Back to top
6 de Octubre del 2015
Historias
Lectura: 18 minutos
6 de Octubre del 2015
María Elena Dávila
Drogas, adictos y adicciones: más allá del bien y el mal

El problema de la adicción a las drogas, que está saliéndose de control en los barrios marginales de Guayaquil, debe ser afrontado con un enfoque integral. 

 

Es la filosofía del disciplinamiento, de resolver los problemas a través del castigo, la filosofía que da la espalda a la complejidad de las cosas, que no se pregunta por las causas, sino que sanciona el comportamiento. El adicto es un enfermo y se tiene que recuperar. El microtraficante es un delincuente y se tiene que condenar. Es la filosofía de nuestros tiempos y de nuestros asambleístas. Es la filosofía que nos gobierna.

Socióloga, Terapeuta Humanista Gestalt, Máster en Terapia Familiar y de Pareja

¿Por qué los niños y adolescentes se están drogando con la peor basura, mezcla de heroína, heces de rata, tiza, cemento? ¿Por qué el mercado de esta droga se ha extendido por los barrios marginales de Guayaquil?

Si lo pensamos como un síntoma social, esto tiene que estar diciéndonos algo acerca de lo que pasa y se vive en esos barrios, sobre cómo crecen los niños y adolescentes, sobre los horrores que presencian, sobre cómo es ser padre y madre en esas condiciones, sobre la falta de trabajo, de oportunidades, de dignidad, de seguridad, al punto de que por allí se pasean los traficantes como Pedro en su casa. Este escenario cuestiona si realmente es posible la libertad de elección cuando se vive al día.

No es coincidencia que las poblaciones más asoladas por la adicción crónica en el mundo sean también aquellas que más violencia estructural soportan: violencia económica y financiera, social, de clase, de género, racial, cultural. ¿Cuál es la consecuencia a nivel personal de esta situación estructural, completamente ajena a la voluntad y control del individuo? La alienación, la desestructuración psíquica, el rompimiento de un equilibrio mínimo que no es suerte genética, sino lotería familiar y social. O sea, el caldo de cultivo para las adicciones que ahora vemos horrorizados desarrollarse en los barrios marginales de Guayaquil: las adicciones hard core de una realidad hard core.

A falta de investigación científica, en el caso de la “H” la información proviene básicamente de un periodismo amarillista que lejos de informar o educar, solo alarma. Así nos hemos enterado de las muertes por sobredosis, de una madre desesperada que amarra a cuatro de sus seis hijos para impedir que salgan a buscar más droga durante las horrorosas crisis de abstinencia. Se conoce de médicos de hospitales públicos recibiendo más y más casos por intoxicación. Se escucha de adolescentes trepando los cerros de algún barrio para conseguir sus dosis, y también de algún padre que se suicidó ante la desgracia de ver a sus hijos consumirse en la adicción.

Ante esta situación ¿cuál ha sido la respuesta de las autoridades? Poner el ojo en los lugares de expendio, principalmente los colegios, para atacar el microtráfico, y endurecer las leyes que regulan la tenencia de drogas. Lo de siempre: represión. Seguramente las bandas delictivas que lucran del mercado ilegal de las drogas se reorganizarán ante el nuevo escenario y seguirán operando sin problemas, proveyendo a los consumidores, haciendo su negocio. Sin embargo ¿de qué manera esta respuesta ayuda a las víctimas o crea opciones distintas para ellas? ¿De qué manera la criminalización del microtráfico tiene consecuencias directas que beneficien a los adictos, a sus familias y a sus comunidades? Probablemente la madre de un adicto se sienta más segura si la policía patrulla las calles y detiene traficantes. Sin embargo, el problema sigue ahí, su hijo sigue adicto y su adicción lo hará exponerse al riesgo que sea con tal de conseguir su dosis.

