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23 de Diciembre del 2014
Historias
Lectura: 10 minutos
23 de Diciembre del 2014
Nina Osorio

Periodista

Elegía de Hugo Medina

Hugo Medina, en primer plano a la derecha de la foto, se traslada por uno de los ríos orientales. Detrás suyo viajan su esposa Maritza y sus hijos.

Luego de 71 días de permanecer en el hospital Eugenio Espejo, de Quito, afectado de graves quemaduras, el radiodifusor Hugo Medina murió por un cuadro de infecciones y paro cardiaco. Medina y su hija de cuatro años sobrevivieron al accidente de avioneta en Sarayaku, en octubre del 2014. Él salvó a su hija arrojándola fuera de la nave antes de que estallara el tanque de gasolina. Medina fue quien dirigió el operativo que permitió a Cléver Jiménez, Fernando Villavicencio y Carlos Figueroa, evadir el cerco policial luego de su salida de Sarayaku. Este es un retrato íntimo y una elegía, hecho por Nina Osorio, colaboradora de Plan V.

Hugo Medina durante su permanencia en el hospital Eugenio Espejo de Quito.

La vida nos acoge en contrastes que anudan la garganta, que nos plantean desafíos, que nos obligan a establecer prioridades, exigen retos y son prueba que tiempla el espíritu y coteja voluntades.

La vida de Hugo medina fue ejemplo de solidaridad sin tapices, vertical desde sus raíces; desde el principio de la palabra, desde la razón de sus matices. Orgulloso de su raigambre y los compromisos que pasaron a ser la esencia de su forma de ser.

Cuando conoció a Maritza Aranda, Hugo se levantó como ejemplo de dimensión extraordinaria, por su sencillez, por su sensibilidad, por sus inquebrantables principios, por su verticalidad de acción, por su heroísmo.

Tengo ganas de decirlo, tengo derecho a decirlo, también tengo el coraje para hacerlo; traigo estas letras en nombre de Fernando Villavicencio, mi tío, quien no pudo visitar a Hugo enfermo y tampoco pudo estar presente en el duelo. De él he juntado sus nudos en la garganta, la angustia e impotencia de no poder cumplir con el más noble sentimiento humano y quedar, eternamente, con una deuda pendiente hacia Hugo Medina.


Medina fue el líder del opertivo que rompió el cerco policial para detener a Fernando Villavicencio (foto), Cléver Jiménez y Carlos Figueroa. En la gráfica, Villavicencio se traslada por uno de los ríos de la Amazonia.

Hugo Medina, el Puka Jaguar de la historia Sarayaku, la derrota del jabalí, (último libro de Fernando Villavicencio. Ndlr.) demostró desde el estoicismo, su coraje para batirse a duelo con los fantasmas de carne y hueso que nos siguen mortificando a todos. Este puma rojo se gana el título de pionero, de faro refulgente; pero no del fin del mundo, sino del principio de una nueva era, que ha de señalarnos el camino a tomar en el horizonte diáfano de preclaras libertades.

Cito a Fernando, quien expresa en su libro lo siguiente: Puka Jaguar, el mestizo casado con una kichwa de Sarayaku, amasó cuatro hijos. En verdad cinco, porque a Jhonsú la creó dos veces: la una con la greda de su Maritza que se volvió mazorca eterna, y la otra cuando le salvó de morir en el accidente del primero de octubre de 2014 en Sarayaku. Pero él, acostumbrado a ofrecerse a los demás, también fue la luz que señaló el camino para burlar los asedios y sepultar incongruencias.

Cuando Hugo Medina decidió retrasarse del vuelo y abordar el fatídico avión, ya sabía que su misión de vida era precisamente dar lugar al nuevo alumbramiento de su pequeña hija y, con ello, darle un sentido real y trascendente a la vida, permitir el florecimiento eterno del héroe sin mácula, único entre todos nosotros, digno de guardarse en la memoria, digno de ser respetado por siempre; ejemplo de virtud inconmensurable, de generosidad sin límites, de desprendimiento sin fronteras, de un titán a quien jamás turbo el miedo.


Junto a su esposa Maritza Aranda Gualinga, quien falieciera en el accidente aéreo del 1 de octubre del 2014.


La hija menor de Hugo Medina y Maritza Aranda fue salvada por su padre en el accidente de Sarayaku. Fue la única sobreviviente luego de que Medina muriera tras 71 días de hospitalización.

Su muerte al fin y al cabo, no fue en vano. Su hija de cuatro años, no sufrió quemadura alguna, Él supo siempre que su misión de vida la cumplió en el crepúsculo del 1 de octubre.

