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9 de Agosto del 2021
Historias
Lectura: 12 minutos
9 de Agosto del 2021
Julio Oleas-Montalvo
Huella ecológica y desarrollo insostenible
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Foto: Pixabay

 

Desde hace al menos 50 años la comunidad científica viene advirtiendo que, en un medio finito como la biosfera, el crecimiento económico infinito es imposible. Pero como están las cosas, vamos hacia la catástrofe planetaria.


Como un coloso autista, el capitalismo global está empecinado en mantener su rumbo, a pesar de las advertencias. Se resiste a cambiar los incentivos y la tecnología, y sigue produciendo bienes y servicios en base a la energía extraída de los combustibles fósiles. Esto provoca sobrecarga planetaria, pero los intereses económicos pesan más que la evidencia científica.

El coloso idolatra el mercado, y sus tecnócratas, incrustados en el FMI, Banco Mundial, BID, OMC, OCDE, Cepal… creen que las «leyes» de la oferta y demanda son suficientes para equilibrar los desbalances ecológicos. Proponen ungüentos maravillosos como la bioeconomía o la economía verde o la economía circular o el desarrollo sostenible. Pero dejan intactos el consumismo de masas, los ominosos problemas distributivos provocados por la doctrina neoliberal y la reconcentrada acumulación de capital financiero.

Desde hace al menos 50 años la comunidad científica viene advirtiendo que, en un medio finito como la biosfera, el crecimiento económico infinito es imposible. Pero como están las cosas, vamos hacia la catástrofe planetaria. Tras el tumultuoso mandato de Donald Trump, pandemia de por medio, la comunidad internacional ha quedado sin liderazgo mundial, hoy más necesario que nunca.

Todos somos responsables, pero…

El 29 de julio pasado Global Footprint Network y el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés) anunciaron que la humanidad ya había consumido todos los recursos que el planeta podía renovar en 2021. Es decir, en 210 días hemos usado lo que debíamos usar en 365. Esta voracidad se sacia agotando stocks de recursos naturales y acumulando residuos, en especial CO2 suspendido en la atmósfera, que acelera el calentamiento global.

Cada año la Tierra se sobrecarga más temprano. No estamos haciendo lo suficiente para contrarrestar la crisis ecológica mundial. En 2021 la humanidad ha usado recursos naturales 1,7 veces más rápido de lo que el planeta puede regenerarlos. Esto es responsabilidad de todos, pero de unos más que de otros. Si todo el mundo viviera como un habitante promedio de EE. UU., cada año se necesitarían los recursos de cinco planetas Tierra para satisfacer la demanda global. Y si todos viviéramos como un surcoreano, se requerirían 3,8; y si… como un alemán, serían 2,9.

Los países industrializados tienen más responsabilidad. Otros, como Qatar, Luxemburgo o los Emiratos Árabes Unidos son incluso más agresivos con la naturaleza que EE.UU., pero su peso relativo es pequeño. En el otro extremo, países como India utilizan menos recursos de los que poseen: si todos viviéramos como vive un habitante promedio de ese inmenso país, se requerirían los recursos de siete décimas partes del planeta. Y de cuatro décimas, si todos viviéramos como un afgano promedio.

Mucho depende de la cantidad de consumidores y de cómo viven, lo que en el fondo tiene explicación cultural. Mientras un huaorani de la selva amazónica vive en armonía con la naturaleza, Leonel Messi provoca un extraordinario impacto en el ecosistema mundial cuando viaja de vacaciones con su familia y amigos desde Barcelona a Miami en dos jet privados. Los expertos afirman que mientras el primero deja una «huella ecológica» levísima, imperceptible, la huella (footprint o pisada, en inglés) del astro del futbol, su familia y sus amigos, es gigantesca.

Los países industrializados tienen más responsabilidad. Otros, como Qatar, Luxemburgo o los Emiratos Árabes Unidos son incluso más agresivos con la naturaleza que EE.UU., pero su peso relativo es pequeño.


El desarrollo económico se da a costa de la degradación de la naturaleza y de la reducción de la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus necesidades.

Huella ecológica y biocapacidad

Las unidades monetarias utilizadas para medir los ingresos de las personas o el PIB de los países no sirven para medir, y menos para entender, los graves problemas socioambientales que afronta la humanidad. El espacio terrestre y marino necesario para producir todos los recursos y bienes que se consumen, así como la superficie para absorber los desechos que se generan (con la tecnología disponible), se conoce como huella ecológica. La huella de carbono es la cantidad de emisiones de gases con efecto invernadero que son liberadas a la atmósfera como consecuencia del desarrollo de cualquier actividad.

