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9 de Febrero del 2024
Historias
Lectura: 20 minutos
9 de Febrero del 2024
Ugo Stornaiolo
¿Hay espacio para autoritarismos y fascismos en el mundo actual?
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Un pueblo, un líder, un Reich fue la consigna nazi con la cual se entronizó la idea, perdurable hasta ahora, de la figuara mesiánica, incontrastable y omnipotente. En la foto, Adolf Hitler. Foto: Archivo AFP

 

Se podría definir al fascismo como un sistema de dominación autoritario, con el monopolio de la representación política de un partido único y de masas, organizado jerárquicamente; una ideología fundamentada en el culto al jefe o caudillo, en la exaltación de la colectividad nacional y el desprecio de los valores del individualismo liberal.


La humanidad recuerda, con horror, que el caudillo que llevó al desastre a Alemania y que provocó la Segunda Guerra Mundial, llegó al poder en 1933, por vía democrática y en elecciones libres. El actual surgimiento y real posibilidad de acceder al poder de algunos caudillismos de izquierda y de derecha en el mundo, hace prever que no serán tiempos fáciles para los que creen en la libertad.

El 30 de enero de 1933, Adolf Hitler fue nombrado canciller de Alemania. Sus seguidores lo llamaron un día de “revolución nacional” y renacimiento. Alemania, según ellos, necesitaba la fuerza restaurativa de un hombre fuerte y autoritario tras 14 años del “sistema” liberal-democrático de Weimar. Esa noche, los camisas pardas de Hitler, armados de antorchas, marcharon por Berlín. Lo llamaron el inicio de una nueva era.

Mucho se ha escrito sobre lo que Hitler y el fascismo significaron para el Siglo XX y faltan todavía escribirse muchos textos y ensayos sobre la peor tragedia política de aquellos tiempos, pero que sigue teniendo adeptos y seguidores en muchas partes del mundo, en donde surgen, cada vez con mayor frecuencia, aduladores y admiradores de modelos autoritarios para ejercer el poder. Lo que resulta grave es que muchos de ellos lo consiguen mediante el favor del voto popular, que les otorga cheques en blanco para que desmonten y desmoronen la institucionalidad de sus países.

Los fascistas emplearon de manera magistral —aunque malévola— todos los mecanismos de la propaganda y el engaño para convencer a los alemanes de que la depuesta República de Weimar había sido un fracaso y que era la obra de una conspiración de judíos y socialistas, que traicionaron a Alemania por su derrota en la Primera Guerra Mundial, tras la firma de los Tratados de Versalles de 1919, en donde los aliados les impusieron todas las condiciones para su rendición.

Los historiadores señalan que la llegada de Hitler al poder fue un parteaguas en la historia del mundo, con el inicio de un proceso político que derivó en la Segunda Guerra Mundial y en el Holocausto (que todavía tiene negacionistas y detractores). Lo de Hitler no fue una toma del poder, como afirma Mark Jones, profesor de Historia en el University College Dublin, en su libro “1923: la crisis olvidada en el año del golpe de Hitler”.

Mucho se ha escrito sobre lo que Hitler y el fascismo significaron para el Siglo XX y falta escribirse sobre la peor tragedia política de aquellos tiempos, pero que sigue teniendo adeptos y seguidores en muchas partes del mundo, en donde surgen, cada vez con mayor frecuencia, aduladores y admiradores de modelos autoritarios para ejercer el poder.

«…Hitler no “tomó el poder”, afirma Jones, “como luego dijeron los nazis. Por el contrario, como ha explicado su biógrafo, Ian Kershaw, fue “alzado al poder” por un pequeño grupo de hombres influyentes».

Agrega el historiador que “uno de esos hombres era Franz von Papen, que se desempeñó como canciller en 1932. Papen (de manera infame) pensaba que se podía utilizar a Hitler y al Partido Nazi -de lejos, el partido más grande después de las elecciones del Reichstag de 1932- para impulsar una agenda conservadora. De la misma manera, el presidente de Alemania, el ex mariscal de campo Paul von Hindenburg, quería usar a Hitler para restablecer la monarquía”.

