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28 de Agosto del 2017
Historias
Lectura: 24 minutos
28 de Agosto del 2017
Susana Morán
El vuelo a la esclavitud de los niños de Cotacachi
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Fotos: Luis Argüello

130 niños de las comunidades indígenas de Cotocachi participaron en un campamento vacacional. En la escuela Luis Ulpiano de la Torre se conocieron historias de violencia y de posible captación. 

 

La trata para explotación laboral persiste en Cotacachi, cantón de la provincia de Imbabura. La extrema pobreza en la que viven las comunidades rurales alienta a que los padres envíen a sus hijos a trabajar en las urbes del país o a destinos como Colombia, Chile y Brasil. A cambio de los menores, las familias reciben un pago que no siempre se cumple. Pero investigadores también han detectado una nueva modalidad: captan a los jóvenes en plazas y parques sin que sus padres lo sepan. La fundación Terre des hommes y la Unorcac trabajan en prevención.

La ciudad apagada

Cotacachi está en silencio. Es el cuarto cantón más grande de la provincia de Imbabura, pero su centro permanece quieto. Es un viernes de agosto y la ciudad se muestra vacía. Una fotografía que contrasta con sus alegres fines de semana de feria y ventas de artesanías de cuero. Pero ese día, la inercia cubría la ciudad de coloridas casas. Unos pocos comerciantes se asoman a las puertas de sus locales a la espera de clientes. Los restaurantes y los locales de comida apenas hallaban un comensal. Las calles no tenían vehículos. Las plazas estaban sin caminantes. Sin ventas. Sin vida. Es una ciudad donde su escasa actividad diurna cierra sus puertas un par de horas antes de que caiga la noche. La ciudad hecha para el turismo no tenía turistas.

Estudio Flacso-OIM sobre la trata en los cantones de Otavalo y Cotacachi de Imbabura.

Pero el centro de Cotacachi es solo un pedazo mínimo de la vida de este cantón. Desde allí se observa la inmensa ruralidad que lo compone. A lo lejos, habitan decenas de comunidades indígenas que proveen principalmente de alimentos a la zona. Es allí donde se concentra el 80% de la población del cantón, mayoritariamente joven (5 a 19 años). En sus parroquias las necesidades básicas alcanzan niveles preocupantes: en Imantag, por ejemplo, la extrema pobreza llega al 80,86% de sus habitantes. Afectado por el analfabetismo y la escasez de servicios básicos, Cotacachi ha caído en un fértil terreno para uno de los delitos más invisibles e impunes que existe en el país: la trata de niños y adolescentes.

De vuelta al centro de Cotacachi, sin ferias ni festividades, no hay razón para que las comunidades bajen a la zona urbana de Cotacachi. El centro de este cantón imbabureño bien podría ser descrito como un lugar fantasma de no ser por el murmullo que salía de una escuela del lugar. Era un centenar de niños reunidos en un coliseo donde habían pasado una semana de campamento. Llegaron desde las comunas más lejanas. Durante cinco días habían jugado y cantado. En esos espacios, los niños de Cotacachi se distraen de las tareas del hogar y de los trabajos forzados que desde muy pequeños les toca realizar. También conversan y cuentan sus problemas. Más de uno hablará de maltratos. Más de uno contará que pronto emprenderá un viaje al exterior quizá sin retorno.  

El vuelo a la esclavitud

El niño se mostraba inquieto. En el campamento, seguía al líder de su grupo a todo lado. Algo quería contar. Hasta que en una dinámica el niño reveló que en las próximas semanas se iría con un familiar a Chile. Tiene 10 años. Al igual que otros 130 niños, llegó con su mochila al coliseo de la escuela Luis Ulpiano de la Torre. El lugar albergó a los menores durante cinco días completos, con sus noches y sus días. Fueron necesarias 23 personas para supervisarlos hasta altas horas de la noche cuando recién conciliaban el sueño.


El  volcán'taita Imbabura' al fondo de la escuela que recibió a los menores que llegaron al campamento. 


Los niños comieron productos de la zona. Entusiasmados recibieron su plato con choclo, queso y encurtido. 


