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3 de Junio del 2020
Historias
Lectura: 26 minutos
3 de Junio del 2020
Redacción Plan V
El primer día de Quito en amarillo tuvo aires de domingo
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El transporte en Quito fue limitado en este primer día de semáforo amarillo. Pocas unidades y pocos pasajeros durante las horas de la mañana. En el trolebus, las personas usan mascarilla. Fotos: Luis Argüello/PlanV

 

En el Hospital Eugenio Espejo, un puñado de pacientes era atendido en la farmacia y en los pocos servicios que estaban abiertos, una situación similar se podía ver en la Maternidad Isidro Ayora. El transporte público privado desapareció paulatinamente a lo largo del día por la evidente falta de demanda. Algunos pequeños comercios y centros comerciales reabrieron con rigurosos controles. Los abogados toman medidas para retomar sus tareas.

La capital pasó al amarillo y, en general, las actividades, los desplazamientos y la supuesta respuesta del público fueron bastante más limitadas de lo que se había estimado. Equipos de este portal recorrieron varias zonas de la capital y pudieron visitar hospitales, negocios, centros comerciales, barrios de varios estratos sociales y edificios públicos y pudieron constatar una limitada actividad comercial y muchas regulaciones, así como una escasa demanda del transporte público, que fue suplido en su mayor parte por los buses del Municipio de Quito. 

El primer día de Quito en amarillo no llegó al interior del Hospital Eugenio Espejo. El principal hospital público de la capital atendió, la mañana de hoy, a apenas un puñado de personas que lograron pasar de las puertas de ingreso con algún turno, pedido de exámnes o receta para medicación.

Aunque la retórica oficial hablaba de una "ciudadanía en verde" ansiosa por romper la cuarentena y abarratar las calles, lo cierto en que el céntrico sector del hospital, en la vecina Maternidad Isidro Ayora, en los parques de El Ejido y La Alameda y en San Blas, puerta de entrada al casco antiguo capitalino, el ambiente era el de un domingo en la mañana. 

El principal hospital público de la capital atendió, la mañana de hoy, a apenas un puñado de personas que lograron pasar de las puertas de ingreso con algún turno, pedido de exámnes o receta para medicación.

Varios elementos configuraban esa impresión: los locales comerciales de la zona estaban cerrados en su mayoría. El Palacio Legislativo lucía desierto. La calle Piedrahita, que delimita el predio del Poder Legislativo por el sur, y que supuestamente había sido devuelta a la ciudad, estaba nuevamente vallada y cercada y en cada esquina, piquetes de policías antimotines vestidos de negro vigilaban.

Apenas algunos locales de comidas se habían animado, tímidamente, a reabrir. Pero no tenían clientes. Un conocido local de ensaladas había puesto un cartel que decía: "solo para llevar" y una mesa impedía el paso hacia el interior. Las farmacias frente al Hospital, entre tanto, también habían abierto, así como la cuadra entera de laboratorios privados sobre la avenida Gran Colombia que, estratégicamente ubicados, suelen suplir las demoras y falencias del hospital estatal.

En la puerta norte del Eugenio Espejo, un guardia se tomaba su tiempo para revisar los documentos de las personas que querían ingresar. Cuando era alguien con un turno, el guardia sacaba de debajo de la manga un volante con las instrucciones para conseguir "la cita médica subsecuente". El tecnolecto se refiere a cómo volver a sacar las citas que se perdieron por el cierre de la consulta externa del hospital. La hoja volante, impresa en el papel periódico más liviano, indica unos teléfonos y un correo electrónico para comunicarse. El papelito incluye un logo del "gobierno de todos", junto con el escudo nacional. 

La hoja volante, impresa en el papel periódico más liviano, indica unos teléfonos y un correo electrónico para comunicarse. El papelito incluye un logo del "gobierno de todos", junto con el escudo nacional.

"¿Pero cómo hago?", pregunta un hombre de mediana edad que tenía una cita agendada y que al parecer ya la perdió. "Ahí están las instrucciones", contesta el guardia, secamente. 

El agente privado se toma su tiempo. Pide que las personas hagan cola. Despacha cada caso con parsimonia. Espera unos minutos entre caso y caso, como si estuviera en trance. Y de ahí atiende al siguiente, mientras un puñado de no más de 15 personas esperan que el gendarme se decida. 

