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11 de Enero del 2024
Historias
Lectura: 21 minutos
11 de Enero del 2024
Ugo Stornaiolo (*)
Haití: un “no país” del que poco se habla
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Foto: Jacobin /(Richard Pierrin / AFP via Getty Images)

 

En Haití se ha afianzado una cultura de violencia, donde el poder es comprado o tomado por las armas y las drogas, que proporcionan dinero para la corrupción. Así, cuando alguna facción conquista el poder, solo lo ejerce directa e inmediatamente, sin pasar por las instituciones. La pandilla que ocupa cada distrito establece impuestos de paso.


Haití es un país ubicado en la isla de La Española, compartiéndola con la República Dominicana. Su historia es muy rica y compleja, pero también llena de muchos problemas a lo largo de los años y marcada por eventos significativos que han influido en su desarrollo. Durante la época precolombina esta isla fue habitada por poblaciones indígenas, principalmente los taínos. Fue uno de los primeros puntos que, en 1492, avistó y en donde desembarcó Cristóbal Colón en su primer viaje al Nuevo Mundo.

Luego de la llegada de Colón, la parte occidental de la isla —denominada Quisqueya— fue cedida a España, mientras que la parte oriental quedó bajo ocupación de los franceses, donde éstos establecieron plantaciones de azúcar utilizando mano de obra esclava africana, proveniente de ese continente de una manera cruel —como recogieron los libros de historia—, lo que inició el proceso de cambio de la raíz étnica de esta colonia caribeña.

Desde 1791 hasta 1804, inspirados por las ideas de libertad e igualdad de la Revolución Francesa, los esclavos haitianos se sublevaron contra los franceses. Sus líderes fueron Toussaint Louverture y Jean-Jacques Dessalines. Este movimiento consiguió una inédita independencia: la primera en América Latina y la segunda en el continente, luego de Estados Unidos.

Pese a haber obtenido tempranamente su independencia, Haití enfrentó muchas dificultades que impidieron su consolidación como estado, empezando por la deuda que tuvo que pagar a Francia por la pérdida de sus propiedades y esclavos, lo que limitó el desarrollo económico del país. Por esta razón, muchos fueron los períodos de inestabilidad política y de lucha encarnizada por el poder con numerosos conflictos internos y golpes de Estado.

Durante todo el siglo XIX y a principios del XX, Haití experimentó varias intervenciones extranjeras, que incluyeron ocupaciones estadounidenses y europeas, que contribuyeron a que se incremente la deuda del país y a una inestabilidad política.

Con la llegada de “Papa Doc”, François Duvalier, al poder en 1957, se instauró una sangrienta dictadura, aupada en muchos casos por la santería y la brujería, traídas desde África por los esclavos negros y que se enraizó en esa parte de la isla. Las matanzas y muertes eran comunes por la existencia de la temible guardia estatal, denominada “Tonton Macoutes”. Jean Claude Duvalier “Baby Doc”, asumió el poder tras la muerte de su padre, manteniendo el esquema de represión, terror y corrupción y aislando a Haití del resto del mundo.

En 1986, hubo una fuerte presión interna y externa que logró la caída de Baby Doc, quien huyó a Europa, marcando el inicio de un período de transición hacia la democracia. Sin embargo, la inestabilidad política ha continuado en las décadas siguientes, con una serie de golpes de Estado y elecciones cuestionadas, con denuncias de fraude. Solo en el período inicial del exsacerdote salesiano Jean Bertrand Aristide se logró cierta fase de paz, muy corta, por cierto. En tiempos más recientes, Haití padeció un devastador terremoto de 2010, al que se sumó una epidemia de cólera y la continuidad de la inestabilidad política.

Actualmente, las pandillas y bandas delincuenciales dominan buena parte de la capital, Puerto Príncipe, y en otras zonas del país. Los esfuerzos de organismos como la ONU no han logrado ningún tipo de mejoría en la situación y, más bien, grupos de soldados “cascos azules” de ese organismo han sido frecuentemente denunciados por violaciones y otros abusos a los derechos humanos.

Un manifestante porta un pedazo de madera, como si fuera un rifle, durante una protesta antigubernamental en Puerto Príncipe el 3 de octubre del 2022. (Odelyn Joseph / Associated Press)

Principales problemas del país

Pobreza extrema: Haití es uno de los países más pobres del hemisferio occidental. La mayoría de la población vive en condiciones de extrema pobreza, con acceso limitado a servicios básicos como educación, salud y vivienda.

