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30 de Mayo del 2015
Historias
Lectura: 19 minutos
30 de Mayo del 2015
Juan Jacobo Velasco
FIFA: el fútbol como organización mafiosa

A pesar del escándalo internacional y las detenciones de Estados Unidos, los delegados de la FIFA reelegieron como máximo dirigente a Joseph Blatter, pero este renunció el 2 de junio de 2015.

 

La renuncia de Joseph Blatter parece indicar que las mafias del fútbol mundial han tocado fondo. Son tantos los recursos detrás del fútbol, tanto el interés por hacerse de la organización de un torneo, de los derechos de televisación o de promoción, que a quienes postulan a esos derechos no les quedaría otra que tener que hacerse del favor de los dirigentes a través de millonarios sobornos. La FIFA se llena la boca pregonando un “fair play” paradójicamente inexistente en sus negocios.

Lo de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) es un cuento de mafiosos que no tiene nada que envidiarle a Mario Puzzo.

En esta organización que se sabe superpoderosa porque administra al deporte más popular y lucrativo en término de derechos de televisión, mercadeo y exposición global. Que durante los Mundiales se transforma en un “estado” dentro de otro con el poder de controlar todo lo que ocurre en una extensión de 2 kms. en torno de los estadios. Que impone sus decisiones incluso por encima de las premisas soberanas de los países. En la que sus máximos dirigentes nacionales, regionales y mundiales llevan largos períodos en sus puestos, al punto de que parecen ser cargos inmanentes e irrenunciables. Y en la que a tanto llega el control en cada uno de los capítulos de la entidad, que se festinan los contratos, se compran lealtades y la corrupción pareciera llegar a límites inimaginables.

Las madejas de su poder se mueven tras bastidores porque se parapetan en un mecanismo de lavado “natural”, puesto que hablamos de un deporte en que se dice defender su pureza y en el que el dinero que genera parece inacabable.

Este enclave mafioso que es la FIFA se rige por el mismo código de otras organizaciones delictuales: el silencio. Las madejas de su poder se mueven tras bastidores porque se parapetan en un mecanismo de lavado “natural”, puesto que hablamos de un deporte en que se dice defender su pureza y en el que el dinero que genera parece inacabable. Son tantos los recursos detrás del fútbol, tanto el interés por hacerse de la organización de un torneo, de los derechos de televisación o de promoción, que a quienes postulan a esos derechos no les quedaría otra que tener que hacerse del favor de los dirigentes a través de millonarios sobornos.

La FIFA se llena la boca pregonando un “fair play” paradójicamente inexistente en sus negocios. A eso se suma el silencio comprado a nivel de las asociaciones y los medios de comunicación. Tanto los clubes como la prensa deportiva están cooptados de facto porque los dirigentes hacen uso y abuso de su poder para persuadir o evitar que quienes deben investigar las tropelías que se fraguan en el fútbol puedan hacerlo a consciencia.

Por eso tuvo que ser una investigación secreta, de una entidad con legitimidad como la justicia norteamericana, la que destapara algo que es de conocimiento público pero que se ha negado con alevosía. La policía suiza ordenó el arresto de siete dirigentes de la FIFA por orden de la fiscal norteamericana Loretta Lynch, en el marco de una causa que investiga corrupción por más de 100 millones de dólares en la cesión de los derechos de televisión de distintas competencias y de mecanismos de soborno para apoyar a los países organizadores de los dos próximos mundiales: Rusia 2018 y Catar 2022.

Las historias se repiten

Más allá de que la última elección puso en evidencia un problema voceado desde hace tiempo, sobre la calidad ética -algo que quedó retratado en la frase de la fiscal norteamericana sobre que la corrupción en la FIFA había sido “rampante, sistemática y enraizada”- la falencia de la institución rectora del fútbol mundial es mucho más estructural y profunda.