Una mujer policía, con uniforme fosforescente, explica que viene a hacerse un examen. Un hombre joven blande una receta y logra entrar al patio y al acceso al edificio principal. A la derecha, la puerta de consulta externa, a la izquierda, la de la farmacia. En el medio, un quiosco, único lugar posible para un refrigerio, en donde cinco médicos, cubiertos de pies a cabeza con mascarillas, guantes y visera para la cara se las ingenian para tomarse un café, parados contra un muro que limita el jardín.

En el vestíbulo principal, dos mujeres mayores tienen sobre su escritorio un letrero que dice "información". Si se les pregunta si están atendiendo sacan la misma hoja volante del guardia y piden que se escriba al correo que está ahí. La única información adicional que aportan es que algunas de las consultas externas ahora son "teleconsultas" por lo que hay que llamar a ver si le ponen al médico al teléfono. 

En el otro ingreso, entre tanto, algunas personas están en la farmacia. La mujer que atiende los turnos se ha puesto traje "de astronauta" aunque las precauciones del personal distan mucho de ser uniformes. Los guardias y algunos funcionarios tras las ventanillas lucen mascarillas de las más simples. Otros se han puesto traje de protección de los pies a la cabeza. Algunos en otros espacios están con visera en la cara. Que no se diga que no hay protección, en todo caso.

En ese acceso hay como 30 personas, esperando el turno de la farmacia. En general, pacientes que retiran medicamentos de enfermedades crónicas. Una anciana en silla de ruedas también espera, junto con un pariente que empuja la silla. Cuando retiran la medicación, salen lentamente al exterior. Ahí, como un monumento a la novelería, está un "túnel de desinfeccción" cuya vida útil se ha acabado en tiempo récord. Alguien lo donó al hospital para que se use para fumigar a los pacientes. Ahora está apagado en el acceso, con el tanque en donde va el desinfectante vacío y el motor, flamante, de la bomba que alimenta los rociadores. Pero ya no se usa, pues el régimen concluyó que el artefacto de marras es prácticamente inútil. 

Como un monumento a la novelería, está un "túnel de desinfeccción" cuya vida útil se ha acabado en tiempo récord. Alguien lo donó al hospital para que se use para fumigar a los pacientes. Ahora está apagado en el acceso, con el tanque en donde va el desinfectante vacío y el motor, flamante, de la bomba que alimenta los rociadores.

En la vecina Maternidad, el panorama es similar. Un guardia de otra companía de seguridad es el amo y señor del acceso y decide quién pasa y quién no. Se ven algunos vehículos en los parqueaderos, mientras que en la calle lateral, en donde funciona un dispensario, unas quince personas tratan de hacer cola a un metro de distancia. En plena esquina, un hombre está inconsciente. Luce jeans, camisa a cuadros y el pelo largo. Tiene las manos con los dedos torcidos y apretados como si hubiera sufrido algún ataque. Pero nadie se preocupa de qué le ocurre, si vive, muere, está dormido, borracho o muerto. Por si las moscas, la gente pasa de lejos. 

Ante la puerta del dispensario, en cambio, María y Cecilia han puesto su pequeña manta para vender unas gorritas de lana que podrían tener demanda entre las madres que dan a luz y sus recién nacidos. Las hay en rojo, en azul, en amarillo. Desde las más pequeñas para los infantes hasta las más grandes para las mamás. Las dos mujeres están con mascarillas pintorescas, son negras pero tienen motivos de colores. Otros informales también rondan a los pacientes, vendiendo mascarillas, accesorios para  celulares y guantes. Algunos cuidadores de carros han retomado su señorío sobre las veredas y disponen en donde parquear, a golpes de franela, y decretan cuánto cuesta. 

En la parada en la puerta del Hospital hay una antigua visera de concreto. Normalmente los buses se detienen ahí en una procesión interminable. Aunque el Municipio había anunciado que hasta el 50% de los buses saldrían a laborar, lo cierto es que pasan quince minutos y apenas aparece un bus particular que va a los barrios del norte de Quito. El conductor se ha blindado en su cabina con unas cortinas de plástico y por una ventanilla sigue cobrando en efectivo. Pero el bus apenas tiene pasajeros: la mayor parte de las sillas están vacías. El joven controlador, que a gritos acarrea personas, también ha desaparecido. En el sitio hay también una parada de la Ecovía municipal. Los buses del Municipio circulan con más frecuencia aunque también están casi vacíos. 

El conductor se ha blindado en su cabina con unas cortinas de plástico y por una ventanilla sigue cobrando en efectivo. Pero el bus apenas tiene pasajeros: la mayor parte de las sillas están vacías.

