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3 de Julio del 2019
Historias
Lectura: 12 minutos
3 de Julio del 2019
Redacción Plan V
El lente y la pluma de la migración venezolana en Ecuador
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Fotos: Luis Argüello / PlanV

Soraya Constante y Edu León cubren la migración  desde siempre. Ambos han colaborado con prestigiosos medios internacionales.

 

Edu León y Soraya Constante han cubierto la migración venezolana desde hace más de un año. Pero también su trabajo incorpora las historias del éxodo ecuatoriano. Buscan que su exposición “Migrar es tocar tierra” llegue a otras ciudades y barrios.

Edu León es español. Soraya Constante es ecuatoriana. Él es fotógrafo y ella, periodista. Edu es un migrante en Ecuador. Y Soraya lo fue en España. La migración para ambos es más que una experiencia. Es un proyecto de vida y de oficio. Por eso era imposible que vieran a otro lado mientras Ecuador volvía a recibir una nueva ola de extranjeros. La pareja mantiene desde hace más de un año una cobertura sostenida con aliento y vocación. Son quizá los únicos periodistas que han atravesado el Ecuador, de norte a sur, detrás de los caminantes venezolanos. A pie o en bus. Como lo hacen los protagonistas de sus historias.

Desde que la crisis venezolana expulsó al continente a sus ciudadanos, Ecuador se convirtió en el cuarto país con más venezolanos, solo por detrás de Colombia, Perú y Chile. En el Ecuador se han quedado 240.000 de ellos. Una cifra solo cercana a la llegada de colombianos: 175.000 en 2017. La ubicación geográfica del país lo ha convertido en uno de los países latinoamericanos con más desplazados por los conflictos de sus vecinos. Esa tradición migratoria ha pasado por los más diversos episodios. Desde la integración y solidaridad hasta la xenofobia y el odio.


Esta es una representación de la escultura en metal que había en el antiguo aeropuerto de Quito de la gente despidiendo a sus migrantes que iban a España. Se desconoce el paradero de la obra original.

Edu y Soraya han tratado de atravesar con su lente y pluma esa complejidad. Eso se logra solo estando en el lugar de los hechos y con los sentidos alertas.  La imagen de un padre abrazando con fuerza a su pequeño hija en el puente de Rumichaca, frontera entre Ecuador y Colombia, cuenta sin palabras la tragedia del desarraigo. Es una foto que retrata las madrugadas en la frontera. Allí las temperaturas bajan hasta los 5 grados centígrados. Esa imagen del hombre en camiseta, sin abrigo, y aferrado a su niña para mantenerla caliente mereció los honores de viralizarse por todo el continente.

Edu dice va en busca de esas otras historias y de rescatar las voces dentro de las cifras. Ese norte en su trabajo lo llevó a montar una exposición fotográfica en Quito. Esta ha pasado por la Flacso y por el centro Cumandá Parque Urbano. En este último lugar, la muestra estuvo hasta el 30 de junio y tuvo un amplio despliegue. Iniciaba con la foto del hombre y su hija. La muestra se llamó “Migrar es tocar tierra”, que es el primer verso del ‘Poema Migrante’, del escritor venezolano Zacarías Zafra. El fotógrafo le pidió permiso para usar la contundente frase. Ahora ambos mantienen el contacto y la colaboración. Zafra sacará un libro con fotografías de Edu.


En la muestra, el autor hizo una representación de la Cordillera de los Andes, el principal obstáculo de los caminantes por las temperaturas que deben soportar. 

“Migrar es tocar tierra” acompaña los retratos sobre todo de los caminantes, el momento más crítico de la migración venezolana. Es la captura de esa huida desesperada que puso y aún pone al límite a estas personas por alcanzar un hogar más digno donde vivir. “Es realmente morder tierra”, dice Soraya. En la exposición esa tierra estuvo presente. Un montículo de arena representó la Cordillera de los Andes, el peor enemigo de los caminantes en su travesía por las temperaturas extremas que debieron pasar. Después de dos meses de instalada la muestra, al montículo de tierra le creció hierba. 


En el camino hubo fotografías de los caminantes que podían ser enterradas y desenterradas.

Esa intervención natural no fue la única en la obra. La exposición incluyó un mural hecho con tiza. Representaba el recorrido de los caminantes por todo el continente. Pero los visitantes usaron esa tiza, la untaron en sus manos y dejaron su huella sobre un texto aledaño de Lucía Durán sobre la muestra. Allí mismo, la gente había dejado sus mensajes. Uno de ellos decía: “me siento muy triste”.


Un niño observa la pared llena de mensajes de los asistentes que vieron la exposición. Mucha gente compartió un pedazo de su experiencia migratoria..

En otro espacio estuvo representado el arribo de los caminantes a una ciudad inhóspita: Quito. Una carpas de plástico y cobijas colgadas devolvían a la memoria a esos miles de venezolanos que durmieron fuera de la terminal terrestre de Carcelén, en el norte de la capital. Esos plásticos albergaron a hombres, mujeres, niños, ancianos en estrechos espacios y sobre tierra. Pero en la muestra, el interior contenía dos televisores que proyectaron un documental sobre los migrantes ecuatorianos en España. “Si no miramos con empatía nuestra propia migración no podremos mirar con empatía al otro”, dijo Edu en el recorrido de la muestra.

