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12 de Abril del 2015
Historias
Lectura: 18 minutos
12 de Abril del 2015
Alex Ron
El trol de Urdesa

En las playas de Montañita, cerca de Guayaquil, un grupo de jóvenes de Urdesa central encontró a su gurú, un hombre que los inició el mundo de la marihuana, por cuya despenalización lucharon luego.

 

"El punto de quiebre se dio una tarde que conversé con el Chino en su cabaña, me sorprendió cuando me habló de crear una cuenta de twitter desde la que se expondrían diferentes beneficios del consumo de la macoña". Una historia de ciudad, playa, marihuana y surf en la costa ecuatoriana.

Braceas hambriento de mar, no has surfeado en años, divisas la ola, la tientas, ubicas la trayectoria exacta, una bocanada azul, el túnel se abre, saltas en la tabla, el mar dirige la función, siempre en el abismo, siempre fluyendo. Tienes miedo, el océano te ha revolcado más de una vez, un muro de agua puede ser una tumba cristalina. Avanzas sigiloso, doblándote con la exactitud del trapecista o del suicida, estás por salir del túnel, casi estoico, casi intacto…

Vivía en Guayaquil, Urdesa Central, a dos cuadras de un parque repleto de ceibos, acacias y ficus donde iguanas multicolores deambulaban libremente  en las bancas de mármol. Lo mejor de todo era que Montañita, la mejor playa para surfear del Ecuador, estaba a hora y media en auto.

Tenía dos grandes pasiones: el surf y la macoña. Empecé a surfear a los quince años y fumé mi primer porro a los 16. Conocí a mis mejores amigos, Diego, Martín y Pedro porque compartíamos la misma fascinación por trepar olas y fumar hierba. En Montañita nos sentábamos en las rocas, intentando descifrar la lógica del mar para no ser derribados. Encontrar el balance y la convicción para agarrar olas era un arte.

Las tardes urdesinas eran de patineta, mango verde con sal, grosellas y surfear en el asfalto hasta el cansancio esquivando autos e hidrantes mientras la adrenalina nos alimentaba de viento.

Empezamos fumando grifa en una fiesta de Tania, la novia de Diego, fue una decisión aleatoria y escapista que marcaría nuestras vidas. Cada pitada de hierba nos acercaba a un reino de sonidos y colores  más intensos. Fumar weed  rompía  inhibiciones, creando una complicidad que nos hermanaba y hacía más inocentes.

Reíamos, sentíamos un dulce amortiguamiento en la lengua que poco a poco se extendía por todo el cuerpo. Esa gratificante sensación dotaba de sentido muchas búsquedas que no entendíamos. Teníamos claro que Imagine de John Lennon seguía siendo una hermosa canción pero que existía un abismo entre la imaginación de Lennon y la procacidad de la sociedad.

Fumábamos hierba en el recreo, a la salida del cole, en cines, fiestas y hasta en el balcón del dormitorio de Pedro. Bastaba el menor pretexto para conseguir un pedazo de weed y armar pitillos. Nos volvimos inseparables, no solo para el surf, la patineta, y la macoña, también para improvisar algunas canciones de grunge. Ensayábamos en el garaje de Martín, yo tocaba el bajo, Pedro la batería, Martín la guitarra y Diego el saxo.

En Montañita teníamos un pusher que se convirtió en nuestro guía espiritual, lo conocían como el Chino. Era un mulato de facciones finas, ojos cafés y melena rubia. Tenía 45 años, un arete de plata y  el tatuaje de un delfín celeste en la espalda.

En Montañita teníamos un pusher que se convirtió en nuestro guía espiritual, lo conocían como el Chino. Era un mulato de facciones finas, ojos cafés y melena rubia. Tenía 45 años, un arete de plata y  el tatuaje de un delfín celeste en la espalda. Era diestro tocando la guitarra: Beatles, Jim Morrison, Kurt Cobain. Después de hartarse de sus estudios universitarios en Antropología un buen día decidió vivir en Montañita, vendiendo tablas de surf y artesanías con una novia chilena que tenía hace diez años. Ella terminó yéndose de Montaña pero el Chino se quedó, en su mundo de surf y macoña.

