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18 de Mayo del 2021
Historias
Lectura: 16 minutos
18 de Mayo del 2021
Redacción Plan V
Crónica de una vacuna en Miami
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Varias personas, entre ellos turistas, esperan la vacunación contra el coronavirus en los pasillos de revistas y tarjetas de una farmacia de Miami.  Fotos. Cortesía

 

No hay que ser importante, notable, privilegiado o constar en alguna lista reservada, ni ser un secreto de Estado viviente, para ser vacunado en Miami. Cualquier turista puede recibir una dosis en farmacias, centros comerciales e instalaciones escolares. Es posible inclusive elegir de qué marca y cuántas dosis se quiere uno poner. Miles de latinoamericanos se vuelcan a ciudades norteamericanas como Nueva York o Miami en busca de las dosis mientras el turismo y la aviación se reactivan.

Vacunarse en el extranjero, en especial en Estados Unidos, es una opción que atrae a cada vez más latinoamericanos. En el caso de un ecuatoriano, el gasto en pasajes de avión es no menor a los USD 650 para los vuelos de ida y vuelta por persona. A eso se suma el alojamiento por otros USD 600. Grandes destinos turísticos de ese país, como Nueva York y Miami, ofrecen dosis gratuitas a personas con visas de turista como una forma de reactivar la economía.

Para reservar una cita de vacunación basta con crearse una cuenta desde alguna dirección en el país americano en una de las tantas farmacias de Miami. Allá no aplican las priorizaciones por edad o discapacidad que se han implementado en el Ecuador, ante la escasez de los biológicos ni se han redactado las famosas listas VIP. 

En mi familia varios ya se habían vacunado. Tengo parientes en México y junto con tres personas armamos un grupo. Dos parientes con nacionalidad chilena habían ido a vacunarse a Santiago, pero el confinamiento y las medidas en Chile son muy severas, así que decidimos ir a Estados Unidos. 

La clase turista, tan estrecha como siempre

Soy un hombre joven, y sin comorbilidades y, al paso que va la vacunación, tomará meses que me apliquen una dosis. Así que decidí emprender una travesía de 17 horas rumbo a Miami.

El viaje inició a las 02h00 de la madrugada. En el aeropuerto Mariscal Sucre se respiraba la tensión de la pandemia. Gente con doble mascarilla, visores, alcohol y gel antibacterial. Pero en vano, porque en las salas de espera se acababa el distanciamiento social, pues la gente se sentaba muy cerca a la espera de su vuelo.

Ya en el avión el distanciamiento se mantuvo en cero. Aforo máximo, lleno total. Nada de dejar los asientos del medio vacíos ni nada parecido. En las pantallas de los asientos se desplegaban mensajes de la aerolínea, que indican las medidas que estaban tomando frente a la pandemia. En la industria aeronáutica aseguran que potentes filtros renuevan el aire de la cabina, a la que la atribuyen la pureza necesaria en un quirófano. Pero uno se preguntaba, ¿De qué sirve el aire filtrado o la desinfección rutinaria, si la gente va agolpada una a otra como si no hubiera pandemia? La clase turista es la misma de siempre: espacios estrechos, asientos peligrosamente cercanos, olores y contacto físico. Hay que depositar la fe en la mascarilla y el gel y esperar que sea suficiente. En el avión el refrigerio consiste en una bolsa sellada que contiene una botella de agua, una papas fritas y un chocolate. Muchos de los pasajeros se sacaban la mascarilla para comerse el refrigerio. 

Tras un poco más de dos horas de vuelo llegamos a Panamá, donde haríamos una escala con nada menos que ocho horas de espera. Tomamos esa larga conexión porque el vuelo directo a Miami costaba casi el doble. 

¿De qué sirve el aire filtrado o la desinfección rutinaria, si la gente va agolpada una a otra como si no hubiera pandemia? La clase turista es la misma de siempre: espacios estrechos, asientos peligrosamente cercanos, olores y contacto físico.

Welcome to América

El aeropuerto de Panamá es un punto de encuentro regional donde la pandemia parece no haber llegado. Tras varias semanas de cierre, la terminal de Tocumen, base de varias de las aerolíneas que conectan Estados Unidos con América Latina parece haber recuperado su habitual movimiento. Llegan vuelos de todo el mundo, se ven personas de toda la región en lo que parece un epicentro continental.

Más de 100 puertas de vuelos llenas indicaban que aquí tampoco tendría distanciamiento social. Mi sala, así como todas las del aeropuerto estaba a tope al igual que los locales comerciales y de servicios. Es tan grande la cantidad de personas y la aglomeración, que en la terminal panameña está haciendo, en plena pandemia, una ampliación para más locales comerciales. 

