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24 de Marzo del 2020
Historias
Lectura: 21 minutos
24 de Marzo del 2020
Andrés Lasso Ruales

Cronista y ensayista. Máster en politícas ambientales y territoriales por la Universidad de Buenos Aires. 

Iconografía de una postura: Rocafuerte durante la fiebre amarilla que azotó a Guayaquil en 1.842
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Monumento a Vicente Rocafuerte ubicado en el Boulevard 9 de Octubre y Av. Pedro Carbo. Inaugurado en 1880.

Hace dos centurias, el ex presidente Vicente Rocafuerte resolvió acciones pensadas para el bien común. Como gobernador de la provincia de Guayaquil no le ganó a la fiebre amarilla, pero la enfrentó con sabiduría y eficacia, dos cualidades de las que nuestros político carecen.

Entre febrero y marzo del 2020 la individualidad en el planeta se ha despedazado por el coronavirus. Los móviles actuales son multifuncionales y se transforman de inmediato en cámaras fotográficas o de vídeo. En la actualidad, los seres humanos ya no registran tanto sus vanidades o lo bien que la pasan debido a la pandemia mundial. El virus invisible generó un quiebre de comportamiento. En algunos países se volvieron abrir las ventanas, las puertas de los balcones, resucitaron las pequeñas cosas y el atisbo regresó al otro.

Para Roland Barthes (1915-1980), la mirada está conectada al sentido y a la máscara, a la aparición y desaparición. En su ensayo La Cámara Lúcida explica: “Pero mirar el mundo directamente a los ojos o mirar a la muerte de frente implica un trabajo sobre sí mismo, y sobre el medio, un tiempo para la reflexión que es también la aventura de todo recorrido intelectual partiendo de ese deseo y conduciéndonos a él”.

Esta postura del semiólogo francés cae como anillo al dedo, para hablar sobre el ex presidente y gobernador en la otrora provincia de Guayaquil y ex mandatario: Vicente Rocafuerte (1.783-1.847). Cito al ensayista europeo para analizar el monumento del guayaquileño construido por el escultor parisino: Aimé Millet (1.819-1.891). La escultura fue colocada el primero de enero de 1.880 y así se convirtió en el primer monumento de la urbe porteña. La obra en esa ciudad se localiza en la Av. Boulevard 9 de Octubre y calle Pedro Carbo.

La estatua principal muestra a un Rocafuerte altivo, el brazo derecho sostiene al izquierdo y la mano de ese lado quiere llegar a la quijada pero no lo hace, la mirada del político es firme, y se encuentra cobijado por una túnica al estilo de emperador romano y una banda en el pecho. Recordemos que el político fue también un pensador y de los buenos. Pero esa figura no interesa para este ensayo, sino una más abajo que se encuentra en el pedestal del busto mayor. Es una representación sobre el arribo de la fiebre amarilla al puerto de Guayaquil el 31 de agosto de 1.842.

La estatua principal muestra a un Rocafuerte altivo, el brazo derecho sostiene al izquierdo y la mano de ese lado quiere llegar a la quijada pero no lo hace, la mirada del político es firme y se encuentra cobijado por una túnica.


Foto antigua del monumento a Rocafuerte.

La escultura de izquierda a derecha muestra a un hombre viejo con sombrero y traje elegante, que se tapa con un pañuelo la boca y se apoya en el hombro de un individuo que más adelante explicaré de quién se trata. Ese adulto mayor puede reflejar el pasado de un puerto que data desde 1.540, o de una ciudad que se erigió desde el Cerro Santa Ana y que utilizó al comercio como su única arma para construir la sociedad porteña. La mirada de ese hombre refinado parece el atisbo del tiempo antiguo sorprendido por la destrucción de su origen, o también representa a la clase alta que se quedó perpleja por la temible enfermedad, así como lo describe, José A. Gómez Iturralde en  Memorias porteñas: La Fiebre amarilla 1740-1842, el vómito prieto no tuvo piedad con ninguna clase social en tan sólo tres semanas el famoso comerciante, Vicente Mus y el español Juan Gómez, sucumbieron al azote de la fiebre que se presumía que venía de Las Antillas.

Según cuenta Rodolfo Pérez Pimentel (1939) en el medio digital Ecuador profundo, la goleta inglesa que era una embarcación mercante y que llevaba el nombre de su majestad Reina Victoria, llegó a América Central en 1.842 de la vieja Europa y primero desembarcó en el puerto de Veraguas (Panamá). Después se dirigió al embarcadero de Buenaventura (Colombia). Pero no es un detalle menor que antes de arribar a territorio colombiano dos marineros comenzaron con estragos nunca antes vistos por navegante alguno. Ambos vomitaron sangre. El primer tripulante que murió en el barco fue echado por la borda al inmenso océano Pacífico, le siguió su otro compañero. Entonces la tripulación resolvió que ese último cadáver sería enterrado en el primer fondeadero que encontraran. Fatídico error, dentro del bergantín británico había un insecto nuevo por estos lares, llamado Aedes Aegypti que viene del griego aēdēs, que significa odioso.