La escena se repite en las calles y avenidas del habitualmente congestionado centro norte de Quito. En la Patria, la Seis de Diciembre, la Orellana, la Almagro, la Colón, la Amazonas y la Juan León Mera, en sitios como la Plaza Artigas y la Plaza Argentina, a medida que avanza el día es difícil encontrar buses. Los taxistas, para no quemar combustible, están parados en sus esquinas, a la espera de clientes. La mayoría también han puesto una división de plástico en medio de la cabina.

En la exclusiva avenida Gonzáles Suárez el movimiento era similar al de días anteriores y en toda la avenida, entre los redondeles de Churchill y Lincoln, apenas habían abierto las farmacias, las panaderías y las cafeterías que seguían atendiendo para llevar. 

En la zona de las Universidades, la Universidad Católica, la Politécnica y la Salesiana lucen completamente vacías y cerradas. En la calle Isabel La Católica, parada de buena parte de los buses que van al Valle de los Chillos no hay ninguno. En horas de la mañana un par de buses que cubren la ruta estuvieron circulando, pero ante la falta de demanda ya no volvieron.

En el tradicional barrio de La Vicentina, las tiendas que ya estaban abiertas seguían funcionando, así como algunos locales de comida que intentaron apostar por clientes. 

Más al norte, el Mercado Municipal de Iñaquito evidenció pocos clientes, y gran cantidad de puestos vacíos, aunque centros comerciales como El Jardín, CCI y Quicentro también intentaron retomar sus actividades. 

Las proyecciones municipales, que estimaban cerca de 500 mil personas en las calles parecen haberse estrellado contra la realidad, al menos en lo que al centro norte capitalino respecta. En horas de la tarde, una fuerte granizada terminó por enfriar los pocos ánimos del primer día en amarillo. 

Quito: las imágenes de una ciudad que despertó

La nueva normalidad sigue instalandose en el día a día de Quito. Tras 77 días de confinamiento, los comercios vuelven a abrir, los negocios se desempolvan, los empleados barren las aceras de sus negocios, las plantas que han crecido sin control se verán obligadas de ceder el paso a los caminantes poco a poco, los buses vuelven a lanzar contaminación y la gente sale con la esperanza y optimismo de recuperar su vida y su economía. 


En el mercado Iñaquito pocos locales atendieron al público, el lugar estaba practicamente vacío en horas de la mañana. Los vendedores pusieron mucho empeño en mostrarse con todas las medidas de seguridad sanitaria.


Los locales de los exteriores del mercado sí abrieron en su mayoría. Se podía encontrar variedad de productos. Sin embargo productos como las tradicionales flores, eran inexistentes.


Algunos locales cambiaron de negocio y ahora venden más artículos de proteción para la pandemia


En la avenida 10 de Agosto, caminando entre las plantas que han crecido sin control, circulan los peatones con diversidad de coloridos trajes. La moda ahora es la seguridad.


Concesionarias automotrices se preparan para recibir a los clientes y ultiman detalles para iniciar las ventas. Abajo: grandes cadenas de almacenes mostraban filas en sus exteriores. El aforo todavía es limitado.


Un perrito siempre funciona para vender. Dos migrantes venezolanos caminan y venden caramelos por las calles de Quito con un cachorro que rescataron hace tres días. Abajo: La migración, pobreza y ahora la pandemia. Varios males que afectan a las personas que buscan un sustento diario en la ciudad.


La fundación cristiana Pan de Vida entregó víveres a unas 400 personas que se congregaron en sus instalaciones.  Muchos se han quedaron sin trabajo o han tenido que migrar.


En el Centro Histórico, poca gente transita por la calles. La lluvia los dispersa aun más.


La Plaza de la Independencia estuvo cerrada a la circulación peatonal en la tarde de hoy. Una fuerte lluvia lavó las calles de Quito.

Comer en un centro comercial en semáforo amarillo

Este día también abrieron los centros comerciales. Plan V visitó el Portal Shopping, ubicado a la entrada de Carapungo, en el extremo norte de Quito. El lugar estuvo semivacío en horas de la mañana. Pero había tomado varias medidas sanitarias. Para ingresar, los clientes debieron hacer filas. Pasaron hasta por dos desinfecciones según el local a dónde se dirigían. El personal de seguridad preguntó a los usuarios, a su ingreso, qué gestión realizarían. Atrás quedaron los días donde la gente llegaba a estos lugares para distraerse y relajarse, pues hubo permanente vigilancia.

