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8 de Marzo del 2021
Historias
Lectura: 22 minutos
8 de Marzo del 2021
Mariana Neira

Periodista de investigación, dirigió la redacción de la revista Vistazo en Quito.

El socialismo del siglo XXI cedió las cárceles a los capos, ¿Ecuador copió el modelo?
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Rafael Correa recorre la recién inaugurada cárcel de Latacunga, una mega edificación de 70 mil metros cuadrados, para albergar a más de 5 mil presos. Costó USD 23 millones más de lo presupuestado (costo final de USD 78 millones) y desde el principio tuvo problemas de dotación de servicios básicos. Foto: Presidencia de la República

 

Varios ejemplos del manejo de cárceles en la órbita de los llamados países "bolivarianos" muestran que sus gobiernos hacen tratos con los capos de las cárceles para permitir grandes negociados, tráfico de sustancias y de todo tipo de bienes y servicios y, sobre todo, el control de mercados de droga y sicariato para doblegar a la sociedad.


@MarianaNeiraL

El modelo de las cárceles de Venezuela y Bolivia, manejadas por delincuentes, es muy parecido al que estamos viendo en Ecuador. ¿Qué hay detrás? ¿El negocio de la droga, el negocio de la venganza y de la muerte?

Los ecuatorianos mirábamos en la tele una historia policial: la reactivación del proceso legal por la ‘desaparición’ de más de 600 millones de dólares del Isspol (Instituto de Seguridad Social de la Policía) durante el gobierno de Rafael Correa. Por pedido de la fiscalía, los jueces ordenaban la detención de dos generales de la policía en servicio pasivo: Enrique Espinosa de los Monteros, ex director del Isspol —muy cercano de la ex presidenta de la Asamblea Nacional, Gabriela Rivadeneira, hoy autoexiliada en México con la cúpula correista— David Proaño, quien fuera presidente de la Comisión de Inversiones; y otros implicados en el caso.

Horas después, Estados Unidos informaba haber detenido por una acusación de lavado de dinero a John Luzuriaga Aguinaga, un personaje clave en esta historia y anunciaba que estaban persiguiendo a Jorge Chérrez Miño que recibió los bonos y otros valores que no aparecen. 

De pronto apareció una segunda historia policial: la matanza entre presos en las cárceles más grandes del país con decapitaciones, mutilaciones, tiros que espantó a ecuatorianos y al mundo. Murieron alrededor de 80 y el asambleísta correista, José Serrano, que fuera ministro de Justicia (2010-2011) y del Interior (2011-2017), tiempo en el cual dirigió las cárceles y empezó el caso Isspol, responsabilizó de la revuelta carcelaria a Patricio Pazmiño, ministro de Gobierno; Patricio Carrillo, comandante de la Policía; y Edmundo Moncayo, director del SNAI. Y la asamblea terminó “exigiendo” al presidente Lenin Moreno destituyera a los tres y a Johanna Pesántez, secretaria jurídica de la presidencia de la república vinculada a los centros de rehabilitación. 

La exigencia la hizo el asambleísta Rodrigo Collaguazo, quien en el gobierno de Rafael Correa fue detectado como entrenador de un grupo paramilitar (una especie de fuerza de choque) en un parque de Quito. 

La exigencia la hizo el asambleísta Rodrigo Collaguazo, quien en el gobierno de Rafael Correa fue detectado como entrenador de un grupo paramilitar (una especie de fuerza de choque) en un parque de Quito.

La policía y las fuerzas armadas retomaron el control de las cárceles y los hechos se atribuyeron a una lucha entre capos del narcotráfico por el liderazgo para con su ‘fuerza de seguridad’ y armas que tenían, manejar la vida y muerte de los presos, sus negocios de drogas y las telecomunicaciones, instrumento clave para ejecutar venganzas y asesinatos en el exterior, a través de sus sicarios. Servicio completo por el que, se supone, ganaban mucho dinero.

