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22 de Septiembre del 2019
Historias
Lectura: 20 minutos
22 de Septiembre del 2019
Érika Arteaga y Natalia Sierra
Entretejiendo voces: de violencias, resistencias y disidencias
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Foto: PlanV

Necesitamos espacios seguros, es un hecho. Pero espacios seguros que incluyan a los niños, hombres que también viven pequeñitos infiernos los fines de semana en medio de la violencia familiar.

 

Escribimos desde el corazón y el cuerpo, como siempre, en un intento de contribuir al pensamiento y a la emancipación. Desmontar estas estructuras significa que la humanidad se descapitalice, se descolonice, se despatriarcalice y esto no pasa por lanzar una guerra contra una parte de la humanidad, pasa por poder mirar en el privilegio capitalista, patriarcal y colonial la deshumanización, no fuera de él.

Mala feminista 

Mi primer enfrentamiento a golpes (puño cerrado) fue un día cercano a mis 16. Estuve muy orgullosa y desconcertada al mismo tiempo. Mis primeros golpes fueron devueltos por mi papá: el padre ebrio que tuve durante la mayoría de fines de semana de mi infancia y adolescencia. Los quiños llegaron finalmente a los dieciséis, yo estuve preparándome para eso desde los 5.

La infancia vivida no fue todo un caos, hubo otras facetas: los viajes, las alegrías, los juegos. Un típico caso de violencia familiar en medio del “secreto a voces” que guardaban familiares, amigos cercanos, abuelos paternos y una parte de los colegios en los que crecimos. Quizás el silencio, la vergüenza por algo de lo que no era culpable- un hogar violento-, el que todos supieran y nadie lo vocalizara, era lo más duro para esa niña de cinco años o la adolescente arrebatada de dieciséis.

Décadas después entiendo que por eso soy mala para guardar secretos, para quedarme callada y por eso sé que cuento con más herramientas para criar a una hija valiente, fuerte, decidida. Quizás por eso mismo me preocupa tanto el criar un hijo hombre, un hombre que no sigue el molde patriarcal. Justamente se trata de no maternar violentos. Ni violentas.

Mis primeros golpes fueron devueltos por mi papá: el padre ebrio que tuve durante la mayoría de fines de semana de mi infancia y adolescencia. Los quiños llegaron finalmente a los dieciséis, yo estuve preparándome para eso desde los 5.

Bad Feminist es el título de libro de ensayos de Roxane Gay y comienza con una introducción maravillosa: “¿Cómo reconciliamos las imperfecciones del feminismo con todo el bien que puede hacer?  El feminismo tiene fallas porque es un movimiento empujado por personas y las personas inherentemente tienen fallas.  Por alguna razón exigimos al feminismo estándares poco razonables según los cuales el movimiento tiene que ser todo lo que queremos y siempre tiene que hacer las mejores elecciones. Cuando el feminismo no cubre todas nuestras expectativas, decidimos que el problema es el feminismo en lugar de las personas imperfectas que actúan a nombre del movimiento” (traducción propia)

Gray habla sobre la necesidad de aceptarse como una mujer imperfecta y cuyas opiniones no concuerdan en todo con la corriente feminista y en esa imperfección está la libertad de decir, escribir lo que se piensa.

Después de varias conversaciones y algunos meses debo confesar que si algo me estremece más que la “división del movimiento feminista justo ahora” (¡justo ahora!), es el permanecer calladas y que esos debates se den SOLO al interior.  Después de más una década de correísmo y de haber perdido en el camino familiares, amigos, membresías de directorios de organizaciones de derechos sociales y económicos, compañeras, nada me atemoriza más que el debate al interno. Así se fue construyendo el proyecto político de Alianza País cuyas críticas al interno nunca vimos que empujaran la balanza hacia la izquierda o finalmente hacia la más mínima decencia. Esos debates al interno no fortalecieron la visión crítica y terminamos con “feministas de AP” que se soslayaron con el título de sumisas. Esas críticas al interno también son responsables del retroceso de 20 años en Derechos sexuales y Derechos reproductivos con una de las tasas más elevadas de embarazo adolescente en la región y un 15% de mortalidad materna producto de abortos clandestinos.

La crítica y hacerlo público estoy segura que fortalece nuestras luchas, porque si algo amo del feminismo (de los feminismos) es la libertad que nos ha dado a todas para ser nosotras mismas.  

La crítica y hacerlo público estoy segura que fortalece nuestras luchas, porque si algo amo del feminismo (de los feminismos) es la libertad que nos ha dado a todas para ser nosotras mismas.