La contraparte de estas huellas es la biocapacidad, es decir la capacidad de la naturaleza para renovar los recursos utilizados. Los océanos contienen el fitoplancton que genera cerca del 90% del oxígeno de la atmósfera. Bosques como los de la cuenca amazónica proveen agua fresca, capturan el carbono suspendido en la atmósfera y regulan el clima. Los páramos son fuente de agua dulce y capturan carbono. Los manglares mantienen los hábitat costeros y son refugio de muchos organismos de diferentes niveles tróficos…

La huella ecológica y la biocapacidad no se miden en millones de dólares, sino en «hectáreas globales». Una hectárea global (hag) es equivalente a 10.000 m2 (de tierra o mar), biológicamente productivos, tomando como referencia la productividad media mundial. Se entiende por biológicamente productivo la capacidad para producir recursos y para absorber residuos. La huella ecológica dejada por la civilización del capital se ha incrementado por décadas, mientras que la biocapacidad de la Tierra ha disminuido significativamente. En 1970, este déficit llegó un día antes de acabar el año, mientras en 2021 se adelantó 155 días (Gráfico 1).

El espacio terrestre y marino necesario para producir todos los recursos y bienes que se consumen, así como la superficie para absorber los desechos que se generan (con la tecnología disponible), se conoce como huella ecológica.

Desequilibrio ecológico y desarrollo

La Tabla 1 presenta la información más reciente compilada por la Global Footprint Network, York University y la Footprint Data Foundation, sobre huella ecológica y biocapacidad a escala mundial. Para ejemplificar el problema se presentan los datos de cinco países andinos y cuatro industrializados. EE.UU. deja tras sí una huella ecológica total de 2.610 millones de hag con un per cápita de 8,0 hag. Ecuador registra una huella ecológica total de 28,5 millones de hag con un per cápita de 1,7 hag.

EE.UU. tiene muchísima más responsabilidad que Ecuador de causar la crisis ambiental, a pesar de que los norteamericanos disponen de una biocapacidad total de 1.120 millones de hag —y una biocapacidad per cápita similar a la mayoría de los países andinos—. Ecuador es el país andino con la menor biocapacidad absoluta y relativa, e incluso tiene menos biocapacidad absoluta que Japón o España. Pero en términos per cápita tiene más holgura, debido a una población 7,4 veces más pequeña que la japonesa y 2,7 veces más pequeña que la española. De hecho, los factores que provocan estrés ambiental están directamente relacionados con las condiciones demográficas.

La primera columna de la Tabla 1 muestra el balance ecológico. Cuando la huella ecológica de un país excede su biocapacidad se produce un déficit ecológico. Esto significa que ese país importa biocapacidad por medio del comercio, o que consume los activos naturales de su territorio o que emite CO2 a la atmósfera. Estos tres factores suelen ser concurrentes. En el caso contrario, cuando la biocapacidad del país excede su huella ecológica, se incrementan sus reservas ecológicas. 

Entre los nueve países enlistados en la Tabla, Bolivia, considerado el menos desarrollado, presenta un balance positivo de 402%, muy superior a Colombia, Ecuador y Perú. Chile, que estaría a punto de dar el salto hacia el mundo desarrollado y ya presume pertenecer a la OCDE, registra un balance negativo, al igual que los cuatro países desarrollados, pero no tan crítico como el 685% de Japón o el 235% de España. Estos déficit son superiores al de EE. UU., pero dada la colosal escala de la economía de este último, su impacto es determinante para el calentamiento global. 

La civilización del capital asume que desarrollo es sinónimo de crecimiento y, en consecuencia, que es indispensable cada día producir más bienes y servicios, extraer más petróleo, explotar más recursos.

El desarrollo insostenible

La columna final de la Tabla 1 muestra el PIB per cápita, el indicador más usado por la economía ortodoxa para medir el grado de avance hacia el desarrollo. Según el Banco Mundial en 2020, a precios internacionales de 2011 (en lenguaje técnico, corregidos por ‘paridad de poder de compra’), un habitante promedio de EE. UU., el país con la mayor huella ecológica total y per cápita y un déficit ecológico de 133%, tuvo ingresos de USD 60.163 anuales.

Bolivia, con un ingreso per cápita 7,6 veces menor que el de un norteamericano, tuvo un superávit ecológico de 402%. Los países de la Tabla 1 con ingresos per cápita anuales superiores a USD 20.000 registran huellas ecológicas que exceden la biocapacidad de su área disponible, es decir, tienen déficit ecológicos.

En 1987, el Informe Brundtland propuso que el desarrollo solo sería sostenible si, satisfaciendo las necesidades del presente, no compromete la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer sus necesidades. Ese año el día de la sobrecarga de la tierra se adelantó "solo" dos meses; 34 años más tarde, se adelantó más de cinco meses.

La civilización del capital asume que desarrollo es sinónimo de crecimiento y, en consecuencia, que es indispensable cada día producir más bienes y servicios, extraer más petróleo, explotar más recursos. Todo a costa de la degradación de la naturaleza y de la reducción de la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus necesidades. Como las regiones del mundo —unas opulentas y otras menesterosas— están interconectadas por el comercio internacional, las diferencias entre unas y otras están relacionadas con esas interconexiones.

Cada año, desde hace medio siglo, el día de la sobrecarga de la Tierra nos recuerda que seguimos en la ruta de colisión. Si finalmente los políticos escuchasen a los científicos (¿es ciencia la economía?) podríamos cambiar el rumbo y, con suerte, evitar la catástrofe final. Esto supone redefinir la idea de desarrollo, algo improbable en medio de la crisis hegemónica mundial que nos ha dejado la pandemia.

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