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22 de Diciembre del 2014
Historias
Lectura: 31 minutos
22 de Diciembre del 2014
Mateo Martínez Abarca

Filósofo, analista político y escritor. Dr (c) en Filosofía por la UNAM e investigador en el Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra, Portugal.

Contra viento y Correa: los Yasunidos en Ítaca

Fotos: Orlán Cazorla

Los activistas por el Yasuní lograron llegar por tierra a Lima, en donde participaron en varios eventos de la Cumbre Climática. 

 

Al ver a los Yasunidos con la moral tan alta, riendo, compartiendo el pan y disfrutando de las cosas que se viven a esa edad, me contesté de inmediato: este proceso político por el cual muchos apostamos, está éticamente liquidado. Todo lo que acontezca en adelante será decadencia en estado puro. Y si hay un peligro en la decadencia, es que no conoce fondo.

3. Entre Atenas y el desierto

Mire la primera parte de este artículo aquí

Nunca dejará de asombrarme el inmenso poder que tienen las ideas. ¿Hasta dónde somos capaces de llegar siguiendo fielmente aquello en lo que creemos? Era una mañana luminosa aquel miércoles y el cielo de Atenas no podía estar más azul. Perseguido por el insomnio casi toda mi vida, siempre he tenido problemas con las mañanas y aquel ritmo frenético, casi irracional, que posee a todo el mundo ni bien sale el sol. Los cuencanos y cuencanas, la señora arropada en su chal dando tirones a su hijo o nieto que se atrasa a la escuela, el parroquiano adusto llevando la bolsa de pan o el periódico, los funcionarios con ese pasitrote medio gris tan distintivo de la vida burocrática. La vida bostezando los últimos rezagos del frío andino para agarrarse a sí misma en otro día cualquiera, como hubo tantos antes y habrá tantos después. Pero para nosotros, tras dos noches tensas de hostigamiento, perdida de nuestro capitán y captura final de nuestro submarino amarillo, caminar y respirar libremente por entre las calles era como volver a nacer. 

Como copiloto de la Caravana Climática, la noche anterior había pensado acompañar a Christian, el Warrior, mientras conducía el Che Bus de vuelta Guayaquil, cargado como estaba a esa hora de agentes del Servicio de Vigilancia Aduanera y sus pedagógicos fusiles. “Tienes que llegar a Lima wey” –me dijo. “No te pinche vayas a rajar”. Tras tantos años viviendo en México, ambos nos hablamos en dialecto chilango y entendí que iba en serio. A su vez, los Yasunidos dudaban también de que fuera a continuar el viaje hasta Lima. Tienen un compromiso y unas energías tan impresionantes, que como estudiante de filosofía no podía sino seguir pensando –y lo hice toda esa mañana-, en el inmenso poder y capacidad de mover a las personas que tienen las ideas. Por supuesto en este mundo que se arrastra cada vez más hacia el abismo de la barbarie, no todas las ideas son iguales. Y hay algunas muy poderosas, bellas y dignas, que se oponen justamente a ello.

Esa mañana nos enteramos de que el líder indígena shuar, José Tendetza, había sido brutalmente asesinado. Unos motoristas habían encontrado su cuerpo flotando en el río, atado de pies y manos, tras cinco días desaparecido. Sentí una mezcla de rabia y de dolor, pero también vergüenza.

Esa mañana nos enteramos de que el líder indígena shuar, José Tendetza, había sido brutalmente asesinado. Unos motoristas habían encontrado su cuerpo flotando en el río, atado de pies y manos, tras cinco días desaparecido. Sentí una mezcla de rabia y de dolor, pero también vergüenza. Conocía poco acerca de su lucha en defensa de tierra y derechos, contra la explotación minera china de la compañía Ecuacorriente, en el proyecto Mirador. Tendetza había recibido amenazas de muerte varias veces y estaba por viajar a Lima para denunciar su caso, al igual que nosotros, ante el Tribunal Internacional por los Derechos de la Naturaleza.

Los casos de tortura, desaparición y asesinato de defensores de la naturaleza, crecen exponencialmente por todo el mundo como lo denunciara un informe de la organización Global Witness.  Y José Tendetza, al igual que tantos hombres y mujeres, murió por su lucha en defensa de su forma de vida ancestral y contra el despojo extractivista con todas sus implicaciones sociales y ambientales. Ideas poderosas, bellas y dignas, que hoy en día llevan tan lejos como a la propia muerte.