Nuestro admirado dealer no solo tenía la mejor hierba, además surfeaba con audacia y conocía algunos misterios del mar. Sabía cuándo trepar una ola y cuando la resaca de las olas podía ser mortal.

Tuve problemas académicos por consumir weed, me relajaba demasiado para los diferentes exámenes y perdía la noción del tiempo. Pese a la nube de humo liberadora que siempre me acompañaba, aprobé todos los años aunque mis promedios bajaron creándome conflictos con mis viejos que se dieron cuenta de mi adicción. Mi padre me  pidió que deje de fumar porque iba a arruinar mi futuro, por alguna razón química casi me río de sus palabras.

En la universidad escogí Psicología, aprendí a manejar la ansiedad de los exámenes combinando dosis de lectura de Lacan con pipazos de hierba, nunca tuve miedo a los diferentes niveles de amortiguamiento que dilataban y aguzaban mis conexiones neuronales. De a poco, desarrollé una mayor intuición para escoger entre las diferentes opciones que proponían en cada prueba, podía llamarse un don similar a la inteligencia.

Pese a todos los problemas seguí viviendo con mis viejos, alguna vez mi padre me confiscó un troncho de una hierba australiana que me había vendido el Chino, una de las más deliciosas porque te provocaba un viaje sinuoso, sin sobresaltos ni sed. Me apenó mucho pero sabía que era imposible negociar con mi cucho, dolió tanto.

Nunca vi al cáñamo como un potenciador laboral, nunca  imaginé que todas las horas de risa sincopada podrían ser capitalizadas en ideas sólidas para levantar una propuesta atractiva para el resto de la sociedad. Siempre creí que la cannabis sativa sería un juego, un paréntesis de realidad y amortiguamiento. El punto de quiebre se dio una tarde que conversé con el Chino en su cabaña, me sorprendió cuando me habló de crear una cuenta de twitter desde la que se expondrían diferentes beneficios del consumo de la macoña. Al mismo tiempo, difundiríamos la cultura de paz de los surfistas que consumían weed, hacían deporte y tenían una tribu solidaria.

Yo no era un experto en redes sociales, casi no utilizaba Facebook ni Twitter, lo veía con algo de distancia, definitivamente esa idea de estar conectado a través de teclas, gigas y tantos dispositivos creados para que la gente se sintiera incluida mirándose en una pantalla, todo eso me parecía un tipo de narcisismo tecnológico. Chino estaba de acuerdo conmigo, me dijo que nosotros no necesitábamos de esa tecnología para hermanarnos, el humo nos unía, la conexión era cósmica y perduraba mucho más. Creía que nuestras mentes volátiles podrían conseguir influenciar en el resto, necesitamos dejar de ser ghetto para convertirnos en líderes espirituales de esa horda domesticada por la tecnología y el mercado.

Me veía como un tipo diferente, mucho más metódico en mis búsquedas, capaz de leer a Borges y a Verne. Yo no me consideraba un literato pero disfrutaba de la lectura y creo que por esa afición el Chino me dio la confianza para escribir micro blogs, textos de 140 caracteres con una sola finalidad: legalizar el consumo de la marihuana en Ecuador. Meses atrás Uruguay y algunos estados de EE.UU habían legalizado el consumo del cannabis, además que se abrían sendos debates en Argentina, Brasil y Bolivia sobre su legalización.

Yo no me consideraba un literato pero disfrutaba de la lectura y creo que por esa afición el Chino me dio la confianza para escribir micro blogs, textos de 140 caracteres con una sola finalidad: legalizar el consumo de la marihuana en Ecuador.

