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18 de Abril del 2016
Historias
Lectura: 16 minutos
18 de Abril del 2016
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Las cosas que cambian luego del terremoto de Manabí

Foto: Presidencia de la República

El presidente Rafael Correa y su gobierno deberán liderar el largo y difícil proceso de reconstrucción de las provincias afectadas, en especial, Manabí. 

 

Si a las 10 de la noche solo tenían tomas de Guayaquil y Quito y repetían sin cesar las fotos que todos teníamos desde horas antes por las redes sociales, ¿por qué no salieron con eso mismo y suspendieron “Los Simpson”? Que los canales estatales sigan con “Haga negocio conmigo” o cualquier zarandaja de esas, sale y vale; finalmente su función no es informar sino hacer propaganda. Pero los medios privados fallaron estrepitosamente.

El terremoto de Pedernales-Muisne que la noche del sábado 16 de abril de 2016 sacudió al Ecuador y que se sintió, según reportes, en Cali, Pasto, Popayán y Buenaventura, en Colombia, y en Túmbes, Piura, Cajamarca y Amazonas, en Perú, y que sembró destrucción y muerte, arrasando por completo poblaciones como Pedernales, Canoa, Jama y Muisne y causando severos daños en Manta, Portoviejo, Bahía y Chone, cambia de golpe la ecuación social, económica, y política del Ecuador.

Lo social por la inmensa pérdida de vidas, 350 según la información oficial al momento de escribir este artículo pero que, como el propio presidente Rafael Correa dijo, en su desangelada rueda de prensa la noche del domingo, va a seguir creciendo, conforme puedan removerse los escombros que tienen sepultados a cientos de cadáveres.

Esas pérdidas humanas llevan a otra consecuencia social muy triste: familias rotas, en que quedan vivos padres sin hijos e hijos sin padres, maridos sin mujeres y mujeres sin maridos, y en que desaparecieron tíos, abuelos, nietos como en un soplo. Los sobrevivientes saben que en un instante cambió su vida para siempre, y que los seres queridos se fueron en poco más de lo que tarda uno en santiguarse. Familias rotas, vidas destrozadas, traumas sicológicos profundos, escepticismo y despecho ante la vida ante tragedia tan espantosa como la vivida e, incluso, sentimientos de culpa de quedar vivo cuando sus seres amados han muerto.

Aunque seguro habrá quienes salgan adelante por su reciedumbre de carácter y su resiliencia, como se llama ahora a la capacidad de rebotar frente a los embates del destino, para otros muchos la falta de atención sicológica o de una fe a la que aferrarse puede producir casos de depresión y desajustes de personalidad.

Si las redes familiares quedan rotas, truncas, machacadas, las redes sociales también. No me refiero, por supuesto, a las electrónicas, sino a las que han existido siempre: aquellas del pueblo, de la ciudad pequeña o intermedia que también quedarán con muñones donde antes había ramas, perjudicando el convivir ciudadano hasta que se produzca un reacomodo, como el de las placas tectónicas aún lo están haciendo en las profundidades.

La segunda ecuación del Ecuador que cambia de golpe es la económica, porque implica la pérdida de miles de millones de dólares en propiedad. La pérdida de stock de capital que dirían los economistas es gigantesca. Por un lado, las viviendas. Son decenas de miles las viviendas destruidas o seriamente afectadas, y el Miduvi debe hacer un censo de inmediato.

La segunda ecuación del Ecuador que cambia de golpe es la económica, porque implica la pérdida de miles de millones de dólares en propiedad. La pérdida de stock de capital que dirían los economistas es gigantesca. Por un lado, las viviendas. Son decenas de miles las viviendas destruidas o seriamente afectadas, y el Miduvi debe hacer un censo de inmediato. Por otro, la infraestructura hotelera, en una zona esencialmente turística. Por otro, los edificios públicos. Causa estupor ver que en Portoviejo colapsó todo el edificio del IESS que ocupaba una manzana entera, y que de la cárcel de El Rodeo fugaron 100 presos aprovechando la confusión. Y finalmente, los servicios públicos y toda la inversión estatal, provincial y municipal en la infraestructura de carreteras, puentes, electricidad, agua potable, telefonía terrestre, calles y plazas que ha quedado inservibles o muy dañadas.

Y eso sucede en un momento en que el Estado no tiene recursos sino para su propio dispendio, por lo que ya se ha mencionado que se recurrirá a líneas de crédito del Banco Interamericano de Desarrollo y otras fuentes que el Ecuador tiene disponibles precisamente para el caso de emergencias. Se habla de hasta USD 600 millones. Esta nueva deuda, que se añadirá al pesado fardo que ya ha quedado para los gobiernos futuros, es inescapable si es que se requiere reconstruir mínimamente esa infraestructura pública destruida y facilitar créditos concesionales a las familias para que levanten de nuevo sus casas y negocios.