El último evento es solo un capítulo más de una larga cadena que se viene arrastrando de manera pesada y muy visible desde la elección previa en 2011, en que además de la cuarta reelección de Blatter se votaron las sedes para las Copas del Mundo de 2018 y 2022. Entonces, quedó en evidencia la poca validez de los órganos de control y guía -las elecciones fueron ganadas por las candidaturas menos avaladas técnicamente por la comisión técnica que calificaba a los postulantes-, las acusaciones de corrupción no solo afloraron contra la FIFA en su conjunto, sino que se vieron sazonadas por un historial amplísimo de denuncias con nombres, apellidos y cifras, que coincidían con muchas de las cabezas de las federaciones nacionales.

Lo curioso es que los jerarcas de la FIFA tienen algo muy particular en común. Lo del suizo Joseph Blatter y sus cinco reelecciones es casi anecdótico si se compara con sus predecesores -como el omnipresente Joao Havelange- y sempiternos presidentes federativos como Nicolás Leoz y el difunto Julio Grondona. Sorprende que, en sociedades democráticas y cada vez más sensibles a la rendición de cuentas por parte de las autoridades públicas, los dirigentes futbolísticos se conviertan, en los hechos, en una suerte de preclaros elegidos para llevar las riendas del deporte a perpetuidad.

Sorprende que, en sociedades democráticas y cada vez más sensibles a la rendición de cuentas por parte de las autoridades públicas, los dirigentes futbolísticos se conviertan, en los hechos, en una suerte de preclaros elegidos para llevar las riendas del deporte a perpetuidad.

En las elecciones a la presidencia de la FIFA en 2011, los postulantes no brillaban por sus propuestas sino por las denuncias en su contra. Es sintomático de que, a pesar del manto de sospecha, el Comité de Ética de la FIFA decidió suspender provisionalmente al contendiente de Blatter, el entonces responsable de la Confederación de Fútbol de Asia, Mohammed bin Hammam, pero resolvió no investigar las acusaciones de no haber hecho nada ante supuestos casos de corrupción surgidas contra Blatter. Este ni siquiera consideró la propuesta de Inglaterra de suspender la elección para dar paso a una investigación profunda por parte de un ente independiente y probo. El resultado fue la reelección de Blatter, las caras felices de Leoz y Grondona y la firme convicción de que el poder de la FIFA está por encima del bien y del mal. Y, por supuesto, del retiro.

El inefable “don Julio”

Quizás el caso de poder total, impunidad y corrupción fue el del difunto ex presidente de la Asociación de Fútbol Argentino (AFA), Julio Grondona. Hasta su muerte, llevaba 34 años encabezando la AFA. Era el segundo al mando de la FIFA y estaría en la testera "si supiera inglés" (Blatter dixit). Vivió los momentos de mayor gloria mundial -sobre todo ese maravilloso período de la mano del tándem Maradona-Bilardo- con los torneos ganados por la blanquiceleste en las categorías mayores y juveniles. Antes de morir, había sido reelegido, con mayoría absoluta, como cabeza de la AFA por un noveno periodo consecutivo. Julio Grondona, a quienes en su país todos se dirigen como "don Julio", tiene una historia de éxitos que marcó al fútbol argentino como en ningún otro momento histórico.

Y, no obstante, su permanencia en el cargo resultaba impresentable. Es, quizás, el ejemplo más conspicuo de la mancuerna poder-dinero-influencia que se teje como una nube infecta en toda la jerarquía de la FIFA. Hace tres años lo denunciaron, ad-portas de la elección, con un video que retrataba quién era de verdad "don Julio". En una confesión grabada sin que Grondona lo supiera, este se explayó delante de sus ex aliados sobre todos los dineros negros y las influencias que rondan al fútbol de su país, sobre todo en lo referente a la televisación. Amén de eso, tuvo explícitas declaraciones en las que daba a entender de que a los periodistas que cuestionaban abiertamente a "don Julio", como era el caso de Alejandro Fantino, en cualquier momento los podía mandar a matar.

Las denuncias de soborno que existían sobre Grondona a propósito de su voto para Qatar en la elección de la sede del Mundial de fútbol de 2022 no le hicieron mella ni casa adentro, ni internacionalmente. Tenía  amarrado a todo el fútbol argentino detrás de su sombra. Y debe ser así, porque nadie, en serio, puso una voz de alarma o inició una campaña cuestionando la elección tras los videos.