Cada niño llegó con sus mochilas para pasar una semana en el coliseo de la escuela. 


Los niños mientras ven una película. Dentro del coliseo hicieron teatro, títeres y cantaron. 


Las niñas desde muy pequeñas aprenden a peinarse. En la imagen dos amigas se hacen una trenza. 


Los tutores de cada grupo vigilaban a sus niños e identificaban posibles casos de trata y maltrato para su respectivo seguimiento. 

El 80% de la población de Cotacachi es mayoritariamente joven (5 a 19 años). Sus comunidades alcanzan índices de extrema pobreza que llegan al 80,86%.

Casi sin dormir y visiblemente cansada, Martha Arotingo, dirigente de la Unión de Organizaciones Campesinas e Indígenas de Cotacachi (Unorcac), coordina las tareas para la última noche del campamento. Ese viernes festejarán con pastel el cierre del campamento. La Unorcac junto con la fundación suiza Terre des Hommes organizan estas actividades dos veces al año. A través del teatro, el cine y la recreación buscan prevenir la trata de personas. En esos espacios enseñan a los niños a reconocer los riesgos a los que se exponen. Y más de una historia han logrado identificar y hacer seguimiento como la del niño que hacía maletas para Chile.

Según la fundación, Cotacachi es parte de uno de los cuatro  puntos de donde se han identificado más víctimas de trata: las fronteras norte y sur, y la Sierra norte y centro. De Cotacachi salen niños para trabajos forzados sobre todo a destinos como Colombia (Bogotá y Cali), Chile y Brasil (Sao Paulo). Por lo general son llevados por familiares muy cercanos como los tíos y los padrinos. Pero también personas externas a las comunidades que van en busca de menores. Por ejemplo, a San Pedro llegó una señora a vender ropa. En la primera visita observó a las familias: ¿quiénes tenían más hijos?, ¿quiénes tenían necesidades más urgentes? La segunda visita ya no fue por ropa sino a preguntar qué niños podrían viajar con ella. Una madre avisó al cabildo y la expulsó, recuerda Martha Arotingo.


El grupo de teatro “Ñapash Purina”, de jóvenes de la zona, actuó en dos cortometrajes para prevenir la trata.

A San Pedro llegó una señora a vender ropa. En la primera visita observó a las familias: ¿quiénes tenían más hijos? La segunda visita ya no fue por ropa sino a preguntar qué niños podrían viajar con ella.

Pero cuando logran captar a un menor con engaños, su situación pasa a ser un misterio por la familia. Los captadores dejan un número telefónico falso y dejan de tener contacto con sus niños. A sus padres les ofrecen darles la educación y trabajar en la venta de artesanía.  Pero una vez que llegan a su lugar de destino son maltratados, sufren abusos sexuales, duermen en cartones y no son alimentados.

En Cotacachi la educación es un privilegio. En las zonas más precarias el trabajo infantil es parte de su cotidianidad. Los niños abandonan la primaria y pasan a la vida laboral. A sus 16 años ya se sienten responsables de las necesidades económicas del hogar. Se han dado casos que un adolescente deja sus estudios para trabajar y pagar los de su hermano mayor. A cambio espera que el hermano mayor pague los suyos cuando termine el bachillerato. En el camino las circunstancias pueden dejar a ambos sin concluir sus estudios. Por eso, cuando un captador les ofrece darles la educación la oferta es muy tentadora. Pero esto es un engaño. Martha Arotingo dice que en Colombia los menores indocumentados no pueden ser inscritos en una institución, pero al país vecino se llevan a los niños con esa oferta.

Pero esta situación el rastro que deja es escaso. La búsqueda de cifras o datos concretos sobre la trata de personas en Ecuador pueden ser tan distintos según la fuente. En el caso de Cotacachi, un estudio de Flacso y la Organización Internacional de Migraciones (OIM) lo confirman. En el 2009 y 2010 se registró apenas un caso en cada año, según los datos de la Fiscalía. Se trataba de dos adolescentes (hombre y mujer) de entre 15 y 16 años.

