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16 de Marzo del 2015
Historias
Lectura: 20 minutos
16 de Marzo del 2015
Silvana González
David vs Goliat o el cerco a los pequeños productores agrícolas

Feria agroecológica de la Plaza Pachano-Ambato, perteneciente a la organización de segundo grado Productores Agroecológicos y Comercio Asociativo de Tungurahua (PACAT).

 

Centro de acopio PASTOLAC que depende de la Corporación de Organizaciones Campesinas y Productoras de Pastocalle (COCPROP) de productores agroecológicos.

 

María Sailema productora agroecológica, cantón Ambato.

 

Foto: Blog La Huerta al Mundo

La producción de alimentos respetando la naturaleza y articulando las culturas es una propuesta de agroecología que se implementa en el país. 

 

¿Cuán lejos estamos de la agroecología? Los alimentos libres de agroquímicos, sustancias de laboratorio o antibióticos son un bien escaso en el Ecuador. La salud de los consumidores en cuestión de comida es un tema pendiente, los cuales están atrapados en las redes de las grandes transnacionales y la agroexportación.

Este documento, elaborado con asistencia internacional, evidencia una serie de mapas sobre la agroecología en el país.

Las sociedades modernas abandonaron la idea de la alimentación como ese momento incluso sagrado de conexión con la madre Tierra que reproduce la vida. La alimentación se convirtió casi en una rutina, hasta incómoda, con el fin de suplir la energía gastada para continuar produciendo. Eso explica, por ejemplo, la industrialización de los alimentos, sean en su fase de preparación o en su consumo mismo. La comida rápida se expandió por el planeta. Y el ritual social y cultural de la alimentación pasó a un segundo plano.

Hoy, el individualismo, la vorágine y la metrópoli han creado una brecha entre los seres humanos y el hecho mismo de comer. Parece que han quedado atrás esas prácticas vinculadas a la alimentación que marcaban los rasgos básicos de todas las culturas. En ese sentido, no es extraño encontrar en las cerámicas precoloniales, un sinnúmero de manifestaciones relacionadas a la fertilidad de los suelos y a la alimentación en general. Todo eso parece perdido o al menos marginado.

El domingo 15 de marzo se celebró el Día Mundial de los Derechos del Consumidor. Y en este año, las organizaciones de consumidores que promueven esta conmemoración, lo dedicaron a las dietas saludables.

Pero, ¿qué significa una dieta saludable? En el Ecuador gracias al mejoramiento de los ingresos de amplios sectores de la población, se han engrosado las filas de consumidores. Por otro lado, hay esfuerzos gubernamentales, como las regulaciones del etiquetado en los productos alimenticios, que está promoviendo un patrón de consumo más saludable. En las perchas de los supermercados se informa con un semáforo, la cantidad de azúcar, sal y grasa que tiene un determinado producto y con una advertencia, si ese alimento contiene transgénicos.

Pero cabe preguntarse, ¿qué tan real es esa información y cómo la lee el consumidor? En los grandes supermercados casi todos los productos que se venden son altamente procesados. Salsas, aderezos, enlatados, cereales, harinas, lácteos, contienen una gran cantidad de aditivos, preservantes e incluso antibióticos, como las carnes, que no se transparentan en el etiquetado. Y por otro lado, los productos sin transformación (verduras, frutas, etc.) son muy limitados, y también provienen de sistemas de producción con elevadas dosis de agroquímicos. Pero, si eso es limitado, aún más insignificante es la oferta de los llamados productos orgánicos, es decir alimentos derivados de una producción más limpia.

Como consecuencia de esta realidad, el consumidor consciente y preocupado de su salud ha encontrado, en los últimos años, alguna oferta interesante en mercados alternativos en las grandes ciudades de nuestro país, esto logra que se acorte la brecha entre productores y consumidores responsables, es decir con conciencia.

Llano Chico es una parroquia ubicada al nororiente de Quito. El viaje en auto dura menos de 20 minutos desde el centro de la ciudad. Sus pobladores se dedican en su mayoría a la agricultura y a la ganadería en pequeñas unidades productivas, muchas de ellas agroecológicas. La agroecología, según una publicación de la Fundación Heifer Ecuador, es “una forma de producción de alimentos que prioriza la apropiación cultural, las formas colectivas de organización social, los sistemas de valores y rituales y el sistema económico de las comunidades campesinas y que revaloriza las prácticas tradicionales en la producción agrícola local” (2014). ¿Cuántos consumidores de la capital saben que a pocos kilómetros de su hogar es producen alimentos de calidad? Muy pocos.

