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30 de Noviembre del 2015
Historias
Lectura: 13 minutos
30 de Noviembre del 2015
Lizardo Herrera

Es PhD  por la Universidad de Pittsburgh y tiene una maestría en estudios de la cultura en la Universidad Andina Simón Bolívar y una licenciatura en historia en la PUCE. Es profesor en Whittier College, California, Estados Unidos. 

El debate Dahik-Correa: la narrativa de los pastores
Sabemos que el intento de civilizar a las personas mediante procesos de modernización ya sea en favor de las mega corporaciones transnacionales y el capital financiero, como lo sugieren Dahik y Pozo, o el cambio de matriz productiva hacia una economía del conocimiento y el reforzamiento del Estado, que plantea el correísmo, significa la perpetuación del autoritarismo y la exclusión de opciones alternativas desde la gente, en beneficio de oligarquías económicas o de tecnócratas burocratizados.

La idea de un progreso del género humano a lo largo del curso de la historia no puede separarse de la idea de su prosecución a lo largo de un tiempo vacío y homogéneo. De este modo la crítica de la idea de tal prosecución debe constituir la base misma de la crítica de la idea general de progreso.

Walter Benjamin

Hace algunas semanas, los ecuatorianos observamos un debate televisivo en donde el presidente de la República, Rafael Correa, debatió con algunos de sus críticos: el ex vicepresidente, Alberto Dahik; el ex ministro de finanzas, Mauricio Pozo, y el ex prefecto de Pichincha y antiguo aliado del correísmo, Ramiro González. Este debate presentó dos opciones que, aunque a primera vista se muestran contrapuestas en realidad, no lo son. En mi opinión, ambos bandos basan su discurso en una visión pastoral y se posicionan en lo que Verónica Gago, en su libro La razón neoliberal. Economías barrocas y pragmática popular, define como el neoliberalismo (o posneoliberalismo) desde arriba.

Los neoliberales Dahik y Pozo, apologetas de los grandes conglomerados económicos, argumentan a partir de los preceptos de los organismos multilaterales, los inversionistas extranjeros, la austeridad económica, etc., con el objeto de criticar el mal manejo económico del Gobierno y el gasto de ingentes recursos en una burocracia parasitaria; en cambio, Correa, paladín del posneoliberalismo, propone la recuperación del Estado como la única forma de control ante los excesos de “la larga noche neoliberal”, tal como denomina a la grave crisis económica-social que efectivamente trajeron consigo las reformas neoliberales.

Si es cierto que las metanarrativas construyen regímenes de verdad –de poder en un sentido foucualtiano–, tanto los discursos neoliberales como los posneoliberales son metanarrativas que tienen por objeto privar a la mayoría de las personas de los espacios de decisión y reducirlas a masas de seguidores/electores. En este sentido, el debate televisivo no fue un debate, sino un espectáculo en donde vimos un intento por definir los discursos de las próximas elecciones. Dicho de otro modo, el propósito de este espectáculo fue cerrar el tablero electoral entre dos opciones que aunque se dicen antagónicas, son bastante similares ya que en ellas prima una visión pastoral de la política o la economía. Es como si dos grandes amigos se hubieran puesto de acuerdo a quién invitar al banquete mediático, porque sabían que allí se iban a visibilizar ciertas tendencias y borrar otras, en particular, aquellas que buscan formas alternativas de organización popular y ponen en crisis la visión elitista de la pastoral (pos)neoliberal.

El propósito de este espectáculo fue cerrar el tablero electoral entre dos opciones que aunque se dicen antagónicas, son bastante similares ya que en ellas prima una visión pastoral de la política o la economía.

¿Es posible pensar desde las fracturas del (pos)neoliberalismo desde arriba? En el neoliberalismo desde abajo, según Gago, prima una economía barroca, mixturada, llena de diversas temporalidades en donde los principios rectores no vienen de entes abstractos como el Mercado o el Estado, sino de la cotidianidad y las necesidades de la mayoría de las personas, quienes redefinen y resisten las políticas (pos)neoliberales que salen de los centros del poder político o económico.

Para explicar mejor el funcionamiento de las economías barrocas y abigarradas, voy a recurrir a ciertas imágenes del cine ecuatoriano. A inicios de los 90, el director Miguel Alvear fue al antiguo camal de Quito en el sur de la ciudad para realizar su corto, Camal (2000). Las imágenes dan cuenta de una infraestructura cuyo uso no coincide con el diseño para el cual fue pensada. El antiguo camal fue construido como un intento modernizador que tenía en mente reorganizar la faena de animales con mayor eficiencia y respetando ciertos principios asépticos. Sin embargo, las imágenes dan cuenta de una arquitectura en ruinas y de un cúmulo de actividades o economías a escalas que desbordan el diseño original. En Camal, vemos niños jugando con los animales, altares religiosos, vendedores ambulantes y prácticas de matanza que desde un discurso lineal llamaríamos premodernas.

¿Cómo explicar esta contradicción entre el diseño arquitectónico y su uso cotidiano? Si regresamos a los postulados de la política pastoral, sabemos que sus políticas se originan en diseños idealistas orientados a guiar (reglamentar) la vida de las personas y el espacio público. Estos postulados parten de una visión vertical en donde ciertos especialistas determinan qué es lo correcto; mientras que el resto de las personas, teóricamente, no tiene más remedio que adecuarse o confiar en las directrices que establecen los pastores, o sea, los gobernantes o los expertos.

