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7 de Mayo del 2020
Historias
Lectura: 12 minutos
7 de Mayo del 2020
Fermín Vaca Santacruz
Historias de amor en tiempos de la COVID
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Ilustración: Luis Argüello / PlanV

 

La dureza de la cuarentena golpea en un país acostumbrado a las familias ampliadas, las reuniones de amigos y colegas de oficina, las clases presenciales por sobre cualquier otra modalidad y, en general, a una vida social intensa. Aunque las aplicaciones de vídeoconferencia parecen hacer solucionado en parte el problema, muchos sienten que la disciplina del aislamiento es especialmente severa.

David acaba de cumplir 26 años este 1 de mayo. El joven vive solo en el centro norte de Quito, pero el pasado dos de mayo, las insistentes llamadas de su prima, quien vive con otros familiares al sur de la capital, pudieron más que la disciplina social.

Y aunque, en teoría, uno no debe verse con nadie con quien no viva, el joven se las arregló para llegar a la casa de sus parientes. Trabaja en un sector esencial y cuando terminó su turno, en la moto de uno de sus compañeros de trabajo, logró llegar a la casa de su prima. Ahí viven una tía de la tercera edad, dos matrimonios jóvenes y un niño.

Cuando entró a la casa, le desinfectaron los zapatos y las manos. Sobre la mesa esperaban dos pasteles de cumpleaños: el suyo y el del marido de una de sus primas. Iban a festejar los dos cumpleaños. Habían preparado comida. "Les dije que mejor no soplaba el pastel, porque podría tener coronavirus", cuenta el joven. Todos se reunieron en la sala, sin mascarillas, y al festejo se sumó una vecina, también de la tercera edad, que vive cerca. Fueron diez personas. 

"Les dije que mejor no soplaba el pastel, porque podría tener coronavirus", cuenta el joven. Todos se reunieron en la sala, sin mascarillas, y al festejo se sumó una vecina, también de la tercera edad, que vive cerca. Fueron diez personas.

Las fotos del festejo en medio de la cuarentena quedaron en su cuenta de Instagram. Él y sus familiares lucen sonrientes junto al pastel. Entre todos median unos pocos centímetros de distancia y no los dos metros que recomiendan los médicos. "Familia lo mejor", dicen las fotos, mientras David abraza al pequeño de la casa ante la mirada de la adulta mayor. El joven se puso a pensar si no corrieron todos algún riesgo, pero sostiene que todos se han cuidado y que no han salido de sus casas más que lo indispensable y con las medidas adecuadas. 

Cuatro horas en Zoom

Al otro extremo de la ciudad, Cecilia, de 65 años, se ha arreglado para un cumpleaños virtual. Su esposo, de 62 años, y su hija, quien vive en Europa, han organizado el evento. La invitación llegó esta vez en forma de un enlace de Zoom. Se ha sentado ante la computadora, mientras en el grupo familiar de Whatsapp, el enlace ha sido enviado a las distintas casas de sus parientes. A las 14:00, en punto, los rostros familiares empiezan a aparecer en la pequeña pantalla. 

En teoría, la reunión solo va a durar 40 minutos, que era el límite de las cuentas gratuitas de Zoom. Así que tras los saludos de rigor, se van sumando a la conversación hijos, sobrinos, hermanos, primos, algunos en la misma ciudad, otros en lugares lejanos, en donde el horario es distinto. Todos se asoman a las pequeñas cámaras para indicar que están bien en medio de las sombras de la pandemia.

Cecilia ha preparado un pastel casero. Pero velas no hubo. Les piden a todos que se provean de algo para un brindis, y en la reunión, que pronto alcanza las 20 conexiones, las distintas familias muestran copas y vasos. 

Cecilia tiene a mano una botella de ron -le gusta con cola- y se prepara un Cuba Libre. A la cuenta de tres todos brindan. "Feliz cumpleaños", se oye en la aplicación, justo cuando se acerca el minuto cuarenta y todos temen que se corte la comunicación.

Uno descorcha un vino, otro abre un espumante y un tercero se provee de una simple cerveza. Cecilia tiene a mano una botella de ron -le gusta con cola- y se prepara un Cuba Libre. A la cuenta de tres todos brindan. "Feliz cumpleaños", se oye en la aplicación, justo cuando se acerca el minuto cuarenta y todos temen que se corte la comunicación. Pero en la pantalla aparece un mensaje: Zoom ha decidido aumentar el tiempo de conexión. Y lo que era una reunión de 40 minutos por vídeoconferencia se convierte en una visita virtual de cuatro horas, que no termina sino hasta las 18:00, cuando los que están en Europa deciden desconectarse porque ya se duermen y los que están en Quito ya se pusieron al día. La hija de Cecilia, que organizó el evento, ha grabado la pantalla, para la posteridad. 

