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22 de Marzo del 2015
Historias
Lectura: 10 minutos
22 de Marzo del 2015
Redacción Plan V
Cómo los cubanos se visten en la Ipiales

Fotos: Luis Argüello

En los locales de la Ipiales, en el centro de Quito, es común ver a los caribeños que vienen a comprar ropa para llevarla a su pais, en donde tiene gran acogida.

 

Parte de la ropa que compran los cubanos viaja con ellos en su vuelo de regreso a la Isla. Pero una cantidad importante es enviada por un courrier hacia La Habana.

 

Aunque el boom de la migración cubana al Ecuador ha disminuido, el negocio de la ropa ecuatoriana sigue dando ganancias de hasta el 100% a caribeños que vienen a comprar en los mercados populares de Quito. Ropa nacional y colombiana encuentra mercado en las isla comunista.

Luis tiene 21 años, es delgado, alto y blanco y luce en el pecho varias cadenas. Le gusta el clima de Quito, aunque a veces tiene mucho frío. El joven de la provincia cubana de Pinar del Río lleva casi un año en Ecuador, y trabaja en uno de los locales del centro comercial Ipiales Hermano Miguel, que se levanta casi en el sector de El Tejar, a pocas cuadras del Palacio presidencial de Quito. 

Es una tarde de viernes en el Centro Comercial de la zona de la Ipiales y amenaza con llover muy fuerte. La ciudad está, al igual que el resto del país, bajo el azote de las lluvias. Hay pocos compradores en la Ipiales. Pero Luis, y un grupo de jóvenes cubanos altos y espigados, están atentos a la presencia de pequeños grupos de compatriotas suyos, que se han convertido en los principales clientes de los mercados populares de Quito. 

Aunque el auge de la migración cubana al Ecuador parece haber disminuido -en barrios como la Kennedy, al norte capitalino, se podía ver hace un par de años grupos de cubanos paseando por las calles- todavía muchos de los ciudadanos de la isla comunista viajan a nuestro país en busca de oportunidades laborales y comerciales. 

Las prendas de vestir, de manufactura nacional o importadas en su mayoría de Colombia, se venden entre cinco y diez dólares. Hay camisetas, pantalones de jean, y unas imitaciones de los famosos polos de Lacoste con el característico lagarto en el costado izquierdo.

Luis atiende un pequeño local de ropa en el corazón del centro comercial. Las prendas de vestir, de manufactura nacional o importadas en su mayoría de Colombia, se venden entre cinco y diez dólares. Hay camisetas, pantalones de jean, y unas imitaciones de los famosos polos de Lacoste con el característico lagarto en el costado izquierdo. El joven cubano espera la llegada de dos mujeres de mediana edad, paisanas suyas de Pinar del Río, cuya visita al Ecuador le había sido anunciada por medio de una llamada telefónica, pues en su localidad no hay internet en cada esquina como en nuestro país. Las dos mujeres, que rondan los 40 años, han venido en un viaje de compra de ropa. Tras dejar su país por el aeropuerto internacional de la capital, La Habana, y hacer una escala en San Salvador, han arribado a Tababela en horas de la mañana. Unos compatriotas les han dado posada en un pequeño departamento en el sector de La Vicentina. Y tras reponerse del vuelo, está previsto que vayan a la Ipiales al motivo de su viaje, que es llevar ropa a su país para venderla allá a amigos y vecinos.

Luis viste unos jeans ajustados y una camiseta café de un gusto un tanto estridente. Como el día está lluvioso, se ha puesto una chompa blanca, y de cuando en cuando sale del local que atiende, ubicado en el interior del Centro Comercial, hacia la calle. Otros jóvenes cubanos fuman compulsivamente en la entrada del Centro Comercial, mientras Luis enciende un cigarro y espera a sus dos paisanas. 

Las dos mujeres llegan finalmente. Ambas parecen sufrir de mal de altura: tienen un ligero dolor de cabeza y una cierta indisposición. También tienen una persistente tos, pero es más bien debida a su hábito de fumar. Pero eso no las detiene en su misión. Llevan, en una carterita, una gran cantidad de billetes de USD 100, cuya tonalidad azulada hace pensar que no todos los dólares son verdes. También tienen unos celulares inteligentes de gran tamaño, que han comprado en su país, pero que son realmente copias chinas de los modelos de Samsung. A las dos mujeres les han advertido sus paisanos que este país es peligroso como para andar con dinero y celulares y, por ello, las dos mujeres miran con cuidado antes de sacar sus teléfonos o su dinero. Aunque el interior del Centro Comercial popular tiene un aspecto de cierta seguridad. Los comerciantes nacionales miran despreocupadamente alguna telenovela o película en los televisores que tienen en sus locales, mientras el grueso de los clientes que llega en esa tarde lluviosa son los extranjeros. 