Camal, sin embargo, nos muestra un divorcio entre el sueño modernizador y la práctica de las personas, pues estas últimas en lugar de someterse a los principios rectores, los desbordan y frustran la modernización desde arriba. En el corto, no existe una temporalidad homogénea, sino una multiplicidad de tiempos. Por un lado, el diseño arquitectónico moderno se deja ver en una infraestructura en ruinas que no fue utilizada de acuerdo con los principios por/para los cuales fue construida; por otro, tanto en el interior como en el exterior del antiguo camal perviven economías comunitarias y religiosas que no cesan de distorsionar/transgredir el ideal modernizador.

En Más alla del mall (2010), Alvear vuelve a mostrarnos el divorcio entre los discursos pastorales y las prácticas cotidianas. Ante el fracaso de la promoción estatal de la cultura y la implementación de las políticas neoliberales de los derechos de autor, florece una economía paralela de películas a través de la piratería. Muchas personas que no tienen acceso a los circuitos de las salas comerciales de cine o de los subsidios estatales de producción, crearon una nueva forma de producción y distribución de películas gracias a las posibilidades de reproductibilidad técnica de las tecnologías digitales y a la gran capacidad de comercialización que existe en los mercados o ferias populares.

Las economías barrocas no son resultado de las últimas décadas, sino una constante en la historia ecuatoriana o latinoamericana, y funcionan a partir de lo que el reconocido filósofo ecuatoriano, Bolívar Echeverría llama codigofagia barroca.

Las economías barrocas o abigarradas también se dejan ver en Más allá del mall en diferentes momentos. Primero, vemos la reproducción de géneros clásicos del cine como los westerns, películas de acción o los melodramas, pero en contextos locales, con lenguajes regionales y elaboradas con técnicas de producción bastante precarias. Segundo, los valores neoliberales de emprendimiento son apropiados por gente que no forma parte de las grandes empresas ni ha estudiado en los centros educativos de donde emergen los nuevos gerentes o los directores consagrados de cine. Tercero, estas películas muestran una rica multiplicidad temporal: valores neoliberales –valga reiterar el emprendimiento– conviven con los valores tradicionales de la familia; tecnologías ultramodernas, por ejemplo, la digital, ingresan en contextos campesinos y marginales cargados de valores religiosos; los mercados populares desbordan la legislación de los derechos de autor conservando los códigos de lo que E. P. Thompson llamó la economía moral de los pobres.

Estas economías barrocas, sin embargo, no son resultado de las últimas décadas, sino una constante en la historia ecuatoriana o latinoamericana y funcionan a partir de lo que el reconocido filósofo ecuatoriano, Bolívar Echeverría llama codigofagia barroca. La codigofagia, propuesta por Echeverría, no es una metanarrativa ni un intento de modernización desde arriba, sino una forma de resistencia mediante la cual los sectores populares se apropian de los discursos hegemónicos con el objeto de obligarlos a dar más de sí mismos y satisfacer necesidades para los que no fueron pensados/diseñados. La codigofagia, de este modo, es un espacio heterogéneo donde se mezclan/conviven diferentes temporalidades y tradiciones culturales.

En una época en donde los ideales de modernización se han vuelto a quedar a medio camino y los discursos trascendentes del Mercado o del Estado con sus tiempos/horizontes homogéneos son incapaces de dar cuenta de realidades heterogéneas, lo conveniente es abandonar las propuestas de desarrollo y progreso que escuchamos en las dos posiciones del debate televisivo anteriormente mencionado. Orientar la mirada exclusivamente al futuro o al capitalismo transnacional/cognitivo es una nueva forma de descartar/despreciar las prácticas cotidianas de la mayoría de ecuatorianos y, por ende, repetir otra experiencia de modernización fallida tal como ya lo vivimos con las reformas neoliberales y ahora con las posneoliberales.

Si la meta es radicalizar la democracia empoderando a la gente, las economías barrocas y sus formas de organización pueden ayudarnos a reorientar nuestro pensamiento hacia lo concreto o cotidiano.

Desde mi punto de vista, es más enriquecedor pensar y hacer política desde lo concreto; es decir, desde la diversidad y heterogeneidad que existe en la cotidianidad. Un buen comienzo es esforzarse por comprender mejor las economías barrocas o populares antes que diseñar políticas homogéneas desde el Estado o el Mercado orientadas a educar o cambiar los hábitos de la gente. Frente a las narrativas pastorales de matriz (pos)neoliberal que escuchamos en el debate televisivo, las economías barrocas tienen la virtud de mostrar los diversos tipos de interacción entre las políticas estatales o del capitalismo transnacional con las prácticas populares, las cuales a pesar de apropiarse de varios postulados “diseñados desde arriba”, siempre los distorsionan y los cambian de sentido.

No se trata, sin embargo, de idealizar las economías barrocas, como bien lo señala Gago, allí también ocurren formas de explotación y exclusión; pero sí de dejar de pensar en abstracto o soñar en un progreso que ignora/borra las prácticas cotidianas. Sabemos que el intento de civilizar a las personas mediante procesos de modernización ya sea en favor de las mega corporaciones transnacionales y el capital financiero como lo sugieren Dahik y Pozo o el cambio de matriz productiva hacia una economía del conocimiento y el reforzamiento del Estado, que plantea el correísmo, significa la perpetuación del autoritarismo y la exclusión en beneficio de oligarquías económicas o de tecnócratas burocratizados.

Por el contrario, si la meta es radicalizar la democracia empoderando a la gente, las economías barrocas y sus formas de organización pueden ayudarnos a reorientar nuestro pensamiento hacia lo concreto o cotidiano para desde allí y con las personas involucradas (todos los ecuatorianos) diseñar las políticas en contra de la dependencia, la explotación o la exclusión que resultan tanto de las narrativas pastorales como de las mismas economías populares.

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