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29 de Noviembre del 2021
Historias
Lectura: 15 minutos
29 de Noviembre del 2021
Daniel Pontón C.
Fito, Rasquiña, Junior y la fascinación por los demonios
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Fotomontaje: PlanV

 

La fascinación por los demonios es la historia del bandolero social que en el contexto actual ha tomado características culturales a través del poder mediático. He ahí donde radica el poder de los líderes carcelarios y donde empieza el mayor peligro. Bienvenidos a la narcocultura.


Adolfo Macias, alias Fito y Junior Roldan, alias Jr., líderes supremos de la poderosa banda de los choneros, se han constituido en el enemigo público número uno del Gobierno nacional. Su importancia es tal que han orientado la esquizoide cruzada gubernamental para recuperar el control carcelario fundamentado entre la necesidad de aplicar medidas extremas de control y confinamiento, o la posibilidad de ser los gestores de la tan anunciada pacificación.  Señalados como uno de los principales ideólogos de la últimas y escandalosas masacres en las cárceles, son la cara visible y no anónima de la violencia carcelaria actual. Su poder es tal que se han atrevido incluso a desafiar al poder soberano del Estado sobre el control de las cárceles y calles, imponer privilegios y condicionar la paz. Al parecer, no existe decisión en el mundo carcelario que trascienda su aprobación e interés. El narcotráfico, la violencia, el miedo y la corrupción han sido determinados como los ejes de su creciente poder.

Encarnados como sanguinarios y crueles demonios que dominan el abyecto mundo carcelario, esta maldad parece haberse transformado en fascinación mediática. A partir de las histriónicas masacres carcelarias de los últimos años, una ola de noticias y reportajes difundidos por los medios de comunicación masiva y las redes sociales, dan luz y recrean su historia delincuencial, su esquema de poder, sus historias familiares, entre otras cosas. Del oscuro protagonismo del submundo criminal y la jerga policial, su antiguo ostracismo contrasta con su enorme popularidad actual. No existe noticiero que no haya alimentado sus contenidos sin hablar de estos personajes (incluido su fallecido jefe predecesor).

Por esta razón, no tendría sentido analizar el poderío de estos líderes carcelarios sin tomar en cuenta la amplificación mediática. Lamentablemente, esto ha sido mejor comprendido por los líderes carcelarios, que por el propio Estado pues su estructura de relaciones públicas parece estar funcionado a la perfección. La guerra entre bandas es más que drogas, armas y poder, es además una disputa comunicacional y diría yo cultural. Solo así se explica la muerte Christopher Arcalla Ramírez en el sonado caso de la muerte de Alex Quiñonez (atleta ecuatoriano), quien hacía música urbana a favor de los tiguerones acérrimos rivales de los choneros. La experiencia internacional nos dice que la muerte a periodistas es parte de esta guerra comunicacional.

no tendría sentido analizar el poderío de estos líderes carcelarios sin tomar en cuenta la amplificación mediática. Lamentablemente, esto ha sido mejor comprendido por los líderes carcelarios, que por el propio Estado pues su estructura de relaciones públicas parece estar funcionado a la perfección.

El caso de Rasquiña, Fito y Jr. parece circunscribirse a la larga lista de bandidos sociales populares que poco nos cuentan los clásicos libros de historia convencionales. Peter Andreas en el año 2013 escribió un libro denominado Smuggler Nation, para dar cuenta de cómo la mentalidad oscura gansteril del manejo de los negocios ilícitos ha influido cultural, económica y políticamente a Estados Unidos. Para este autor, los traficantes forjaron también los cimientos de la nación más poderosa del mundo, pero son parte de la historia no contada de ese país. La historia estadounidense al final de cuentas no es más que una continua y dialéctica contienda entre puritanos y bandidos. En consecuencia, el cine y la televisión ha sido una estrategia hábil para recrear como mitologías y leyendas a estos oscuros personajes.