Pero los investigadores al consultar a funcionarios públicos del Ministerio de Inclusión reconocían la presencia del delito, aunque ello no se vea reflejado en las denuncias. “Las principales causas que se han mencionado para que no se denuncie la trata tienen que ver con las características de la población afectada, ya que es población indígena, con bajos niveles de instrucción, altas tasas de pobreza y que vive en zonas de difícil acceso, alejadas de los centros urbanos donde están las entidades públicas que pueden receptar dichas denuncias”.  

La fundación Terre des Hommes abrió una oficina en Bogotá para que identifiquen niños de Cotacachi que estén en explotación laboral. Levantarán información sobre su situación. A sus actividades de prevención de la trata en Cotacachi han asistido más de 5.000 niños y adolescentes.

Martha Arotingo agrega que las denuncias que llegan a la justicia son porque los captadores no han pagado a los padres el dinero ofrecido por los niños. Las sumas van entre 700 y 1.000 dólares. En otras ocasiones, los mismos policías desalientan la denuncia. “Puede ir presa señora por enviar a una menor”, le dijeron a una madre. O por no hablar español, los padres indígenas tienen dificultades para explicar su caso y son despreciados.

La trata en la provincias de la Sierra con alta población indígena no es un tema nuevo. Quizá la primera investigación periodística data del 2001, cuando diario Expreso publicó el reportaje Niños de alquiler. Trataba sobre una red que explotaba a menores en Chimborazo, que convencía a los padres para que los enviaran a Bogotá, Cali, Armenia o Caracas por hasta USD 600 anuales. Testimonios de la época confirmaban que los niños eran empleados al servicio doméstico, ventas ambulantes y prostitución. “Su única recompensa es un plato de arroz y un poco de plátano verde: así lo estipulaba el "contrato" o acuerdo de palabra”, escribió el periodista Marcelo Jijón, en el reportaje que le mereció el premio nacional de periodismo Símbolos de Libertad del 2002.

 

Han pasado casi 16 años de esa publicación, pero parecería que el fenómeno se mantiene intacto. De hecho, según fuentes consultadas por Plan V, la trata en Chimborazo se mantiene sobre todo en poblaciones como Colta. En Cotacachi la única diferencia es la nueva modalidad que ha surgido. Ahora, los niños son captados en los parques sin que sus padres se enteren y no solo a destinos internacionales sino a las principales urbes del país. Verónica Pólit, jefe de proyecto de Migración de la fundación Terre des Hommes, conoce de estos casos. La organización ha identificado que los lunes y martes, la gente en búsqueda de trabajo se reúne en Otavalo y es un punto donde los tratantes consiguen a los menores que los suben en los autos. Por vía terrestre salen del país a Colombia, sin que el camino, según los testimonios recabados por la fundación, existan controles. A los jóvenes no se les pide los documentos o pasan con identidades falsas.

Para las comunidades, la trata no solo es un problema de derechos individuales sino comunitarios, agrega la experta. “Si se van 30 y 40 jóvenes de una comunidad no tienes gente que trabaje en el campo, no hay matrimonios”.  

Los testigos de la trata
Testimonios recopilados por la fundación Terre ddes hommes

  Andrés    (nombre ficticio), 60 años, Chilcapamba  

Soy pastor evangélico desde hace unos 20 años. Tengo cinco hijos vivos, tres más se murieron aquí por diferentes razones y otro se murió en Colombia. El que murió en Colombia se fue primero a trabajar allá con el pastor evangélico de Chilcapamba quien le llevó para vender artesanías en el negocio que tenía en Bogotá. No había ni contrato ni documento de autorización mía (...). Él me dijo que mi hijo regresaría con dinero y así fue. Tenía 13 años, ya había acabado la escuela primaria. Regresó y todo bien. Después ese pastor no le llevó más, pero mi hijo estaba buscando trabajo.

"Hasta ahora no sé muy bien a donde le llevaron, creo que estaba cerca de la selva (...) nos llegó la noticia que había muerto mi hijo".

