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4 de Abril del 2016
Historias
Lectura: 19 minutos
4 de Abril del 2016
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Cuba: la nueva etapa frente a EE.UU.

Fotos: Reuters Media Express

Una foto impensable hasta hace pocos meses. La voluntad de Obama y Raúl Castro por romper décadas de desonfianza y caminar hacia el futuro tendrá aún muchos escollos.

 

Lo que nunca creímos ver a menos que se murieran los Castro y hubiera un cambio de régimen en La Habana, empezó a desarrollarse ante nuestros asombrados ojos. ¡Jamás nos imaginamos ––y quien lo diga es un mentiroso–– ver al presidente de EEUU, a su secretario de Estado y a su consejera de seguridad nacional, firmes en la Plaza de la Revolución, mientras una banda militar de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba entonaba el himno de los EEUU!

Cuba había sido la piedra de toque de las relaciones interamericanas. Había emponzoñado el diálogo entre EEUU y América Latina durante décadas. Pero el 21 de marzo, con el aterrizaje en La Habana, en medio de una gran lluvia tropical, del Air Force One con el presidente de EEUU Barack Obama a bordo, se inauguró un nuevo período en esas relaciones. Fue el inolvidable domingo en que, al cabo de 88 años, un presidente estadounidense (sin mencionar a su mujer, dos hijas, suegra e importantes funcionarios), pisaba suelo cubano.

Es verdad que esa etapa comenzó con el anuncio el 17 de diciembre del 2014 de la reapertura de relaciones entre los dos países, pero lo que nunca creímos ver a menos que se murieran los Castro y hubiera un cambio de régimen en La Habana, empezó a desarrollarse ante nuestros asombrados ojos. ¡Jamás nos imaginamos ––y quien lo diga es un mentiroso–– ver al presidente de EEUU, a su secretario de Estado y a su consejera de seguridad nacional, firmes en la Plaza de la Revolución, mientras una banda militar de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba entonaba el himno de los EEUU, teniendo al fondo los enormes murales del Che Guevara y Camilo Cienfuegos!  Allí estaban Barack Obama, John Kerry y Susan Rice.

Fue algo tan radicalmente distinto a lo sucedido en los últimos 56 años que requiere estudiarlo a fondo, y entender las motivaciones de los líderes que condujeron los acontecimientos hasta ese momento.

Fue algo tan radicalmente distinto a lo sucedido en los últimos 56 años que requiere estudiarlo a fondo, y entender las motivaciones de los líderes que condujeron los acontecimientos hasta ese momento. La escuela realista de las relaciones internacionales dice que ningún país se mueve por otra cosa que no sean sus intereses. Y es verdad que a Cuba le interesa: con las crisis de Rusia y Venezuela, necesita con urgencia abrirse al flujo de divisas que el turismo, las remesas de sus expatriados y la tecnología estadounidense le puede proporcionar. A la vez, a EEUU le interesa ––hoy que ya el poder del voto del exilio cubano no es tan decisivo en la Florida, y que los hijos de los exiliados tienen una actitud más favorable a la relación con la isla––le interesa, digo, mejorar las relaciones con Cuba, porque implica comercio, posibilidades de inversión y, sobre todo, porque esto significa inaugurar una nueva etapa de sus relaciones con América Latina. 

Una larga historia de desencuentros

La historia es larga, pero vale la pena recordarla, aunque sea a pinceladas. Tras el triunfo de la revolución cubana en 1959, las acciones del nuevo régimen ––como la nacionalización de empresas privadas, la incautación de bienes, el fusilamiento de opositores y la opción por el comunismo––, despertaron el pánico en EEUU y las elites latinoamericanas. El peligro de que el comunismo se extendiera por la región les llevó a emprender campañas para bloquear su avance, tanto en la lucha contra las fuerzas izquierdistas internas, algunas de las cuales se radicalizaron y se convirtieron en guerrillas, como en el rechazo al régimen cubano.

El derrocamiento de Castro fue el objetivo mayor de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Y, dado que aquello no fue tan fácil y que llevó a estruendosos fracasos como el de Bahía de Cochinos, su segundo objetivo fue el aislamiento de Cuba, del que bien sabemos por Inside the Company, el libro autobiográfico de Philip Agee que dedica gran parte a narrar los contactos que hizo, los agentes que reclutó y las acciones que llevó a cabo en el Ecuador de inicios de los sesenta para llevar al país al rompimiento con Cuba.