Nos enteramos también esa mañana que el gobierno de la “revolución ciudadana” no había aprobado la visita de un grupo de la comisión de medio ambiente del parlamento alemán, que quería visitar el Yasuní y reunirse con distintos actores involucrados en el tema, entre otros los Yasunidos. La movida del gobierno ecuatoriano en ese momento – pensamos-, sólo podía tener dos explicaciones políticas. La primera no sería más que una torpe bravuconada diplomática justificada en un falso sentido de soberanía poscolonial, que en última no revestiría ninguna ganancia para un gobierno que ve deteriorarse cada vez más su imagen internacional. Falso sentido, pues en las relaciones con otros países u organismos (digamos, por ejemplo, con China y su avanzada de empresas), no aparece tal soberanía y menos aún ruptura con la colonialidad que rige los flujos en el sistema mundial moderno. Nada más colonial que seguir alimentando, vía extractivismo, la demanda inagotable de recursos naturales y energía que nos impone el mercado mundial y las necesidades de los países más industrializados. Como lo reseñara un reporte de Reuters  de hace poco más de un año, China posee casi control monopólico sobre las exportaciones ecuatorianas de petróleo.

La segunda explicación tendría que ver con lo que parece un conflicto político e ideológico al interior del gobierno, en torno al Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea. Hay que recordar que en su vida antes de la “revolución ciudadana”, como integrante de agrupaciones críticas con el endeudamiento externo y el neoliberalismo como Jubileo 2000, el canciller Ricardo Patiño siempre fue contrario a los postulados del libre comercio. No por nada Kintto Lucas  actuaba como vicecanciller, no por nada tuvo que irse cuando los sectores más conservadores del gobierno impusieron la tesis pro TLC, y, finalmente, no por nada dividieron la Cancillería en dos al crear el Ministerio de Comercio Exterior a mediados del 2013, reduciendo la influencia de Patiño en esos temas. Temas que, a criterio de la tecnocracia neoliberal, son técnicos y no políticos. Por supuesto, Patiño puede contentarse con el ALBA, la UNASUR, votar a favor de Corea del Norte en la ONU o la no menos despreciable aunque sí menos técnica vida en el apasionante mundo de intriga internacional de las momias cocteleras.

Tratándose de un tema crucial como el TLC con los europeos, no fue difícil darnos cuenta que las apuestas habían subido y que de alguna manera estábamos involucrados. Reportes de prensa desde Alemania hablaban de posibles consecuencias diplomáticas ante la postura del gobierno ecuatoriano, e inclusive afectación al proceso de ratificación del acuerdo en el influyente Bundestag. Poco después nos enteramos de que la comitiva de parlamentarios alemanes también viajaría a cumplir actividades en Lima y comenzaba a discutirse la posibilidad de mantener aquella reunión vetada, pero en la capital peruana.  Es así que en menos de dos días las decisiones del correísmo habían logrado el efecto contrario, colocando a los Yasunidos en el ojo de una tormenta de proporciones. Gracias a las redes sociales, el hostigamiento y posterior captura de nuestro bus se volvió primero noticia nacional, luego internacional. Durante toda la mañana se hicieron entrevistas y notas de prensa con medios globales, incluido el medio de izquierda norteamericano Democracy Now! y el prestigioso diario británico The Guardian. Prensa corrupta de izquierda tirapiedras donde la hay. Gracias al abuso de poder y la torpeza política (y digo torpeza en el sentido de que el gobierno no obtuvo redito alguno y eso en política constituye una derrota), la banda de “inofensivos” hippies y su submarino pintarrajeado había logrado con mayor éxito su cometido: difundir su lucha y su mensaje. Y ni siquiera tuvimos que caminar sobre las líneas de Nazca, a lo Greenpeace, para lograrlo.

Los dioses nos sonreían y "Atenas", capital de la provincia del Azuay, nos brindaba su hospitalidad con el gobierno provincial a la cabeza. La mayoría del grupo pudo descansar un poco durante la tarde. Y si hubiera sido por mí, me hubiese dejado seducir sin ningún problema por el canto de sirena que emana toda Cuenca.  Sí, ¿por qué no? Pero el ímpetu irrefrenable de los yasus no daba tregua: saldríamos con el amanecer hacia la frontera, tratando de despistar las correas de transmisión de los aparatos de seguridad del gobierno. Sin otro remedio, no tuve otra opción que tratar de encontrar el sueño un par de horas, aunque este me fue mezquino. Y eso porque de súbito se coló en mi memoria el recuerdo del amor perdido que me había arrojado, entre otras cosas, a esta aventura. Como un mantra para conjurar la muerte y de entre la lucidez menoscabada del cansancio, recité tal como me enseñara mi abuela paterna unos versos de César Vallejo, aquel maravilloso poeta peruano cuya tierra estábamos por visitar. “Qué estará haciendo a esta hora mi andina y dulce Rita de junco y capulí; ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita la sangre, como flojo cognac, dentro de mí”.