Llegó a mi casa un señor de Asama, una comunidad de Otavalo, quien buscaban jóvenes para llevarlos a trabajar, lo que se hacía mucho en esa época. Habló conmigo, diciendo que sería para un año, para vender ropa y que después me vendría a pagar a mi en casa. Hicimos el trato y se llevó a mi hijo también a Colombia.

Hasta ahora no sé muy bien a donde le llevaron, creo que estaba cerca de la selva. Le acompañaban unos hermanos de este señor. Eso hace 17 años. En esa época no había teléfonos como ahora, así que no tenía contacto con mi hijo. El señor había regresado por aquí a llevar más mercadería a los dos meses de haberse llevado a mi hijo y en ese momento nos llegó la noticia que había muerto mi hijo y los tres hermanos del señor. Cuando regresó, el señor los encontró a los cuatro muertos.

Un compañero que se había ido también a trabajar con esos señores de Asama me contó que vio a los chicos. Les habían encontrado boca abajo en un río, tapados con hierbas y hojas. El participó en el entierro y me confirmó que mi hijo se encontraba entre los muertos. Nos dijo que se les había enterrado a todos en un solo ataúd. Nos mandó fotos de su cuerpo y del entierro que se hizo allá. Nos dijo que la guerrilla de las FARC les habían matado, que eso había dicho la gente del lugar.

No sé por qué no avisaron primero a las familias y a las autoridades antes de enterrarle. No podía hacer nada, mi hijo estaba muerto, dejé todo en manos de Dios.

  Fernando   (nombre ficticio), 18 años, Perafán  

Tengo 18 años, vengo de Perafán, una comunidad de Cotacachi (…). Cuando estaba en octavo curso, con 13 años, estudiaba de día pero tuve que retirarme por problemas económicos. Me salí a trabajar durante un año sin estudiar, y después pude volver a estudiar durante la noche, trabajando de día. Eso duró hasta el décimo curso, cuando tuve un accidente y tuve que retirarme de la escuela durante un año entero. Por eso me perdí dos años de escuela.

Somos seis hermanos, y soy el quinto. Trabajé en diferentes lugares, cerca de Quito en construcción, también en Pifo y en Parambas al norte de Imbabura, después en mecánica en Quito y en Cayambe. Cuando empecé a trabajar, tenía 13 años. No alcanzábamos con el arriendo de la casa y mi papá no nos ayudaba como debía (…) En esa época, ya estudiaba de noche, y pedí a un compañero que tenía unos 20 años que me ayude a buscar trabajo. Y un día me dijo que podía ir con él a trabajar por Calderón, al norte de Quito, en construcción.

Fue muy difícil para mí. El trabajo es muy pesado, los maestros son bravos, si no haces las cosas bien te insultan y a veces te maltratan. Poco a poco, el cuerpo se va acostumbrando al peso, que no es debido cargar a esa edad (…) Tenía que cargar 50 kilos de cemento a la vez (…) Y de allá salía corriendo para ir al colegio de nocturno. Hasta ahora vivo así, salvo que de momento me quedé sin trabajo, así que paso la mañana en la casa.

"Poco a poco, el cuerpo se va acostumbrando al peso, que no es debido cargar a esa edad (…) Tenía que cargar 50 kilos de cemento a la vez".

La mayoría del tiempo, trabajé en construcción en diferentes lugares. En mi primer trabajo, era yo el más joven al principio. Después llegaron dos jóvenes más, pero tenían 18 años. Me decía el jefe que me pagaba poco porque era menor de edad y que me hacía un favor por hacerme trabajar (…) Ellos todos sabían que era ilegal. En ese trabajo no se tenía seguro ni nada, era totalmente fuera de las leyes.

Me daba cuenta de que era maltratado y que no era normal, que a esa edad, los niños tienen que jugar (…). Mi mamá lo sabía también pero no alcanzaba el dinero. Todos los hermanos hemos pasado por lo mismo, todos han tenido que salir de la escuela a momentos para ponerse a trabajar. Yo estaba acostumbrado a que sea así. Pero siempre seguimos estudiando para buscar una forma de vida mejor, por lo menos para nuestros hijos, porque nosotros ya creo que es muy difícil que salgamos de esto.

