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10 de Octubre del 2016
Historias
Lectura: 10 minutos
10 de Octubre del 2016
Fernando López Romero

Historiador. Investigador social. Profesor principal e investigador de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador.

Colombia: la victoria del NO y los motivos del lobo

Foto: Reuters Media Express

El ex presidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, hizo una intensa campaña por el No que finalmente logró suspender los acuerdos de paz con las FARC. 

 

En vísperas del plebiscito colombiano del pasado 2 de octubre, me preguntaba si acaso el triunfo del Sí podría constituirse en el principio del fin de una larga guerra contra los campesinos, los indígenas, los pueblos negros y los trabajadores colombianos, que ha costado cientos de miles de muertos y desaparecidos junto con millones de desplazados, desde los tiempos de los “pájaros” armados por el Partido Conservador de Laureano Gómez. Con la victoria del No, estas preocupaciones son aún más relevantes.

Las causas profundas de la guerra

La larga historia de la violencia colombiana tiene estrecha relación con el tipo de Estado constituido por la élite liberal, y por una élite conservadora de ultraderecha muy cercana a las ideas de la Falange Española, con el tutelaje ejercido sobre la sociedad y la política por la poderosa jerarquía católica. También  con el despojo de las tierras de los campesinos, agudizado por la demanda de espacio para los cultivos de café en los años 40 y 50 del siglo anterior y por la expansión de la ganadería, la minería y la presencia de la reciente economía del narcotráfico.

Como en todas las luchas campesinas, en Colombia la larga resistencia por la tierra solo podía triunfar en el marco de una profunda transformación desde abajo de las estructuras del viejo estado oligárquico, cuyos principales pilares eran los partidos liberal y conservador, las Fuerzas Armadas, la alta jerarquía de la Iglesia y una clase terrateniente sedienta de tierras para expandir los cultivos de exportación.

En los años cincuenta, en el gobierno populista del general Rojas Pinilla, se firmó el Pacto Nacional para el reparto del poder entre los partidos liberal y conservador, que cerró durante muchos años el camino a una reforma democrática que amplíe la participación política de los trabajadores urbanos y rurales.
En 1964, el gobierno de Guillermo León Valencia bombardeó la zona de Marquetalia para acabar con las autodefensas campesinas dirigidas por Manuel Marulanda Vélez, “Tiro Fijo”. En ese año se constituyeron las FARC sobre la base de estos campesinos liberales que durante muchos años se habían resistido a la ofensiva armada de los terratenientes, profundizada después del asesinato de Gaitán en 1948.

La larga historia de la violencia colombiana tiene estrecha relación con el tipo de Estado constituido por la élite liberal, y por una élite conservadora de ultraderecha muy cercana a las ideas de la Falange Española, con el tutelaje ejercido sobre la sociedad y la política por la poderosa jerarquía católica..

En los años sesenta y setenta, la lucha campesina por la tierra se expresó como una guerra justa y concitó importantes apoyos internos y externos, pero a partir de los años ochenta la situación cambió. Junto con el crecimiento del poder militar de las FARC, comenzó a debilitarse su legitimidad política por la presencia del narcotráfico y la minería como nuevos factores del conflicto con los cuales se enredó la guerrilla incluso beneficiándose parcialmente de los dineros provenientes de los mismos, y por la adopción de una línea estratégica que privilegió el mantenimiento y el desarrollo de su aparato militar por sobre la intervención política, a través de secuestros y acciones para obtener fondos, y de acciones armadas que afectaron a la población civil, lo que lo que contribuyó al alargue y ampliación del conflicto armado y redujo notablemente el apoyo interno y externo a su lucha. Los antiguos jefes guerrilleros aparecían cada vez más cercanos a la imagen de señores de la guerra que a la de revolucionarios que luchaban por la tierra.

En tanto, sin acceder a la reforma agraria, las élites priorizaron una salida militar al conflicto, y se produjo la presencia cada vez mayor de capitales extranjeros sedientos de tierras y recursos naturales. En el plano internacional fueron los años del endurecimiento de la política norteamericana sobre América Latina que desde el gobierno de Ronald Reagan en 1980 impulsó la estrategia de guerras de baja intensidad contra el gobierno sandinista y las guerrillas de la época. Todo lo anterior incidió en el fracaso de los procesos de paz de los años ochenta con las FARC y el ELN, que tuvieron como saldo el asesinato de miles de militantes de la Unión Patriótica, fuerza política constituida por las FARC, de cientos  militantes de A Luchar, la expresión política del ELN y de dirigentes sociales y de militantes de los derechos humanos, especialmente por acción de los paramilitares y de los carteles de la droga.