Me despertaron a las tres de la mañana, armé al apuro la maleta y a saltos bajé las escaleras. Los Yasunidos estaban todos ya en el bus, a punto de marcharse sin mí y tan frescos como una lechuga. Pinches desquiciados –pensé-. ¿A qué hora descansaron? Es el poder de las ideas y nada hay que no puedan los cuerpos. Me di cuenta de que recién empezaba a conocerlos personalmente a pesar de que llevábamos juntos tres días. Horas antes, en una pequeña asamblea, trataba de darles sugerencias sobre algunos temas y un poco de análisis político. Cuando notaron que hablaba como si fuera alguien exterior al grupo, me incorporaron generosamente como si fuera un lobezno extraviado de la manada. No pude evitar sonreír al recordarlo, mientras el bus circulaba a toda velocidad bajo una breve llovizna. Formalmente me había convertido en un Yasunido más y con esa extraña sensación de pertenencia, me fui quedando dormido.

Horas antes, en una pequeña asamblea, trataba de darles sugerencias sobre algunos temas y un poco de análisis político. Cuando notaron que hablaba como si fuera alguien exterior al grupo, me incorporaron generosamente como si fuera un lobezno extraviado de la manada.

Desperté con las primeras luces cerca de Santa Rosa, ya en la provincia de El Oro. Eran como las seis de la mañana y el paisaje había cambiado ostensiblemente. De repente, el bus se detuvo de improviso. Varios yasus bajaron rápidamente con sus cámaras y no entendía bien qué era lo que estaba pasando. De nuevo un automóvil nos estaba siguiendo y pude ver por la ventana cómo aceleraba a toda velocidad para evitar ser identificado. Los yasus volvieron a subirse triunfantes, pero me pareció que siendo vigilados, detenerse era un acto arriesgado e innecesario y había que cruzar la frontera cuanto antes. Tras poco tiempo más de viaje finalmente lo hicimos y estando del otro lado, mientras descargábamos las maletas, se nos acercó una señora en un lustroso automóvil rojo. Buenos días –preguntó con tono algo zalamero- ¿ustedes van a la cumbre de Lima, no? Así es señora, ¿cómo lo supo? Es que se nota, sonrió. Soy cónsul del Ecuador en Tumbes. ¿De qué grupo son? Del Frente Internacional por la Defensa de la Vida –respondí antes de que alguien metiera la pata. Ahh, qué bueno –dijo- ¿son todos ecuatorianos? Si necesitan algo aquí está mi tarjeta. Y se marchó seguramente a dar parte de que habíamos puesto pie ya en las desérticas planicies del planeta Arrakis, como me parece que es el norte del Perú.

Ayudé a organizar el desayuno mientras se conseguían boletos para Piura y partimos apretados en dos busetas pequeñas. Empezábamos a recibir ya muestras de solidaridad desde Lima y supimos que había gran expectativa por nuestra llegada. Cruzamos Máncora y sugerí que nos detengamos un momento para contemplar la playa, almorzar algo y recuperar fuerzas. Pero Ítaca estaba entre ceja y ceja, no había tiempo que perder. A media tarde llegamos a Piura, descargamos el equipaje y mientras la gente descansaba o buscaba los boletos para Lima, aproveché para escapar junto a un amigo periodista y fotógrafo por un par de cervezas cusqueñas negras. Era justo y necesario, considerando lo que estaba por venir. Amodorrado por el leve placer de la cerveza, volví al estacionamiento de autobuses y me recosté sobre la montaña de maletas, bolsas de dormir y otro equipaje. Afuera, el frenesí de la ciudad infestada de taximotos, el olor a anticuchos asándose, la música chicha a todo volumen. Y fue ahí, casi al borde de la alucinación por tanto cansancio acumulado, en que empecé a imaginar cómo iba a narrar esta historia.