Trabajé también en una mecánica y era la misma explotación que en la construcción, porque el jefe me decía que como no sabía mucho, me pagaba muy poco. Me hacía trabajar bastante, de las 08:00 hasta las 18:00 y a veces me hacía quedar más tarde y no podía ir al colegio. Al principio me pagaba 30 dólares a la semana. Eso casi solo me pagaba los pasajes para irme a trabajar. Después de un tiempo se subió a 50.

(…) Recién había empezado a trabajar cuando el dueño del taller, que se estaba haciendo otro taller enorme en Cayambe, me llevó a trabajar allá para ayudar en las obras. Y es allá que me pasó el accidente. Era Noche Buena y ese día teníamos que salir de vacaciones. Tenía 15 años. Estábamos subiendo el bloque para la fundición por los andamios, pero habían sido mal puestos entre las piedras. En Cayambe, el viento es muy fuerte. Había bajado a comprar agua y estaba subiendo el andamio. El viento vino fuerte, el andamio se viró y me botó por un lado, donde había un cerramiento de varillas muy afiladas que estaba conectado a la electricidad. Me quedé pegado allí, como mis manos estaban sudorosas, no me podía despegar de la electricidad. Y como mi cuerpo estaba amortiguado, no me daba cuenta que mi pierna derecha se había metido en una varilla (…). Me llevaron al hospital, me cosieron y me trajeron a casa. Tenía un hueco enorme en la pierna.

El jefe de la mecánica pago por el hospital, y durante un mes para los exámenes que tenía que hacer seguidos cada semana, a veces todos los días. Pero después ya no dio nada (…).

Hace un año, estuve a punto de irme a Brasil con un conocido mío de Cotacachi que tiene 28 años. Ya se había ido allá, había vendido ropa y me dijo que le había ido bien. No le avise a nadie y me iba a ir, cuando pensé que no podía hacerlo. Porque aquí tengo a mi mama que siempre me estuvo ayudando, y afuera no iba a tener a nadie. ¿Y si aquí en Ecuador ya me trataron mal en mis trabajos, como iban a tratarme afuera? (…) Conozco a una chica que se fue a Chile y que le pasó muy mal. Eso también me hizo pensar que mejor quedarme aquí. Y por encima de todo, no quiero alejarme del amor de mi mamá.

Conocer para prevenir

Después de tres años con el proyecto, más de 5.000 niños y adolescentes han asistido a las actividades de Terre des hommes. Los niños reciben la información sobre sus derechos con interés, dice Verónica Pólit. Pero llevarlos a estos espacios es una labor de mediación constante. Dirigentes de la Unorcac hablan con los cabildos de las comunidades para que envíen a los niños más vulnerables. A no todos los envían por las obligaciones laborales que desde muy pequeños deben cumplir. Cumbascode es uno de los sectores más difíciles para acceder a los niños; el trabajo infantil es una de sus principales problemáticas. Otras zonas vulnerables son el Cercado, la Calera y la zona de Intag, según el estudio de Flacso.

Tratar con los adultos de estas comunidades es el principal reto de la fundación. Hay comunidades donde no les han permitido el ingreso. Ocurre cuando existen conexiones entre los cabildos y los tratantes. Verónica Pólit afirma que la fundación ha tomado la decisión de no hacer denuncias a menos que las víctimas así lo quieran hacer. Pero en sus tres años de experiencia aún no se ha dado ningún caso. “Eso no nos permitiría trabajar con las comunidades por la presión de los tratantes y los peligrosos para las víctimas”.

Pero es necesaria una mayor intervención del Estado, en su opinión, como ampliar las fuentes de trabajo. En Cotacachi existe un contexto de migración importante y un legado de explotación laboral a las poblaciones indígenas, lo cual hace que se invisibilice el problema. “Es muy raro que en una actividad no exista por lo menos una persona que hable de un caso”. Como en el campamento que está por terminar. Como el niño de 10 años que ya planea viajar.

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