Lo que no se ha dicho es si estos capos tenían alguna relación con las autoridades del gobierno nacional. Serrano, según reportó el diario El Universo, “denunció que en junio del 2020, cuando se otorgó la prelibertad al cabecilla de Los Choneros, alias Rasquiña, se llegó a un acuerdo con funcionarios del Gobierno para que el individuo complotado con otros cabecillas dentro de las cárceles mantenga el orden en los centros de rehabilitación y al mismo tiempo empiece a dar información de las bandas que estaban operando en el país, a cambio de esa prelibertad cuando tenía una sentencia de 20 años, que luego se le redujo a ocho años y que se otorgó la prelibertad antes de cumplir la mitad de la condena” .


Militares custodian la cárcel de Guayaquil horas después de la masacre carcelaria en la cual 80 presos perdieron la vida por enfrentamientos interbanda en cuatro prisiones del país. Foto: API

Lo dijo con conocimiento de causa, porque este tipo de negociaciones entre autoridades y capos ya se daban en 2010 cuando Rafael Correa era presidente y Serrano ministro. Lo denunció Oscar Caranqui, preso por narcotráfico en La Roca, en Guayaquil, la cárcel más importante del país. Allí escribió el libro La Roca, cementerio de hombres vivos. Es como un diario de vida de 670 páginas sobre lo visto al interior de ese reclusorio. A los protagonistas los presenta con sus nombres reales y fotografías, con excepción del Ministro de Justicia quien aparece con el nombre ‘Pepe Sierra’. Él, según escribió Caranqui, ordenaba cómo manejar La Roca. Sus fieles servidoras eran la Directora Nacional de Rehabilitación, Alexandra Zumárraga; y la Directora de La Roca, Marien Segura Reascos quien en 2016 ascendió a juez de la Corte Constitucional de la república.

En el texto hay narraciones y escenas combinadas con muchos diálogos, supuestamente reales, pero con cierto matiz de ficción. Algunos hechos relatados coinciden con comentarios y publicaciones periodísticas. Este es un diálogo entre el recluso Jacinto y Caranqui:

-Y hablando de vicios, ¿sí te has dado cuenta que ahora están metiendo heroína en cantidad al penal? –preguntó Jacinto.
-Sí hermano, me he dado cuenta y eso sí es grave, porque la heroína ya hace parte de los narcóticos fuertes, los que son considerados adictivos física y psicológicamente –respondí.
-Y lo peor es que son los mismos uniformados quienes lo distribuyen. ¿Porque… quién más? 
-Claro está que bajo la autorización de la propia directora que quiere mantener a los internos dopados y controlándoles la cabeza. No ves que así nadie protesta…
-Esta mañana uno de los guardias, el de la cicatriz en el cuello, me ofreció heroína, marihuana y coca, pero lo frené pidiéndoles que me respetara porque yo no era un vicioso –me informó Jacinto.
Al recluso apodado Chila, Caranqui le dijo:
-En cinco años que llevo preso no había visto consumir tanta droga como en este penal.
-Pero como no, si la abogada Marien se está haciendo un dineral con ese negocio, no ve que ella recibe el treinta por ciento de las ganancias sin mover un dedo –manifestó Chila.

(Citas Libro: La Roca, cementerio de hombres vivos. Oscar Caranqui V. Primera Edición 2013, confiscada. Páginas 247 y 250.)

En la cárcel, Caranqui había instalado una radio internet a través de la cual “criticamos las acciones y abusos de algunos malos funcionarios judiciales y de policía…”, según cuenta en la página 69 del libro.

El lanzamiento del libro se anunciaba para el 31 de enero del 2013, en Quito, pero Beatriz Álvarez, esposa de Caranqui, dijo que dos días antes “un asesor del ministro del Interior, José Serrano, llamó al gerente de la imprenta para decirle que suspendiera la impresión de La Roca... porque sería incautado… Finalmente, con un operativo policial nocturno, el gobierno decomisó los 10 mil libros

El 30 de junio 2013, a las 13:00, Óscar Caranqui fue asesinado en el patio de La Roca con varios disparos en el pecho y la cabeza. El ministro Serrano atribuyó el crimen al reo Pepe L. Montoya quien confesó que Caranqui le había pedido que matara a otro recluso y como no cumplió, amenazó a su familia. La “salida era: ‘Lo mato a él (a Caranqui) y solucionado el problema”. 

