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20 de Marzo del 2020
Historias
Lectura: 9 minutos
20 de Marzo del 2020
Redacción Plan V
En el Eugenio Espejo, los pacientes madrugan a pesar del virus
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Trabajadora del Hospital Eugenio Espejo, al salir de su turno, espera la llegada de uno de los buses que han sido asignados al transporte de personal hospitalario. Fotos: Luis Argüello / PlanV

 

Los pacientes del Eugenio Espejo llegan tan pronto amanece a las citas de la consulta externa y el laboratorio, algunas tomadas desde hace varias semanas. Los guardias en las puertas se protegen con mascarillas. Transporte municipal conduce a los empleados del Hospital a sus trabajos, mientras algunos insisten en la falta de insumos para protegerse.

Son las primeras horas del jueves, 19 de marzo de 2020. Ha amanecido soleado y despejado, pero, aunque es jueves, la ciudad tiene un aire dominical. Hay pocos carros circulando, sobre todo taxis y algún bus, de los que el día anterior hay autorizado el Municipio para el transporte de quienes no pueden quedarse en casa. En la parada de la ecovía, cerrada por orden del alcalde metropolitano, Jorge Yunda, no hay nadie. El transporte municipal fue suspendido hasta nueva orden. 

A las 06h50 de la mañana, dos guardias con chompas negras y mascarillas controlan el acceso al hospital Eugenio Espejo, en el centro de Quito, frente al Palacio Legislativo. Los guardias revisan que las personas entren al complejo hospitalario con algún justificativo. De un taxi, único medio de transporte que han conseguido, se bajan una anciana con dos bastones -usa uno en cada mano- y un hombre de más de 40 años con discapacidad intelectual, quien es su hijo. Ambos usan sendos gorros de lana: él un azul, ella uno de color gris.

Van al hospital, a pesar de la emergencia por el coronavirus, porque el hombre requiere de exámenes de laboratorio. Ambos se bajan del taxi trabajosamente, y pasan la puerta principal mostrando el turno que les han dado hace varias semanas.


Los guardias revisan documentos de acreditación para entrar. A esta temprana hora de la mañana, la mayoría son trabajadores del hospital.

De un taxi, único medio de transporte que han conseguido, se bajan una anciana con dos bastones -usa uno en cada mano- y un hombre de más de 40 años con discapacidad intelectual, quien es su hijo. Ambos usan sendos gorros de lana: él un azul, ella uno de color gris.


Por la pandemia del coronavirus han cambiado las normas de acceso a hospitalización. Se permite el ingreso a un visitante al día por paciente. 

Sin perder el turno

Al laboratorio del Eugenio Espejo hay que ir con citas, que se sacan con anticipación. El turno tiene una hora a la que que hay que llegar y el número con el que serán antendidos. Ellos, que tomaron la cita hace más de dos meses, tienen el número 55 impreso en el papel, junto con la orden del médico. Se arriesgaron a salir en la ciudad desierta porque temieron perder el turno. 

Ambos pasan la puerta y caminan por la rampa que permite ingresar al hospital. En el patio, la gente que va al laboratorio hace un fila. 

Aunque el laboratorio atiende desde las 07:00, muchas personas han llegado antes. Pero el "protocolo" ha cambiado. Antes, comenta un paciente del hospital, las personas hacían fila en un pasillo del primer piso, donde está el laboratorio, para esperar que ahí les llamen por su turno. Ahora los han formado a todos en el patio y no les dejan ingresar aún al hospital.

Algunos funcionarios van revisando los papeles de los pacientes. Darán prioridad, anuncian, a las personas más vulnerables. La mujer de los dos bastones y su hijo discapacitado se acercan a una funcionaria, exponen su situación y les colocan en la primera sección de la fila, en donde se recomienda que la gente se pare a un metro de distancia. 

Guantes azules y marcas en el piso

Los funcionarios, tras la revisión de documentos, empiezan a repartir mascarillas y guantes a los presentes. Se trata de mascarillas blancas y guantes de color azul, que les piden que se coloquen debidamente antes de entrar al centro hospitalario. La gran mayoría obedece, y muchos de los pacientes han llegado al sitio sin protección, apenas sostienendo sus papeles, algunos arrugados, con el pedido y el turno. 