A escala nacional “el 88% de las unidades productivas está en manos de pequeños y medianos productores” (Heifer, 2014), muchas con cultivos agroecológicos o mixtos en transición. Sin embargo, esa cifra es invisibilizada y desconocida por la mayoría de la población. Lo preocupante es que a escala gubernamental no existen políticas claras para consolidar a este sector. Sino todo lo contrario. La política agraria se concentra en alentar los monocultivos, el uso de agroquímicos e inclusive los agrocombustibles.

Ahora, luego de que el gobierno nacional ha puesto salvaguardias a las importaciones de muchos productos de la canasta alimenticia, cabría preguntarse si eso agrava la situación o es, quizás una oportunidad para dar un golpe de timón en las políticas agrarias. El panorama no es tan fácil, pero no por eso deja de ser promisorio si se entiende lo que se podría impulsar. Después de un muy largo periodo de deterioro de las condiciones productivas de los campesinos, por efecto de políticas de apertura de importaciones y apoyo a los agronegocios, que impulsó la oferta de productos estandarizados, es el momento de reflexionar y cambiar.

Hay que recuperar el campo con producciones adecuadas a lo que demanda la soberanía alimentaria, establecida en la Constitución. Muchas de las pequeñas unidades productivas –que además están en manos mujeres, en la mayoría de los casos– han relegado, por ejemplo, sus sembríos de manzanas, duraznos, cebollas e incluso la crianza de animales menores como los cerdos, porque dejaron de ser productos rentables. Recomponer esa producción tomará varios años, pero es la oportunidad de hacerlo.

Muchas de las pequeñas unidades productivas –que además están en manos mujeres, en la mayoría de los casos– han relegado, por ejemplo, sus sembríos de manzanas, duraznos, cebollas e incluso la crianza de animales menores como los cerdos, porque dejaron de ser productos rentables.

Eso no es todo. Casa adentro, los pequeños productores hallan bastantes más cortapisas.  Una serie de regulaciones con recetas de los acuerdos comerciales como el que está en marcha con la Unión Europea, también afecta el mercadeo de estos productos. Es el caso de la leche, cientos de pequeños productores de lácteos, muchos pertenecientes a organizaciones de base, se ven ahogados por normas casi imposibles de cumplir como las Buenas Prácticas de Manufactura que solo podrían ser cumplidas por  grandes negocios de acopio y procesamiento de leche. Pequeñas fábricas de queso o yogur, o pequeños productores de huevos y pollos, se debaten entre la vida y la muerte con semejantes reglamentaciones.

Son necesarias esas regulaciones. No hay duda de eso. Pero, para empezar, esas normas deben ser pensadas y aplicadas a la realidad concreta del agro ecuatoriano, he inclusive pensando en las distintas realidades dentro del mismo territorio, facilitando su cumplimiento a los pequeños productores, lo que demanda liberarlos de las imposiciones que provienen de los grandes productores.

La salud de la población se deteriora más con un producto hiperprocesado, que con un producto al cual falta cumplir una o dos normas menores. Los pequeños productores podrían ver la luz al final de túnel con estándares adaptados a su realidad, es decir acordes a las realidades locales. Por principio –esto es fundamental– las regulaciones que se emiten para los grandes agronegocios no pueden ser los parámetros para los pequeños productores.  Por ejemplo, no pueden ser iguales las normas para los cerveceros artesanales que para los monopolios cerveceros, que tienen prácticamente todas las formas posibles de botellas patentadas, aún cuando no las usen.

Pero es ahí donde emerge con fuerza la contracara de la soberanía alimentaria. Si los campesinos tienen derecho a controlar su agricultura, los consumidores tenemos derecho a controlar nuestra alimentación. Esto se consigue liberando todo el proceso de aquellas cadenas alimenticias monopólicas, de los productores de todo tipo de agroquímicos y de prácticas que alientan los monocultivos y la monocultura de la comida chatarra. Todo eso obliga a crear condiciones que permitan acercar cada vez más al productor y al consumidor.

Ecuador es un país con un potencial enorme. Transformemos la actual crisis en una oportunidad. Tenemos la posibilidad de disponer de una canasta de productos alimenticios muy variada A partir de ella hay que construir una nueva cultura alimenticia. Tenemos que recuperar el control de nuestras vidas. Hemos delegado nuestro verdadero poder como consumidores y consumidoras a la lógica de los agronegocios y a la simple exportación de bienes primarios. Consumidores y productores activos, exigentes, curiosos e interesados son los que definitivamente van a cambiar el esquema de la alimentación de este país, base indiscutible de una nueva sociedad.

