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20 de Abril del 2020
Historias
Lectura: 16 minutos
20 de Abril del 2020
Susana Morán
Las enfermeras viven su propia crisis en Ecuador
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En Ecuador, las enfermeras denuncian que están cuidando más pacientes de lo que recomienda el estándar internacional y eso está provocando cansancio. En la imagen, una atención en el Hospital Los Ceibos, de Guayaquil. Captura de Video de RT

 

Expertos internacionales coinciden en que las enfermeras y los enfermeros son vitales para afrontar la pandemia. Pero así como en otros países, en el Ecuador este sector está pasando por sobrecargas laborales, miedo a contar su situación y falta de equipos de bioseguridad. En el país el 95% son mujeres y por el cierre de escuelas y guarderías, las enfermeras madres han preferido aislarse para cuidar a su familia y han dejado encargados a sus niños hasta con sus vecinos.

El tiempo se ha convertido en un ser mezquino para las enfermeras en Ecuador. O están en extenuantes turnos, o están contagiadas o están de luto. En Guayas, por ejemplo, ya no hay tiempo para entrevistas. Quienes daban declaraciones en el Colegio de Enfermeras de la provincia han sido golpeadas por el virus en sus familias y viven su propia tragedia.

Otras tienen miedo a represalias de las autoridades de Salud. En las protestas aparecen con sus rostros cubiertos por mascarillas y carteles para ocultar sus identidades. Eso pasó el 26 de marzo pasado con un grupo de enfermeras, auxiliares y camilleros del Hospital Teodoro Maldonado Carbo, de Guayaquil. Ellos trabajan en el área de emergencia y tienen contacto directo con los pacientes con COVID-19. Con sus batas azules salieron a las fueras del centro para exigir más insumos. “Queremos protección”, gritaron. Como esta, varias manifestaciones se han visto en la ciudad.

Su labor en esta pandemia ha sobrepasado su bienestar laboral y personal. Uno de los últimos comunicados del gremio del Guayas tiene un listón negro y 10 nombres: eran los de ocho enfermeras y dos enfermeros fallecidos. Sus representantes nacionales coinciden en algo: si hay un sector que está en primerísima fila en la batalla contra el virus son ellos. Pues son quienes reciben a los pacientes con COVID-19 y los atienden hasta por 24 horas seguidas.


A 10 asciende el número de fallecidas del Colegio de Enfermeras del Guayas.

De esas jornadas habló un enfermero con Plan V, bajo la condición de anonimato. Trabaja en el Teodoro Maldonado y hace pocas semanas resultó positivo. Cree que se contagió cuando a este hospital se vino una avalancha de pacientes. Recuerda que en la sala de espera, las personas estuvieron hacinadas y sin mascarillas. Llegaban tan enfermos que pasaban directo de emergencia al área crítica. En esos días de marzo, un solo médico —que pudo haberse acogido al grupo vulnerable, pero no lo hizo para seguir trabajando— llegó a atender hasta 70 pacientes diarios. El médico no se contagió, pero el enfermero sí.


El Teodoro Maldonado de Guayaquil ha sido uno de los hospitales más golpeados en esta crisis por la falta de insumos. En la imagen, el 28 de marzo, el vicepresidente Otto Sonnenholzner entregó 120 respiradores para los pacientes más críticos. Crédito: @ottosonnenh.

Los trabajadores mueven un cuerpo hacia un contenedor refrigerado afuera del hospital Teodoro Maldonado de Guayaquil. Crédito: Reuters/Vicente Gaibor del Pino

“Con la pandemia no se acabó el material, ¡no había!, ¡no había!”. El enfermero dice que están trabajando en hospitales decadentes. Cuando se declaró la emergencia, simplemente iniciaron sin equipos de protección. Es lo que pasó en el Teodoro Maldonado a donde inicialmente llegaron dos pacientes con el virus, según el enfermero. “La información fue ocultada para no levantar pánico ni en la gente, ni en el hospital”. Uno falleció y el otro fue dado de alta. El poco material de bioseguridad que tenían se agotó en esas atenciones, asegura.

Después se supo que tres médicos habían sido infectados en esa misma casa de salud, pero eran asintomáticos. La cadena de contagios creció dentro del personal médico del hospital, sin que las autoridades aún confirmen el número de afectados. Muchos dejaron de asistir por el aislamiento. Por el déficit, las enfermeras dejaron de tener áreas específicas de atención. Ni bien llegaban debían pasar directamente a emergencia donde estaban los pacientes acumulados.

El enfermero quiso hospitalizarse porque tiene familia vulnerable. También es asintomático. Pero lo enviaron a su casa. “Tenía miedo hasta de conversar con mi esposa”, dice. Mientras estuvo en el hospital, a sus enfermos les habló de Dios para que se relajen. Les ayudó con ejercicios respiratorios y cuando podía los llevaba hasta la ventana para que tomen un poco de sol.