En esa coherencia y en esa libertad es que entiendo poco lo que está pasando en algunos espacios limitados de nuestra pequeña sociedad (clase media urbana, capital). ¿La sororidad es igual al espíritu de cuerpo? ¿Podemos hablar de sororidad y en base a ella adjudicarnos un rol de juezas respecto de denuncias públicas? Si vamos a ser juezas respecto de las denuncias públicas, ¿cuáles son nuestros mecanismos de autocontrol, autoregulación? Históricamente el sistema de justicia ha protegido (y sigue protegiendo) a los agresores, cierto, pero ¿y los casos mínimos en los que no lo son? ¿y el derecho a su voz y defensa? O partimos del hecho de que son culpables por ser hombres. Si un principio claro al reconocer la frustración/indignación de la administración de justicia del sistema patriarcal es creer lo que denunciamos y no revictimizarnos, la no revictimización solo aplica si son nuestras compañeras, pero no si es la esposa/pareja del defensor del pueblo?

Con anterioridad hemos manifestado la preocupación por los escraches que vulneraron derechos de las propias agredidas. No se puede satanizar todo escrache, pero tampoco respaldar acciones violentas que se hacen a nombre del buen feminismo, ni aunque estas sean escuadrones de autodefensa. No maternamos violentos y tampoco lo hacemos con nuestras compañeras, hijas, colegas, no maternamos la violencia. Tal como afirma Martha Lamas necesitamos si, una transformación cultural y conversaciones públicas, debate público, que se hable de estos temas como para empezar a cambiar ideas y creencias.

Si el objetivo es transformar la sociedad hacia una sociedad más justa quizás las herramientas que se usen también tienen que reflejar otras formas. Tal como dice Bell Hooks, mientras alguna parte del feminismo ha ignorado a los niños y a los hombres jóvenes, el patriarcado capitalista no lo ha hecho. De esa forma, el bienestar emocional de esos chicos no debe ser ignorado pues así no se transformarán en soldados con emociones reprimidas de la sociedad patriarcal. De hecho, no vamos a llegar a ningún lado VIVAS si no cambiamos los hombres que educamos, que parimos, que son nuestros hermanos, tíos, primos… y educarlos, aunque tengan privilegios.

Lo que nos está pasando como organizaciones, como colectivos me preocupa. Ella Baker –mujer negra que luchó codo a codo con Martin Luther King - planteaba ya el concepto de democracia humanista radical.  Cuando algunos hombres y mujeres blancos marcharon con el movimiento de liberación negra en Selma, exponiendo sus cuerpos y sus vidas por una causa que sentían común, eran sus compañeros, aunque pudiera vérseles el privilegio en la piel- nunca llegarían a ser negros (Black). Después de varios años luchando en conjunto, varios compañeros y compañeras blancas fueron expulsados del Black Power. No estoy segura si es algo que queremos para nuestra sociedad haciendo una analogía con el feminismo y el rol de los hombres.

Necesitamos espacios seguros- es un hecho. Pero espacios seguros que incluyan a los niños, hombres que también viven pequeñitos infiernos los fines de semana en medio de la violencia familiar. Espacios seguros para nosotras y para los hombres distintos que nos acompañan y estamos tratando de criar.

Mi papá vivió infiernos pequeños en su niñez y abandonos grandes al crecer. He pasado 20 años descubriendo el sentido de todo lo que pasó, encontrando la voz, moderando la rabia. Hoy puedo honrar también la memoria de mi padre y su humildad, sencillez y necesidad de transformación de la precariedad, la pobreza. No quiero maternar violentos. Necesitamos como sociedad mecanismos de reparación, de NO SILENCIAR LO QUE PASA en esos pequeños infiernos, de sanarnos nosotras y sanar a los niños. De sanar la sociedad.


 Foto: Luis Argüello

La digna rabia feminista

Quiero empezar diciendo que no solo que entiendo y comparto la digna rabia de las feministas, sino que la siento cada vez que me duele en la vida la violencia patriarcal y machista que se comete cotidianamente en este nuestro destruido y desintegrado mundo.

Me indigno y me lleno de rabia cada vez que miro a las cientos y miles de mujeres desaparecidas, torturadas, asesinadas por las corporaciones de los negocios extractivos en complicidad con los estados. Dinámica de dominación capitalista, patriarcal y colonial que se ensaña fundamentalmente con las mujeres, pues somos sin duda las principales defensoras de los territorios y la naturaleza.