Mientras aguardaba me di cuenta de que no era el único varado en Panamá en una espera eterna. Había gente durmiendo en el suelo, en las sillas y por supuesto muchos que ya se habían quitado la mascarilla para respirar algo de aire fresco. A eso de las 16h00 por fin abordamos y tras dos horas más llegamos a nuestro destino final, la ciudad de Miami.


El tráfico aéreo se ha reactivado en aeropuertos como el de Miami (foto) o el de Panamá. 

Finalmente llegamos a los Estados Unidos. En migración conversábamos nerviosos entre familiares y otros turistas. Todos veníamos a lo mismo. Repasábamos nuestra “coartada”, temerosos de los siempre implacables agentes de migración norteamericana: turismo ocasional. Pero ante mi sorpresa el filtro migratorio fue más fácil de lo esperado. Esperábamos una cola más larga, pero había una inusual fluidez. ¿Cuál es su motivo de viaje? ¿Por cuánto tiempo se queda? ¿Es la primera vez que viene? Listo, bienvenido a los Estados Unidos, nos dijo un funcionario latino que nos habló en español. Nos sacamos la mascarilla para una foto ante las cámaras y nos pusieron de entrada. Welcome to America. Se sabía que algunos estados no estaban vacunando turistas, pero los agentes en los mostradores no quisieron ver el elefante en la sala, en aras, supongo de la reactivación económica. Al parecer regalar unas cuantas dosis demás no hacen daño a cambio de un turismo que llega en masa.

El vacunatorio a la vuelta de la esquina

En Miami el calor era intolerable. Más aún para quienes venimos con jeans, medias y sacos propios de nuestra región andina. Alrededor de las 20h00, la hora en que salimos del aeropuerto, todavía había una temperatura de 28 grados. La esperada salida fue por un terminal inmenso en búsqueda de un taxi. Los taxistas aquí no se bajaban de su auto, no venían a la caza. Esperaban tranquilos en el calor húmedo de la ciudad. Por un tramo de 10 minutos fueron otros USD 35 que seguían sumando a la cuenta.


Las principales cadenas de farmacias y supermercados se han convertido en puntos de vacunación en La Florida

Mi hospedaje fue en Doral, una ciudad ubicada en el condado de Miami. Una zona urbana y alejada de las bahías y playas más conocidas. Doral es una ciudad industrial, llena de outlets y con viviendas de clase media. Como en todas las zonas de Miami, la población latina está muy presente y no es necesario hablar en inglés casi en ningún momento. Así que a desempacar y a conseguir la vacuna, que era mi misión.

Las cajas registradoras vendían medicinas y productos de consumo mientras a la par un funcionario organizaba los turnos y las filas para la vacunación. Lo que nos ofrecieron en Ecuador, pero hasta ahora no concretan.

La tan esperada dosis estaba agendada para el siguiente día en una farmacia común y corriente. La actividad comercial del local funcionaba paralelamente a las llegadas de quienes esperaban ser vacunados. Las cajas registradoras vendían medicinas y productos de consumo mientras a la par un funcionario organizaba los turnos y las filas para la vacunación. Lo que nos ofrecieron en Ecuador, pero hasta ahora no concretan.

Las cajas registradoras vendían medicinas y productos de consumo mientras a la par un funcionario organizaba los turnos y las filas para la vacunación. 

En un modesto stand presenté mi pasaporte con los nervios de ser interrogado. Solo constataron mis nombres en la lista de turnos y me pusieron en la fila. Algo interesante es que la espera se daba en uno de los pasillos de la botica. En medio de aspirinas, revistas y tarjetas cumpleañeras parecía irreal que estaba a pocos minutos de ser inoculado con la famosa vacuna contra el coronavirus.

Al llegar mi turno ingresé a una pequeña tienda en una esquina del local. Para empezar, algunos datos personales fueron procesados en un aparato electrónico. La inyección pasó tan rápidamente que ni se sintió, apenas tres centrímetros cúbicos en una jeringa para insulina. Me entregaron un carnet con el nombre del local, el lote y la marca de la vacuna. Salí a reposar unos quince minutos en otro de los pasillos de la farmacia, en donde había sillas para observación y luego abandoné el lugar como si hubiera entrado a conseguir cualquier otra cosa. Sin embargo, no había ningún médico ni nadie que pareciera estar pendiente de alguna reacción. Se realiza una toma de presión arterial y de temperatura. 

Al llegar mi turno ingresé a una pequeña tienda en una esquina del local. Para empezar, algunos datos personales fueron procesados en un aparato electrónico. La inyección pasó tan rápidamente que ni se sintió, apenas tres centrímetros cúbicos en una jeringa para insulina.