Inestabilidad política: Haití ha experimentado periodos de inestabilidad política a lo largo de su historia, con golpes de Estado, conflictos internos y cambios frecuentes en la administración gubernamental.

Desastres naturales: el país ha sido golpeado por numerosos desastres naturales, como terremotos, huracanes e inundaciones. El terremoto de 2010 fue especialmente devastador, dejando a gran parte de la población en una situación de miseria.

Terremoto en el 2010. Tras varios días, la capital de Haití siguía siendo una calle sin salida sepultada por un amasijo de escombros y vigas torcidas, donde una mujer trataba de abrirse paso entre el olor dulzón a cadáver que golpea en cada esquina. Foto: Gorka Lejarcegi

Débil infraestructura: la infraestructura de Haití es limitada y en muchos casos está en mal estado. Esto dificulta la prestación de servicios básicos y la recuperación rápida después de los desastres naturales y cualquier otro tipo de catástrofe.

La falta de acceso a servicios de salud adecuados: que ha contribuido a problemas de salud generalizados en Haití, incluidas enfermedades como el cólera.

Problemas medioambientales: la deforestación y la degradación ambiental han afectado negativamente a la agricultura y a la seguridad alimentaria en el país.

Desafíos educativos: a pesar de los esfuerzos, el sistema educativo en Haití enfrenta problemas, como la falta de recursos, infraestructuras inadecuadas y bajos niveles de matriculación y finalización escolar.

El académico belga Marc Maesschalck en su texto Haití: del colapso del Estado al narco-caos, hace una disección del actual problema de este, ya calificado, como “no país” o “Estado fallido”: “Hace diez años, la movilización tras el terremoto de Haití tuvo un impacto mundial. Ésta fue tan emotiva como la devastación que azotó la isla el martes 12 de enero de 2010 a las 4: 53 p.m. hora local. Pero dicha emoción sólo duró un tiempo, al igual que la acción de emergencia. Diez años después, Haití todavía parece estar enredado en la búsqueda de un futuro político más pacífico que está aún por llegar”.

en Haití, es la negación del poder público por parte de todos los actores en interacción, lo que produce un ambiente de violencia y conflicto permanente que afecta a todos los niveles de la vida política y la sociedad.

Maesschalck, como muchos otros autores, se refiere a Haití como un no país o un caos interminable. La información que llega al mundo es bastante escasa y solo muestra aquello que se puede constatar a simple vista: un país en caos, pandillas motorizadas tomando el control de ciudades y barrios, venta de drogas a la luz del día y autoridades inexistentes o inservibles que no logran tomar el control de la situación.

Algo común, como sostiene este autor, es que “en Haití, es la negación del poder público por parte de todos los actores en interacción, lo que produce un ambiente de violencia y conflicto permanente que afecta a todos los niveles de la vida política y la sociedad. Un caos permanente que ni la fuerza puede capturar y estabilizar. ¿Cómo deconstruir esta evidencia y reinterpretarla a partir del interés del actor que constantemente sufre las consecuencias, es decir, a partir de la gran mayoría de la población haitiana en su existencia diaria, pacífica, pero violentada y reprimida?”

Muchos medios internacionales hablan de una crisis iniciada desde julio del 2018, provocada por los actos de corrupción de los expresidentes Martelly y Préval, relacionados con contratos de entrega de petróleo desde Venezuela, a un precio de venta muy por debajo de la tarifa internacional y que se cristalizaron como préstamos a muy largo plaz. Pero el alcance de la palabra crisis va mucho más allá de ese período.

En países como la vecina República Dominicana hubo también desvíos de los fondos petroleros venezolanos asignados para proyectos de desarrollo. Pero en el caso haitiano casi la totalidad de los recursos asignados originalmente (92,4%) no llegaron al destino previsto, por el favoritismo en contratación pública, mala ejecución de los mismos y desvío de los fondos, pagos duplicados a dos empresas por el mismo trabajo. Muchas empresas, como Agritrans o Betexs denunciaron que el Tribunal de Cuentas solo fue una pantalla para posibilitar el enriquecimiento ilícito de miembros de sucesivos gobiernos y de la elite dominante. Los montos hablan de USD 1,5 millones de un total de USD 2,2. Tras el terremoto de 2010, Venezuela canceló USD 395 millones de la deuda externa de Haití.