Esa empatía llevó a Edu y Soraya a recuperar la historia de la migración en Azuay. Desde esa provincia han salido miles de ecuatorianos hacia Estados Unidos desde hace décadas. Aún hay un ferviente negocio alrededor del coyoterismo del casi nadie habla. Paralelo a “Migrar es tocar tierra”, la pareja se adentró en los relatos cotidianos de los que se han ido a la potencia del norte. En urnas de vidrio llenas de tierra, Edu colocó fotografías de las gigantes casas hechas con la remesas, pero abandonadas hoy en día. Está el rezo de las familias para bendecir el camino de los suyos. También estuvo la foto del cuarto de uno de los jóvenes del Cañar que quiso ir a Estados Unidos escondido en el tren de aterrizaje de un avión. Pero cayeron muertos.


En una urna con arena descansan fotografías sobre la migración en Azuay. Una niña es cargada por Edu León para que pueda observarlas.

El trabajo de Edu exigía mirar rostros. El punto más conmovedor fue el collage de fotos de las cédulas venezolanas. Ese papel precario y envejecido es el único documento que le da un nombre y apellido en los puestos migratorios. El fotógrafo mezcló esas caras extranjeras con la de los ecuatorianos que cruzaron un continente para llegar a Estados Unidos. Todos iguales, todos indefensos. “Como migrantes, todos perdemos derechos”. En un cuadro dentro de ese collage, el autor colocó un espejo para que los asistentes puedan mirarse a sí mismos. 

El trabajo de Edu y Soraya no se agota allí. En abril pasado publicaron “Éxodo de un país roto hacia uno que olvidó su pasado”. Es un artículo publicado por la ONG alemana Friedrich Ebert Stiftung, donde los autores analizan el rol de los medios de comunicación y cómo evitar la xenofobia. Después de hacer un repaso por la historia de la crisis venezolana se concentran en los episodios más dramáticos de ellos en Ecuador. Por ejemplo, el desafortunado tuit del presidente Lenín Moreno que equiparaba a los migrantes con delincuentes. O la muerte del taxista en manos de un venezolano, hecho grabado por la cámara del vehículo y más tarde viralizado. 


Retratos con audios. Las voces son fundamentales. Es lo que piensa Edu León: hay que rescatar las voces entre las estadísticas. Las imágenes corresponden a venezolanos en la frontera entre Ecuador y Colombia comunicándose con sus familiares.

Pero de los últimos meses, la historia más difundida, alentada en la xenofobia, fue el asesinato en vivo de una mujer por su compañero venezolano. Eso provocó una ola de violencia contra los extranjeros. El odio dicen los autores tumbó puertas esa noche que salió una turba a las calles de Ibarra. Un hecho que lo comparan con la noche de los cristales rotos en la Alemania nazi. Pero de esa historia, quedaron enterrados otros momentos que no fueron tomados en cuenta por la prensa: 

“Ninguno de los ocupantes de ese departamento (se refieren a los nueve venezolanos que ocupaban ese espacio) pensó en regresar a Venezuela ni exploró la posibilidad de cambiar de ciudad. Por otro lado, mucho ayudó la solidaridad de otros ecuatorianos que llegaron con otra actitud. “Todos tenemos visa y trabajo en la ciudad de Ibarra. No queremos empezar de cero, ellos (los atacantes) ya saben que estuvo mal lo que hicieron. Fue un momento de rabia y creo que ya pasó. También hubo mucha solidaridad de los vecinos, nos vinieron a dejar comida, colchones, ropa… Eso nos ayudó a vencer el miedo, eso nos calmó bastante”, cuenta Tomás”. 

“Los que sí salieron de Ibarra fueron los menos arraigados, aquellos que estaban en tránsito y no tenían un lugar seguro para pasar “la noche de os cristales rotos”. Egled Noda, de la Asociación Chamos Venezolanos en Ecuador, acogió a una decena de ellos en Quito. Uno de los testimonios que recogió fue el de una joven embarazada que dormía con sus compañeros de viaje en un parque: “Como a las dos de la madrugada llegaron los ecuatorianos y nos agredieron. Nos dijeron “asesinos” y que nos fuéramos para nuestro país. Nos quemaron los colchones y las cobijas. La Policía nos subió a una camioneta y nos dejó en  la carretera, nos dijo que nos escondamos en el monte porque esa gente nos iba a perseguir””. 

Más adelante reflexionan: 

“La xenofobia que duró dos días en Ibarra expresa que no todos quieren caminar junto al extranjero, pero también demostró que otros sí se ponen en los zapatos de los migrantes. No fueron mediáticos los gestos de los ibarreños que entregaron comida a los venezolanos que fueron ultrajados en sus casas. Los medios de comunicación tampoco contaron que un grupo de jóvenes –que promueven la convivencia en Ibarra– se reunió a hablar de cómo trabajar para bajar la tensión al mes del brote de violencia xenófoba. Son pequeñas señales, pero Ecuador, poco a poco, está dejando de ser ese país colonial donde estaba bien visto que “el distinto” caminara a un costado de la acera. Cada vez somos más los que nos paramos junto a los migrantes y nos ponemos en sus zapatos. Se llama empatía y eso es lo que debería viralizarse”.

Edu espera llevar la exposición a Ibarra por toda la violencia que allí hubo contra los venezolanos. Es una forma de pedir, mediante la imagen, que veamos al otro y que nos veamos a nosotros mismos. 

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