Alemania, 1933: entusiastas seguidores saludan al nuevo canciller del Reich, Adolf Hitler (1889-1945) en Nuremberg. Foto: Hulton Archive /​ Getty Images

Y todos los que creyeron que Hitler podía ser un títere para manejarlo a su antojo se vieron desbordados por el delirio de poder y el liderazgo despiadado de Hitler, la violencia nazi y una población alemana seducida y hechizada por los fervorosos discursos del Führer y su oferta de renacimiento nacional.

Los que se oponían a Hitler o bien eran víctimas de violencia, o quedaban atrapados en su propio espacio, como se mencionaba en este poema grabado en el Museo Memorial del Holocausto: "primero vinieron por los socialistas y yo no dije nada, porque yo no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas y yo no dije nada, porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos y yo no dije nada, porque yo no era judío. Luego vinieron por mí y no quedó nadie para hablar por mí", cuyo autor fue el pastor luterano alemán Martin Niemöller (1892-1984) y fue una flecha al corazón de los intelectuales alemanes, cuya cobardía —entre otras cosas— permitió la llegada de los nazis al poder.

Los opositores creían que el régimen nazi se iba a caer pronto. Pero, por el contrario, Hitler hablaba de un régimen que duraría 300 años. Otros creyeron que el mariscal Hindenburg controlaría al fervoroso Hitler, mientras que los menos optimistas suponían que de eso se iba a ocupar el ejército. Hitler, astutamente, manejó todos esos escenarios durante los años finales de la República de Weimar, hasta mostrar sus verdaderas intenciones cuando tomó el poder definitivamente.

Los opositores creían que el régimen nazi se iba a caer pronto. Pero, por el contrario, Hitler hablaba de un régimen que duraría 300 años. Otros creyeron que el mariscal Hindenburg controlaría al fervoroso Hitler, mientras que los menos optimistas suponían que de eso se iba a ocupar el ejército.

En los 100 días luego del ascenso de Hitler a canciller, como dijo el historiador Peter Fritzsche, “el despiadado impulso de los nazis por el poder se volvió absolutamente evidente”. Al terminar el verano de 1933, la sociedad alemana se había alineado en torno al caudillo. Habían desaparecido los partidos políticos, sindicatos u organizaciones culturales independientes. Solo las iglesias cristianas conservaron algo de independencia.

Un año más tarde Hitler asesinó a sus rivales en el partido y, tras la muerte de Hindenburg, el 2 de agosto, se autoproclamó Führer. Iniciaba una de las dictaduras más sanguinarias del siglo XX. Se había abierto los primeros campos de concentración y el país se preparaba para una economía de guerra, con la fabricación de armas, tanques y todo lo que hiciera falta, pese a las denuncias y reclamos de otros países europeos, en el seno de una casi caduca Sociedad de las Naciones.

La situación actual

Las huellas que dejaron el nazismo y el fascismo siguen siendo importantes. En muchos países se están desarrollando elecciones en las que existe el riesgo que surjan o resurjan estos aspirantes a caudillo o dictadores, que en el caso de países como Venezuela o Nicaragua ya son un signo de los tiempos. Algunos analistas lo dicen con temor: 2024 podría ser el nuevo 1933.

Solo hay que pensar en 2025. El electo presidente de EE. UU. Donald Trump termina con la ayuda de su país a Ucrania. La OTAN no logra detener los avances imperialistas de Vladimir Putin en Europa del este. Partidos de extrema derecha bloquean los intentos de la UE de frenar el avance ruso. Polonia, Estonia, Lituania y Letonia libradas a su suerte. Mientras tanto, sigue la guerra en Gaza y deviene en un conflicto regional. Putin sigue bombardeando lo que queda de algunas ciudades ucranianas y China se apodera de Taiwán.

Los que creían que los autoritarismos y los caudillismos de tinte fascista iban a ser demolidos por la democracia están equivocados. Así como había quienes decían que lo de Hitler era algo fugaz en 1933, pueden estar pensando lo mismo los optimistas de 2024. Se viene, de manera desordenada y caótica, un nuevo (des) orden internacional.

Las huellas que dejaron el nazismo y el fascismo siguen siendo importantes. En muchos países se están desarrollando elecciones en las que existe el riesgo que surjan o resurjan estos aspirantes a caudillo o dictadores, que en el caso de Venezuela o Nicaragua ya son un signo de los tiempos. Algunos analistas lo dicen con temor: 2024 podría ser el nuevo 1933.