4. Ítaca

Dejamos Piura tarde, pasadas las 10 de la noche. No habíamos conseguido un bus cama y tendríamos que viajar en uno de esos incómodos autobuses en que a duras penas se reclinan los asientos. Aunque mal, dormí. De cuando en cuando veía pasar las ciudades del norte peruano: Chiclayo, luego Trujillo. Ya de día cruzamos Chimbote y nos detuvimos cerca de Huarmey para desayunar. Luego puro desierto junto al mar. Y más desierto por horas. Me hubiera gustado detenerme y contemplar las ruinas chimúes de Chan Chan. Me sentí desolado y para distraerme, me puse a imaginar que en muchas travesías notables, hay siempre un desierto que cruzar. Un desierto exterior o interior lleno de rigores, donde cargamos apenas nuestra propia sombra y estamos obligados a enfrentarla.

¿Qué es lo que le gusta del desierto? –le preguntaban al coronel T. E. Lawrence, el famoso Lawrence de Arabia magistralmente interpretado por Peter O´Toole en la película de David Lean. “Es limpio” –contestaba lacónicamente. No sé si sea ficción cinematográfica, porque no recuerdo si esa reflexión aparece en su libro Los siete pilares de la sabiduría, que por cierto nunca terminé de leer. Lo que sí recuerdo, es que en algún lugar decía estas palabras: “Todos los hombres sueñan, pero no de la misma manera. Aquellos que sueñan de noche, en los oscuros recovecos de sus mentes, se despiertan por la mañana para descubrir que todo se ha desvanecido. Pero los soñadores de día son hombres peligrosos, porque actúan sobre sus sueños con los ojos abiertos para convertirlos en realidad.”

Entendí entonces que sí algo puede definir a los Yasunidos, a la gente de la Caravana Climática, a José Tendetza, los normalistas de Ayotzinapa y tantos otros, hombres y mujeres a lo largo y ancho del mundo, es esa capacidad de soñar con los ojos abiertos.

Entendí entonces que sí algo puede definir a los Yasunidos, a la gente de la Caravana Climática, a José Tendetza, los normalistas de Ayotzinapa y tantos otros, hombres y mujeres a lo largo y ancho del mundo, es esa capacidad de soñar con los ojos abiertos. Soñar en la posibilidad de otro mundo a pesar de todo, en medio de la vida insoportable a la que nos somete la modernidad capitalista realmente existente, en sus múltiples formas. Por tanto son gente peligrosa. Y eso lo saben muy bien los gobiernos cada vez más autoritarios, sean nac-pops como el de la “revolución ciudadana” o neo-libs, como el del PRI en México. 

 Seis horas más tarde divisamos al fin los suburbios de Lima. Siempre me ha parecido que una fina capa de polvo ocre flota sobre la ciudad y cubre edificios, casas, calles. Con casi nueve millones de habitantes, la pobreza y desigualdad concentrada en los barrios populares no es distinta a la de cualquier ciudad de América Latina. Era la tarde del viernes y llevábamos viajado más de cuatro días consecutivos, casi sin descanso. Descargamos las maletas y fuimos directamente a la Plaza San Martín, en el centro de la ciudad. El Tribunal Internacional por los Derechos de la Naturaleza se encontraba sesionando en un hotel cercano. Preparamos nuestra entrada: tambores y una tela con la forma de nuestro Che Bus, con ventanas por las que nos asomábamos y el número “43 Ayotzinapa” en una de sus puertas. Irrumpimos en la sesión, cantamos e hicimos una “zapateada”, que es una de las acciones más tradicionales del repertorio de los Yasunidos. Estuve ahí, no pude resistirme al encanto de entrar por las puertas de Ítaca en aquel Che Bus simbólico, y de al final del acto sacarle la lengua con todo el descaro posible al pequeño Gran Visir como a su Califa.

Aunque no teníamos ni siquiera dónde dormir, aquella noche fue la gloria. Terminamos en el local de una asociación de jubilados, recostados sobre el piso. Hacía frío, pero compramos un par de cartones de vino barato para celebrar y calentarnos. No recuerdo haber hecho un viaje más extenuante en toda mi vida, pero estaba feliz y orgulloso de esa veintena de muchachitos de distintas provincias del país. ¿Cuánta infamia y embrutecimiento por el poder hay que tener para tratar como los peores enemigos a unos jóvenes soñadores, la mayoría de los cuales creyeron en la promesa refundacional de la “revolución ciudadana”? Al ver a los Yasunidos con la moral tan alta, riendo, compartiendo el pan y disfrutando de las cosas que se viven a esa edad, me contesté de inmediato: este proceso político por el cual muchos apostamos, está éticamente liquidado. Todo lo que acontezca en adelante será decadencia en estado puro. Y si hay un peligro en la decadencia, es que no conoce fondo.