Adicciones a sustancias y adicciones a comportamientos

Las adicciones conductuales o adicciones a comportamientos, como al consumo de internet, pornografía, shopping, entre otros, plantean cuestionamientos importantes a la concepción tradicional de las adicciones, basada en la creencia generalizada de que el problema fundamental está en la cualidad peligrosamente adictiva de las sustancias. Si así fuera, ¿cómo es que hay adicciones sin sustancia ilegal de por medio? ¿Cómo es que cada vez aparecen, se tratan y se conceptualizan más adicciones que nada tienen que ver con la última droga en el mercado y que son tan destructivas psicológica, social y médicamente como la adicción a la cocaína o al alcohol? Y no solo eso: ¿si el adicto ya no es la persona acabada que está buscando, comprando, fumando/inhalando/inyectándose en cualquier esquina oscura, sino el ciudadano común que sufre igual, solo que sin la carga moral que implica el consumo de sustancias ilegales, ¿qué representaciones nuevas se deben ir actualizando sobre las adicciones? ¿Y qué políticas públicas se deben emprender?

La existencia y presencia cada vez más evidente de las adicciones conducen a una discusión más amplia respecto a las adicciones y los adictos en general, que debería superar la visión fundamentalmente moral.

A diferencia de las adicciones a drogas, que se ven limitadas por la cantidad y variedad de sustancias ofertadas en el mercado, las adicciones a comportamientos son tan infinitas como la  diversidad de las personas y sus experiencias de vida. En estos casos, como en la adicción al sexo, las apuestas o la comida, no hay sustancia a la cual la persona esté patológicamente enganchada que le “evada” de la realidad a través de alterar la organización química de su cerebro. Sin embargo, la estructura psicológica de la adicción es la misma: hay un deseo incontrolable por repetir el comportamiento (equivalente al craving por la sustancia), alta desregulación emocional, distorsión del pensamiento, pérdida de la capacidad de inhibir impulsos inapropiados, pérdida en la capacidad de decisión y sobrevaloración del comportamiento adictivo a pesar de sus evidentes consecuencias negativas (deterioro de la salud, aislamiento social, pérdida de relaciones significativas, pérdida de bienes, pérdida de la vida).

La existencia y presencia cada vez más evidente de las adicciones a comportamientos en la sociedad conducen a una discusión más amplia respecto a las adicciones y los adictos en general. Esta nueva y necesaria discusión debería superar la visión fundamentalmente moral que se filtró en el imaginario social y que sin mayor evidencia domina las interpretaciones más comunes respecto a esta disfunción del cerebro, la mente y las emociones, que mucho tiene que ver con las circunstancias en las que nos desarrollamos las personas y poco con la genética.

El mito de la sustancia y la pésima educación social de la Guerra contra las Drogas

La idea generalizada del peligro de las drogas por su potencial adictivo está ampliamente extendida y continúa influyendo la forma en que la sociedad entiende al adicto, a la adicción y a las drogas. De ahí el miedo (el pánico incluso) a que las drogas simplemente existan, pues parecerían tener un poder extraordinario por sí mismas, con lo cual su mera presencia y disponibilidad representarían grandes amenazas para la seguridad de las personas (y la moral social).

El peligro de las drogas como verdad indiscutible ha consolidado una estructura moral absolutista desde la cual todas las drogas son malas (menos las prescritas por el psiquiatra): malas porque son malas, porque son drogas, porque son ilegales, porque son adictivas, porque acaban con las personas. Sin embargo, esa misma moral raramente considera al alcohol y al tabaco como drogas, a pesar de que la evidencia apunte a que ambos sean los principales responsables del mayor número de muertes en el mundo, muy por delante de otras sustancias. ¿Será esto porque las posturas morales ante las drogas tienen más que ver con el miedo irracional a lo ilegal, lo clandestino, lo incorrecto, lo placentero y no tanto con su potencial destructivo? ¿Por qué tanta alarma por la “H” y no por los efectos del tabaco y el alcohol en el país? ¿No será que lo que está del otro lado de la legalidad siempre ejerce un poder de atracción o repulsión detrás del cual se disputan los valores que configuran nuestra vida social?

A pesar de que las nuevas generaciones están más familiarizadas con las drogas, sus usos, efectos y peligros, no es raro encontrarse con padres aterrados porque han descubierto que su hijo fuma marihuana, aunque a la vez exhiban gran tolerancia por las borracheras reiteradas del mismo hijo, que hasta pueden terminar en accidentes y daños a terceros. No es raro tampoco encontrarse con profesionales que atienden “adictos” y que no distinguen diferencias entre una y otra droga, porque simplemente conciben a todas dentro de un mismo saco: son drogas y son malas. Lo mismo sucede con los reportajes de los noticieros sobre incautaciones de grandes cantidades de “droga”, sin distingo, que daría lo mismo que fuera marihuana, base, cocaína o heroína. En general, hay un gran desconocimiento y una gran cantidad de prejuicios a través de los cuales se configura la concepción de las drogas y de los adictos. Y mucha ignorancia.