De todos modos, quedan las calles para que la gente se exprese, frente a las reales amenazas existentes. Mucha gente se opone al crecimiento del neofascismo de Alternativa para Alemania. Si sabrán en ese país lo que fue el nazismo…

Mientras tanto, la moneda por la que tanto luchó la Europa Occidental, el euro, se desliza hacia el despeñadero, frente a muchos líderes de países que no la tienen como su moneda de curso legal y otros que, de tener oportunidad, abandonarían ese sistema monetario. Si fracasa la moneda única puede fracasar la UE, así como si falla la OTAN, puede esperarse lo peor. Líderes como Orbán de Hungría, Duda de Polonia o Fico de Eslovaquia, navegan entre dos aguas y no se incomodan frente a Putin.

En Estados Unidos habrá una dura contienda entre Donald Trump y un debilitado presidente Joe Biden. Los caminos a la Casa Blanca están llenos de dudas e incertidumbre, que son las del mundo, que mira ensimismado los devaneos bélicos en diferentes partes del mundo, mientras hay zonas del mundo sumidas en la pobreza y en la crisis, que requiere de líderes coherentes, no de caudillos y aventureros populistas.

Definiendo al fascismo

El politólogo italiano Norberto Bobbio, en su Enciclopedia de la Política, define al fascismo desde algunas perspectivas. Cronológicamente, el histórico es el fascismo italiano, pero luego, al trascender la frontera de ese país, se volvió internacional al vincularse en Alemania con el nacionalsocialismo y finalmente se extendió a movimientos o regímenes que comparten esas características, organización y finalidad política.

Sobre esto, corrobora Bobbio, “el término fascismo asume una indeterminación tal que pone en entredicho su utilización con fines científicos. Se ha delineado cada vez más una tendencia a limitar su uso solamente al fascismo histórico, cuya vigencia cubrió Europa en el período comprendido entre 1919 y 1945 y cuyas especificidades están constituidas por el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán”.

Pero, el fascismo va más allá de ser un fenómeno del oeste de Europa porque extendió su influencia, también al este europeo, con la caída del muro de Berlín y la cortina de hierro a fines del siglo XX, caracterizándose por el nacionalismo y la xenofobia. Su resurgimiento ocurre en países como Hungría, Austria, Francia, Rusia o en las mismas Italia y Alemania, encabezado por líderes como Abascal, Geert Wilders, Marine Le Pen, Salvini, Meloni o Viktor Orbán, que son considerados de derecha. Pero, ese rasgo ideológico puede variar en otras partes.

Pero, el fascismo va más allá de ser un fenómeno del oeste de Europa porque extendió su influencia, también al este europeo, con la caída del muro de Berlín y la cortina de hierro a fines del siglo XX, caracterizándose por el nacionalismo y la xenofobia.

Se podría definir al fascismo como un sistema de dominación autoritario con el monopolio de la representación política de un partido único y de masas, organizado jerárquicamente, una ideología fundamentada en el culto al jefe o caudillo, en la exaltación de la colectividad nacional y el desprecio de los valores del individualismo liberal. Aquí aparecen similitudes entre algunos regímenes europeos con los de la línea del socialismo del siglo XXI: la Venezuela de Maduro y el Ecuador de la década de gobierno del Rafael Correa.

Otros rasgos: el ideal de colaboración entre las clases, en una contraposición frontal ante socialismo y comunismo (sería una contradicción, que no lo es, por el tinte nacionalista), con un ordenamiento corporativo, movilización de masas, encuadradas en organizaciones dirigidas hacia una socialización política planificada en función del régimen, la eliminación de la oposición con violencia terrorista (algo de eso hubo en Ecuador y se produce todo el tiempo en Venezuela), un aparato de propaganda fundado en el control de la información y los medios de comunicación de masas (cuando se cooptan medios y se amenaza a otros que son críticos) y también un creciente dirigismo estatal en el ámbito de una economía que sigue siendo privada.

El fascismo hace un encuadramiento unitario de una sociedad en crisis dentro de una dimensión dinámica y trágica promoviendo la movilización de masas a través de la identificación de las reivindicaciones sociales con las nacionales. Por eso, a los votantes les atrae el mesianismo de líderes que pregonan eslóganes como “la patria vuelve, la patria es de todos o recuperar la patria”, pregonados por los publicistas del correísmo.