Muchos de los pacientes han llegado al sitio sin protección, apenas sostienendo sus papeles, algunos arrugados, con el pedido y el turno.

Mientras en el patio la gente espera, los funcionarios entran por otra puerta el hospital. Los que atienden el laboratorio van llegando justo a las 07:00, e ingresan por la puerta de la consulta externa. Llevan chalecos de color azul con el logo del Ministerio de Salud. Algunos usan mascarillas, otros no. La mayoría son jóvenes, que visten overoles celestes.

A las 07:05 empiezan a hacer pasar a la gente. La mujer de los dos bastones y su hijo son los primeros en subir y llegar a la entrada del laboratorio, donde dos ancianas más, en sillas de ruedas, esperan para entrar. También se recomienda dejar un metro de distancia entre paciente y paciente, y en el pasillo donde usalmente la gente se agolpa, ahora han pintado unas marcas en el suelo. Las marcas están numeradas: 1, 2, 3, 4, 5... así a lo largo de 15 o 20 metros que tiene el largo pasillo. La gente se coloca donde están las marcas. Los guardias, con radios en las manos, vigilan.

Dentro del laboratorio, se hace entrar grupos pequeños. Se les recomienda que se sienten dejando una silla de por medio. La sala de espera está semivacía, mientras algunos funcionarios se ponen de acuerdo en dónde van a atender y quién va a tomar las muestras. Desde las ventanas del interior del laboratorio, el personal, que acá también usa máscaras en algunos casos, aunque no en todos, observa a la gente ingresar. 


Volver a casa después de una jornada de 24 horas dentro del hospital Eugenio Espejo, si no se tiene automóvil, implica tomar uno de los buses que pasa cada 15 minutos aproximadamente. El agente metropolitano, en ocasiones exige tener puesto mascarilla y guantes a los pasajeros que quieran subir.


En el interior de uno de los buses, las personas se sientan separadas. Una persona ocupa dos asientos para envitar el contagio. Los agentes metropolitanos imparten las recomendaciones.


Un jóven lustrabotas, espera clientes que salen del Hospital o la Maternidad Isidro Ayora. Vive en el sur de Quito con su padre de 55 años, en este momento solo él sale a trabajar a pesar de la pandemia. "Necesitamos el dinero dice". Foto: Luis Argüello / PlanV

"Tendrán que esperar un poco"

Afuera, entre tanto, en la consulta externa y la farmacia, se intenta controlar también el ingreso de gente y evitar que estén demasiado aglomerados. Algunos pacientes que han madrugado a su cita se enteran que se le han reprogramado, sobre todo porque los médicos tratantes están asignados a otras tareas de la emergencia. "Tendrán que esperar un poco", les advierte una enfermera, que pide que si lo van a hacer lo hagan afuera porque "aquí es pequeño y circula poco aire". Algunos de los salubristas se sienten inseguros, y afirman que no hay suficientes mascarillas y guantes para protegerse. 

Al frente, en una farmacia privada, un hombre de aspecto humilde pide una mascarilla. "Están escasas" le contesta la dependiente, quien le recomienda que vaya a un almacén de insumos médicos que hay en la zona. En la calle Gran Colombia, a pocas cuadras del hospital, hay varias farmacias y laboratorios privados, que atienden también desde temprano. Hay poca gente en ellos. A pesar de las restricciones de movilidad, es posible ver algunos trabajadores de las calles, como un joven lustrabotas, en busca de clientes, o un cuidador de vehículos, en una calle lateral, son más protección que un chaleco naranja. 

La mujer de los dos bastones y su hijo discapacitado han sido finalmente atendidos. Ella, acostumbrada a hablarle a gritos, le dice que ya se van, que hay que buscar un taxi. La pareja se para en la visera de la avenida Gran Colombia, buscando cómo volver a casa, mientras dudan si dejarse las mascarillas y los guantes o de plano sacárselos. Su salida al hospital, por el momento, ha terminado.

 

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