Las cárceles de los países tercermundistas siempre han funcionado mal y los gobiernos del "Socialismo Siglo XXI", dijeron haber solucionado el problema convirtiéndolas en ‘modelos del mundo’, pero lo que hicieron fue entregar su administración a los delincuentes presos.

Venezuela: en las cárceles mandan los delincuentes

Las cárceles de los países tercermundistas siempre han funcionado mal y los gobiernos del "Socialismo Siglo XXI", dijeron haber solucionado el problema convirtiéndolas en ‘modelos del mundo’, pero lo que hicieron fue entregar su administración a los delincuentes presos.

Hugo Chávez subió al poder en 1999 (hasta cuando falleció, 2013) y una muestra es la Cárcel de San Antonio, con capacidad para 2.000 reclusos, famosa en la historia carcelaria de ese país y emplazada en la paradisiaca isla de Margarita. Allí, Teófilo Rodríguez, mejor conocido como El Conejo, traficante de drogas, fue elegido PRAN, que es la sigla de ‘Preso Rematado Asesino Nato’. “PRAN era un preso común con solera, que lleva años allí y que se ha ganado la confianza y el voto de los demás”.

Pero El Conejo que, se dice, “por decisión de Chávez tomó el control del penal a mediados de la primera década de 2000, parece que no tenía el respaldo de los reclusos y tomó el control por la fuerza y con mano de hierro impuso cambios radicales en la rutina del penal para transformarlo en un salvaje campamento de verano”.

Se descubrió esto por un video difundido por The New York Times. La cárcel de Margarita albergaba a 1.828 hombres. Allí El Conejo mandó a construir una discoteca, una arena para las peleas de gallos, piscinas para las visitas, hamacas, colocó mesas de billar y pequeñas parrilleras para asar la carne.

Cada recluso caminaba por donde quería, disponía de habitaciones (previo pago) para las visitas conyugales. Los internos estaban armados y consumían drogas delante de la cámara. Se hacían apuestas, peleas de gallos. ¿Seguridad? Era frecuente ver caminar a hombres portando un verdadero arsenal. Los pranes (plural derivado de PRAN) decían que solo de esa manera se ‘humanizaban’ los penales.


Los presos, en un alarde que lució como un desafío al Estado, homenajearon a su asesinado líder con una salva de balas en la cárcel de San Antonio, Venezuela.

Por fuera, la penitenciaría presentaba el aspecto normal de una cárcel venezolana. Guardias de verde patrullando el perímetro y francotiradores apostados en cada torreta, simples mirones porque, como repiten sus vecinos: ‘En San Antonio puedes hacer de todo menos salir”.

Tras la escandalosa difusión de los vídeos tomados por los propios reclusos, en enero 2016 El Conejo fue asesinado. “Los presos, en un alarde que lució como un desafío al Estado, homenajearon a su asesinado líder con una salva de balas. Las imágenes dieron la vuelta al mundo y abonaron razones a la idea de que durante el régimen chavista se ha desintegrado el monopolio estatal de las armas”.

Nicolás Maduro (sucesor de Chávez) e Iris Valera, ministra de prisiones de Venezuela (hoy primera Vicepresidenta de la Asamblea Nacional de Venezuela madurista), anunciaron el 27 de enero 2016 una requisa en esa cárcel, luego un desalojo.

“La requisa culminó sin episodios violentos y siguiendo al pie de la letra el manual no escrito de procedimientos chavistas. La Fuerza Armada Nacional aposta vehículos antimotines a la entrada del penal mientras el Gobierno negocia con el líder —o Pran, como se le conoce en la jerga delincuencial— su traslado y el de los internos a otras cárceles para remodelar las instalaciones e imponer lo que han dado en llamar ‘el nuevo régimen penitenciario’. Al regresar los reclusos usarán un uniforme de color amarillo, llevarán el pelo a cepillo y observarán casi un orden militar: horarios establecidos para las comidas, para el descanso, pero sobre todo el esfuerzo por mantener ocupados el tiempo que en otros penales se dedica al ocio”, decía El País, de España.

