólo cuando es necesario”. Julia subió la pendiente muy lentamente. “Lloraba, estaba casi agonizando”, cuenta. “Sigue subiendo”, le ordenaba el secuestrador. “No puedo”, respondía la niña. Mientras escalaba la pared tuvo la tentación de dejarse caer al vacío, pero siguió cargando su peso y el de la mochila que contenía los libros del colegio. Para apurar la escalada, el hombre agarró la mochila de Julia y la lanzó cuesta abajo. “Lo único que tenía ya no lo tengo”, pensó la niña. Al llegar a la planicie que había al final de la pendiente, vio unos tubos de desague, enormes y de cemento. El secuestrador le dijo que se metiera en uno de ellos, le puso masking en la boca y en las manos y se fue. Ella se quedó acostada y empezó a desentenderse del mundo. “Estaba lista para dormir para siempre”, dice Julia. No sabe cuánto tiempo pasó hasta que escuchó que un hombre, con un timbre de voz distinto al del secuestrador, gritaba “¡Julia, Julia!”. Tomó aliento para sacarse el masking de la boca y contestó como pudo. De aquí en adelante todo es confuso en su memoria. Recuerda, muy distante, que unos hombres la cargaron, la subieron a un auto, la escondieron en una casa para limpiarla y darle de comer; que después habló con su mamá por teléfono, que le llevaron a una rueda de prensa donde se encontró con sus padres y, finalmente, terminó internada en el Hospital de los Valles.

Recuerda, muy distante, que unos hombres la cargaron, la subieron a un auto, la escondieron en una casa para limpiarla y darle de comer; que después habló con su mamá por teléfono, que le llevaron a una rueda de prensa donde se encontró con sus padres y, finalmente, terminó internada en el Hospital de los Valles.


Los hombres que la rescataron pertenecían a la UNASE y, desde un comienzo, habían patrullado con cautela un barrio en las cercanías del bosque donde estaba Julia, a veces haciéndose pasar por vecinos para conseguir información. El equipo de la UNASE encontró a Julia cuando ya se había acordado, entre la familia y el secuestrador, que la niña sería devuelta en un patio de comidas de la ciudad, y el dinero del rescate colocado en un basurero, en Nayón. Justo a tiempo.
 
Una vez en el hospital, Julia se concentró en el rostro de su madre, y le dijo: perdón, mamá, perdí mis libros, me comí las uñas… y quiero un perro.
 
* * *

Alexandra imita la postura de un simio para describir cómo se paraba Julia cuando llegó de nuevo a su hogar. La niña caminaba jorobada y no hacía contacto visual. Tuvo terapia física y psicológica diarias por un tiempo prolongado y permaneció en un estado de presencia ausente alrededor de 15 días. “Tú le hablabas y miraba para otro lado”, recuerda Alexandra. Le prohibieron las visitas y volvió al colegio de a poco, primero sólo unos minutos durante el recreo y acompañada por su madre. Por otra parte, había personas que rezaban todo el día alrededor de la casa de Julia y le dejaban a la familia velas, vírgenes y santos. Hicieron misas de agradecimiento y llenaron de regalos la casa: peluches, flores, chocolates, pasteles. 
 
Julia niega haber sido visitada por la Vírgen durante los días del secuestro, pero dice que nunca se sintió sola. En su familia no hay un ambiente religioso, por eso, cuenta, la protección que sintió en el bosque es evidencia de que esa presencia poderosa, viniera de donde viniera, fue real. Julia, ahora de 17 años, se ríe mientras confiesa que no sabe cómo explicar eso que sólo ella entiende.
 
Julia dice que, si pudiera retroceder el tiempo, no evitaría lo que pasó. “El secuestro me hizo tan lo que soy yo”. No cree que su historia sea un relato heroico, al contrario, resume con sencillez lo que sucedió, “No tuve otra opción. Te pudo haber pasado a ti.” 

 

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