Luis da la bienvenida a sus paisanas y se dispone a mostrarles el paseo comercial. Ellas vienen a comprar ropa que luego llevarán de vuelta al país socialista para revenderla a sus amigos y vecinos. El negocio, explica el joven, es bastante rentable, pues un jean que ellos compran en la Ipiales en USD 10 fácilmente se puede vender en la isla en hasta USD 25. La gente en los pueblos de Cuba sabe que cuando alguien viaja vuelve con mercadería, por demás escasa, en un país en donde el salario mínimo equivale a apenas USD 20 y los alimentos se pueden comprar con cupos limitados mensualmente. Pero con esa ganancia del 100%, el negocio de la ropa ecuatoriana es un buen negocio. 

Por ello, Luis provee a las dos mujeres de sendos costales de colores, y las acompaña por los pasajes del Ipiales. Las mujeres se detienen en cada local. Revisan la ropa, piden de varias tallas. Regatean con los comerciantes nacionales. Estos, que identifican a los caribeños  por el aspecto y el acento, están dispuestos a hacerles rebajas.

María es un mujer de aspecto indígena que atiende un local de jeans nacionales. Los pantalones tienen unas etiquetas que indican que han sido fabricados en la provincia de Tungurahua. Cuando Luis y sus dos paisanas llegan a su puesto, está dispuesta a rebajar los jeans de USD 12 a USD 10, pues sabe que le van a comprar varios. Las dos mujeres piden 15 pantalones de diversas tallas. Como el mercado informal cumple con la Patria, la mujer expide la correspondiente factura, tomando los datos de la compradora de la cédula de identidad cubana que ella le muestra. Las cubanas pagan su compra con dos billetes de a cien. María mira los billetes azulados con el rostro de Benjamín Franklin y sale de su puesto en busca de vuelto. Hasta tanto, Luis ha guardado las compras en los costales de colores que, como caballero que es, carga por todo el Centro Comercial mientras las mujeres escogen prendas y tallas.

El comerciante que le cambia el billete a María mira el rostro adusto del Padre Fundador en el billete azul y procede a darle el cambio en billetes de USD 20, estos más bien del verde-sucio que parece caracteriza a los dólares que se usan en nuestro país. 

Casi una hora después, ambos costales están llenos de zapatos, zapatillas, camisetas, blusas, jeanes, ropa ligera como para el clima del Caribe, y el atento joven cubano ya está algo aburrido de ayudar a sus compatriotas, que, mujeres de compras al fin, no parecen cansarse de su paseo.

Casi una hora después, ambos costales están llenos de zapatos, zapatillas, camisetas, blusas, jeanes, ropa ligera como para el clima del Caribe, y el atento joven cubano ya está algo aburrido de ayudar a sus compatriotas, que, mujeres de compras al fin, no parecen cansarse de su paseo. 

Y esa es solo la primera fase del operativo comercial de las dos mujeres. Como no pueden llevar todo lo comprado como equipaje acompañado, deben hacerlo por medio de un courrier que funciona en el sector de La Florida. Las dos mujeres toman un taxi hacia el norte de Quito con sus costales de compras, pues cada una de ellas puede enviar 80 kilos de equipaje hacia La Habana por medio de ese courrier. Llevarán todavía más ropa en el equipaje que va, como explica Luis, "en la barriga del avión" y en el equipaje de mano el día de su vuelo de regreso a Cuba. 

Aunque al parecer las autoridades del régimen castrista no parecen ponerle mayores reparos a estas importaciones de sus ciudadanos, no falta algún funcionario del aeropuerto habanero, relata Luis, que se queda con algo, un par de zapatos, unos pantalones, algo que le gusta o necesita. 

Luis ha concluido su asistencia a sus compatriotas cuando ellas toman el taxi a Tababela el lunes siguiente. Aunque al muchacho le gusta el Ecuador, gana muy poco dinero en lo que hace. Tal vez haga lo mismo que varios amigos suyos: pagar a coyoteros para que lo lleven a Estados Unidos, en la complicada ruta de los migrantes. Por ahora, no tiene dinero para eso. Volver a su país no está entre sus opciones.

 

 

 

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