Agee, los demás miembros de la embajada estadounidense en Quito y la red de agentes criollos se concentraron en presionar al presidente José María Velasco Ibarra. Él no terminó su cuarto mandato, en buena parte por no ceder a dichos intentos de imponerle su política exterior. Las presiones continuaron sobre Carlos Julio Arosemena Monroy, quien aguantó lo que pudo hasta que dio paso a los deseos de EEUU, creyendo que con esos se salvaba del derrocamiento, aunque resultó demasiado tarde. Cuba fue un factor clave para que se produjera la dictadura militar de los sesenta.

Muy pocos países, entre los que se destaca México, resistieron las presiones de Estados Unidos y uno tras otro rompieron relaciones con Cuba, que fue expulsada de la OEA.

Muy pocos países, entre los que se destaca México, resistieron esas presiones y uno tras otro rompieron relaciones con Cuba, que fue expulsada de la OEA. El triunfo de Salvador Allende en 1970 dio a Fidel Castro un interlocutor en Sudamérica y la posibilidad de realizar una visita de Estado a Chile. Pero luego del derrocamiento de la Unidad Popular en 1973, se acabaron los contactos con el subcontinente, que, al contrario, se volvieron virulentos con las dictaduras represivas que se enseñorearon a sangre, fuego y la complicidad de EEUU, en Chile, Argentina, Uruguay, Bolivia y Brasil.

La Unión Soviética convirtió desde los sesenta a Cuba en su aliado preferido y por poco estalla la guerra nuclear en la crisis de los cohetes, en que la URSS cedió finalmente, a despecho de Fidel Castro.

A su vez, Centroamérica se volvió en los setenta el escenario de revoluciones armadas inducidas por las condiciones de pobreza y marginación de gran parte de la población y por la brutal represión de sus dictaduras, escenario en el cual Cuba y EEUU se enfrentaron en el capítulo más caliente de la Guerra Fría.

El deshielo recién empieza en los 80. Cuba hace esfuerzos por atraer visitantes, organiza las cumbres de la deuda y otros encuentros y, finalmente, Rodrigo Borja es el primer mandatario latinoamericano en invitar a Fidel Castro a su toma de posesión en 1988. Siguen ese ejemplo otros presidentes y, cada vez más, Cuba está representada en reuniones regionales, siendo de las más importantes las Cumbres Iberoamericanas de Jefes de Estado y de Gobierno, impulsadas por el rey de España, que se inician en 1991 y donde se hace habitual la presencia de Fidel Castro.

Concomitantemente, los reclamos colectivos e individuales de los países de la región a EEUU por mantener el embargo contra Cuba se agudizan, y la OEA empieza a perder peso como sitio de encuentro por la falta de esa nación hermana, con sus problemas e idiosincrasia, con una ideología y unas prácticas no necesariamente compartidas, pero que es una entidad política soberana con pleno derecho. El hecho de que el régimen castrista sobreviviera al período especial, tras la caída de la Unión Soviética y del comunismo europeo, despierta aún más la solidaridad regional con el pueblo cubano.

Hugo Chávez se vuelve el gran valedor de Cuba en el siglo XXI, y con él los gobiernos que se adscribían a la corriente del llamado “Socialismo del siglo XXI” se extreman en atenciones al gobierno de la isla, que, cada vez queda más claro, se sostiene por una mezcla de represión interna y ayudas externas, sobre todo de Venezuela.

Con esos patrocinadores, Cuba entra también en la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac) lo que consagra su readmisión en el concierto de América Latina. Las relaciones con EEUU llegan a puntos cada vez más bajos en la presidencia de George W. Bush, mientras las nuevas generaciones cubano-estadounidenses empiezan a cambiar su mirada sobre lo que debía hacerse: aceptar la existencia de un Gobierno que expulsó o del que huyeron sus padres.

