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30 de Marzo del 2020
Historias
Lectura: 14 minutos
30 de Marzo del 2020
Fermín Vaca Santacruz
La aventura de salir de compras en el desierto del Covid19
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Guantes, capuchas, mascarillas y visores son parte de la indumentaria de  muchos clientes de supermercado. Fotos: Luis Argüello / PlanV

 

Las restricciones en los supermercados crean un escenario surrealista en medio de la pandemia. Largas filas que le dan la vuelta a los locales y personas angustiadas que no quieren tocar los coches en donde antes sentaban a sus niños. Los informales han encontrado un nuevo filón: ahora venden mascarillas y guantes en las entradas de los centros comerciales. Supermaxi destaca que tiene provisiones para un mes en su bodega principal, aunque sus redes de distribución desde Quito funcionan con normalidad.

Nadie se hubiera imaginado que un día, en Quito, salir de compras sería toda una aventura. Hace pocos días circulaba un meme del personaje principal de la serie post apocalíptica The Walking Dead. En el meme, Rick, el líder de un grupo de sobrevivientes de un apocalipsis zombie, lleva en una mano un fusil, en la otra la lista del supermercado. Las paulatinas restricciones de movilidad en los centros comerciales y supermercados de Quito fueron convirtiendo el hecho cotidiano de hacer las compras de víveres en un escenario de angustia. 


A más de un metro de distancia, los clientes esperan su turno para ingresar al supermercado.

Y aunque las salidas para hacer mercado se mantienen entre las actividades permitidas, cada vez son menos quienes se arriesgan a salir. Desde las compras de pánico de los días previos a la cuarentena, en las que se vio a miles de personas apiñadas en los centros comerciales, hasta el aforo controlado, las mascarillas y los guantes que se han implementado hoy. 

Si en los días previos al encierro no hubo ninguna precaución -era posible ver a ancianos, niños y mujeres embarazadas como si nada sucediera, en largas filas en donde las personas estaban demasiado cerca unas de otras- hoy las medidas se han extremado.


Un guardia coloca gel en las manos de las personas que ingresan al local.

Los guardias en la puerta han puesto una fila en donde los clientes, que en realidad son pocos, están tan distanciados que la cola termina dándole la vuelta al edificio del supermercado.

En un supermercado del norte de Quito, las restricciones son evidentes. Los guardias en la puerta han puesto una fila en donde los clientes, que en realidad son pocos, están tan distanciados que la cola termina dándole la vuelta al edificio del supermercado. Los demás locales de la plaza comercial están cerrados. Las personas que vendían legumbres como aguacates, tomates y hasta huevos han desaparecido. Quienes le dan algo de normalidad al ambiente de angustia son unos cuantos vendedores informales, quienes han encontrado un nuevo filón de ventas: las mascarillas y los guantes. 

Los guantes quirúrgicos son demandados como requisitos de ingreso en mercados y supermercados. Normalmente vienen en una caja similar a las de los pañuelos desechables. Los informales los sacan y los colocan en funditas plásticas, doblados como si fueran medias. O caramelos. Hacen lo mismo con mascarillas quirúrgicas que han empaquetado ellos mismos. Cada uno de los paquetes lo venden a un dólar. Recorren la fila de clientes que esperan en silencio, la mayoría de ellos solos, hombres y mujeres jóvenes, aunque también se puede ver alguna persona mayor. Uno de estos se acerca al guardia y dice a gritos: "¿cómo deja que ese señor que está ahí tosa y escupa en el suelo?" Todos regresan a ver con cara de espanto a un hombre al que acusan de haber tosido. El guardia le pide que por favor se retire. El hombre se aleja. 


Los empleados llegan cerca de las 06:30 para empezar a acomodar productos en las perchas.

Uno de estos se acerca al guardia y dice a gritos: "¿cómo deja que ese señor que está ahí tosa y escupa en el suelo?" Todos regresan a ver con cara de espanto a un hombre al que acusan de haber tosido. El guardia le pide que por favor se retire. El hombre se aleja.