Teníamos razones éticas y científicas de nuestro lado, se descubrió que las células cancerígenas eran destruidas por la marihuana. El uso terapéutico de cannabis ayudaba a sobrellevar el dolor a los enfermos terminales. Definitivamente había un arsenal de argumentos para defender el consumo de una planta ancestral, que si era utilizado en su justa medida podía mejorar la calidad de vida de las personas. Además, talentosos músicos como Manu Chao, le dedicaban letras pidiendo la legalización de su consumo.

La cuenta que abrimos con el Chino se llamó @mariajuana era una sátira a la demonización que había sufrido el consumo de la hierba:
- Philip Morris experimenta con animales (beagles). Fumar Marlboro es ser cómplice del maltrato animal. Piénsalo dos veces, cambia tu marca ;)
-Haga volar su imaginación: fume marihuana.
-"Una planta es una planta, y no una bomba nuclear."
-Y lo más importante de todo, LA MARIHUANA NO MATA. Su consumo abusivo es perjudicial, la solución no es prohibición, es educación.
@mariajuana tuvo un crecimiento vertiginoso, en menos de dos meses alcanzamos 20000 seguidores. La mayoría de tuits eran míos, el Chino aportaba con ideas pero no tenía la facilidad para sintetizarlas en menos de 140 caracteres. Me pagaba con hierba, tablas de surf y algo de plata.

Poco a poco, la gente se enteró de que un estudiante de Psicología de la Universidad Católica manejaba una de las cuentas de twitter más comentada por los amantes de las redes sociales.
De a poco, la exigencia por mantener la cuenta en constante actividad fue mayor porque el Chino consiguió un auspicio de una ONG de Noruega que apoyaba la legalización del consumo de la hierba. Eso nos permitió tener más ingresos e incluso adquirimos personería jurídica, bautizamos a la fundación como CANNABICA. En ese punto se sumaron Diego y Martín que estudiaban diseño, después apareció Pedro con la venta de calcomanías, postales, camisetas y pipas.

Lo que se inició como un proyecto marginal en la cabaña del Chino  fue creciendo como una gigantesca ola hasta necesitar de una oficina en la zona comercial de Guayaquil. Conservamos nuestra forma de vestir aunque los hábitos se fueron modificando porque el Chino nos hizo ver a CANNABICA como una oportunidad laboral insuperable. Cada día aparecían más personas apoyando la legalización del consumo de la marihuana, ya no solo era la ONG de Noruega, ahora teníamos seis auspiciantes, incluso uno ecuatoriano.

Entender el tema de la legalización de la macoña me exigió leer algunos libros y fragmentos de varias tesis universitarias. Fui adquiriendo un léxico y un arsenal político y científico sólido.
El Chino me consultaba las decisiones más importantes, también empezó a pagarme una suma nada despreciable, compré un auto de segunda mano y renté un pequeño apartamento. Un domingo por la tarde les dije a mis padres que me iba de casa y que no se preocuparan por mí, cada día tengo más clara la peli de mi vida.

Tuitear y fumar cannabis eran dos actividades contradictorias. La una me acercaba al tiempo real, a tener control de cada segundo, de cada palabra, significado y connotación. La otra era la negación del tiempo como dimensión unificadora. La una te exigía creer en los demás, la otra era la negación de cualquier interferencia con tu ego. Ambas formaban parte de mi vida diaria, la una se había convertido en mi profesión, la otra en mi forma de vida.

Me di cuenta de que mi rendimiento intelectual era más alto cuando fumaba menos, paradójicamente lograba escribir mejores tuits si estaba sobrio o menos trono. Descubrí un gusto extremo por el café, empecé a beber hasta cinco frappelattes diarios. En la universidad los profesores me veían con curiosidad porque leía más y mejoraba mis promedios.

Al mismo tiempo que recibíamos el respaldo de ecologistas y promotores de libertades individuales la reacción de los grupos conservadores y religiosos era tenaz. A diario, llegaban cientos de mensajes, de grupos ultra conservadores condenándonos por sacrílegos y dementes. Algunos nos amenazaban de muerte.

Y Dios dijo: legalícenla. Fue un tuit profanador con el que enfrenté tantos insultos y conseguí más de 3000 retuits. Nuestra polémica cuenta llegó a cien mil seguidores y algunos canales de televisión nos entrevistaron.