Y entonces, la novedad

Pero en el tercer lustro del siglo XXI, y tras una serie de contactos previos, en los que el papa Francisco jugó un papel discreto pero muy efectivo, expresamente reconocido y agradecido, los presidentes Barack Obama y Raúl Castro dan un giro radical a todo lo anterior con el anuncio de diciembre de 2014, de que iniciaban el proceso para normalizar las relaciones diplomáticas entre EEUU y Cuba. A partir de esa fecha se entablaron relaciones diplomáticas, se inauguraron las embajadas y, como el propio Obama lo recordó se han lanzado “iniciativas para cooperar en temas de salud y agricultura, educación y autoridades del orden público. Hemos llegado a acuerdos para recobrar vuelos directos y servicios de correo. Hemos expandido los lazos comerciales y aumentando las opciones de los estadounidenses para viajar y hacer negocios en Cuba”.

Todo esto puntuado por sucesivas visitas de funcionarios, incluyendo la del secretario de Estado, John Kerry. Aunque esa escalada hacía sospechar del deseo del presidente Obama de visitar la isla, así y todo, el aviso de que lo haría cambió lo que hasta entonces se había hecho en el hemisferio.

Tras oír The Star-Spangled Banner, Obama puso una ofrenda floral al pie del gran monumento, eje de la Plaza de la Revolución, al padre de la independencia cubana José Martí. Otro de los momentos más destacados de la visita fue la rueda de prensa conjunta de los dos mandatarios, tras la entrevista privada que sostuvieron, en que Raúl Castro se sometió, por primera vez en su vida, a preguntas de periodistas (la tendencia a dar declaraciones de prensa y no responder preguntas es típica de todos los gobiernos autoritarios y aún de ciertas organizaciones democráticas, so capa de mantener el orden. Pero los periodistas tenemos que hacer preguntas porque, de lo contrario, mejor es recibir el material escrito).

Obama mostró ahí que está hecho de otra pasta: aceptó las críticas de lo que Castro veía como cuestiones de derechos humanos en Estados Unidos (el racismo, la falta de acceso universal a la salud) y respondió distendido y con esa cualidad que le hizo destacar en la campaña presidencial hace ocho años: rezuma sinceridad. Pero lo impagable fue ver ––en el país con menos libertad de prensa del continente y en transmisión en vivo y en directo a todo el territorio de Cuba y a América Latina––, a Raúl Castro responder preguntas, no de periodistas oficiales que preguntan solo lo que está en el programa sino de periodistas independientes, algunas incómodas. Según lo anotaron comentaristas cubanos, como Raúl Fernández Vivero en el diario virtual 14ymedio http://www.14ymedio.com/opinion/diferencia-democrata-autocrata_0_1970202... , Castro “estuvo nervioso e inquieto… se le caían los auriculares, le temblaba la mano”. A la pregunta de los presos políticos, el refugio de Castro fue negar que los hubiera y pedir la lista de los supuestos presos políticos para liberarlos, pero esa misma mañana había habido una nueva redada de los activistas de oposición.

De nuevo Obama hizo gala de su manera de exponer. Fuentes cubanas hicieron notar que usó teleprompter y sugirieron que por ello podría dudarse de la sinceridad de sus palabras.

Al día siguiente, Obama tuvo varias intervenciones. A la reunión con los emprendedores llevó al joven empresario que creó Airbnb, el éxito mundial de acomodación fuera de hoteles, y les habló de que ellos también podían dar el salto adelante en esta era de la tecnología y las comunicaciones.

Reiteró su mensaje de que, si algo no funcionó durante 50 años, hay que cambiarlo. Lo mismo en la política exterior de EEUU, cosa que él lo ha hecho con Cuba e Irán, pero que también, como cualquier buen entendedor lo comprende, debe aplicarse a la política interna de la isla.

¡Qué contraste esto con un país que solo ha vivido de consignas, de propaganda, de frases hechas! Como dice el mismo Raúl Fernández, “en Cuba, si tienes dudas, respondes “Patria o Muerte, ¡Venceremos!”, aunque te sientas derrotado por la maquinaria del Partido que te ahoga, que te encierra, que te impide crecer”.

No podía quedar fuera de la agenda la reunión de Obama con los principales líderes de la oposición democrática de Cuba, que luchan con tanto sacrificio contra un gobierno totalitario. Pero quizás el momento más emocionante fue el discurso de Obama en el glorioso y recientemente restaurado Gran Teatro de La Habana, bautizado con el nombre Alicia Alonso, nonagenaria figura del ballet cubano a quien Obama pudo saludar. Según trascendió, y era bastante obvio, los EEUU habían exigido a las autoridades cubanas que ese discurso fuese sin precondiciones. Los cubanos lo concedieron, sabiendo que Obama sería cortés. Lo que no se sabía hasta el final es si Raúl Castro asistiría, y lo hizo, ocupando él y una nutrida delegación de los dignatarios del Partido y del régimen un gran espacio en las primeras filas.