Las medidas sanitarias en el semáforo amarillo exigen, por ejemplo, que los centros comerciales tengan un aforo del 30%. En su parte exterior, los negocios pusieron un rótulo con la cantidad máxima de personas permitidas según el tamaño del local: 3, 4, 14, 19, 22, 48, 258. Aquellos que tenían más de una puerta de ingreso, dejaron abierta una y las otras se mantuvieron cerradas o bloqueadas con cinta amarilla que decía “prohibido”.

El patio de comidas, hacia las 13:00, estuvo casi vacío. Los clientes se sentaron muy alejados unos de otros. Cuando esa regla no se respetaba, un guardia de seguridad les pedía moverse. Si alguien se quitaba la mascarilla y no estaba comiendo le solicitaban que se la ponga. Las personas comieron con sus mascarillas a medio ponerse. En este sector hubo mucha vigilancia y se notó la preocupación del personal para que los clientes respeten las normas. Se comunicaban por radios cuando observaban una falta. Pero fueron amables.

Había asientos prohibidos para sentarse. Mesas sin sillas. En las mesas permitidas estuvieron estos mensajes: “te invitamos a que uses este espacio. No modifiques el orden de las sillas y mesas. Respeta el recorrido trazado en el patio de comidas”. Sobre la mesa se señalaron los espacios que podían ocupar las personas. “Espacio disponible para ti”, decía. Cada mesa podía ser ocupada máximo por dos personas, quienes no se pueden sentar uno frente al otro, sino en diagonal. También los encargados pidieron a los usuarios dejar la bandeja en los lugares correspondientes.

Algunos locales de comidas protegieron las cajas con láminas de plástico. Otros no. Muchos estuvieron vacíos. Había más empleados que clientes. La gran mayoría del personal tenía doble protección: mascarillas y viseras de plástico.

En el piso se colocaron flechas de ida y venida, para dirigir el trayecto. En las gradas había mensajes como “mantener dos metros de distancia con otras personas”. En los locales de electrodomésticos se ofertaban motos y trajes. En algunos locales de ropa y en los supermercados, su personal esperaba al cliente con un termómetro electrónico.

Los únicos locales llenos fueron las telefónicas y los bancos. Estos últimos han mantenido su atención durante la pandemia. En el centro comercial se vio pasear a personas de la tercera edad y niños. Una vendedora de un local de fragancias contó que hay mucha incertidumbre entre los dueños y empleados sobre el futuro de sus negocios. En su caso, recibió una capacitación sobre normas de bioseguridad y le hicieron una prueba para COVID-19, que dio negativo. Estuvo sin trabajo durante estos meses y tuvo que dedicarse a vender pan hasta que el centro comercial vuelva a abrir sus puertas. Ella observó que los clientes sobre todo hicieron compras de productos esenciales. Desinfecta las monedas y los billetes con alcohol.

La bomba y el reggaetón despertaron a Carapungo

Parecía un día de fiesta. Desde los balcones y los locales comerciales, la música salió a todo volumen en las calles principales de Carapungo, el barrio más populoso de la parroquia de Calderón, que estuvo en los primeros lugares por el número de contagios, pero ahora bajó al sexto puesto en la capital.

En el primer día del semáforo amarillo, la gran mayoría abrió sus locales y atendió con mascarilla. Los dueños de los negocios compraron pediluvios con alfombras que contenían alcohol, cloro y agua. Eso se usó para el ingreso a los locales. Otros colocaron alfombras con las mismas sustancias. También se vieron aceras pintadas con círculos, cuadrados o triángulos cada dos metros.

Muchos vecinos esperaron en fila para poder ingresar a los negocios que por 79 días se mantuvieron cerrados. Por ejemplo, uno de ellos fue un local de tecnología que solo abrió la puerta más pequeña para atender a los usuarios.

Sobre la calle Luis Vaccari, la más comercial del barrio, los locales de zapatos empezaron a laborar después de que sus dueños tuvieran que vivir de otros oficios. Luis Miguel Arequipa, quien atiende uno de los negocios, contó que durante el confinamiento tuvo que salir a vender papel y jabón líquido. Con eso consiguió 30 dólares diarios para la alimentación de su familia.

También fue el caso de don Segundo, que prefirió no dar su apellido. Es dueño de un negocio de zapatos y ropa, que lo tuvo cerrado durante todo este tiempo. Dijo que le prestaron un local para vender frutas y verduras. Ahora espera recuperar las ventas que alcanzaban los 100 dólares diarios antes de la pandemia. Para ello también adquirió trajes de protección para ofrecerlos a sus clientes por 12 dólares. Hasta el mediodía de hoy solo había vendido una correa y uno de esos trajes.