El barco inglés llegó a Guayaquil en agosto del segundo año de la cuarta década del siglo XIX y  en septiembre, octubre, noviembre, diciembre el vómito prieto azotó al puerto ecuatoriano. Según las memorias del Dr. José Mascote (1.820- algunos indican que murió  por los años 1.855 a 1.860), la enfermedad mataba entre 40 a 50 personas por día. Los guayaquileños y guayaquileñas comenzaron a emigrar a otras provincias del todavía país en ciernes. Mascote, en sus memorias, escribió que atendió a dos mil pacientes conjuntamente con las enfermeras a su cargo.

La guía histórica del cementerio patrimonial de Guayaquil, Lénder Torres y el historiador Melvin Hoyos Galarza en el programa Albúm de Fotos, programa sobre La fiebre amarilla, en Ecuador TV,  indicaron que en jornadas complicadas morían hasta sesenta personas.

Según la investigación La fiebre amarilla en Guayaquil en 1842, de Alberto Cordero Aroca, en esa época la provincia tenía una población de 20 mil habitantes. Entre septiembre de ese año a febrero de 1.843 se reportaron 8.500 casos y 1.691 personas fallecieron por esta furiosa enfermedad. De marzo a diciembre del 43 murieron 753 guayaquileñas y guayaquileños. El paso de la fiebre durante esos meses dejó 2.454 defunciones en el puerto principal.

El paso de la fiebre amarilla por guayaquil, durante 1942 y 1943, dejó 2.454 defunciones en el puerto principal. la ciudad tenían entonces 20 mil habitantes.


La escultura de Vicente Rocafuerte, del parisino Aimé Millet, tiene en su base principal esta representación del gobernador de Guayaquil quien carga por los hombros a un enfermo de fiebre amarilla, que azoló el puerto en 1842 y mató a más del 10% de la población de entonces.

Volviendo a la escultura de Millet, ese individuo que está un poco inclinado y que su hombro izquierdo recibe a la mano del hombre veterano que se tapa la boca con un pañuelo, es el ex presidente ecuatoriano, Vicente Rocafuerte. Las manos y brazos del gobernador de la provincia de Guayaquil sostienen a un adulto en el lecho de la muerte. El rostro de la autoridad máxima refleja compasión, preocupación y firmeza. Siguiendo la imagen de forma lineal se puede observar que las piernas de ese moribundo son recogidas por otro hombre hincado, de bigote, con camisa desabotonada y arremangada y que mira con desconsuelo. Ahí se puede imaginar el dolor de perder a un abuelo, a un padre, a un hermano, a un primo, a un tío o a un amigo.

Si nos detenemos en Rocafuerte, que da la espalda al poder que se apoya en él, tal vez sea porque éste se sorprende como una alta autoridad se enfrenta con altivez a la muerte y no escapa al horror. El gobernador, mientras consuela al hombre que está agonizando, toma una postura de compromiso con los desamparados, como explica Barthes en su ensayo. En esta obra la muerte es el sentido, aparece en el dolor y desaparece en la esperanza. Esa imagen del mandatario de los guayaquileños y del otro individuo que sostienen al moribundo, nos acerca a dos realidades: a la muerte y a la vida.

En la investigación Entre el poder y el placer: cultura escrita y literatura en la edad moderna, de Roger Chartier (1.945), en su artículo Discursos y prácticas: Michel Foucault  explica que para Foucault (1926-1984) existe una tradición en la historia teológica y racionalista: “tiende a disolver el acontecimiento singular en una continuidad ideal”. Por eso, la historia efectiva hace resurgir al suceso para darle valor de único.

La miniescultura de Millet  sobre Rocafuerte y la fiebre amarilla cobra otro significado ahora con la pandemia del coronavirus. Desde del azote de la dolencia del vómito prieto han pasado 178 años y vemos acciones impulsivas y poco acertadas de los políticos de turno. Un ejemplo de ello fue la decisión de invadir el Aeropuerto Internacional José Joaquín de Olmedo con carros del Municipio para no dejar aterrizar un avión que llegaba a recoger personas de otros países. Un error político monumental de la alcaldesa, Cynthia Viteri.

Volviendo a la escultura, nos sirve para revisar cómo fue el alcance de la habilidad política y reflexiva de Rocafuerte, por así denominarlo, versus la arrogancia y la ineptitud del presidente de ese entonces: Juan José Flores (1.800-1.864) sobre el flagelo de la fiebre amarilla en Guayaquil. Flores en su segundo mandato de 1.839 a 1.843, ya había firmado un tratado para la eliminación definitiva del tráfico de esclavos, pero no pudo reintegrar a la provincia de Pasto al Ecuador.