De nuevo Obama hizo gala de su manera de exponer. Fuentes cubanas hicieron notar que usó teleprompter y sugirieron que por ello podría dudarse de la sinceridad de sus palabras. Nada más equivocado: ese discurso puede haber sido escrito por uno o varios ghost writers, revisado por uno o más expertos en seguridad nacional y relaciones exteriores, pero el mundo y EEUU conoce suficientemente bien a Obama como para saber que dice lo que siente y siente lo que dice.

Una de las cosas que con o sin teleprompter es histórica es que, desde allí, desde el Gran Teatro de La Habana, Obama haya pedido al Congreso de su país que levante el embargo. ¿Puede haber prueba más contundente de su sinceridad?

Obama cambió la política de décadas de EEUU frente a Cuba, pero en ese discurso explicó a fondo qué es lo que aspira que siga en adelante: respeto al otro, autocrítica, empezando por él sobre la política seguida por su país, sin renunciar a hablar de lo que está convencido: la democracia, la libertad, las oportunidades. Por eso manifestó su fe en el pueblo cubano, en sus jóvenes que son quienes tienen que construir el futuro de su país.

Es verdad que el pueblo cubano es digno, y es verdad que puede salir adelante con sus propias fuerzas, pero también es verdad que con el régimen gerontocrático e inmovilista que lo gobierna férreamente desde hace 56 años, esas fuerzas intelectuales y productivas están sujetas con cadenas.

De sus muchas frases emocionantes o profundas (que a Fidel, según el artículo que publicó en Granma el 29 de marzo, le han parecido “almibaradas” y sobre las que ironiza diciendo “Se supone que cada uno de nosotros corría el riesgo de un infarto al escuchar estas palabras del Presidente de Estados Unidos”), rescato aquella central: “El futuro de Cuba tiene que estar en manos de los cubanos”.

La derecha de EEUU y el exilio cubano más conservador han repetido que la visita de Obama lo que hace es legitimar a Castro. En primer lugar, no es un país el que legitima a otro (lo hace el conjunto de la comunidad mundial y la historia). En segundo lugar, quienes lo dicen deberían sostener que Nixon legitimó a Mao, el mayor asesino del siglo XX, cuando lo visitó en 1972; o que, en 1995, EEUU legitimó a Vietnam, el país que lo derrotó en una guerra y mató y torturó y tuvo en campos de concentración a miles de sus ciudadanos. Lo que se hizo en ambos casos, y también con Cuba, es normalizar las relaciones, no legitimar a régimen alguno. Y eso lo dejó claro Obama: no pretende impartir lecciones a nadie. Pero también dejó muy claro su credo de que “los electores deben poder elegir a sus gobiernos en elecciones libres y democráticas”.

En el escrito de Fidel ––que resulta curioso porque dedica muchos párrafos a otros temas como las armas nucleares de Sudáfrica durante el apartheid, que dice fueron facilitadas por Israel y EEUU––, la supuesta ironía no funciona. Es verdad que el pueblo cubano es digno, y es verdad que puede salir adelante con sus propias fuerzas, pero también es verdad que con el régimen gerontocrático e inmovilista que lo gobierna férreamente desde hace 56 años, esas fuerzas intelectuales y productivas están sujetas con cadenas y, como la historia lo ha demostrado, ha condenado a su pueblo a la escasez material y a la inopia intelectual.

Otra corriente muy distinta de críticos, especialmente entre los republicanos más ignorantes, cuestionan a Obama por preocuparse tanto de un país minúsculo y miserable. Su ignorancia e insensibilidad respecto a un pueblo digno y sufrido como el de Cuba es asombrosa, pero más todavía porque son ciegos respecto a lo que ese viaje implicaba: un cambio de relación con toda América Latina. Porque la visita de Obama no se va en las anécdotas sino en el giro ––inconcebible hasta hace poco y que tiene a toda la izquierda castrista descuadrada–– de la relación de la potencia del norte con América Latina.

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