Hacía frío, pero compramos un par de cartones de vino barato para celebrar y calentarnos. No recuerdo haber hecho un viaje más extenuante en toda mi vida, pero estaba feliz y orgulloso de esa veintena de muchachitos de distintas provincias del país.

Al día siguiente fuimos al Tribunal, pues ese día estaba programada la presentación del caso del Yasuní. Había funcionarios tomando fotografías, claramente identificados como del Ministerio de Ambiente. A tal locura se ha llegado, que en caso de necesidad el burócrata de cualquier entidad puede convertirse alternativamente en policía y contribuir a la correa de transmisión represiva haciendo tareas de vigilancia, aunque no sea más que un servidor público (Orwell estaría contento). Así mismo, en la cumbre estaba participando toda una grey de adeptos al gobierno con grupo de baile folklórico incluido. Los veríamos marchar un par de días más tarde, cantando consignas que se asemejaban a esas patrioteras que se lanzan en un partido de la selección. Los peruanos los miraban como preguntándose ¿y a estos que les pasa? Estaban ahí para trollear cualquier intervención contraria al gobierno y para servir de barra, en caso de que Correa decidiera asistir a la clausura de la Cumbre de los Pueblos (paralela a la Cumbre Climática), junto al presidente de Bolivia Evo Morales.

En los últimos meses el gobierno de Evo ha hecho varios anuncios bastante descabellados: por un lado autorizó actividades de fracking en Bolivia, a razón que las reservas de gas del país se agotarán en un futuro no muy lejano y al país del altiplano le será imposible cumplir con la demanda interna y de exportación a Brasil o Argentina. Como se sabe, al igual que la mega minería a cielo abierto, el fracking constituye una de las actividades extractivas más peligrosas y perjudiciales, siendo responsable inclusive de pequeños terremotos en su área de influencia. Por otro, Morales también anunció planes de convertir a Bolivia en el “centro energético del continente”, mediante el desarrollo de energía nuclear. Una “pachamama atómica”, en acertada definición de Eduardo Gudynas.

En la Casa Activa (un lindo y bien organizado espacio autónomo de los colectivos de Lima), los Yasunidos contactaron más tarde a un grupo de activistas bolivianos que se encontraban trabajando ambos temas. La intención era crear un bloque para participar en la gran marcha de los pueblos, a realizarse el 10 de diciembre y expresar la protesta colectiva en torno a los temas conjuntos. A pesar de los anuncios del gobierno boliviano, la situación de los movimientos sociales en Bolivia no parecía, según su descripción, tan grave como la de Ecuador. Quizá por esa razón, su postura crítica a Evo apareció un poco floja comparada con la nuestra. Días más tarde se realizaría la inauguración de la Cumbre de los Pueblos, con la participación de la alcaldesa de Lima, Susana Villará, y el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro. Los Yasunidos hicieron una zapateada, pero el acto fue interrumpido por militantes que fueron denominados genéricamente como “anarquistas.” Ello provocó que alguna gente relacione a los Yasunidos con estos grupos. En medio de todo saltaría el escándalo de la torpe acción de Greenpeace en las líneas de Nazca, lo cual elevaría las alarmas de la seguridad peruana. Ambos acontecimientos complicarían un poco las relaciones con otros colectivos en Lima.

En ese punto, comencé a sentir que estaba interviniendo demasiado en el proceso de los yasus, ganando protagonismo. Había dado algunas entrevistas y sugerido líneas de acción, desde mi experiencia también como activista. Me sentí mal, aunque ellos siempre sostuvieron que cada cual puede participar de acuerdo a su nivel de compromiso. Como forma de respeto ante tal horizontalidad, decidí alejarme. No quiero, sin embargo, idealizarlos: como cualquier organización, enfrentan la misma clase de problemas y me percaté de que estaban conscientes de ello. Será cuestión de trabajo y consciencia, como en todo. Por gentileza de un gran amigo encontré un hotel donde dormir y decidí dedicarme a tomar notas y cubrir la cumbre por mi cuenta. Tuve la suerte de ser invitado, casi como paracaidista, a un interesante seminario sobre alternativas sistémicas y poder, con intelectuales y activistas de distintas partes del mundo. Estaba viviendo la Cumbre Climática desde dos mundos, a veces contrapuestos: el activismo de base y la alta reflexión intelectual.