Según el ensayo del historiador Enrique Ayala Mora (1.950), en Los muertos del Floreanismo, Flores no sólo construía su caudillismo sobre la sangre, como los asesinatos en años anteriores a su segundo mandato -Echenique, Albán, Conde, Camino entre otros-, sino que no contento con matarlos mandó a través de su vicepresidente Modesto Larrea a colgar sus cádaveres de un poste en el centro de Quito. Todo eso sucedió el 20 de octubre de 1.833. El fundador de la era republicana también se fue contra la prensa para denostar al diario del movimiento político El Quiteño Libre: él creó seis diarios con el escaso dinero del pueblo ecuatoriano: Gaceta del Ecuador, El Amigo del orden, Armas de la Razón,  El nueve de octubre, El trece de febrero y El investigador.

No se podía esperar menos de vicente Rocafuerte, que no solo fue un político de acción sino también un hombre de estudios filosóficos y de letras.

Flores era mandatario cuando el temible flagelo azotó a Guayaquil, y se hizo de la vista gorda. Rocafuerte, en cambio, dejó su riqueza y se enfrentó contra la máscara amarilla como así denominó el Dr. Mascote a esa feroz enfermedad.

¿Qué se podía esperar de Flores? Un egocéntrico que publicó un ensayo en  la editorial Eusebio Miranda de Lima en 1.837  llamado Ocios poéticos del general Juan José Flores, fundador del Ecuador, que se publica con su elogio a sí mismo, un monólogo enfermo de un megalómano como él:
“Supiste describir... tú de su estrella. “Revelaste el poder. . . todo cede.  “Le sobra el corazón, dijiste ufano,“Sirve a su voz la suerte: ante su génio, “El peligro espantado retrocede…

Por suerte, para el puerto principal y para el Ecuador, Rocafuerte era lo contrario al facineroso gobernante, el cual incluso le pidió que salga de su tierra, y el guayaquileño se negó de manera rotunda.  Y sobrio y sereno afrontó a esa terrible enfermedad.

Como muestra  la obra del escultor francés, él se quedó a lado del pueblo como un verdadero estadista,  negoció con hacendados para tener más territorio para los enfermos, como el caso de la hacienda de la Atarazana  propiedad del comerciante Miguel Anzoátegui. Creó cuatro hospitales para los enfermos con medicamentos gratis, fomentó la creación de juntas de beneficencia para ayudar a los más pobres,  ordenó y estableció patrullas para proteger a la ciudad semiabandonada, proveyó de carretas para retirar los cadáveres y llevarlos a una nuevas fosas comunes que fueron construidas por orden suya al lado de cada iglesia, y según el investigador histórico, Melvin Hoyos (1956), hizo colocar cal en cada una de ellas para que el virus no resucite.

No se podía esperar menos de Rocafuerte, que no solo fue un político de acción sino también de estudios filosóficos y de letras. Así lo describe otro pensador ecuatoriano: Benjamín Carrión (1.897-1.979) en su Cartas al Ecuador: "Rocafuerte, no se sacrificó. Sirvió. Y al servir a esta tierra, sin minúsculas y subalternas preocupaciones de elegancia ni de serenidad, fue el gobernante ecuatoriano por excelencia: enérgico y culto, honrado y progresista". 

Y el guayaquileño lo demuestra con lucidez en sus ensayos reflexivos, como por ejemplo: Ensayo sobre el nuevo sistema de cárceles  (1.830) y Ensayo sobre la tolerancia religiosa (1.831).

En el primero cavila sobre el castigo y la enmienda. Piensa que todos los seres humanos tienen derecho a equivocarse y corregir sus errores.  Muestra que está en contra del maltrato y la tortura: "El castigo tiene por principal objeto la enmienda del preso, a quien se le deben proporcionar los medios de conseguirla ¿Y cuáles son estos medios? La conservación de su salud, la salubridad del aire que respira, la limpieza de la habitación, el trabajo productivo, la instrucción religiosa, el silencio, la reflexión, el orden, en todo cuanto haga, lo que regulariza sus acciones, y le predispone a una completa mudanza de costumbres. Estos son los verdaderos principios de moral".

En el segundo, además de realizar una revisión historiográfica religiosa sobre todo de Occidente, propone acciones políticas con cordura, como la que todo pueblo tiene que estar regularizado por la educación. Sólo así, dice, el ciudadano conseguirá la moderación y el bienestar y el cuerpo alcanzará a la armonía: que es el convencimiento de que la virtud es la base de toda verdadera prosperidad. Esta es la educación que conviene a los pueblos, y la que debe promover todo buen gobierno, y a tan importantes objetos tienden las escuelas de niños que se han establecido desde ahora diez años: este es un gran paso dado a favor de la instrucción popular.