Me lleno de infinita y digna rabia por las millones de mujeres traficadas para alimentar los execrables negocios sexuales dirigidos por las mafias del más viejo y típico negocio patriarcal.

Me invade la rabia saber que en el proceso de las migraciones forzadas, hoy uno de los más brutales flagelos humanos sino el mayor, las principales víctimas de la intolerancia, la xenofobia, el oportunismo, y la indiferencia son las mujeres. Mujeres que son sometidas a la esclavitud sexual, a los chantajes sexuales, a las manipulaciones sexuales aprovechando de su desesperación vital por sostener la humanidad propia, la de sus hijas, hijos, hermanas, hermanos, madres y padres.

Me llena de rabia saber que en todo tipo de guerra patriarcal como la guerra entre estados, la guerra entre carteles, la guerra entre pandillas, la guerra entre negociantes, la guerra entre amigos, el primer trofeo de conquista y victoria sobre el enemigo somos las mujeres. Pues está claro que en el intercambio de amor y odio entre hombres, por el cual construyen su identidad patriarcal necesitan el objeto-instrumento que hace posible su ritual masculino. Ahí estamos entonces las mujeres para ser violadas, humilladas, asesinadas, usadas como símbolo del triunfo de un grupo de machos sobre otro.

Me indigno con rabia cada vez que miro una mujer violentada por no tener posibilidades de trabajar y estar obligada a depender económicamente de un hombre, pero más me indigno por las mujeres violentadas por el patrono y toda la estructura de explotación capitalista, que a fin de cuentas se posa en toda su violencia sobre las mujeres trabajadoras. No solo se trata de la explotación laboral en el ámbito público y privado, sino de la violencia sexual como parte del contrato laboral, pues no solo se nos compra nuestra fuerza laboral como a los hombres, sino que en ella está incluida nuestra sexualidad si así lo decide el “patrón”.

Siento la digna rabia cuando nos violentan psíquica, simbólica, social y emocionalmente porque nos convirtieron en mercancías de usos “afectivos” y sexuales. Cuando en rigor no estamos dentro de un intercambio de sentimientos humanos que nos ayuden a crecer juntos, sino en un mercado de usos sexuales unilaterales en el cual el comprador es siempre aquel que ocupa el lugar de la dominación masculina.

Cuando era una adolescente experimente la indignación y la rabia por la dominación capitalista, la experimenté en el cuerpo, en la piel, en la vida. Se había atrancado en mi garganta las cotidianas injusticias a las que estás sometida cuando naciste en el lado contrario al del privilegio de clases.

Simple y totalmente me indigna esta dominación patriarcal, como me indigna la dominación colonial y la dominación capitalista.

Cuando era una adolescente experimente la indignación y la rabia por la dominación capitalista, la experimenté en el cuerpo, en la piel, en la vida. Se había atrancado en mi garganta las cotidianas injusticias a las que estás sometida cuando naciste en el lado contrario al del privilegio de clases. Sentía que solo podría destrabar mi garganta y mi pecho asumiendo la digna rabia de la lucha de clases y entrando a una guerra contra este sistema. Había que declararle la guerra al estado y a la clase que lo define. Así lo hice, me dispuse a dejar mi vida en ello, entendiendo difusamente que contribuía un poquito a transformar este miserable sistema de explotación, injusticias y muerte. Después de mucho tiempo entendí que la guerra es un asunto colonial, capitalista y patriarcal, que lo que hace es afirmar sus estructuras de violencia y que termina revictimizando a las víctimas del colonialismo, el capitalismo y el patriarcado, sobre todo a las mujeres. Creo que la guerra siempre es guerra de la humanidad contra sí misma y lo único que logra es cambiar los contenidos de la dominación, pero no elimina la dominación. Se cambian los contenidos y los sujetos dominantes para mantener la estructura de poder y de dominación.

La guerra por su funcionamiento no busca liquidar los privilegios patriarcales, de clase y de cultura, busca cambiar lo actores de ese privilegio. Los que no tuvieron esos privilegios intentan a través de la guerra tener los privilegios de los “enemigos”, ya que la guerra tiene la estructura del ganador y del perdedor y obviamente para que haya un ganador debe haber un perdedor, es decir una “nueva” dominación afirmada. Quien gana en la guerra, es la misma guerra como estructura de dominación colonial, patriarcal y capitalista. En mi brevísima experiencia de guerra por justicia perdí a una hermana, entre muchos otros compañeros de vida, perdió mi madre una hija y su futuro, perdió un niño a su padre y a su madre, perdí mi estabilidad y seguridad emocional; el conflicto, la violencia y el miedo marcó mi vida y la de mi hija. Al final, los estragos que la guerra deja en nuestros cuerpos, en nuestros espíritus, en nuestros hijos e hijas, en nuestras vidas, los padecemos en soledad, porque la guerra no hace comunidad, no hace humanidad, destruye afectos, destruye complicidades, destruye las vidas; no abre otro mundo, al contrario lo cierra, lo liquida.