Llama la atención el cálculo del alcalde de Pedernales, Gabriel Alcívar, de que 60% de la estructura general de la ciudad sufrió graves daños a consecuencia del sismo registrado el sábado, mientras que Patricio Schettini, presidente de la Cámara de Turismo de Pedernales, dice que 90% de la infraestructura hotelera está destruida.

¿Quiere decir que los hoteles fueron construidos de manera menos segura que el resto de la infraestructura de la ciudad?

Esta es la oportunidad para obligar a que se cumpla el tan demorado Código Ecuatoriano para la Construcción y que las nuevas edificaciones se ajusten a sus especificaciones. Que no se siga cometiendo el error de hacer la mezcla de hormigón con arena del mar, que luego corroe el acero de columnas y vigas, como sucedió en ciertas famosas urbanizaciones de playa. Que se utilice materiales menos rígidos como la caña y la madera, que por su flexibilidad aguantan mejor los terremotos. Aquí arquitectos e ingenieros tienen un campo importantísimo para innovar y hacer ahorrar a las personas particulares y los empresarios, porque demasiado hormigón no solo que afea a las ciudades sino que, como se ve, no es garantía alguna de que se van a mantener en pie en caso de desatarse las fuerzas telúricas.

Y finalmente, también cambia la ecuación política, pues les toca a Correa y Glas liderar la reconstrucción. Y, primero que nada, informando, con claridad, oportunidad y sin ambages. Glas solo apareció más de dos horas después de sucedido el terremoto, tras un vacío informativo desesperante en que también cayeron los canales de televisión.

¿Qué pasó con los canales? Es sabido que la persecución estatal a los medios ha hecho que se reduzca muchísimo el presupuesto de las estaciones privadas. Ecuavisa no tiene ya reporteros en Manabí; todo lo hace a través de “su canal aliado Manavisión”.

Teleamazonas tampoco tiene corresponsalía. Pero, con todo, podían haber puesto al aire micronoticieros (flashes informativos, como los llaman) mejor preparados y con información más sustantiva, aunque no hubiera, al inicio, tomas de los sitios afectados.

Si a las 10 de la noche solo tenían tomas de Guayaquil y Quito y repetían sin cesar las fotos que todos teníamos desde horas antes por las redes sociales, ¿por qué no salieron con eso mismo y suspendieron “Los Simpson”? Que los canales estatales sigan con “Haga negocio conmigo” o cualquier zarandaja de esas, sale y vale; finalmente su función no es informar sino hacer propaganda. Pero los medios privados fallaron estrepitosamente. Esto de “estrepitosamente” se aplica al pie de la letra a Teleamazonas que tuvo un serio problema en el manejo del audio, cortes, entradas al aire de los conductores en el set durante sus microinformativos, y se aplica, en especial, al programa Día a Día, que fue un estrépito de principio a fin, con segmentos mal editados y sobre todo sin equilibrio alguno del audio, que impedían entender siquiera lo que decían los entrevistados por el espantoso ruido de fondo (cuando no reinaba el silencio total y tampoco se sabía quién decía qué). Por supuesto, los productores de Día a Día tuvieron que dejar de lado el programa que tenían pregrabado (que seguramente sí se transmitió el domingo en el horario matinal que Teleamazonas tiene para Día a Día en su señal de Guayaquil), pero su puesta al aire la noche del domingo debe ser la peor de la historia de ese, con razón, reputado programa.

Lo cierto es que los ecuatorianos estuvimos casi tres horas informados solo por las redes sociales electrónicas, con todos los bemoles que esto tiene. Es más seguro, para quien tiene el oficio de periodista, hacerlo por WhatsApp porque controla a los grupos a los que envía información.

Lo cierto es que los ecuatorianos estuvimos casi tres horas informados solo por las redes sociales electrónicas, con todos los bemoles que esto tiene. Es más seguro, para quien tiene el oficio de periodista, hacerlo por WhatsApp porque controla a los grupos a los que envía información. En cambio, Facebook y sobre todo Twitter tienen el peligro de que cualquier desaprensivo suelte un invento, como el famoso audio sobre la repetición del terremoto “por cálculo de probabilidades”.

Esto es lo que sucede ante la ausencia informativa: el hueco lo llena el más audaz y no necesariamente el más profesional. Y allí compartieron responsabilidad el Gobierno y los canales de televisión.