La última parte de la escultura de la fiebre amarilla, colocada en Guayaquil hace 140, años muestra que cerca del hombre hincado que sostiene los pies del moribundo se ve a una mujer joven cubierta la cabeza con una manta alejándose del terrible mal que acecha a sus coterráneos y a un niño que solloza y busca el regazo de aquella que podría ser su madre, tía o hermana. La última parte de esta obra podemos distinguir el desamparo de la mujer y del niño, pero también podemos observar que están alejados del moribundo y podríamos pensar que ambos están de pie, como demostrando que ellos son el futuro. Y aunque la figura de Rocafuerte no lo demuestre, solo su presencia se convierte en un muro de contención y consuelo para la mujer y el niño, incluso los protege del poder mercenario. La postura del gobernador de la provincia de Guayaquil es de protección a la existencia, pero al mismo tiempo de reflexión. O sea, transmite una posición analítica, que nos lleva a creer que está planificando cómo alcanzar el conocimiento para resolver el problema.

La representación de Millet no fue una simple escultura, sino una obra política porque simboliza  exactamente lo que fue Vicente Rocafuerte: político de acción y de discernimiento. Para entender más está percepción, recurro al artículo de la historiadora Marta Madero Eguía (1.957) sobre la obra del historiador francés Patrick Boucheron: Contra las pasiones. Ahí la autora explica que la pintura u obra política son apropiaciones sociales que traman el sentido. En ella existen actos de lenguaje y actos de imagen tales que, si una obra consigue llegar al significado de lo que propuso, el artista se alcanza la eficacia.

el escultor Millet lo entendió. Su pequeña escultura está vigente y devela más importancia que el Rocafuerte emperador  romano y altivo.

Y  Millet  lo entendió. Su pequeña escultura está vigente y devela más importancia que el Rocafuerte emperador  romano y altivo. Tal  fue su estudio del personaje y de lo que sucedió en Guayaquil en esos  momentos que no escatimó detalles. Por ejemplo, presumo que él sabía que el gobernador fue el presidente ecuatoriano que creó el primer Colegio de Señoritas en el Ecuador, en paso histórico para defender los derechos de las mujeres en nuestro país y que incentivó la educación laica. Y es por eso que coloca a la mujer y al niño como separados de la escena del moribundo.

La postura de aquel político del siglo XIX  lleva al espectador a pensar que el conocimiento político tiene que ser conjugado con la experiencia y esto las autoridades que gobiernan la provincia del Guayas no lo demuestran como tampoco algunas del resto del Ecuador.

Tener un alto cargo no significa ser gritón, altanero, mandón como lo demostró la alcaldesa desde su casa. Viteri actúo de manera feudal y lo preocupante es que estamos en el siglo XXI. Como ciudadanos no se puede admitir ese comportamiento de una alta autoridad política. El prefecto del Guayas, el señor Morales, lo único que sabe es gritar, de político no tiene nada, parece que se acuerda de cuando fue cancerbero y ponía cara de bravo a sus zagueros.  Zapatero a tus zapatos decían los abuelos que nacieron a inicios del siglo XX.

Los políticos guayaquileños y ecuatorianos necesitan más formación en Ciencias Sociales y Humanas, sobre todo de Historia para que por lo menos conozcan el ayer del terruño donde viven y no caer en errores, como el del exalcalde del puerto principal, Jaime Nebot, que mandó a escribir a Roberto Aspiazu y Gonzalo Ruiz Álvarez textos llenos de elogios a lo Juan José Flores, otra vez imitando lo peor del período decimonónico. ¿Será que Nebot leyó alguna vez los ensayos de Rocafuerte?, me preguntó. Ni hablar de Guillermo Lasso que piensa que el Estado es como una empresa. Si sabemos que el Estado no sólo son métodos operacionales, como lo es una compañia, sino como lo indica Ulrike Bruchmüller en su investigación La posibilidad del Estado ideal de Platón en la República y en las Leyes: el Estado es conocimiento más existencia y debe llegar a tener diferentes  niveles ontológicos.

Hace dos centurias, Rocafuerte resolvió acciones pensadas para el bien común. El gobernador de la provincia de Guayaquil no le ganó a la fiebre amarilla, pero la enfrentó con sabiduría y eficacia, dos acciones que nuestros políticos desconocen y carecen. En estos momentos la humanidad se vuelve a plantear sobre el otro, y no sólo con la persona diferente, refugiada, vecino, familiar, hermana, madre, amigos, mascotas, animales, plantas, sino el lugar natal: nuestro planeta.

*Andrés Lasso es cronista, ensayista y máster en políticas ambientales y territoriales de la Universidad de Buenos Aires, UBA.

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Iconografía de una postura: Rocafuerte durante la fiebre amarilla que azotó a Guayaquil en 1.842
 


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