No es raro encontrarse con padres aterrados porque han descubierto que su hijo fuma marihuana, aunque a la vez exhiban gran tolerancia por las borracheras reiteradas del mismo hijo.

Sin embargo, y penosamente, esos padres preocupados porque descubrieron que el hijo fumó marihuana están siendo consistentes con la poca educación familiar y social que recibieron respecto a las drogas. Están siendo coherentes con lo que conciben como un peligro inminente, lo peor que puede pasar en la familia. Y no los podemos culpar, porque son el producto que las campañas antidrogas han conseguido desde los años ochenta: tienen pánico a las drogas, pero no saben nada acerca de ellas. El problema es que la mayoría de ideas que han circulado socialmente a partir de la Guerra contra las Drogas en sus diferentes versiones, corregidas y aumentadas, impiden un entendimiento más amplio de la realidad. La solución familiar suele ser “no fumes”, “aléjate de esos amigos”, “te vamos a hacer exámenes de sangre cada mes”. Sin embargo, ¿cuál es el problema real, de fondo? ¿Cuál es el riesgo verdadero?

En mi opinión, el problema es no entender dónde está el problema. Concebir las drogas, la adicción y los adictos desde el punto de vista de la ilegalidad y peligrosidad de las sustancias implica exclusivamente el tema del control del mercado y las políticas de rehabilitación/desintoxicación como única salida. Pero el mercado de las drogas, al igual que cualquier otro mercado, va a continuar lleno de ofertas para los consumidores. Y como cualquier consumidor en un mundo capitalista, el adicto a una sustancia seguirá comprando y consumiendo para saciar temporalmente sus ansias y engordar, de paso, a un gran negocio global. Igualmente, pensar que la solución a la adicción es la abstinencia (o sea, dejar de tener el problema que precisamente se tiene) es no entender los fundamentos de la adicción: un comportamiento caracterizado por recaídas, que satisface un deseo impulsivo en el corto plazo y que persiste a pesar de sus consecuencias negativas en el largo plazo. El tan mentado “Dile no a las drogas” no es así de simple.   

Los consumos problemáticos y los adictos hard core no existen porque haya demasiadas drogas y cada vez más peligrosas, del mismo modo que la profusión de obesos no se debe únicamente a la comida chatarra, ni la anorexia a las redes sociales. La evidencia señala que hay una correlación directa entre el estrés y los comportamientos adictivos, que actúan como mitigadores de ese estrés. Un desarrollo infantil y/o adolescente bajo condiciones estresantes señala un camino neurológico de alarma permanente, que ante el descubrimiento de experiencias con drogas o comportamientos compulsivos encuentra un alivio “mágico” por primera vez. El “clic” con una droga o con un comportamiento de los cuales puede surgir una adicción está en la capacidad de esa droga o de ese comportamiento de liberar químicos naturales en nuestro cerebro. Estos químicos, fundamentalmente dopamina y endorfinas, generan estados mentales, físicos y emocionales a los cuales queremos regresar continuamente y que con el tiempo se convierten en el motor del impulso incontrolable por recaer en el consumo o en el comportamiento adictivo. Esto quiere decir que no somos adictos a las drogas ni a los comportamientos compulsivos, sino a los estados que éstos nos generan a través de la liberación de diferentes químicos propios de nuestro organismo. Por ello, las personas cuyo funcionamiento nervioso ha estado configurado por el estrés, fundamentalmente de experiencias tempranas adversas, violencia, pérdidas y separaciones significativas, abandono, conflictos parentales, pobreza, migración, muertes repentinas, abuso, negligencia, pueden convertirse en potenciales adictos (a sustancias, a comportamientos, a relaciones).

Los consumos problemáticos y los adictos hard core no existen porque haya demasiadas drogas y cada vez más peligrosas, del mismo modo que la profusión de obesos no se debe únicamente a la comida chatarra, ni la anorexia a las redes sociales.