Glas, ya lo sabemos, no tiene carisma alguno para comunicar. A su falta de vocabulario (hablaba del terremoto que “hemos enfrentado” los ecuatorianos, por ejemplo), se une su rigidez, su falta de cercanía. Pero tampoco su jefe estuvo muy inspirado. Seguramente porque estaba cansado tras el viaje intercontinental o, tal vez, porque estaba muy impresionado al haber visto de primera mano la catástrofe, sus declaraciones a las 10 de la noche del domingo fueron una repetición de frases hechas (patria querida, la Patria Grande, y otras parecidas), sin la inspiración y capacidad de generar emociones e ilusiones colectivas que le hicieron presidente de la República y lo mantuvieron con tan alta popularidad en sus primeros ocho años. Ya su discurso está tan gastado que, incluso en este momento de tragedia nacional, su alocución sonó hueca.

El futuro de la ecuación política depende de cómo se maneje de aquí en adelante la reconstrucción, empezando por la eficiencia o no de que llegue tanta ayuda como ha dado el pueblo ecuatoriano a sus verdaderos destinatarios. Es indignante que dos camiones con vituallas que enviaba el Cuerpo de Bomberos de Guayaquil hayan sido asaltados, luego de que las autoridades dijeron que había estado de excepción y despliegue militar y policial. Eso no puede volver a ocurrir, y tampoco desvío alguno.

Porque sería traicionar la solidaridad manifestada en forma masiva y espontánea por todos los sectores de la ciudadanía. En Quito, de lo que fui testigo es de esa generosidad a raudales, de gente pobre que inclusive en la lata de atún que donaban ponían un mensaje saludando a quien la recibiera: Estamos con ustedes, fuerza, adelante, no desmayen, les queremos. Como Correa tiene aversión a la sociedad civil no la quiere de protagonista en la ayuda a los damnificados. Lo había demostrado horas antes en el Vaticano, reaccionando de inmediato ante las varias menciones que se habían hecho a la sociedad civil como protagonista de un desarrollo económico con moral. “En el mundo que vivimos hay cerveza sin alcohol, tabaco sin nicotina, café sin cafeína y quieren tener política sin políticos. Sí me preocupa un poquito eso, porque para mí no hay nada más peligroso para la democracia que actores políticos sin responsabilidad política”, dijo, coloquial, Correa en este encuentro organizado por Pontificia Academia de Ciencias Sociales del Vaticano en conmemoración de los 25 años de la encíclica Centesimus Annus (expedida el 1 de mayo de 1991 por Juan Pablo II, a su vez para conmemorar los cien años de la encíclica Rerum Novarum de León XIII).

En su cerrazón, se niega a entender lo que es la sociedad civil y el papel que juega en un Estado verdaderamente democrático. “Aquí se ha hablado de la importancia de la sociedad civil en la sociedad, yo les digo: hay que tener mucho cuidado con aquello; depende cómo se define el Estado. Algunas veces cuando me hablan ciertos opositores de que nosotros somos representantes de la sociedad civil. Yo me pregunto ¿representante de quién soy, de los marcianos, entonces, por haber ganado una elección?”. Según la agencia Andes, eso es una ironía, según todos los demás es totalitarismo. Para Correa él es el representante de la sociedad civil. Y solo da legitimidad política ––y lo ha dicho infinidad de veces, no solo entre los muros vaticanos––, a quien ha ganado una elección, sin darse cuenta que es el entramado social el verdadero capital de una sociedad, su verdadera fortaleza, y la que va con el principio de subsidiariedad en que tanto ha insistido la Iglesia católica. No un Estado totalitario que hace todo, resuelve todo y decide todo, sino que hace aquello que la sociedad no pueda hacer por sí misma.

También definirá el futuro de ciertos políticos que aparezcan de figuretis, patos de toda boda, como la inefable presidenta de la Asamblea Nacional que se ha desplazado hacia la zona afectada este lunes por la mañana, y otros figurones y figuritas.

Es obvio que la reconstrucción de los pueblos y ciudades devastados por el terremoto del 17 de abril no puede hacer solo el Estado. Ya han partido de Quito y seguirán partiendo hacia Manabí camiones llenos de donaciones de los ciudadanos, recogidas y canalizadas por grupos de la sociedad civil: instituciones educativas, gremios de la producción, voluntarios, aparte de municipios y prefecturas y ministerios. Si Correa deja su aversión a la sociedad civil y aprovecha esa corriente espontánea de solidaridad y hermandad, puede lograr mucho más que solo con los bomberos, militares, policías y funcionarios (de quienes expresamente se dio tiempo para decir que no eran burócratas), quienes realizan sin duda una estupenda y sacrificada labor pero que no son suficientes.También definirá el futuro de ciertos políticos que aparezcan de figuretis, patos de toda boda, como la inefable presidenta de la Asamblea Nacional que se ha desplazado hacia la zona afectada este lunes por la mañana, y otros figurones y figuritas.

El terrible terremoto cambia la ecuación social, económica y política. ¿Cómo y quién la resolverá?

 

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