Encontrándome en ese entronque de mundos, me atrapó un sentimiento de vacío y profunda soledad existencial. Caminé largas horas por las agitadas calles limeñas, confirmando a cada paso una verdad que para quienes trabajamos en la filosofía, resulta a veces demasiado difícil de admitir. El trabajo filosófico, aunque busque hacerse y compartirse junto a los demás, en un sentido individual no puede escapar del carácter irremediable de la soledad. Esta es la sombra que cargo en mi desierto y que allí, en Ítaca, había vuelto a alcanzarme. Cuando ese nivel de introspección llega, me sobreviene de nuevo el insomnio y el consumo excesivo de cigarrillo, como sien cada bocanada de humo pudiera escapar de mí mismo. Pero la sombra es aterradora y cometí el error fatal, me arrepiento hoy, de escribirle una carta a ese idilio muerto de los versos de Vallejo.

El trabajo filosófico, aunque busque hacerse y compartirse junto a los demás, en un sentido individual no puede escapar del carácter irremediable de la soledad.

Sería acaso mi percepción del tiempo, pero todo pasó muy rápido después. Evo anunció que no participaría en la clausura de la Cumbre de los Pueblos, debido a que había “ambientalistas infiltrados.” ¿Una Cumbre de los Pueblos sobre cambio climático con “ambientalistas infiltrados”? ¿En serio? Parecería que los presidentes progresistas compiten en cinismo. Evo había visto comprometido su afán de darse un baño de popularidad entre los movimientos sociales del continente y tomaba la sabia decisión de no asistir. Y sin Evo, difícil que fuera Correa, cuyo gobierno para colmo anunció aquel día la decisión de cancelar el comodato y pedir el desalojo del inmueble que actualmente es sede de la CONAIE. Otra decisión política torpe, pues dado el rechazo mundial y muestras de solidaridad recibidas por el movimiento indígena, el gobierno no ha logrado otra cosa que colocar una flor más (flor bastante miserable y fea por cierto) sobre la tumba de su propia imagen. El contingente correísta se quedó así con los churos hechos, pues no habría show. Pero al menos se habían dado la vuelta por Lima, con comparsa de baile folklórico incluída.

Aproveché el último día para conocer mejor la ciudad. Fui a un par de museos y a visitar el lujoso barrio de Miraflores. Recibí una llamada de la persona que trabajaba como enlace con el grupo de parlamentarios alemanes. Estaban en Lima y querían reunirse esa misma tarde con los Yasunidos. Por teléfono, traté de ayudar en lo que pude coordinando la hora y el lugar para el encuentro, pero no tenía interés en participar. La reunión finalmente se dio sin contratiempo y me contaron posteriormente que los alemanes estaban bastante extrañados con la conducta del gobierno ecuatoriano. No querían que el desacuerdo escale más; sin embargo, un par de semanas más tarde el canciller Patiño anunciaría la suspensión de toda cooperación en materia ambiental con Alemania, la devolución de los fondos recibidos y hasta un monto equivalente para capacitar a los parlamentarios en materia de soberanía. Tremendo insulto si se considera que el Bundestag, con colonialismo y todo, es una de las cámaras parlamentarias más influyentes de Europa y que tendrá que ratificar el TLC. ¿Qué ganó el gobierno con esto? Las hipótesis están planteadas.

Caminé por el malecón de Miraflores y observé el lujo contrastante con el resto de la ciudad, en plena época navideña. Consumo desaforado, como si los ricos vivieran en otro planeta de recursos inagotables y bienestar. No quise marcharme sin probar la impresionante comida peruana en La Rosa Náutica, aquel famoso restaurante situado en un muelle sobre el Océano Pacífico. Pero la experiencia estética no fue tan placentera como yo esperaba. Después de compartir tantos días con activistas que resisten en todo el mundo, descubrí que no hay nada más delicioso que compartir la comida con hermanos y hermanas que luchan todos los días, desde su propia vida, por arrancar al mundo de las fauces de la barbarie. Hay un sentido de unión en lo común muy profundo, que solo puede sentirse si se aprende a convivir primero con la propia sombra, abrazando la soledad como a una hermana y no como una enemiga. Miré las olas por última vez, me desprendí de la tristeza y volví a sentir esperanza. El amor vuelve siempre a florecer y es la forma del comienzo tercamente escondida detrás de los finales, como diría el poeta Roberto Juarroz. El futuro de la Tierra no está decidido y mientras haya gente con ideas poderosas, bellas y dignas como los Yasunidos, como José Tendetza, como los normalistas de Ayotzinapa; vale la pena seguir soñando otro mundo, con los ojos bien abiertos.

 

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