Caminamos con el pesar de haberlo perdido todo, de haber perdido a un hombre de coraje, diáfano y limpio, vertical. Un ser que en ponderación, supo templarse como se tiempla el acero, un hombre que con su humildad supo doblegar todo falso orgullo y vanidad, dándolo todo, nunca esperando nada.

Puka Jaguar pensó por ejemplo, ese día de mayo de 2014, que el máximo regalo en el día de las madres era prodigar el encuentro de los encuentros. Logró, al rayar el alba, el abrazo de los abrazos cuando fundieron en un solo suspiro de ternura, todos los afectos y amores del hijo con la dadora de sus días. No puede haber mejor regalo por el día de las madres que entregarle al hijo, ver las lágrimas de felicidad que rebosan los minutos, porque Fernando debe continuar su camino. Hugo Medina fue hacedor y testigo; Fernando tenía que seguir clandestino.

Puka Jaguar esperaba con ansiedad concretar la promesa hecha a la madre de Fernando, por esta razón se embarcó en el vehículo de seguridad que lo transportaba.

En aquel encuentro, Puka Jaguar no atinó palabra alguna, el viento gélido del páramo andino se llevó su canción que era: Por el pájaro enjaulado, por el pez en la pecera, por mi amigo que está preso, Yo te nombro, libertad. “Qué anécdota más bacana puedo contarles”, se alborozaba el Puka Jaguar a su regreso a la jungla de los ancestros de su Maritza.

(Luego de 15 horas de una peligrosa y desafiante aventura, desde las dos de la tarde en que salieron de Sarayaku hasta las cinco de la mañana del día siguiente, todo podía acabarse en los dos minutos en que debían pasar un cerco policial aprovechando un cambio de guardia. Pero ese día tenía que cumplir la promesa hecha a la madre de Fernando Villavicencio; reencontrarla con su hijo en la clandestinidad: 

Puka Jaguar esperaba con ansiedad concretar la promesa hecha a la madre de Fernando, por esta razón se embarcó en el vehículo de seguridad que lo transportaba. Fernando se despojó de todo; los pies le bailaban de alegría cuando fueron liberados de las botas; agradeció a Puka con una mirada casi kichwa; se miró en el retrovisor: era él. Después de acomodarse la camisa que le envió Verónica (Sarauz, su esposa. Ndlr), prendió un cigarrillo, se alzó un vaso con wanchaka y pidió a sus nuevos acompañantes subir el volúmen de baracunátana, la popular canción de Lizandro Mesa, que por alguna coincidencia nuevamente lo acompañaba.

Llegó el amanecer en esta espera perpetua. Las seis, las siete, las ocho de la mañana, hasta que de pronto un claxon alertó que la hora había llegado. Puka pensó que un regalo máximo en el Día de la Madre era prodigar el encuentro de los encuentros. La Goita, como todos llaman a la madre de Fernando, recordó que hace algunos años ella había brindado ella había brindado a Puka amistad y confianza, cariño de madre. "Ahora estoy cosechando esos frutos", pensó. Fernando, a un costado, junto a Verónica, también cumplía con el abrazo de tres, al Martín de sus futuros, el día del cumpleaños).

Hugo Medina, no se puede ir del todo, no se fue completo, aquí entre nosotros está su corazón y parte de su alma, la parte necesaria para abrazarnos en la solidaridad y la transparencia; aquí han de quedarse sus nobles sentimientos por siempre, en lo más profundo e íntimo de nuestras conciencias.

A Hugo ya no debemos preocuparle, no darle ni un venablo más; iremos tras los pasos que nos permitan reconocer el camino que ha sabido señalar, de aquilatar con precisión los peldaños que aún quedan por conquistar.

No es posible evitar el dolor de este duelo, pero si hacer de este dolor un motivo para crecer; decirnos que este es el efugio para mantenernos unidos en la búsqueda del estandarte que alimenta el espíritu y fomenta la hermandad; como los dedos en la mano, firmes en un solo puño, en una sola comunidad de ideales.

Esta sinrazón que ahora nos acompaña, nos deja además del dolor, el señalamiento y la obligación de empezar a pensar en la doctrina que también ya pregona recuerdos e invoca olvidos: el recuerdo es el mejor testimonio del olvido. Decirle a Hugo Medina que le acompañamos en el dolor que sentirá, aunque no lo merezcamos, dolor de habernos dejado.

Que más decirle a Hugo Medina, los tesoros que nos deja en heredad, sus cuatro hijos, a partir de ahora mismo serán parte de nuestro adeudo, en reciprocidad a sus amplias generosidades; lo manifestamos con sencillez, pero al mismo tiempo con el suficiente aplomo por haber sido en su vida, merecedores de su amistad. Decirle a este héroe verdadero, hasta siempre compañero.


 

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