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12 de Mayo del 2015
Historias
Lectura: 8 minutos
12 de Mayo del 2015
Carlos Pérez Guartambel

Presidente de la Ecuarunari.

Defender el agua es un delito

Foto: Luis Argüello

La dirigencia de la Conaie en una movilización en defensa de su sede en Quito, Carlos Pérez G. levanta la bandera del arcoiris.

 

Al inicio, el presidente Correa se declaró ecologista, y con firmeza declaro: “no me temblará la mano si hay que sacar a las mineras de las fuentes agua”; mas la ilusión se vino abajo. Suficiente fueron cuatro horas de reunión con empresarios chinos y canadienses, para dar el salto a la orilla extractivista. Así inicio la criminalización a los defensores de la naturaleza.

“Tengo sed” decía el Nazareno, luego de subir al calvario,  como presagiando los conflictos por el agua.  Así en el Ecuador el agua generó más de un conflicto, ayer resistiendo a la privatización (2004) hoy al extractivismo; en ambos casos generados por la embriaguez del poder monetario.

La minería artesanal en el Ecuador es milenaria, incluso las sociedades andinas precolombinas conocieron el arte de amalgamar el oro con la plata siglos antes que la “civilización” europea. A partir del año 2000 vino la hemorragia de concesiones mineras. En la actualidad casi el 20% del territorio ecuatoriano está comprometido a la industria metalífera con empresas chinas, canadienses, suecas, entre otras.

En el Ecuador la  megaminería metálica no inició gracias a la tenaz resistencia de las comunidades indígenas-campesinas que activaron la lucha con caminatas “Por el agua y contra el extractivismo” en el 2012 y 2014 desde el Sur de la Amazonia Ecuatoriana hasta Quito, con recorridos de 800 km.

Activando epifanías propias, ideando consultas comunitarias propias en Kimsakocha (2011) y Pacto (2015), zonas de conflictos mineros, ubicadas al Sur y Norte de los Andes. No faltaron actividades festivas con arte y danzas; ceremonias ancestrales con ternura e irreverencia. Es tiempo de cerrar carreteras para abrir avenidas de esperanza.

Canadá, el país “modelo” de minería en el mundo, destruyó en una década el 23% de sus humedales. En la actualidad no hay dinero que alcance  recuperar más de 10.000 minas abandonadas en todo el país, minas que seguirán contaminando por siglos todo ser biótico.

Las comunidades indígenas del Ecuador, defienden el agua y resisten a la metalífera industrial por las lecciones aprendidas de los países donde cunde el extractivismo. Las huellas imborrables que dejó la industria minera en Cajamarca, Perú, donde secó las lagunas de Yanacocha, Pato, Corazón y otras. La ciudad de la Oroya, Perú, envenenó al 80% de los niños que tiene plomo en la sangre. Se extrayó tanta plata de Oruro y Potosí, Bolivia, que con este metal alcanzaría construir un puente que una el continente europeo con nuestra Abya Yala. No obstante, la población jamás salió de la pobreza, maldecidos por la bendición de los minerales.             
              
Centroamérica no se salva del horror extractivo, incluso la guerra civil de los 80 se le atribuye a la industria metalífera. Estados Unidos tampoco está libre del holocausto minero, la “fiebre del oro en California” o los desastres ambientales en Arizona, Utah, Nevada son ejemplos a  no seguir. Más al norte, Canadá, el país “modelo” de minería en el mundo, destruyó en una década el 23% de sus humedales. En la actualidad no hay dinero que alcance  recuperar más de 10.000 minas abandonadas en todo el país, minas que seguirán contaminando por siglos todo ser biótico. La mayor preocupación del gobierno de Canadá hoy es la lluvia ácida.

A pesar de tantos hechos escalofriantes, todos los gobiernos apuestan por el extractivismo. La minería rebasa credos religiosos e ideologías políticas; izquierda y derecha actúan igual, o mejor dicho, acatan igual las ordenes del imperio extractivista.  Los ejemplos sobran, la derecha más conspicua que gobierna México, Colombia y Perú, actúan igual, que los gobiernos de “izquierda”: Brasil, Venezuela, Bolivia y Ecuador, con tal de conseguir dinero, para financiar programas asistencialistas y contener las explosiones sociales.