ENTREVISTA

El modelo agroindustrial nos envenena

Fernanda Vallejo

Gerente de proyectos en Heifer Ecuador para la Sierra. Desde hace 25 trabaja con campesinos y campesinas principalmente indígenas, en el sostenimiento, revitalización y fortalecimiento de modos de vida sustentables, comunitariamente gestionados.

Este domingo 15 de marzo se celebró el Día Mundial de los Derechos del Consumidor. ¿Vale tener una conmemoración para esta causa? ¿Qué gana la sociedad con este tipo de celebraciones?

Aunque el calendario se va llenando de fechas conmemorativas que poco se conocen, sigue siendo importante y una oportunidad para abordar y reflexionar sobre temas que nos competen a todos y todas en nuestras vidas cotidianas que, de otro modo, pasarían desapercibidos.

¿Existe una tendencia al consumo de productos sanos, esto es real?

Cada vez más en el mundo, el deterioro de la calidad de vida, la mayor incidencia de enfermedades, el alto costo de los alimentos, entre otros factores, han provocado una mayor preocupación entre las familias respecto a qué productos se llevan a sus mesas. Es real que se ha producido un “despertar” de la preocupación por los productos sanos, así como la búsqueda de información e identificación de espacios donde poder adquirirlos. Si bien esto es cierto, se trata de un proceso apenas germinando. Estamos muy lejos aún de contar con una amplia población informada y tomando acciones y decisiones para mejorar el acceso a productos más sanos, ecológicamente amigables y socialmente sustentables. El consumo responsable involucra procesos de cambio de hábitos, valores, rutinas y prioridades. El consumo de productos sanos –aunque no debería– es un asunto todavía circunscrito a un pequeño segmento de población urbana de estratos medios y altos. Aunque, existen valiosas experiencias de colectivos urbanos que se organizan para reducir costos en su canasta de alimentos, a partir de lo cual, progresivamente fueron comprendiendo la importancia de consumir producto campesino localmente producido y sin pesticidas, hormonas o fertilizantes químicos.

¿A qué podemos denominar como producto sano?

A un producto localmente producido, sin fertilización química comprada (dicho de otro modo, con un suelo sano y vivo), no expuesto a envenenamiento programado y sistemático, cercano, fruto del trabajo digno de escala familiar campesina, que no depende de derivados fósiles para sostenerse y en sistemas productivos que reponen lo desgastado. También es sana una carne producida en pequeña escala, con alimentación natural acorde a la especie, sin hacinamiento ni sometimiento a inoculación intensiva de antibióticos y/u hormonas, sin estrés ni trato inhumano.

"El consumo de productos sanos –aunque no debería– es un asunto todavía circunscrito a un pequeño segmento de población urbana de estratos medios y altos".

¿Existe o debiera existir una relación entre productores y consumidores?

Definitivamente sí. Parece tan complejo e irrealizable, pero no es lejano el tiempo en que la interacción productor-consumidor, era directa y basada en la confianza. El modelo industrial de producción, distribución y comercialización de alimentos es responsable de ese alejamiento y barreras que se han venido instalando. A través del supermercado (que ha desplazado los mercados), las llamadas tiendas de conveniencia (que reemplazan las tiendas del barrio); o trasladando alimentos a través de miles de kilómetros (lo que demanda enormes cantidades de energía fósil, combustible, refrigerantes, plásticos de envasado, etc, etc), alimentos que tenían producción local: pensemos en los brócolis o las manzanas, por ejemplo.

¿Existe una brecha entre los consumidores rurales y los de las ciudades?

Sí, como lo dije, el sistema industrial y corporativo de alimentos ha logrado producir barreras cada vez más difíciles de sortear. Ahora bien, a pesar de que el supermercado se ha instalado hasta en las ciudades más pequeñas, en ellas persiste una arraigada cultura que valora el producto fresco, la interacción con el productor como el mejor certificado de garantía, la compra temprana en la feria, esa es una diferencia importante respecto a los consumidores de las urbes grandes: en las ciudades cercanas aún se prefiere y valora el producto campesino.

¿Cuál es la situación de los pequeños productores en el país?

Los productores campesinos –mayoritariamente familiares–, son un modelo de eficiencia e iniciativa frente a todas las condiciones adversas posibles: climáticas, de fertilidad, de falta de acceso a medios básicos como tierra y agua, o crédito; teniendo que cumplir medidas, normas, estándares y controles que no se aplican ni a las corporaciones, sin presupuestos serios para política pública. De hecho, existe una deuda grande desde el Estado en el establecimiento de políticas de incentivo.