América Latina es también rica en ejemplos de esta naturaleza.  Por ejemplo, sobre la exuberante y temeraria figura de diversos poderosos narcotraficantes se ha generado una poderosa mitología de héroes populares gánsteres, que colinda incluso con prácticas religiosas. A partir de ello, el mercado ha sabido explotar una onerosa industria cultural que ha perdurado muchos años después de su muerte o encarcelamiento. Quizá el poder de esta industria se acerque a las cuantiosas cifras que han movido en sus actividades delictivas. Prensa, literatura, cine, series de televisión, música, la política e incluso la academia, han reproducido una especie de narcoidolatría. Estar en Netflix parece ser su máximo objetivo. Después de todo, la maldad es también una fuerza seductora, compleja y anclada a una carismática personalidad criminal.


Una de las representaciones comunes de las familias mafiosas, que son las más vistas por los ecuatorianos.

Estos líderes castigan cruelmente, pero también curan, disponen y perdonan. Solo es cuestión hablar por las buenas con él a través de una transacción normalizadamente injusta. Del chantaje, extorsión y terror, se pasa fácilmente, a través del carisma, a la protección y sentido de pertenencia. Lo único que se le pide a la gente es cerrar la boca, lealtad y obediencia. Su personalidad es cautivante, cínica y embriagadora que inclusive puede sacar la risa con su cinismo a los más fervientes detractores.  

Quitan a través del despojo criminal, pero también distribuyen, reparten y arreglan problemas sociales mediante cuantiosas cifras de ayuda para los desposeídos. Si se trata de justicia, no se preocupe, ellos pueden hacer el trabajo mejor que jueces y policías (incluso resuelven secuestros) pues disponen de la información privilegiada e influencia en una red de soplones del bajo mundo. Una especie de justicieros sociales a espaldas de lo legal que garantizan un individualizado sentido de lo justo. A los enemigos, la muerte, a los amigos el cielo. Lo que el Estado no puede lograr, te lo dan ellos. Todo es cuestión de plata o plomo. El dinero, el poder y sus prebendas son solo derivaciones de esa simple ecuación. Total, bien merecido lo tienen por chingones, berracos o bacanes.

Vivir en la banda es también ser alguien en la vida, es ser respetado y el líder es la expresión respetada e idolatrada de ese modo de vida. Matar a alguien no es solo una cuestión personal. Es hacerlo por la banda y ayudar al líder a acrecentar su poder.

Pero este carisma lúgubre no es más que el gran atractor de una serie de representaciones sociales (a manera de capas tectónicas) de compleja comprensión. David Matza, el criminólogo de las subculturas criminales, acuñó el concepto de “valores subterráneos.” Para él las subculturas lejos de ser un espacio de transmisión de valores y técnicas ilícitas, ponen en el centro de su vida una serie de valores socialmente difundidos pero que no son centrales para la cultura convencional. Así, el dinero, las armas, las drogas, la violencia y el machismo, son los pilares de una vida basada en la aventura y la búsqueda de excitación. No es que la sociedad no le dé importancia, guste y practique estos temas, pero para las subculturas criminales son asuntos preponderantes.

Quizá esa perspectiva sirva ahora para entender los significados sociales para la fascinación por estos carismáticos demonios.  Sociedades de sobrevivencia y exclusión que, negadas en posibilidades legales, no les queda más que recurrir a medios ilegítimos convencionalmente para lograr las incluyentes metas culturales como el dinero, el poder y el éxito. Para qué vivir una vida entera de rodillas, si puedo vivir aunque sea poco tiempo de pie y con dignidad.  La solidaridad e identificación grupal, étnica, etaria o cultural de las bandas al final permiten vivir mejor en cana y en la sociedad donde se niega todo. El líder es la expresión de esos valores subterráneos, valores que todo el mundo tiene, pero no los reconocen por mojigatería. Vivir en la banda es también ser alguien en la vida, es ser respetado y el líder es la expresión respetada e idolatrada de ese modo de vida. Matar a alguien no es solo una cuestión personal. Es hacerlo por la banda y ayudar al líder a acrecentar su poder. Entre más espectacular y profesional mejor y aunque el líder no le guste él sabe de su potencialidad.  El mundo del exceso es el mundo de los dioses.