De la boca del propio Grondona salió la descripción de los manejos turbios y una explícita amenaza contra la vida de los periodistas -una minoría- que disienten y enfrentan al poder de la AFA.

Más aún, cuando de la boca del propio Grondona salió en la grabación la descripción de los manejos turbios y una explícita amenaza contra la vida de los periodistas -una minoría- que disienten y enfrentan al poder de la AFA. En muchas circunstancias el periodismo argentino hace causa común e indaga en las miasmas del poder. Pero ese no pareció ser el caso con "don Julio". Ni dentro o fuera de la Argentina, los periodistas de ese país -bastaba con leer la prensa argentina por Internet o ver los noticieros o la programación de Fox Sports o ESPN- estaban realmente preocupados de investigar al mandamás de la AFA, ni cuestionaban o se preguntaban los por qué de un periodo tan extenso en el poder.

Hay un problema de legitimidad en la jerarquía del fútbol mundial, en donde el caso de Grondona alcanzó ribetes increíbles. Su poder e inmunidad afianzó la impresión de que el silencio periodístico tiene que ver tanto con el poder explícito que la AFA ejerce sobre los medios de comunicación, como con la relación que tenían los medios con "don Julio", en donde, hasta antes que el Gobierno de los Kirchner nacionalizara la transmisión de los partidos de primera división, muchos medios de comunicación gozaban del monopolio de las transmisiones exclusivas tanto de los partidos como del acceso a la interna del mundo del fútbol. Y, en ese sentido, había mucha ropa tendida. "Don Julio" no dejaba cabos sueltos. Lo que le permitió seguir al mando de la AFA hasta que la Parca se lo llevó en 2014.

La mancuerna que acorrala a la FIFA

Una especial reacción pública tuvo la FIFA ante las dos investigaciones que golpearon esta semana al fútbol. Respecto del caso que lleva la justicia de Estados Unidos, con 14 acusados y varios dirigentes detenidos, se desligó apuntando a que eso tenía que ver con problemas de la Concacaf y la Conmebol. Pero frente a la actividad de la fiscalía suiza, que analiza la elección de Rusia y Catar como sedes mundialistas, un comunicado expresa la máxima cooperación ya que el organismo se siente afectado, destacando que fueron los promotores de que se investigara.

"La detención de seis personas el 27 de mayo por la mañana en Zúrich tiene que ver con investigaciones que lleva a cabo la oficina estadounidense del fiscal del distrito este del Estado de Nueva York. Las autoridades suizas, actuando en nombre de sus homólogos estadounidenses, detuvieron a varias personas en relación con negocios realizados en las zonas de la CONCACAF y la CONMEBOL", declara la FIFA en el comunicado oficial.

Pero del segundo caso destaca que "se deriva de la iniciativa que adoptó la FIFA al presentar el expediente del proceso de selección del anfitrión de las ediciones 2018 y 2022 de la Copa Mundial de la FIFA ante el Ministerio público de la Confederación Helvética en noviembre de 2014. Las autoridades aprovechan la oportunidad que se presenta con la celebración del Congreso de la FIFA en Zúrich para entrevistar a los miembros del Comité Ejecutivo de la FIFA que no residen en Suiza, que aún ejercen su mandato y que emitieron su voto en 2010".

La pregunta que quedó rondando la semana pasada es si puede seguir el suizo Joseph Blatter al timón tras el tsunami del miércoles pasado, que terminó con 14 detenidos de la entidad.

A Joseph Blatter, de 79 años, le gusta presentarse como un  "capitán que no abandona el barco cuando el mar está agitado"; palabras que resuenan más que nunca. La pregunta que quedó rondando la semana pasada es si puede seguir el suizo al timón tras el tsunami del miércoles pasado, que terminó con 14 detenidos de la entidad. La respuesta la dieron las 209 federaciones que votaron el viernes por un quinto mandato de Blatter. El resultado no solo era esperable sino el más comprensible pensando en el esquema con el que opera una organización muy oscura. No existe ningún interés real en hacer una rendición de cuentas y en asumir la responsabilidad ética, política y administrativa que amerita una renuncia de todo el Comité Central, presidente incluido.