¿El trabajo de la Fundación Heifer en el campo qué hechos concretos ha logrado?

Heifer Ecuador es una organización que articula, promueve, facilita. A través de su trabajo, pero gracias a la entereza de las organizaciones campesinas y la contribución activa de actores privados y públicos en los territorios, las organizaciones van logrando mejores precios para sus productos, como en el caso de la leche; o van posicionando mejor sus productos en mercados locales agroecológcios; o logran el respeto y reconocimiento sus modos propios de gestionar sustentablemente páramos comunitarios. Heifer contribuye a que las organizaciones generen mecanismos pequeños de auto-sostenimiento y distribución de recursos productivos, más allá del financiamiento de proyectos a través de su sistema de compartir de recursos.

Heifer hizo un trabajo con una fórmula para los Centros de Desarrollo Infantil. ¿Qué resultados obtuvieron?

Esta experiencia se realizó en alianza con Mundo Cooperante, una ONG española con quien juntamos esfuerzos y recursos para mejorar la nutrición de niños/as de 0 a 5 años en centros infantiles, convocando el apoyo y la experiencia productiva de ERPE (Escuelas Radiofónicas del Ecuador) que trabaja con productores indígenas de Chimborazo; se elaboró una mezcla de cereales, leguminosas y chocolate de sus productores aliados. Esta mezcla se distribuyó por algunos meses entre los/as niños/as de los centros infantiles y sus familias, como suplemento alimenticio, que gustó mucho. Fue una actividad con carácter experimental, que nos mostró la capacidad local de producir localmente, campesinos y nutricionalmente apropiados y que podría ser vista desde el Estado como una forma de apostar por el mejoramiento agrícola convirtiendo a los productores en proveedores para sus programas de asistencia social. 

"Heifer contribuye a que las organizaciones generen mecanismos pequeños de auto-sostenimiento y distribución de recursos productivos, más allá del financiamiento de proyectos a través de su sistema de compartir de recursos".

Entre las principales causas de muerte en este país están las enfermedades derivadas de la mala alimentación y el sedentarismo, ¿por qué, al parecer, los consumidores no acceden a productos sanos?

Se trata de una problemática compleja que combina múltiples factores, todos asociados con procesos de urbanización salvaje, dislocación de los ciclos biológicos humanos, sobre trabajo, modos de vida estresantes y acceso casi exclusivo a alimentos altamente procesados. En ese entorno, la población se mueve muy poco, se estresa en un espacio público contaminado y agresivo, se agota por tiempos extras de trabajo, come a deshoras y mala comida (que es la única a su alcance en el trabajo y la casa), ni siquiera tiene oportunidad de preguntarse por qué cada vez hay menos producto fresco, sin químicos y cercano.

¿Las salvaguardias a los productos alimenticios importados serán una ventaja para los productores locales?

A primera vista, resultarían convenientes para la producción interna, lo que ocurre es que no existieron procesos previos de fomento de los cultivos de frutales entre familias hortelanas que dejaron de producir por efecto de la invasión de frutas a más bajo precio por casi 20 años. Entonces, ahora que no hay la fruta importada, no hay tampoco la producción interna de ésta. Para que un árbol frutal entre en producción requiere entre dos y cuatro años, ojalá para entonces todavía tengan oportunidad de colocarlos en el mercado. Es más, el resultado general es que no solo encarece la fruta importada sino toda la producción de alimentos.

¿Qué significa la firma de TLC con la UE para los consumidores y los productores?

Los tratados de libre comercio, cualquiera sea su versión, son lesivos para la producción y economía internas de los países. Son asimétricos, responden a normas generadas por las corporaciones representadas en la OMC. Afectan además, los recursos naturales especialmente el agua. Vulneran los mecanismos internos de retención y distribución local de la riqueza. En el largo plazo, descomponen los tejidos sociales, los ciclos ecológicos, la producción libre de alimentos.

¿Cuál es la situación de la soberanía alimentaria en nuestro país? 

A pesar de los avances a nivel de normativas, y los pequeños esfuerzos desde gobiernos locales y algunas dependencias estatales, el Ecuador no ha dejado de perder autosuficiencia y soberanía en la producción de alimentos fundamentales desde hace 30 años. Si no cambiamos la perspectiva todos los actores vinculados a la producción de alimentos, el escenario es desalentador. Sin embargo, es imprescindible subrayar la entereza campesina por continuar produciendo alimentos y no mercancías, a contrapelo de todo ese escenario poco favorecedor.

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