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19 de Octubre del 2017
Historias
Lectura: 7 minutos
19 de Octubre del 2017
Bruno Bimbi / TN.com.ar
El "proces" catalán pone a prueba la paz familiar

Foto: Noelia Román/dpa

La pareja formada por Clara de Cominges y Marc Farré. Él es independentista desde adolescente. Ella, partidaria de seguir formando parte de España.

 

La crisis política en España podría alcanzar su clímax cuando el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, proponga al Senado la destitución del Ejecutivo autonómico de Barcelona y la convocatoria de nuevas elecciones en Cataluña, en aplicación del artículo 155 de la Constitución del Reino. El debate por la independencia se ha trasladado al interior de cada hogar y familia en la región, según nos cuenta la agencia DPA.

"Si cuando me casé contigo hubiera sabido que ibas a ser independentista, no me habría casado", le dice, medio en broma medio en serio, Ana Figueras a su marido Josep Ruiz. Ambos, junto a sus dos hijos, componen una de las no pocas familias que en Cataluña mantienen posiciones enfrentadas respecto a una posible independencia de la región del resto de España.

No es un plato de buen gusto. Pero se respetan y, a la mesa, evitan a veces hablar del asunto para no provocar indigestiones.

Es algo común entre las familias catalanas de todo tipo y condición. Algunos miembros son independentistas, otros, no. Pocos permanecen al margen de un proceso que, en los últimos cinco años, fue cobrando fuerza hasta desembocar en el referéndum unilateral convocado por el Gobierno catalán y suspendido por el Tribunal Constitucional español.

Por razones diversas, pocos son también los dispuestos a exponer sus opiniones y sus diferencias ante los medios de comunicación o en público. Los sentimientos están a flor de piel y no todo el mundo consigue aceptar las diferencias y salir indemne.

"Mi marido se lo toma más a pecho y yo, para que no se altere, a veces me callo o evito el tema. Otras, hablamos de ello y no nos ponemos de acuerdo, pero la cosa no pasa de ahí", cuenta Ana, la única componente de su familia contraria a la independencia.

Su familia, como otras, admite disensiones e incluso tensiones, pero niega la ruptura que el Gobierno español asegura se produjo en muchos núcleos familiares y de amigos en Cataluña por causa del referéndum.

"Yo me siento muy catalana, pero también muy española y por eso no quiero que nos separemos de España", prosigue Ana, hija y nieta de catalanes, que tiene 75 años y siempre vivió en Sant Andreu, un tradicional barrio obrero de Barcelona.

"Yo me siento muy catalana, pero también muy española y por eso no quiero que nos separemos de España", prosigue Ana, hija y nieta de catalanes, que tiene 75 años y siempre vivió en Sant Andreu, un tradicional barrio obrero de Barcelona.

"Antes, yo no era independentista. Nací en Aragón (una región situada en el noreste de España y fronteriza con Cataluña) y me sentía también español, pero cuando me jubilé y empecé a leer la historia y a darme cuenta de lo mucho que nos habían engañado, comencé a cambiar", se explica su marido Josep, cinco años mayor.

"Pero el pasado es pasado, Josep, y ahora estamos aquí y hay que mirar hacia delante. Tú, como (Artur) Mas (ex presidente del Gobierno catalán), eres un independentista de nuevo cuño, por interés económico", interviene Ana, una "mujer de principios".

No se casó con Josep hasta que éste regresó de Costa Rica, 17 años después de haberle pedido matrimonio. Él se había ido a trabajar y a estudiar al país centroamericano, le propuso que lo acompañara y ella le respondió que de España no salía si no era con el anillo de casada.

"Yo soy independentista de corazón y de razón. Y lo económico me interesa, pero los españoles también piensan en la cartera o por qué crees que nos quieren", replica Josep, antes de resoplar un: "Esta mujer me acabará pidiendo el divorcio".

"Yo exijo un cambio. Quiero que el Partido Popular (al frente del Gobierno español) se vaya. Mariano Rajoy (el presidente español) no ha gobernado a los catalanes durante años y, además, no ha querido dialogar", prosigue en su réplica Josep, confiado en que un día llegará a vivir en una República catalana.

"¡Pero cómo quieres arreglar las cosas y dialogar con quien no quiere ser español, no hay manera!", contrataca Ana, antes de lamentar: "Los españoles siempre nos tiramos tierra por encima".

Los argumentos se repiten y se extienden y ninguno convence al otro. Tampoco lo pretenden ya. Se aceptan, también con esta diferencia.

Algo parecido les sucede a Clara de Cominges y Marc Farré, padres de una niña de casi dos años. Él es independentista desde adolescente. Ella, partidaria de seguir formando parte de España.

"Me siento española, catalana y, principalmente, barcelonesa. Aunque estos días, con todo lo que está pasando, tuve la sensación de no sentirme de ninguna parte. No me siento representada por el Gobierno español ni por el catalán. Los partidarios del no a la independencia no podemos agarrarnos a nada", expone Clara con tristeza.

"Me siento española, catalana y, principalmente, barcelonesa. Aunque estos días, con todo lo que está pasando, tuve la sensación de no sentirme de ninguna parte. No me siento representada por el Gobierno español ni por el catalán. Los partidarios del no a la independencia no podemos agarrarnos a nada", expone Clara con tristeza.

Es hija de catalanes y, a sus 39 años, vive con "hartazgo" un proceso del que intenta hablar lo menos posible. "Hay otros temas mucho más importantes y trascendentes y esto es una cortina de humo que se retroalimenta", argumenta esta mujer que trabaja en el departamento de derechos internacionales de una gran editorial.

"Soy independentista desde pequeño. Mis padres no lo eran entonces, pero culturalmente yo nunca me sentí identificado con España. Luego, me reafirmé viendo el trato de colonia que nos daban", explica Marc, que hubiese preferido un referéndum pactado con el Gobierno español pero da por bueno este proceso si, en un futuro, Cataluña se convierte en "un país que gestiona y resuelve sus problemas".

"Y yo entiendo perfectamente que él quiera eso, porque siempre fue así, lo respeto y no lo intento convencer de nada de la misma manera que él no me intenta convencer a mí", interviene Clara.

Tanto es así que, desde el 11 de septiembre, fiesta oficial de Cataluña, hasta el 24, festividad de la Mercé, la patrona de Barcelona, Clara "permite" que Marc cuelgue del balcón que comparten la bandera independentista. Después, la retiran y no tiene sustituta: ella no tiene apego a ninguna, no las necesita para afirmar su identidad.

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