Romeo con mascarilla N95

Juan Carlos tiene 42 años. Vive solo. Y el día que le toca salir -los jueves- toma el auto para ver a su pareja que vive en el otro extremo de la ciudad. Se están viendo una vez a la semana, cuando él puede salir, y aunque chatean con frecuencia, se las han arreglado para mantener su contacto íntimo. Muy ortodoxo no es, reconoce Juan Carlos, cuando lee que los médicos recomiendan tener sexo solo con aquellos con quienes se vive. Pero, diría un predicador, la carne es débil. Y maneja 40 minutos hacia el Valle de los Chillos para ver a su pareja, aunque no conviven y, si nos vamos a poner quisquillosos, no es una excelente idea desde el punto de vista epidemiológico. "Me he cuidado todo lo que he podido, me compré una máscarilla N95 a pesar de lo que dijo el Gobierno. No veo a nadie más", reflexiona, consultado sobre si cree haber corrido mucho riesgo. "Es como si todos estuviéramos en un convento, en castidad, pobreza y obediencia". 

El fenómeno es común en todos los países. En una reciente nota de El País de España, se plantea la misma inquietud: "Dentro de poco, si nuestra provincia pasa a la fase 1, se dará la paradoja de que podremos sentarnos en una terraza o reunirnos en una casa particular con aquellos seres queridos a los que no hemos podido ver durante todo el confinamiento pero, en teoría, no podremos abrazarlos, besarlos ni coger su mano sin correr el riesgo de contagio del virus. Tras mas de cincuenta días de confinamiento, ¿puede el ser humano inhibir el instinto de tocarse?".

Muy ortodoxo no es, reconoce Juan Carlos, cuando lee que los médicos recomiendan tener sexo solo con aquellos con quienes se vive. Pero, diría un predicador, la carne es débil. Y maneja 40 minutos hacia el Valle de los Chillos para ver a su pareja, aunque no conviven y, si nos vamos a poner quisquillosos, no es una excelente idea desde el punto de vista epidemiológico.

El País agrega que "de hecho, el sexo parece el último escalón de toda la desescalada. En nuestro país las guías oficiales no hacen referencia explícita a cuándo se podra volver a tener relaciones sexuales (o si no podemos tenerlas) pero, en Estados Unidos, distritos como el de Washington DC dejan claro en sus webs que el único sexo que deberíamos tener durante esta crisis es con aquellas personas que conviven con nosotros, siempre que no muestren síntomas de enfermedad, y que, en todo caso, nuestro compañero sexual más seguro somos nosotros mismos. ¿Pero es realista que nos pidan este celibato?"

La psicóloga Violeta Alcocer, citada por el medio español, se plantea la cuestión: “Contrariamente a lo que se pensaba hace años, que somos competitivos y en situaciones extremas se impone el individualismo, ahora sabemos que estamos diseñados para relacionarnos, para buscar la conexión, la cooperación y el contacto físico y sexual, especialmente en momentos de inseguridad y amenaza vital” y agrega que “Lo más brutal es que, en una situación de máxima amenaza, se nos está pidiendo que inhibamos la mejor herramienta de supervivencia que la naturaleza nos ha dado”.

El silencioso triunfo de la mujer que teletrabajaba

Pero no todos están tan incómodos como podría parecer. Micaela tiene 36 años y no le parece mal que la gente se pare a prudente distancia, que lavarse las manos se haya vuelto cuestión de vida o muerte o que los defensores del apiñamiento en el transporte público y otros enemigos del carro particular estén en silencio por tiempo indefinido. Cuando tiene que salir, se sube a su SUV, se coloca mascarilla, guantes y una pantalla transparente en el rostro. 

Antes de la pandemia, la mujer ya hacía teletrabajo y, en términos reales, no cree que su vida haya cambiado de manera significativa. Mucho del ruido en la concurrida avenida de Quito donde vive se ha esfumado, y las críticas -que siempre consideró frívolas- al teletrabajo están silenciadas por la contundencia de la peste. "Siempre me pareció un ridículo que las personas fueran a calentar una silla en la oficina con un horario para demostrar que trabajaban de verdad", dice, satisfecha en el fondo porque la pandemia le encontró lista para el home office. Ahora las reuniones de trabajo las realiza por Jitsi o por 8X8, otras de las aplicaciones que se han convertido en una herramienta cotidiana. 

"Siempre me pareció un ridículo que las personas fueran a calentar una silla en la oficina con un horario para demostrar que trabajaban de verdad", dice, satisfecha en el fondo porque la pandemia le encontró lista para el home office.

Asistencia por sobre inteligencia

Daniel, de 45 años, es un profesor de pregrado en una universidad privada capitalina. Su centro de estudios cerró las aulas pero desplegó enseguida toda la parafernalia de la educación virtual. En ese mismo centro de estudios se pontificaba sobre la supuesta  falta de "calidad" de la educación a distancia, pero el coronavirus ya dictó sentencia en esa materia como en muchas otras. 

A sus estudiantes los ve por Zoom, y encuentra inaplicables las instrucciones de su decano, un abogado chapado a la antigua que sostiene que el 90% de la nota es la asistencia a las clases a las 07:00 de la mañana y derrochar simpatía con el profesor. "No sé si ese criterio haya tenido sentido alguna vez, pero ahora todos los paradigmas, y en especial, el educativo, se han desmoronado", sentencia el catedrático, preocupado porque en su Universidad les indicaron -en otro Zoom- que están analizando seriamente bajarles los sueldos si es que no se matriculan suficientes estudiantes para el próximo semestre. Es el amor en tiempos de la COVID. 

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