El fascismo se jactaba, desde sus comienzos, de no ser un movimiento teórico, afirmando que la acción estaba por encima del pensamiento, pero también le faltó la capacidad de auto comprenderse y auto interpretarse. Siempre hubo intentos de interpretación, realizados por amigos y enemigos. El hecho de que predomina la praxis sobre la doctrina no permite un juicio externo, un paradigma frío y preciso y esto le permite a cada uno inventar su propio fascismo, sea positivo o negativo.

Según A. J. Gregor, el fascismo fue “el primer régimen revolucionario de masa que inspiró la utilización de la totalidad de los recursos humanos y naturales de una comunidad histórica en el desarrollo nacional”. Aunque parecería que el horror de la segunda guerra mundial disipó esta forma de hacer política, su reaparición en muchas partes del mundo, con distintos matices ideológicos, hace pensar que sigue vigente.

La propaganda del régimen del presidente Rafael Correa se sustentó en las once máximas de Göebbels, guiadas por la máxima de “una mentira cien veces repetida se convierte en verdad” y ”más vale una mentira que no pueda ser desmentida, antes que una verdad inverosímil”.

Los encantadores de serpientes

En Mein Kampf (Mi lucha), Hitler decía que para mentir había que hacerlo descaradamente y que la mentira más grande se cree más rápido que la pequeña. La política de atemorizamiento social y legislación punitiva se inscribió en la concepción de Heinrich Himmler, jefe de la Gestapo y promotor de la represión ilimitada al pueblo y sus organizaciones, bajo la idea de que la mejor política era el terror.

Para manejar las leyes la única doctrina válida era la del caudillo. Su voluntad suprema iba más allá del método jurídico de que el líder prevalece sobre las leyes. Esto se evidencia en el hiperpresidencialismo de la Constitución de Montecristi. Tras meter la mano en la justicia desmantelaron el ordenamiento jurídico existente y dictaron leyes, no solo para ganar elecciones, sino para callar y oprimir a la sociedad.

Tanto Mussolini como Hitler, al llegar al poder, tuvieron apoyo de trabajadores y campesinos y por eso impulsaron el desarme de sus fuerzas armadas. Correa tomó, como primera medida, el desmantelamiento de la Base de Manta, terminando unilateralmente el convenio con EE.UU. para control del narcotráfico (abriendo rutas a los carteles del narcotráfico). Una sola persona, el caudillo, captó todos los poderes, leyes e instituciones, incluso atropellando su propia constitución, para aprobar en su asamblea de bolsillo las leyes necesarias.

Para manejar las leyes la única doctrina válida era la del caudillo. Su voluntad suprema iba más allá del método jurídico de que el líder prevalece sobre las leyes. Esto se evidencia en el hiperpresidencialismo de la Constitución de Montecristi.

El historiador Stephane Courtois, en una nueva biografía de Vladimir Ilich Ulianov Lenin, sostiene que fue él quien inventó el régimen de terror que inspiró a nazis y fascistas. De la imagen de Lenin como “comunista bueno” creada por Kruschev en 1956, satanizando a Stalin, sostiene que “la estrategia y la táctica de conquista del poder que inauguró Lenin, y la posterior instalación del primer régimen totalitario, fueron copiadas inmediatamente en 1922-1934 por Mussolini que, no hay que olvidar, fue hasta 1914 uno de los líderes más radicales del socialismo italiano. Después Mussolini sirvió de modelo a Hitler”.

Sobre la similitud entre fascismo y socialismo, Courtois revela que “en cuanto a la comparación se impone al nivel de los tres monopolios: el partido único omnipotente, el líder carismático, la ideología del hombre nuevo y el control de la sociedad, aun cuando Mussolini y Hitler se apoyaran sobre los capitalistas en lugar de destruirlos. Pero todos impusieron el terror de masas como método de gobierno. Además, la magnitud de los crímenes nazis se puede comparar con facilidad con la de la de los crímenes comunistas, tanto en cantidad como en métodos de ejecución mediante verdugos profesionales”

Sobre el ataque de Lenin a sus rivales para instaurar una cultura de violencia y sumisión, el autor señala que “Lenin siempre fue extremadamente agresivo con los que no estaban de acuerdo con él, desde los partidarios del régimen zarista hasta todos los socialistas rusos y europeos. Una vez en el poder, de esta agresividad pasó a la acción, con el exterminio puro y simple”. Queda para la reflexión…

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