Las élites políticas y económicas no cedieron espacio político a las fuerzas insurgentes. Con la Asamblea Constituyente de inicios de los años 90 realizaron una reforma política desde arriba, y con el Plan Colombia en el período previo a las conversaciones de paz con golpes muy serios a las FARC llevaron adelante con éxito una política de desequilibrio militar estratégico.

La existencia de la insurgencia armada, se constituyó también en la justificación para que la extrema derecha y el Estado sometan a las organizaciones sociales y a las fuerzas de la izquierda colombiana a un permanente estado de sitio y exterminio. Son miles los militantes políticos de izquierda, de luchadores sociales y sindicalistas asesinados durante todos estos años por las fuerzas estatales y por los paramilitares. En algunas regiones del país, como en Antioquia, la tierra de Uribe Vélez, esta política alcanzó los niveles de exterminio con el desplazamiento de millones de campesinos y la ocupación de sus tierras por la pujante burguesía ganadera.

El triunfo del NO

La victoria por estrecho margen de los partidarios del No, expresa varias cuestiones de fondo:

Evidencia el carácter de las élites colombianas, depredadoras, acumuladoras y violentas, cuyos valores han impregnado profundamente a gran parte de la sociedad. Que quienes se han enriquecido con el uso de la violencia militar y paramilitar, despojando y desplazando de su tierra a cientos de miles de campesinos, no quieren renunciar a ella pues no están dispuestos a renunciar a esa forma de acumulación por desposesión. En suma: la paz no les conviene.

Que quienes se han enriquecido con el uso de la violencia militar y paramilitar, despojando y desplazando de su tierra a cientos de miles de campesinos, no quieren renunciar a ella pues no están dispuestos a renunciar a esa forma de acumulación por desposesión.

De los seis puntos de los Acuerdos de Paz, Uribe ha dicho que no aceptan la reforma rural, la participación política de las FARC, el cese al fuego, la cuestión de las drogas ilícitas, las reparaciones a las víctimas y la justicia en la transición, es decir se rechazan las cuestiones centrales que podrían garantizar el fin de la guerra entre el  Estado y las FARC.

Es otra derrota estratégica para una guerrilla transformada en un aparato armado, que actúa en función de sus propios intereses y que ha contribuido también a debilitar a la organización campesina autónoma. Expresa también la debilidad de su legitimidad política frente a la mayoría de sociedad colombiana y ante a los propios sectores a quienes dice representar.

Ha puesto en evidencia las debilidades de un proceso de paz, manejado desde arriba y sin la participación democrática de las fuerzas sociales y políticas y de las principales víctimas del conflicto.

El Plebiscito ha revelado la inmensa fragilidad de la democracia colombiana: más de un 60% de ausentismo; la victoria del No en las zonas urbanas, y del Sí en las afectadas directamente por el conflicto armado.

El futuro de la paz y de la guerra

Es evidente que en Colombia la lucha entre las élites está comprometiendo el futuro del proceso de paz, transformándose en este momento en una suerte de primarias de las elecciones futuras. La paz, en cambio,  es un anhelo de la mayoría de la población y de las fuerzas políticas colombianas, pero solo puede realizarse si al cese definitivo del fuego se agregasen las variables principales del conflicto, que han sido colocadas en un segundo plano: la democracia, la tierra y la justicia social. No se ha puede hacer la paz sin discutir ni resolver las causas de fondo de la guerra.

En el corto plazo es también importante la capacidad del gobierno de Santos, del Estado, y sobre todo de la sociedad colombiana, para detener la operación de revancha y limpieza social que, como en los procesos de paz de la década de los ochenta, proponen y están comenzando a ejecutar los sectores más reaccionarios, envalentonados ahora por la victoria del No en las urnas.

El futuro de la paz desde hace rato no está ya en la cancha de las FARC sino en la de las élites dominantes, y depende fundamentalmente de la organización autónoma y de la movilización política del pueblo colombiano
 

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