Creo que la guerra como posibilidad de transformación de la vida social en función de humanizarla es una trampa del propio dominador, más aún en un contexto donde se ha hecho más que evidente quienes ganan y lucran de ella. La guerra es una disputa entre seres humanos por acceder al lugar del mando y del privilegio capitalista, colonizador y patriarcal, no la forma de eliminar ese lugar y con ello eliminar el privilegio y la dominación que de él se desprende. La guerra no es la posibilidad de establecer un nuevo acuerdo humano que suponga la horizontalidad de las diferencia humanas.

No creer en la guerra no significa en absoluto no apostar por la transformación de la vida social para desmontar todos los sistemas de dominación que dañan a la humanidad. Significa entender que el enemigo no son los seres humanos que hoy ocupan el lugar de los privilegios de clase, coloniales y patriarcales. Sin con esto querer decir que sus actos individuales no deban ser sancionados con todo el peso de la justicia humana. El desafío es desmontar el sistema de privilegios que conlleva una estructura de explotación, de opresión y de mando; cuando las personas entran en el sistema se convierten en explotadores, opresores y violentos. Las personas se deshumanizan al interior de esas estructuras al ejercer y hacer efectivas las relaciones de la dominación.

Desmontar estas estructuras significa que la humanidad se descapitalice, se descolonice, se despatriarcalice y esto, creo, no pasa por lanzar una guerra contra una parte de la humanidad, pasa por poder mirar en el privilegio capitalista, patriarcal y colonial la deshumanización, no fuera de él. Dicho de otra manera, encontrar en el ejercicio afirmativo del privilegio la violencia y no solo en la ausencia de ese privilegio. Cuando un ser humano explota a otro ser humano o a la naturaleza, es ese ser humano el primero que se deshumaniza en el momento en que acumula muerte y se condena a vivir en el infierno de lo sin vida. Cuando un ser humano coloniza a otro ser humano, es ese ser humano convertido en colonizador el que se niega en su humanidad al negar la humanidad del otro, ya que se queda sin posibilidad de construirse en común, se condena a la dolorosa soledad de la autoreferencialidad. Cuando un ser humano violenta a la otra humana deviene en un impotente afectivo, condenado a vivir sin amor, sin cuidado, sin empatía.

Emprenderemos la humanidad toda la tarea más difícil: construir otro mundo sin privilegios y por lo mismo con inmensas posibilidades de acuerdos, complicidades y diferencias humanas que no supongan ningún tipo de dominación.

El ejercicio de la violencia machista en todos sus niveles, como ejercicio del privilegio masculino sobre lo femenino, implica la muestra más clara de la miseria, la impotencia y la degradación humana, es decir la ausencia de toda posibilidad de encontrar, no solo en la otra sino en sí mismo la humanidad. Es así un desecho humano embarrado en su miseria creyéndose triunfador.

Cuando comprendamos esto nos olvidaremos definitivamente de hacer la guerra para conquistar los privilegios de los que ahora padecen los dominadores. Emprenderemos la humanidad toda la tarea más difícil: construir otro mundo sin privilegios y por lo mismo con inmensas posibilidades de acuerdos, complicidades y diferencias humanas que no supongan ningún tipo de dominación.

Personalmente no quiero pasar del lugar de la violentada al lugar del violento, no quiero pasar del lugar de la oprimida, al lugar del opresor, no quiero pasar del lugar de la explotada al lugar del explotador. Deseo que no existan eso lugares, quiero otras coordenadas de encuentro humano. Espero que mi digna rabia pueda construir un otro mundo más habitable, convocando a todas y todos humanos que decidan intentar renunciar a cualquier tipo del privilegio, que creo es la tarea más difícil que enfrentamos. Esta es hoy mi certeza y lo que espero me permita caminar en los años próximos. Y desde esa certeza no soy quien para cuestionar la forma de lucha que las diversas humanidades decidan. Nos deseo suerte en este camino en búsqueda de otro horizonte humano.

[RELA CIONA DAS]

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[CO MEN TA RIOS]

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