Así, como reconoce el académico belga, “no menos de 350 millones de dólares se liberaron bajo la presidencia de Préval, con procedimientos "aligerados", posibles gracias al estado de emergencia que permite eludir la regulación habitual de las contrataciones públicas. El aumento repentino de los precios de la gasolina fue, por lo tanto, el detonante de los movimientos sociales que denunciaron la corrupción de las élites a todos los niveles, y en particular la del entonces presidente en ejercicio Jovenel Moïse -luego asesinado-, quien se negó a juzgar a los culpables”.

Ya no haría ni siquiera falta decir que el Estado ha fracasado en todas sus misiones soberanas, pero tampoco es un país que amenace la paz y seguridad internacionales. Muchos haitianos recurren a los dos caminos que les quedan: huir por alta mar o vía aérea hacia países como el Ecuador.

La raíz de los males es más profunda y preocupante. En Haití han colapsado todas las estructuras estatales, aspecto relacionado con la corrupción descentralizada que prevalece, pero que es solo una parte del problema. En el país caribeño cada actor político que ocupa un cargo trata de aprovecharlo al máximo para beneficio personal. Esto solo es posible porque se trata de un “estado fallido” o “frágil”.

Ya no haría ni siquiera falta decir que el Estado ha fracasado en todas sus misiones soberanas, pero tampoco es un país que es una amenaza a la paz y seguridad internacionales. Muchos haitianos recurren a los dos caminos que les quedan: huir por alta mar o vía aérea hacia países como Ecuador u otros centroamericanos y desde allí intentar el paso por las fronteras de México hacia Estados Unidos o, por el otro lado, tratar de sortear los controles y entrar ilegalmente al país vecino, República Dominicana.

Una creencia en los muertos vivos o “zombies” forma parte de los ritos santeros de los brujos haitianos y de la cotidianidad del país. Lo grave no es que la mayoría de los haitianos crean en esta especie de ritualismo, sino que el propio país se encamina a convertirse en un Estado Zombi. En Haití ya no se cree en un buen gobierno, en un adecuado manejo de las cifras económicas, en seguir corrientes mundiales, porque su cuestionamiento como estado hace que sea imposible ubicar o catalogar al país como parte de alguna tendencia o modelo vigente.

La cuestión central en Haití, frente a esta situación en las instituciones públicas, radica más bien en la reconstrucción de una relación positiva con la función estatal, como sostiene Maesschalck. Desde la caída del régimen de Duvalier, los actores políticos cedieron el Estado a las guerras de clanes, a intereses privados y eliminaron la relación entre la acción estatal y el servicio a los ciudadanos. La sociedad civil reemplazó las funciones del Estado con el accionar de los clanes o pandillas que controlan instalaciones e infraestructura.

Según Maesschalck, “se trata sobre todo del legado de una estructura dictatorial centralizada, establecida por François Duvalier sobre las estructuras represivas y la centralización extrema que dejó la ocupación estadounidense entre 1915 y 1934. Duvalier padre quería un régimen duradero, el cual, de hecho, ha beneficiado a su hijo”.

Todavía en los años ‘80, el nivel de las instituciones, el Ejército y la Iglesia todavía garantizaban cierta estabilidad al servicio de un modelo jerárquico represivo. La identificación del Estado con el duvalierismo hizo imposible, tras la caída de la dictadura, construir un sistema democrático.

Mientras los estadounidenses creían que Haití podía convertirse en una nueva Cuba, los actores locales intentaban reconstruir un espacio público tras 30 años de represión. La transición debilitó más al país: por eso la sucesión casi permanente de golpes de Estado, embargos e intervenciones militares extranjeras. Los pilares del antiguo régimen duvalieristas se rompieron en pedazos y dieron paso a una inestabilidad constante. Los partidos aparecen y desaparecen con cada elección y los grupos populares se volvieron una especie de organizaciones criminales, al servicio del mejor postor.

Mientras los estadounidenses creían que Haití podía convertirse en una nueva Cuba, los actores locales intentaban reconstruir un espacio público tras 30 años de represión. La transición debilitó más al país: por eso la sucesión casi permanente de golpes de Estado, embargos e intervenciones militares extranjeras.