***

En el Ecuador existen alrededor de 18.600 enfermeras y enfermeros, repartidos en el sector público y privado. De ellos, el 95% son mujeres y madres de familia. Estas son las cifras de la Federación Ecuatoriana de Enfermeras y Enfermeros (FEDE), que adelanta una encuesta sobre el número de contagiados y fallecidos de sus agremiados ante la escasez de datos oficiales. A los 10 fallecimientos de sus filas en Guayas habría otro más en El Oro. Pero para el Ministerio de Salud, en este sector solo hay dos muertes

Patricia Gavilánez es la presidenta de FEDE. Es una enfermera con casi 30 años de experiencia. Asegura que la falta de este personal en los hospitales no es nueva. Al menos su gremio ha reclamado por más plazas desde el 2012. En estos últimos ocho años, Salud ha abierto concursos. Pero también se han dado despidos. El más reciente ocurrió en marzo de 2019. Organizaciones estimaron que entre 2.500 y 3.000 profesionales salieron del sistema de salud público.

Ahora con la emergencia, las consecuencias las sienten quienes se quedaron. Las enfermeras tienen turnos entre 12 y 24 horas seguidas y sin relevos. Según Gavilánez, una enfermera no puede atender 20 pacientes, sino máximo 12 y con dolencias no complejas. En terapia intensiva, donde están los más graves con COVID-19, pueden cuidar máximo hasta dos pacientes. Plan V conoció que en algunas unidades les ha tocado vigilar hasta cuatro enfermos.

En un conversatorio de inicios de abril, la periodista de investigación de L’Espresso de Italia habló sobre los retos que ha enfrentado su país y ofreció algunos datos: “El número perfecto es cinco pacientes para cada enfermera y ocho para cada médico”, dijo. “(En Italia) tenemos 15 pacientes por cada enfermera y son más importantes que los médicos (en esta pandemia)”.


En Quito, en el Hospital del Sur cuatro pacientes se han curado de COVID-19 hasta el 17 de abril. Crédito: IESS-Quito Sur

Se estima que en Guayas hay 3.000 enfermeras; en Azuay, 2.000; y en Pichincha, 3.800. A escala nacional la cifra llega a 18.600 profesionales, repartidos en los sectores público y privado.

La carga laboral se ha incrementado también porque en el país muchas enfermeras y enfermeros se han acogido a los grupos vulnerables. Es decir, tienen dolencias catastróficas, o están en lactancia o embarazadas. Ellas, que antes atendían a enfermos, pasaron a otros servicios más administrativos para evitar un contagio.

La ministra de Gobierno, María Paula Romo, dijo el pasado 17 de abril que por lo menos 2.000 personas del sistema de salud dejaron de ir a trabajar en el pico de la crisis en Guayaquil.

El miedo a contraer el virus ha significado un peso económico adicional para estas trabajadoras que siguen en la batalla. Muchas han decidido ir a hostales o a vivir con otros familiares para no contagiar a los suyos. Han arrendado cuartos cerca a los hospitales para aislarse y por la falta de transporte. Es el caso de las enfermeras de Cotopaxi que trabajan en Tungurahua, como no tienen cómo movilizarse, deben pagar nuevos arriendos.

Gavilánez cuenta que en cada llamada de sus colegas recibe una alerta distinta. “Cada provincia es un mundo”.

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Adelante legión de enfermeras

A aliviar el humano dolor

Sin prejuicio de raza o banderas

Solo izando banderas de amor
 

El relato de María Gerardina Merchán a Plan V terminó con esos versos del himno a la enfermera ecuatoriana. Ella es la actual presidenta del Colegio de Enfermeras del Azuay. Es jubilada y docente. Pero también ha participado en las campañas de salud pública para la vigilancia epidemiológica desde el sarampión hasta el AH1N1. Ahora como líder del gremio de su provincia enfrenta también a la COVID-19.

La entrevista fue escrita y por Whatsapp, pues se quedó afónica por una alergia al alcohol y al cloro que ha usado en la desinfección en estos días. Al finalizar la conversación, escribió el himno y dijo: “A pesar de todas las adversidades, las enfermeras y los enfermeros, siempre hemos sido resilientes”.

Lo que ha sucedido con las enfermeras en Azuay bien podría extenderse a todo el país. En esa provincia, el 92% son mujeres, la mayoría casadas, madres solteras, otras divorciadas y un buen porcentaje solteras. Al momento existen cuatro enfermeras con COVID-19 en Azuay: dos contagiadas comunitariamente y dos en un hospital.