Si, entonces, partimos de que la adicción no es un asunto de sustancias, sino una vulnerabilidad que comparten los mamíferos, como lo muestran las investigaciones con ratas y monos, las cosas cambian. Todos podemos ser adictos, a sustancias y/o a comportamientos, y eso no depende de las drogas disponibles, sino de un cúmulo de circunstancias personales, familiares, sociales que han moldeado nuestra experiencia del mundo externo e interno. Son esas circunstancias el verdadero riesgo y las causantes de que más y más personas sacien temporalmente sus necesidades a través del placer, la calma o la estimulación que les produce un comportamiento o una sustancia.

En este sentido, el problema de las drogas, los adictos y las adicciones ya no es un tema reprobable desde la moral que juzga lo incorrecto de meterse con sustancias ilegales que pueden distorsionar el sentido de la realidad, convertirse en una válvula de escape o llevar a la muerte. Al contrario, debería convertirse en un debate ético sobre la calidad de vida en la cual se desarrollan los niños y los adolescentes. O sobre la disfuncionalidad emocional de las familias que lo tienen todo y que, sin descuidar las necesidades materiales de sus miembros, los mantienen en un abandono absoluto. O sobre la incapacidad e ineficacia de los padres para ser padres. O sobre la injusticia social que recae en las familias y las condena a sobrevivir a costa de trabajar el día entero mientras los hijos crecen conectados a la televisión u otros distractores, o en barrios donde pululan drogas y traficantes. Cuando se entiende el dolor humano se entiende también por qué unos tragos nos contentan. Y cuando se entiende la profundidad del dolor humano es posible abrirse a la comprensión de que existen personas que han encontrado en el consumo adictivo de sustancias o en los comportamientos adictivos un sustituto del amor, la calma interior, el sentido de seguridad y autoconfianza, la motivación.

Lo lamentable es que la filosofía detrás de las decisiones legislativas sobre estos temas parece no entender el problema más allá de lo evidente y sigue confundiendo las drogas con la adicción y con los adictos. Y la gran solución es limpiar las calles de las drogas y limpiar al adicto de las drogas. Reprimir la tenencia de sustancias y construir clínicas de desintoxicación. Es la filosofía del disciplinamiento, de resolver los problemas a través del castigo, la filosofía que da la espalda a la complejidad de las cosas, que no se pregunta por las causas sino que sanciona el comportamiento. Para este tipo de pensamiento, el adicto es un enfermo y se tiene que recuperar; el microtraficante, un delincuente y se tiene que condenar. Es la vida vista en blanco o negro. Es la filosofía de nuestros tiempos y de nuestros asambleístas. Es la filosofía que nos gobierna.

[RELA CIONA DAS]

Las duras cifras del sistema de salud ecuatoriano ante el coronavirus: hay 1.183 camas de cuidados intensivos
Redacción Plan V
Amor y pandemia
Gonzalo Ordóñez
El coronavirus llegó al Ecuador: siete casos en Guayaquil
Redacción Plan V
El curso de 15 horas cuya graduación costó USD 100 mil
¿Quiere hablar de amor? sea donante
Ana Minga
GALERÍA
Drogas, adictos y adicciones: más allá del bien y el mal
 


[CO MEN TA RIOS]

[LEA TAM BIÉN]

Familias llamaron 3.500 veces al 911 para reportar cadáveres en Guayaquil
Redacción Plan V
Hospital Baca Ortiz: crisis por contagios entre médicos y personal de salud
Redacción Plan V
El desordenado aluvión de compras públicas por la emergencia
Redacción Plan V
El drama de Guayaquil, que tiene más muertos por COVID-19 que países enteros
Matías Zibell. BBC Mundo

[MÁS LEÍ DAS]

Coronavirus: La odisea de los primeros tres recuperados en Ecuador
Susana Morán
Esta es la historia no contada de la paciente 0 en Ecuador
Redacción Plan V
Minuto a minuto todo sobre el coronavirus en Ecuador
Redacción Plan V
¿Cuánto tiempo podrán el Ecuador y el mundo sostener la cuarentena?
Redacción Plan V