Y Dios dijo: legalícenla. Fue un tuit profanador con el que enfrenté tantos insultos y conseguí más de 3000 retuits. Nuestra polémica cuenta llegó a cien mil seguidores y algunos canales de televisión nos entrevistaron.

De a poco fui dejando la hierba hasta que simplemente dije no más, necesito producir tuits de mayor calidad y para ello debo privilegiar la concentración a la abstracción, incluso me planteé la idea de hacer mi tesis de grado sobre el tema de la legalización del consumo del cannabis.

Viajé como representante de CANNABICA a varios foros internacionales donde compartía la experiencia del movimiento pro cannabis en Ecuador, preparaba ponencias, daba entrevistas, hasta empecé a cambiar mi look: me corté el pelo, compré ternos, corbatas, celulares de última generación.

Una noche conocí a Sigrid en una fiesta, era risueña y tenía tatuado un dragón en su espalda. Después de algunos tragos terminé en su apartamento, hicimos el amor y probé cocaína.

Experimenté una euforia desmedida y prolongué el placer sexual como nunca lo había logrado. Después de tres orgasmos consecutivos, sentí algo de miedo porque mi corazón bombeaba sincopadamente. Me sentí culpable, un traidor a la causa del Chino.

Sigrid volvió a llamar, no pude escapar a la tentación extrema de imaginar nuestros cuerpos temblando de tanto placer. La coca fue convirtiéndose en una sustancia más habitual en mi sangre, me hacía sentir enfocado y decidido para hablar en público, tuitear y prolongar orgasmos. Al mismo tiempo me volví algo irritable y exigente con mis compañeros, incluso con el Chino. Tenía claro que la fundación dejó de ser solamente un espacio de lucha para materializar una utopía, al mismo tiempo se convirtió en un negocio. Yo no iba a dejarme explotar por el Chino, lo enfrenté.

Le exigí a mi jefe un nuevo aumento en el porcentaje de ganancias de la fundación, el chino, que no era tonto y sabía la importancia de las redes sociales para CANNABICA, cedió ante mis demandas. Me dijo que notaba cambios en mi conducta y que extrañaba al adolescente bromista que se fascinaba con la música de Nirvana y el surf.

Un día mi padre fue a visitarme al apartamento, me encontró demudado e irritable. Me dijo que no tenía sentido vivir dependiendo de un aparato tan insignificante como un celular. Prefiero que vuelvas a ser marihuanero a  convertirte en un autómata preocupado por ganar seguidores en tuiter. Tú te oponías al sistema, ahora eres uno más de los que viven cegados por la competencia económica. ¿Cuándo fue la última vez que surfeaste?

Me sorprendió cuando sacó un troncho de marihuana, era la hierba australiana que me había quitado hace cinco años. Me habló, mirándome fijamente a los ojos, por favor vuelve a ser el mismo, si tienes que fumar marihuana, hazlo, prefiero verte chafeado a que seas un esclavo de la tecnología.
Una semana después de la visita de mi viejo el gobierno legalizó el consumo de la marihuana. Yo ya no fumaba macoña pero al ver tantos jóvenes en el parque de Urdesa festejando la legalización de la hierba recuperé la conexión con esa tribu de seres cósmicos y adormilados.

El túnel se cierra de improviso. Aguantas la respiración, silencio total, estallido oceánico, los colores se trastocan bruscamente, el agua te devora sin piedad llevándote hasta el fondo dónde la arena es una trompada seca. Braceas asustado hasta salir a la superficie, recuperas el equilibrio, caminas, las rodillas tiemblan, el codo está lastimado, la nariz rota, hay sabor a proeza y a muerte. El mar juega con sus criaturas más extraviadas, bastó un zarpazo para terminar el encanto, los rayos de sol caen temerarios, extenuantes. Sobreviviste. Seis segundos dentro de la ola, no estuvo mal, ríes. Dejaré la coca.

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