Pero quizás lo que acaba de ocurrir pueda ser mucho más devastador y sanador de lo que Blatter y los suyos piensan. Si la investigación en EEUU da cuenta del esquema delictivo que alcanzaría unos 150 millones de dólares, que incluyen transferencias a diferentes paraísos fiscales -incluyendo Suiza- y los imputados comienzan a confesar, nada raro sería que los dedos empiecen a apuntar a Blatter y al resto de jerarcas de la FIFA.

En la investigación Suiza que está centrada en la elección de las sedes de 2018 y 2022, en la que Catar es por lejos el ejemplo claro de una selección amañada -que incluye denuncias de ex personeros cataríes que confiesan la dación de coimas a cambio de votos- además tiene una componente de desmesura que debiera llevar a una reflexión más profunda. El costo estimado de la Copa del Mundo de Sudáfrica en 2010 fue de 2.7 miles de millones (mm) de dólares. En Brasil 2014 fue de 15 mm. En Rusia 2018 se estima en 20 mm. Pero en Catar esa cifra alcanzaría los 200 mm, casi diez veces los del mundial ruso. Eso, a pesar de que Catar apenas tiene una población de 2 millones de habitantes, lo que llevaría a un gasto per cápita de 100 mil dólares, 1852 veces el gasto por persona que tuvo Sudáfrica. Por ende, no es para nada extraño imaginar que si el país árabe quería hacerse de la organización del Mundial contra toda lógica deportiva e histórica, gastar unas decenas de millones de dólares en sobornos no le resultaba nada difícil pensando las dimensiones del presupuesto proyectado.

Lo que hay que hacer

Pareciera que no hay mucho que hacer sino esperar a que la justicia externa llegue a una entidad  abusiva, oscura y casi inmune como la FIFA. Pero no. Así como las sociedades nos organizamos para pedirles a los gobiernos rendición de cuentas y combate a la corrupción, a los aficionados, clubes y al periodismo nos compete la misión de poner el tema en el debate público, en exigir que se implementen reformas y en hacer propuestas para cambiar el esquema de gobernanza del ente rector.

Un cambio sencillo y eventualmente efectivo puede ser el de limitar los periodos de reelección y la obligación de declaración patrimonial sujeta a la fiscalización de órganos judiciales locales e internacionales.

Los hinchas, jugadores, dirigentes y los medios de comunicación no podemos ser cómplices financiando al fútbol o usufructuando de él y luego quejándonos de la corrupción imperante.

Los hinchas, jugadores, dirigentes y los medios de comunicación no podemos ser cómplices financiando al fútbol o usufructuando de él y luego quejándonos de la corrupción imperante. Hay que poner en práctica mecanismos de resistencia, como una campaña de transparencia que obligue a tomar medidas en serio o la no asistencia ni visualización de partidos. Suena difícil y auto-atentatorio, pero solo con medidas de fuerza –en este caso moral-, de manera sostenida, se puede llegar a forzarle la mano a una organización que tiene patente de corso.

Lo otro es impulsar Federaciones alternativas. Algo así como provocar un sisma. Cuando la competencia empieza, se reduce el poder. Esquemas de gobernanza alternativos más transparentes, que no solo prediquen sino que apliquen el “fair play”, pueden ser increíblemente atractivos y poderosos a la hora de mandar mensajes y facilitar cambios de verdad.

La reflexión ética no solo puede centrarse en la corrupción. Lo del Mundial de Catar debiera llevar a un cuestionamiento mucho más profundo sobre el tipo de deporte y espectáculo que queremos y si debemos validar los excesos que comienzan a producir fuertes desequilibrios en el deporte, empezando por el más visible de la corrupción, pero alcanzando también aspectos deportivos y de sostenibilidad financiera del fútbol mundial.

Pero lo principal es la constancia de la acción. De nada sirve si se espera a que cada cuatro años, durante la elección de autoridades, las anomalías salten de nuevo a la palestra. Se vuelve fundamental una veeduría de todos los que estamos vinculados al fútbol para que el estupor y la rabia frente al abuso de la FIFA encuentren un canal y a diferentes mecanismos que conduzcan a la reforma de la institución.

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