La ministra Varela mostró en Twitter imágenes del traslado reivindicando la política carcelaria del régimen chavista: “Con autoridad y respeto a los privados de libertad realizamos el desalojo del internado judicial de Nueva Esparta”.

El Observatorio Venezolano de Prisiones (OVP) denunciaba en su último informe que “un total de 104 privados de libertad murieron bajo la responsabilidad del Estado durante el año 2019".

El 16 de julio 2020, niusdiario.es preguntaba: ¿Cómo son las cárceles de Venezuela?: retrato de un sistema de hacinamiento y corrupción. Y revelaba que desde 1999 no había cambio alguno, todo seguía igual y posiblemente los centros carcelarios sigan administrados por los mismos presos.
“Para saberlo hay que hacer un ejercicio profundo de imaginación y tratar de intuir ante la falta de información y transparencia por parte del gobierno de Nicolás Maduro…”

El Observatorio Venezolano de Prisiones (OVP) denunciaba en su último informe que “un total de 104 privados de libertad murieron bajo la responsabilidad del Estado durante el año 2019, de los cuales 66 perdieron la vida por desnutrición y la tuberculosis, principalmente… Durante el año 2019 un total de 1.934 presos venezolanos hicieron huelga de hambre para protestar contra la falta de alimentos, el retardo procesal y el agobiante hacinamiento que está en el 120%...” 

Las maravillas ofrecidas por la ‘revolución bolivariana’ se fueron por el caño.

Bolivia y su "cárcel turística" de película

Evo Morales empezó a aplicar su ‘revolución’ en Bolivia en el 2006 (estuvo en el poder hasta el 2019). Veamos qué sucedió antes y durante su mandato en la ‘Prisión de San Pedro’, ubicada en el centro de La Paz, capital de Bolivia.

Según la nota ‘San Pedro, la inusual prisión de Bolivia que se convirtió en atracción turística hace 20 años’, de la BBC, publicada el 1 de marzo 2017, en 1997, la caótica prisión de San Pedro, en Bolivia, se convirtió en una atracción turística, un lugar donde varios mochileros permanecían por semanas y compartían con los presos. Thomas McFadden, británico originario de Tanzania, estaba en una celda porque fue atrapado con cocaína en el aeropuerto de La Paz. Rusty Young, un joven mochilero de Sídney, Australia, se unió a un tour ilegal por la prisión que el preso realizaba para mochileros extranjeros desde 1997 hasta su liberación. Los dos hicieron amistad y Young se quedó en la prisión ayudando a tramitar la liberación de McFadden, haciéndose pasar por un abogado internacional de derechos humanos.

La prisión de San Pedro parecía una pequeña ciudad... fue un intento fallido de penal de régimen abierto para favorecer la reinserción de los reclusos en la sociedad en un país donde las penitenciarías solían ser -y son- un infierno.


Cárcel de San Pedro en La Paz, Bolivia, un centro de reclusión controlado por los internos en el cual se hacen hasta reocrridos turísticos.

Tanto el manejo de la prisión como la vida en ella eran totalmente atípicos: se esperaba que los reclusos se ganaran la vida y compraran sus celdas como si fueran bienes raíces.

Había una escuela primaria para los niños de los reos, que podían vivir con ellos, y la más notable sorpresa: contaba con una fábrica de cocaína, droga que se traficaba en el lugar.

Se había corrido la voz por los albergues locales de que había un recluso que hablaba inglés dispuesto a mostrar a los visitantes este extraño microcosmos.

Ubicada en el corazón de La Paz, la prisión se convirtió en una atracción turística que figuraba en las guías Lonely Planet. Los viajeros pagaban una entrada y, en algunos casos, optaban por quedarse durante semanas, compartiendo con los reclusos.

Lydia Docking, una turista británica, no sólo hizo uno sino varios tours por la prisión en 2008 (gobierno de Evo Morales), dirigidos por un preso de Portugal.

Hasta hace poco estaba permitida la entrada de turistas, a los que se les guiaba por las calles y se les escenificaba escenas de la vida cotidiana en prisión: comercio de droga, peleas con navaja.