Curiosamente, antes de arrancar el faenamiento minero en el Ecuador ya se siente los impactos del extractivismo: pueblos indígenas despojados de sus territorios, comunidades desplazadas, corruptela a autoridades estatales y compra de conciencias a ciertos dirigentes con pírricas donaciones; y a líderes que resisten, la cárcel les espera.

Al inicio, el presidente Correa se declaró ecologista, y con firmeza declaro: “no me temblará la mano si hay que sacar a las mineras de las fuentes agua”; mas la ilusión se vino abajo. Suficiente fueron cuatro horas de reunión con empresarios chinos y canadienses, para dar el salto a la orilla extractivista. Así inicio la criminalización a los defensores de la naturaleza.

Borró con la mano derecha lo que había escrito con la izquierda en la primera Constitución del mundo que reconoce derechos a la Pachamama (madre naturaleza) y la recuperación del Sumak Kawsay (buen vivir) como paradigma milenario de los pueblos indígenas (que representa la vida sencilla y colectiva de los pueblos y el supremo respeto a la madre naturaleza). Este fue el detonante para el desencuentro entre el gobierno y los pueblos indígenas articulados en la Ecuarunari y la Conaie a fines del 2008.

La persecución contra los dirigentes que defendían el agua esta latente, más de 200 dirigentes criminalizados desde el 2010. Unos enjuiciados, otros en la clandestinidad, otros encarcelados y tres dirigentes asesinados (Bosco Bisuma, Fredy Taisha y José Tendenza).

Continúo el presidente Correa con una campaña feroz de difamación en contra de la dirigencia indígena. Nos acuso de recibir dinero de la CIA, de ONGs y de multinacionales interesadas en recursos mineros del Ecuador (¡¡) y repetía “no podemos vivir como mendigos sentados sobre un saco de oro, confíen en nosotros, haremos una minería responsable, usando tecnología de punta y sus recursos servirá para construir escuelas, hospitales, canales de riego”.

Le salió el racismo colonial descalificando al movimiento indígena de cavernícolas, terroristas, saboteadores, locos, incompetentes, ecologistas infantiles, adefesiosos y una larga lista de insultos. En mi caso, intentó deslegitimar aduciendo que no soy indígen: como cualquier gobierno colonial, él determina quién es y quién no es indígena. Llego al extremo de ridiculizarme en un acto público y masivo, retransmitido por varios medios televisivos, gritando a todo pulmón: “Carlos Pérez Guartambel no es indígena, cuando asome por acá, sáquenle de aquí, díganle  sale siki ñawi (cara de culo) fuera, tú no eres indígena, no eres bien venido”.

La persecución contra los dirigentes que defendían el agua esta latente, más de 200 dirigentes criminalizados desde el 2010. Unos enjuiciados, otros en la clandestinidad, otros encarcelados y tres dirigentes asesinados (Bosco Bisuma, Fredy Taisha y José Tendenza).

Durante este gobierno he sido tres veces encarcelado (2010;2012;2014).  En el último proceso penal fui acusado de sabotaje y terrorismo; al no poder probar tal acusación fui sentenciado por cierre de vías (¡¡).El respaldo de las comunidades hizo que la justicia, actualmente controlada por el Ejecutivo, module la pena aduciendo que: “no constituye peligro para la sociedad, y la defensa del  agua es un acto altruista”. Terroristas nobles y altruistas ¿?

Ahora los dirigentes del movimiento indígena estamos siendo investigados por supuesto delito de “golpe de Estado”, durante lo que fue una revuelta policial el 30 de septiembre de 2010. En dicha ocasión, la policía hizo un acto de desobediencia civil al régimen por afectar sus derechos laborales.

En ese afán persecutorio estamos sometidos a un espionaje sistemático sin orden judicial, en todo tiempo y lugar. El trasfondo de todo: haber perdido el miedo y recuperado la esperanza en la resistencia, camino de liberación del recolonialismo extractivista.

Este artículo fue publicado en Le Monde Diplomatique y es publicado en Plan V con autorización del autor.

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