Las que son madres —y muchas veces jefas de hogar— deben soportar no solo la carga laboral sino también estar alejadas de sus hijos. Por temor a contagiarlos, una gran cantidad de ellas han dejado a sus menores lactantes, preescolares y escolares al cuidado de otros familiares (abuelos, tíos, primos) y hasta con vecinos, debido al cierre de las escuelas y guarderías, según datos del gremio azuayo.

Médicos y enfermeras del Hospital Vicente Corral Moscoso, de Cuenca, salvaron a un niño de un año y un mes que había sido diagnosticado con COVID-19. Crédito: @goberazuay

Organizaciones gremiales de enfermeras piden jornadas especiales reducidas de 120 horas mensuales y estabilidad laboral.  Asimismo evitar amenazas de despido o sanción a las enfermeras por reclamar sus derechos.

Esto ha provocado sufrimiento a los niños y a las madres. La enfermera Merchán cuenta la situación de su colega VZ (la llama así para proteger su identidad), quien tiene una niña de 12 años. La menor se ha quedado con su abuela mientras su madre ha preferido aislarse para proteger a su familia. Pero VZ vigila las tareas de su hija en la noche por internet y varias veces ha despertado a la menor porque el trabajo no cumple con las indicaciones de la profesora. Eso ha creado conflictos con su niña. Desde que empezó la crisis, VZ la ha visto dos veces.

A otra enfermera, LR, le pasa una situación similar. Monitorea las tareas de su hijo de 9 años por teléfono y llora por no ver a su niña de dos años. Ella también prefirió aislarse. Su niño —que se quedó a cargo de su abuela— ha mostrado comportamiento rebelde.

JB es otra madre. Tiene un niño de 1 año seis meses y una niña de seis años. Su esposo trabaja también en un hospital en servicios generales. Tienen mucho temor de contaminar a sus niños, pero aún viven con ellos. Durante su trabajo se quedan al cuidado de su abuela, una persona de 70 años. JB después de su jornada extenuante en el hospital llega a realizar todas las actividades de cuidado a los niños y de su madre. Cuenta que se levanta a las 04:00 para dejar cocinando. Por las noches lava, plancha y asea la casa.

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Los médicos y las enfermeras de un hospital de Loja salieron a despedir a un paciente recuperado de COVID-19 con sus trajes de protección. Crédito: Corape Satelital

Los trajes de protección son vitales para el personal de salud y este ha sido el principal reclamo de este gremio. Una enfermera no puede estar con el mismo equipo 24 horas seguidas. Necesita al menos cuatro prendas por día porque durante su uso se contaminan. Las batas y los overoles son descartables. Mientras que una mascarilla N95 (las más seguras) dura solo ocho horas o máximo un día si encima de esta colocan una mascarilla quirúrgica.

Esas son las precauciones que toma David González, presidente de la Red Unión Nacional de Enfermeras y Enfermeros del Ecuador, quien trabaja en una unidad de cuidados intensivos en un hospital público de Quito. Dice que el uso de estos trajes es agotador. Las personas sudan y los visores y las gafas cortan la respiración y marcan la cara. Algunas enfermeras han presentado dermatitis y daños en la piel de su rostro.

En Azuay se registró el caso de un enfermero que terminó el turno de la noche sin haber tomado un sorbo de agua e ir al baño. Se desmayó y terminó con infección de las vías urinarias. Otros gremios han exigido que se haga una pausa activa de una hora para que puedan hidratarse, alimentarse y hacer sus necesidades biológicas.

González está expuesto a pacientes con COVID-19 durante 24 horas, cada cuatro días. Trabaja más de 160 horas mensuales. Hoy en día atiende hasta cuatro pacientes en cuidados intensivos con estos trajes difíciles de manejar. Sus turnos se incrementaron desde mediados de marzo. “El personal se está quemando”, asegura. Esta es una de las razones por las que los hospitales colapsan: estos profesionales no avanzan a atender a los pacientes.

El esfuerzo que hacen en esta crisis no está siendo valorado. El Gobierno ha instado a que más personal de salud se integre a la lucha contra la emergencia. Ha reconocido que este es uno de sus principales déficits. Pero González explica que los contratos que ofrece el Régimen son de tres o seis meses. No hay una garantía de estabilidad para todo lo que hacen.

Alguien que inicie en el sector público como enfermera o enfermero gana 1.200 dólares, pero recibe 1.060 dólares por el descuento del IESS. “Esto no retribuye todo lo que se está haciendo: uno mismo es secretario, camillero, auxiliar hasta personal de limpieza”.

La enfermera y el enfermero —dice González— son los que mueven el hospital. Pero los sueldos de este sector están congelados desde hace 10 años. “Trabajamos la misma carga horaria, pero ganamos la mitad que un médico”, afirma.

Dolido, el dirigente gremial resume la situación: “no nos están cuidando”.

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