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28 de Diciembre del 2020
Historias
Lectura: 8 minutos
28 de Diciembre del 2020
María Fernanda Solíz

Psicóloga por la Universidad del Azuay y PhD en Salud Colectiva, Ambiente y Sociedad por la Universidad Andina Simón Bolívar. Es investigadora y académica. 

Los Encuentros
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Cuando colapsó este puente, que conecta a Los Encuentros con otras comunidades,  una volqueta quedó suspendida en el vacío. Foto: María Fernanda Solíz

 

Pocos meses después, como la crónica de la catástrofe anunciada, el único puente que conectaba decenas de comunidades con la cabecera parroquial de Los Encuentros colapsó debido a la circulación permanente de transporte pesado de la empresa megaminera Lundingold.


Sucedió en el cantón Yantzatza (que traducido del shuar significa “el valle de las luciérnagas”), en una parroquia amazónica pequeña que se llama Los Encuentros.

La parroquia hace honor a su nombre, tiene una panadería esquinera justo a nivel de una “t”. Ese cruce permite elegir el camino a seguir: subir a la cordillera, avanzar a Morona Santiago o regresar hacia Zamora. Es ahí donde todos esperamos el bus, ranchera o camioneta (si tienes algo extra de dinero). Pero ahí también se reúnen las personas a ver pasar el tiempo, que en esas geografías suele ser espeso, a veces interminable...  

Y es justo ahí, en la “t”, que se viven impensables encuentros. En una de las bancas de madera envejecida y mohosa, de esas bancas colectivas, se encuentra una joven, no tan joven, ecologista, que lleva su camiseta de "no a la mina". Mientras sus colegas buscan un cibercafé para imprimir algunos formularios (llevan meses montando un proceso de monitoreo epidemiológico de las enfermedades que reportan las comunidades afectadas por megaminería), ella se sienta a cuidar cajones con pollitos de crianza. Los pollitos tendrán poco más de 18 días, pero pían tanto y tan fuerte, que es imposible pasar inadvertida. Resulta una escena graciosa: ella trata de leer a Coetzee mientras niños, niñas, ancianos y mujeres insisten en preguntarle de los pequeños ruidosos.

"Los pollos son un regalo para las familias de una de las comunidades afectadas por la megaminería, son parte del sueño colectivo de que esas familias puedan retomar opciones productivas soberanas", intenta explicar en lenguaje sencillo y cariñoso.

La joven, no tan joven, también trata de encontrarse en Los Encuentros, no es la primera vez. Hace diez años que, por temporadas, se esconde en la cordillera para encontrarse. La joven intenta evadir las preguntas concentrándose en su libro, pero en esos territorios las cosas no funcionan así, no existe el sentido de la interrupción. La “t” está pensada para interrumpirse, para acercarse, para contarse las novedades. Así que al poco tiempo desiste de Coetzee y se pone a conversar con ánimo.

Diez metros más allá, un extranjero que le duplica en estatura, de la mano de un comunero de la zona, bajan de una lujosa camioneta. Los directivos de la empresa megaminera siempre se aseguran tener unas cuantas camionetas de paraseguridad detrás. Son intimidantes, su sola presencia incomoda. El empresario y la ecologista se cruzan miradas, saben que deben compartir silla: la silla larga, continua, mohosa y vieja. Él se sienta con confianza e invita a su acompañante a hacer lo mismo; la ecologista se pone incómoda, piensa que una fotografía en ese preciso momento podría ilustrar una suerte de "crónica de una catástrofe anunciada". Piensa en irse, pero no quiere que la sientan nerviosa, ni incómoda, ni insegura. Además, están los pollos, cientos de pollos que no dejan de piar.


Estas son las primeras imágenes del proyecto minero Fruta del Norte. Fotos: Cortesía

Y es justo ahí, en la “t”, que se viven impensables encuentros. En una de las bancas de madera envejecida y mohosa, de esas bancas colectivas, se encuentra una joven, no tan joven, ecologista, que lleva su camiseta de "no a la mina".

Decide hacer lo suyo, con irreverencia, pese al frío y la lluvia de la cordillera. Se retira el saco para que no quede duda de la consigna de su camiseta: "No a la megaminería, comunidades contra el saqueo y la contaminación". El minero continúa su diálogo en inglés, pretenden ignorarse el uno al otro, aunque él intenta una sonrisa benevolente. La ecologista se levanta, ingresa a la panadería a pagar su cuenta: un café y un dulce de manjar. El señor de la panadería le dice con mucha calma: "Por qué no le dice al gringo, ahora que está a su lado, que le pregunte no más directo todo lo que nos preguntan a nosotros sobre ustedes. Quien sabe, hasta podría ser que se hagan amigos o se enamoren, tanto interés que les tienen los de la minera, por algo debe ser".

Con risa nerviosa, la ecologista le explica, intentando que no suene a juicio de valor, que ella no habla con asesinos. Le dice que esa empresa megaminera es responsable de graves crímenes en no menos de tres países africanos, y entonces ya no le importa que suene a juicio de valor: eso es justo lo que quiere.

Mientras tanto, llega otra camioneta, pero esta vez con obreros de la mina. Todos llevan la camiseta y el gorro de la empresa, como si fuesen obligados a membretarse el nombre de su dueño, y esta vez a la ecologista le invade la tristeza. Reconoce en el grupo a sus compañeros, a amigos queridos con los que desde hace tanto comparte en la cordillera la vida de la comunidad. Son ellos, comuneros que viven una suerte de esclavitud consentida a cambio de un paupérrimo salario. Se alegran de verse, se abrazan, se preguntan las novedades, no se han visto en algún tiempo... meses quizás. Se cuentan las tristezas, los reclamos, aprovechan para la indignación retenida, para contar las injusticias, las violencias, todo en voz muy baja porque podría costarles el puesto de trabajo. Es mejor pretenderse ajenos y, luego de la emoción sincera, guardar las distancias. "Ya conversaremos, ya nos estaremos viendo": esta es la forma de forzar el desencuentro...

Así será hasta la próxima salida de turno o hasta que la empresa cancele los contratos temporales y vuelvan a sus casas a recordar que sus territorios y sus vidas han sido ocupadas y controladas por la multinacional. Llega la ranchera, siguen los encuentros, los besos y los abrazos con los compañeros que vienen desde Yantzatza, de regreso a sus comunidades. Deben hacer varios viajes de carga para ubicar todas las cajas de pollos. La ranchera ingresa en la selva, alegre, entre risas y píos.

Epílogo

Pocos meses después, como la crónica de la catástrofe anunciada, el único puente que conectaba decenas de comunidades con la cabecera parroquial de Los Encuentros colapsó debido a la circulación permanente de transporte pesado de la empresa megaminera Lundingold: trailers, mulas, volquetas, todas sobrepasaban el peso máximo permitido. El día de la catástrofe una volqueta quedó suspendida en el vacío. Han pasado dos meses y las comunidades siguen aisladas. Únicamente les queda el acceso fluvial.


Imágenes del puente roto, que aún no tiene solución. Fotos: María Fernanda Solíz

Luego de una paralización de más de un mes en la que las comunidades afectadas por las operaciones de la empresa Lundingold exigían el cumplimiento de sus derechos colectivos y de los derechos de la naturaleza, una vez más, primó la presión de la multinacional que, con venia del Estado ecuatoriano, continúa desarrollando sus operaciones con normalidad.

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