Sobre esta experiencia, Thomas McFadden y Rusty Young escribieron el best-seller Marching Powder e hicieron el documental Wildlands que utiliza su historia en la cárcel de San Pedro como una plataforma para explorar todas las facetas del tráfico de drogas.

Un día de 2009, un equipo de televisión local llegó para filmar a un político encerrado allí. Mientras esperaban en la plaza, los camarógrafos grabaron un flujo constante de turistas. La prensa boliviana publicó esas imágenes y se descubrió que no eran turistas, sino autoridades que, se creía, recortaban (cobraban) un porcentaje de los beneficios de las visitas.

Tras el escándalo de los videos del 2009 se revocó el derecho a visita de los prisioneros, lo que causó un motín y unos 80 niños fueron evacuados.

Pero la historia de la ‘cárcel turística’ se repitió. Este recinto que alberga a 1.700 reos, más que una cárcel se asemeja a una urbanización privada dentro de la propia urbe.

Traspasados sus muros, los nuevos inquilinos tienen que alquilar o comprar su celda, y para eso tienen que trabajar. No hay problema. Hay restaurantes, bares, peluquerías e incluso un hotel. Los niños juegan por las plazas, ya que los prisioneros pueden llevar a sus familias a compartir su lugar de condena.

Los que tienen dinero pueden llegar a permitirse un lugar en Los Pinos, la zona con las mejores celdas de la prisión, equipadas con televisión por cable, baño y cocina privados e incluso algunas con mesa de billar.

Hasta hace poco estaba permitida la entrada de turistas, a los que se les guiaba por las calles y se les escenificaba escenas de la vida cotidiana en prisión: comercio de droga, peleas con navaja. Actualmente, la entrada de curiosos está prohibida, pero eso no ha impedido que el comercio de cocaína con el exterior sea una de las principales fuentes de ingreso de la pequeña ciudadela.

Europa: cárceles de lujo y rehabilitación exitosa

¿Sabe qué es Handel Fengsel? La mejor cárcel del mundo, la más humana del mundo inaugurada en la isla Bastoey, Noruega, en marzo del 2010.

Parece un hotel. Tiene 252 habitaciones, cada una con televisor de pantalla plana, luz natural, mobiliario moderno, baño propio y nevera. Paredes decoradas con obras de reconocidos artistas contemporáneos, valoradas en 1 millón de euros. Entre cada 10 o 12 habitaciones hay una cocina y salita de estar.


La cárcel Hansel Fengssel, en Noruega, parece un hotel. Tiene 252 habitaciones, cada una con televisor de pantalla plana, luz natural, mobiliario moderno, baño propio y nevera.

En las áreas sociales puede realizar actividades culturales y deportivas: disponen de una librería, reciben clases de música, tienen un rocódromo, estudio de grabación, gimnasio, campos de básquet, fútbol tenis, practican esquí, juegan cartas. Tienen su propia playa e incluso son los encargados de administrar el ferry que conecta a la isla de Bastoey, en el sur de Oslo.

Este es un sueño que lo consiguieron con una buena rehabilitación, la cual miden con el ‘índice de reincidencia’. En Noruega es bajísimo. ¿Por qué?

Primero, el promedio de las penas es de ocho meses de duración y la mayoría de las  condenas no supera el año.

Muchos no están de acuerdo con este sistema de penalización a la gente que ha cometido delitos. Lo consideran ‘privilegiado’ pero el Sistema Correccional Noruego tiene su explicación. Cree que la prisión debe imponer una restricción de la libertad, nada más, porque los presos tienen los mismos derechos que las otras personas que viven en Noruega y la vida en la cárcel debe ser parecida, en lo posible, a la del mundo exterior porque “más presos van a retornar a la sociedad en algún momento.

Por eso la rehabilitación es tan importante”, le dijo a la BBC Anders Giaever, analista político.
Además, los noruegos toman en cuenta la cuestión económica. No tener tantas personas alojadas en prisiones significa un ahorro importante.

A parte de la buena rehabilitación, en los países europeos incide la buena educación sobre derechos y obligaciones, sobre el respeto a la ley.

 

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