Pero esta fascinación no solo se circunscribe a estos grupos poblacionales. La popularidad de estos líderes carcelarios no se podría concebir sin una difusión a audiencias más amplias que la simple marginalidad delictiva. La criminología mediática por ejemplo explica, cómo la opinión pública incide o dirige los procesos penales, y recrea imágenes estereotipadas sobre el perfil criminal y su mundo. Al final lo que uno sabe del infierno carcelario lo consume de lo publicado por medios de comunicación y redes sociales. No obstante, esta criminología mediática no es más que una criminología del inconsciente colectivo de la indignación social y no de la fascinación. Quizá entre el uno y otro caso hay una delgada línea, pero esa delgada línea abre un mundo de diferencia.

Omar Rincón, conocido antropólogo colombiano en su texto denominado Todos llevamos un narco dentro. Un ensayo sobre el narco/cultura/telenovela como modo de entrada a la modernidad, decía que no hay que ser un narco para deleitarse de su mentalidad. La mentalidad que toda ley se puede comprar y es buena cuando me sirve. El ascenso socialmente a cualquier costo, el hedonismo del consumo, el éxito y la figuración social son valores socialmente difundidos. En la perspectiva de Rincón, es una crítica a la sociedad contemporánea latinoamericana, donde la narcoestética se constituye en una ritualizada forma de canalizar estos valores altamente compartidos.  La fascinación por los demonios, por tanto, no es más que una expresión sublime de esta narcoestética.

Para el político, un carismático líder del hampa pasa de ser un enemigo público a un enemigo útil. La obsesión por atrapar y neutralizar demonios podría constituirse en fascinación sobre todo cuando logra encubrir la incompetencia.

Pero esta estética se la vive también de forma diferenciada. Los empresarios que evaden impuestos talvez encuentran en esta narcoestética una remembranza del viejo y añorado capitalismo del despojo salvaje. La fascinación por los demonios no sería más que una semblanza del intrépido e inescrupuloso emprendedor.  A final de cuentas, todo es cuestión de formas, y el dinero siempre ha corregido problemas de clase. Para el puritano, la fascinación por los demonios sería la recreación del infierno. Entre más vil y trágica la historia mejor, pues se los merecen los pecadores y es un llamado de conciencia para muchos.   

Para el político, un carismático líder del hampa pasa de ser un enemigo público a un enemigo útil. La obsesión por atrapar y neutralizar demonios podría constituirse en fascinación sobre todo cuando este propósito logra encubrir la incompetencia y las bajezas de la política y reconfigura la popularidad de los gobernantes. El líder es reemplazable, y todo depende del momento para permitir que otro líder tome la posta.  Solo es cuestión de mantener la expectativa de público con épicas historias de policías y ladrones. Al final siempre la lucha contra el crimen será un tema político, hecha por los políticos y que se resuelve en términos políticos. La narcopolítica contada de esta forma es otra manera de entender esta fascinación en su amplio espectro. 

Tuve la oportunidad de conocer Culiacán-Sinaloa en el año 2013, en una capacitación a la policía municipal de esa ciudad. A finalizar el curso un policía me ofreció hacerme conocer esa pintoresca ciudad y sorpresivamente me enseño la casa de los hermanos Beltrán Leiva. En la mirada del policía se podía leer una mezcla de temor, indignación y orgullo. Temor por la dimensión que ha adquirido el narco en ese país, indignación por el sufrimiento vivido por él y sus compañeros muertos. Orgullo, porque al fin y a al cabo estos demonios le habían dado una identidad, fama y cierta prosperidad a su ciudad y quien sabe a su nación. Después de todo, la historia de ese país está llena de leyendas de bandoleros y revolucionarios.  Pongo esta experiencia, porque justamente el poder de la de estos demonios radica en la polivalencia de su compresión y valoración.  La fascinación por los demonios es la historia del bandolero social que en el contexto actual ha tomado características culturales a través del poder mediático. He ahí donde radica el poder de los líderes carcelarios y donde empieza el mayor peligro. Bienvenidos a la narcocultura.

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