Algunos hicieron lo mismo. Además de vender bisutería, ropa u otros productos añadieron a su oferta esos trajes y mascarillas. Estos se vieron también en ventas ambulantes en las calles, eran de todo tipo de materiales y precios.

Los buses en este populoso barrio lucieron vacíos. Aunque a primera hora de la mañana sí se registraron más personas, a medida que transcurrían las horas las unidades salían con uno o dos pasajeros. En el camino, muy poca gente se subía y las paradas de buses estuvieron vacías. Las cooperativas de transporte tomaron medidas. Por ejemplo, en la Quiteño Libre, el chofer iba con mascarilla y toda su área estuvo cubierta por plástico. Sin embargo, la mujer que cobraba en la unidad en la que se embarcó Plan V solo tenía como protección guantes y mascarilla. En los asientos de dos pasajeros, uno estuvo prohibido para el uso y se le puso una cinta amarilla.  

Los abogados buscan cómo usar más tecnología

Algunos consultorios jurídicos empezaron a trabajar desde hoy. En el caso de FORSETI Abogados han tomado algunas medidas para empezar a agilizar sus procesos. María del Mar Gallegos, abogada de esa firma, dijo que aunque es un trabajo de mucho contacto con gente, es necesario empezar a operar con precauciones. A sus mensajeros y pasantes, que son quienes más contacto tienen con instituciones, les dieron trajes de bioseguridad y mascarillas. Se les hizo pruebas rápidas para COVID-19. Solo permitirán ingresar hasta tres personas por sala de reuniones. No tendrán reuniones en las oficinas privadas de los abogados y darán prioridad al trabajo en casa y reuniones telemáticas. Su personal ha recibido capacitaciones de bioseguridad.

Una de las principales preocupaciones de los abogados ha sido la suspensión de los plazos y términos. Los plazos son todos los días y los términos los días hábiles. Gallegos dice que ha sido complicado defender a sus clientes, sobre todo a aquellos que se encuentran con prisión preventiva. Ella defiende a uno de los procesados por supuesta corrupción en el Ministerio de Finanzas. “Hicieron detención con fines de investigación, se formuló cargos ese mismo día, porque así hay que proceder y la persona quedó privada de libertad. Tiene a su familia en Quito, pero por la pandemia, a los detenidos los distribuyeron por todo el país y ahora está en Santo Domingo. Está ilegalmente privado de libertad, pero no he podido ejercer la defensa ni preparar estrategia porque la Fiscalía, por su lado, no funciona”, explicó.

Pero destacó la implementación de la ventanilla virtual de la Fiscalía porque a través de ese mecanismo ha existido comunicación alguna con los agentes investigadores. Y también que durante este tiempo de pandemia la Fiscalía ha despachado causas que estaban rezagadas desde hace tres años.

Xavier Andrade, de la firma Leal Counselors & Attorneys At Law, contó que han pedido a sus clientes que asistan a su oficina máximo dos personas. Usarán mascarilla y mantendrán la distancia en la sala de juntas. Si son más clientes, este estudio preferirá hacer reuniones por videoconferencia. Tienen su propio pediluvio al ingreso. Para que el personal no esté todo el tiempo en la oficina se turnarán y por grupos solo irán tres veces a la semana.

Respecto a las diligencias, esta firma está alentando al uso de togas para no usar los trajes de bioseguridad que utilizan, por ejemplo, los médicos. Andrade explica que con las togas se pueden mantener mejor la solemnidad de la magistratura. Además que este tipo de vestimenta puede ser más cómodo para largas audiencias y más fácil de lavar. Este estudio también se proveerá de termómetros digitales para advertir si alguna persona está con síntomas cuando existan audiencias, que será un lugar de exposición.

Para Andrade, esta pandemia los ha obligado a reinventarse y a usar más la tecnología. Afirma que han ganado mucho tiempo con las videoconferencias con sus clientes en varias provincias. Sin embargo, cree que habrá más dificultades con las audiencia virtuales, que el Consejo de la Judicatura ya ensayó en mayo. Este abogado considera que será necesario una plataforma digital e internet muy estable para varias audiencias al día. “Un juez puede verte y escucharte, pero puede hacer mientras tanto otras diligencias en su computador”. Cree que esos factores distractores pueden ser perjudiciales para los procesados.

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