No podía creer la facilidad y fluidez con la que me vacuné. Menos viniendo de un país donde vacunarse es algo por lo que parece que hay luchar con desesperación. No hubo ni gente madrugando, ni fila bajo la lluvia, ni burócratas colados porque son VIP, ni funcionarios de chaleco alegando que ya no había más dosis, que mañana, ni policías antimotines para contener a los quejosos. Entendí con claridad lo que es vivir en nuestro realismo mágico, donde algo que podría ser tan simple y rápido se complica, dificulta, sabotea y demora.

Decidí recorrer otros sitios de vacunación en la ciudad. Pude recorrer algunos puntos, pero en ninguno hubo aglomeraciones ni desorden, a pesar de que solo el 36 % de la población de Florida había sido vacunada hasta la fecha.

En una búsqueda rápida en internet encontré más de 100 centros de vacunación solo en Doral. Entre ellos había farmacias, tiendas mayoristas, supermercados y centros públicos como parques, recintos deportivos o universidades. Instituciones públicas y privadas crearon aquí una red inmensa que ha abastecido de vacunas a todos los sectores del condado.

Vacunas a la carta

Conversé con otros turistas que se bajaron del avión directamente a ser vacunados. En un campus universitario estaban atendiendo a cualquier persona que presente un pasaporte de mayor de edad. En el campus de una universidad de  Miami Dade llegaban turistas hasta con las maletas, su primera parada era directamente la vacuna. La disponibilidad en este centro era tal que los turistas incluso podían elegir qué vacuna administrarse. Todo sin turno y en un proceso de no más de 30 minutos. Esto, sobre todo, porque están disponibles vacunas de una sola dosis, como la de Johnson y Johnson y también las de dos dosis para quien pueda esperar o volver para la segunda dosis.


Este es el aspecto del punto de Vacunación en Miami Dade Campus, donde es posible escoger qué vacuna se quiere poner. 

La atención en el campus tenía varios filtros, como un sitio para la presentación de pasaporte, la elección de vacuna y finalmente la inoculación en manos de militares. En un hangar de un área abierta, las personas pasaban con un sticker de colores de acuerdo con la vacuna de su elección. Se notaba por las conversaciones y acentos que había gente de Ecuador, Costa Rica, Colombia y Perú. De ahí que un comentario común es que el presidente que más latinoamericanos ha vacunado no es López Obrador, Duque, Moreno o Fernández. Es Joe Biden.

La agilidad del proceso de vacunación en Miami ha logrado que zonas enteras se sientan seguras de olvidarse del uso de la mascarilla. Durante mi estadía incluso se hicieron públicas las declaraciones del presidente Biden de que los vacunados ya no debían usar mascarillas en espacios públicos. Y así era en varias zonas abiertas donde la normalidad parecía haber regresado.

La PCR que dejó de ser un trauma

Unos días antes de regresar, acudí a realizarme una prueba PCR requerida por Ecuador para el ingreso. De nuevo, un proceso ordenado, rápido y gratuito. Reservé un turno vía digital el día anterior en uno de los cientos de opciones que se desplegaron. La cita me salió en el Tropical Park, otra área verde inmensa donde se habían dispuesto tests y vacunas gratis.


En Tropical Park se realizan pruebas PCR desde el carro que consisten en una muestra de saliva que el propio paciente toma de la boca y devuelve a los laboratoristas. El resultado llega por correo y es gratis. 


En Tropical Park se debe agendar una cita por internet. 

Ni siquiera nos bajamos del auto en esa ocasión. Solo presenté un código QR y fui pasando varios filtros hasta llegar a un hangar donde sería la prueba PCR. Funcionarios pasaron una bolsa ziploc y explicaron el proceso que también venía detallado en un manual. La buena noticia es que las traumáticas pruebas con una turunda muy larga que parecía llegar hasta el cerebro ya pasaron a la historia: ahora basta con un poco de saliva tomada de la boca.

Me realicé personalmente un hisopado oral en cuestión de minutos. Luego se ingresa el hisopo en el mismo empaque y se lo entrega al personal. En menos de 24 horas llegan los resultados, todo el proceso vía digital. Nada de que "vuelva en cinco días a ver si le imprimimos el resultado".

Al regreso en el aeropuerto la misma historia. Aglomeraciones, aviones llenos, esperas eternas. Pero me sentí muy especial: volví vacunado a nuestra tierra en donde la simple inyección que uno podría conseguir en la farmacia de la esquina ha sido convertida en un privilegio solo para notables, como en tiempos coloniales.

Todavía no asimilo la normalidad con que se lleva a cabo el proceso de vacunación en Miami. Parece que uno concibe la realidad desde el contexto donde vive. Parecería que el que se vacuna en el Ecuador es el que tiene los lazos más estrechos con el poder o el que espera días enteros bajo el sol y la lluvia.

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