Tras el retorno al poder de Jean-Bertrand Aristide, en 2000, los carteles de la droga y las bandas armadas se adueñaron del espacio público. Figuras del narcotráfico se postularon y accedieron a cargos parlamentarios para defender sus intereses. Haití se convirtió en un narco Estado. Ni la salida forzada de Aristide en 2004 ni el terremoto en 2010 cambiaron esta situación. Un informe del Small Arms Survey Program, apoyado por el Instituto de Estudios Internacionales en Ginebra informa, que en 2005, más de 400,000 armas circulaban en un país cuya población era de unos 10 millones.
La intervención internacional tras el terremoto sólo retrasó el colapso del narco Estado haitiano. La comunidad internacional compensó el incumplimiento del Estado y ayudó a ocultar los problemas reales y se enfocó en la zona del desastre.

El presidente de Haití, Jean-Bertrand Aristide (izq.), que ganó las elecciones del 16 de diciembre de 1990, flanqueado por el comandante general de las fuerzas armadas haitianas, Herard Abraham, escucha el himno nacional (Puerto Príncipe, Haití, 1991)

Una posterior epidemia de cólera mostró más problemas latentes.  La indigencia general de una población que se acostumbró a la asistencia humanitaria posibilitó que los canales de corrupción operen a tiempo completo para absorber los recursos que llegaban a Haití, corrompiendo incluso a los propios actores internacionales.

Tras la retirada de la comunidad internacional, que sugirió una primera elección de transición en 2011, cuando las consecuencias del desastre aún eran palpables, hizo falta otra, en 2015, con Jocelerme Privert, presidente del Senado, para imponer en noviembre de 2016 a un candidato que supuestamente debía mantener la línea planteada en 2011 por los organismos internacionales. Dicha transición favoreció el compromiso entre los intereses de las facciones competidoras en el reparto de ganancias de las drogas y el tráfico de otras mercancías.

Un Estado colapsado

En Haití se ha afianzado una cultura de violencia, donde el poder es comprado o tomado por las armas y las drogas, que proporcionan dinero para la corrupción. Así, cuando alguna facción conquista el poder, solo lo ejerce directa e inmediatamente, sin pasar por las instituciones. La pandilla que ocupa cada distrito establece impuestos de paso.

El diputado que negoció su elección tiene derecho de preferencia a las actividades relacionadas con su circunscripción, el Presidente electo gobierna para sí mismo y para el clan que lo financió. La prensa colapsó al igual que el Estado. Las frecuencias fueron privatizadas y los diputados tienen sus propias radios donde hacen propaganda. Entre los medios más escuchados están las radios financiadas por líderes de pandillas que promueven su propia agenda antidemocrática. Ciertos medios de comunicación profesionales tratan de sobrevivir, pero tienen poca audiencia.

Claude Joseph hablando en Puerto Príncipe, el jueves. El primer ministro interino asumió el mando del gobierno y los servicios de seguridad tras el magnicidio del presidente Jovenel Moïse. Credit...Richard Pierrin / Getty Images 

En este "narco-caos", ni los partidos ni las organizaciones sociales tienen existencia real. Se trata siempre de pequeños grupos reunidos en torno a líderes que obtienen un beneficio directo de ellos, que se alían entre sí según las circunstancias (o según el golpe a efectuar).

“En este "narco-caos", ni los partidos ni las organizaciones sociales tienen existencia real. Se trata siempre de pequeños grupos reunidos en torno a líderes que obtienen un beneficio directo de ellos, que se alían entre sí según las circunstancias (o según el golpe a efectuar) e instrumentalizan a la población en sus negocios gracias a sus dos armas: dinero y terror”, agrega Maesschalck.

Y añade: “el caos circundante restringe cualquier forma de debate constructivo entre las partes involucradas. Desde julio de 2018, se ha cruzado el límite de la violencia verbal. Las radios transmiten llamados al odio o incluso al asesinato, denuncian a los agentes de la fuerza pública, aconsejan a los partidarios que ataquen los hogares y las propiedades de aquellos a quienes se oponen... “

Como si se estuviese hablando de las realidades de otros países de la región, en el parlamento, la obstrucción es la regla. Cualquier legislador, para ser escuchado, tiene empuñar un arma. Mientras que algunos agentes de la fuerza pública instrumentalizados por el poder o la oposición están involucrados en atrocidades, porque apoyan a unas pandillas contra otras, en una guerra de influencias delincuenciales.

El Estado es solo una fachada que oculta los conflictos entre los clanes de la oligarquía, en el poder o en la oposición y no hay visión a largo plazo del futuro del país. Marginada del reparto de recursos y excluida de los dividendos de la corrupción, la población haitiana es rehén de una guerra de los carteles por el control de un territorio sin Estado.

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