La fila es larga, pero avanza rápido. Adentro, los empleados del supermercado se han organizado para tener control de su aforo. Cuentan los clientes en coches de compras. Cada vez que un coche se desocupa dejan entrar una persona más. El sitio donde suelen estar los coches está a la tercera parte de su capacidad, la mayoría han sido guardados. Uno de los empleados les rocía con alcohol los manubrios, mientras otro coloca gel en las manos enguantadas de las personas que entran.

En ese supermercado, que es de los tamaño estándar de una conocida cadena ecuatoriana, trabajaban 100 personas. Ahora están atendiendo todo cerca de 30. Las otras están en casa, a modo de reserva, para atender un periodo de encierro que aún es incierto. Hay hombres y mujeres muy jóvenes, sobre todo en las cajas, mientras que quienes acomodan y empacan son solo hombres.

Todos lucen guantes, mascarillas y visores. En el local hay una suerte de puente de mando, desde donde los encargados pueden ver la fila de cajas y las cámaras de seguridad. Los empleados empiezan a llegar poco después de las seis de la mañana. En la parte que los clientes no ven, hay un comedor -la empresa les da comidas- bodegas de productos no perecibles (a los que llaman los "secos") y congeladores para los perecibles. Normalmente, dos grandes camiones abastecían este local: uno en la mañana con los "secos" y otro en la tarde con los perecibles. Pero ahora la cadena está trabajando solo cuatro horas en la mañana y es posible que esa rutina cambie. Las comidas se sirven en platos y vasos desechables. Se usan y se botan. 

Un joven -tiene menos de 30 años y lleva la cara tan cubierta por mascarilla y visor que es imposible ver sus rasgos-  es el capitán del barco y con un radio en la mano vigila el local desde los pasillos. Luego retorna a su puente de mando.

Los clientes avanzan con rapidez. La gente busca lo que vino a comprar con calma pero con prisa. Se indica por los altoparlante que no se queden más del tiempo indispensable. Aunque en las compras de pánico de los primeros días se podían ver perchas vacías sobre todo en el sector del papel higiénico, la carne, el pollo y los atunes, ahora todas están surtidas. Un joven -tiene menos de 30 años y lleva la cara tan cubierta por mascarilla y visor que es imposible ver sus rasgos-  es el capitán del barco y con un radio en la mano vigila el local desde los pasillos. Luego retorna a su puente de mando. Dice que tras las compras de pánico de la primera semana, ahora los clientes se han enfocado en artículos de limpieza, sobre todo el alcohol. Previniendo la demanda, el alcohol y el gel han sido colocados en la primera isla a la entrada. Es lo primero que ven los clientes ahora. 


La panadería del supermercado ha empacado su pan fresco para impedir que se manipule.

Fabián tiene 34 años. Es un hombre alto y delgado. En su casa está concentrada toda su familia: su madre, su hermana (quienes dejaron su departamento en otra zona de la ciudad por precaución), su esposa y sus dos pequeñas hijas, de tres y cuatro años respectivamente. Es él quien sale a hacer las compras. Se coloca mascarilla, anota lo que debe comprar y sale presuroso a hacer la fila en el supermercado. Trata de tocar lo menos posible las superficies, y cuando llega a la caja, la cajera rocía sobre la banda con alcohol. Le dicen cuánto es y saca la tarjeta de crédito. Una de las medidas tomadas por el supermercado es poner la máquina que lee las tarjetas al alcance del cliente. Fabián empuja la tarjeta en el lector y, con cuidado, toma el esfero que le ofrecen para firmar el recibo. Luego sale con sus fundas de vuelta a casa. Se cambia de ropa, se lava las manos. Deja los zapatos afuera. Y desconfía de la mascarilla y los guantes que la vendedora ambulante fuera del supermercado le ha ofrecido porque, después de todo, no se sabe cómo fue que la empaquetó. 


En las cajas, los pagos con tarjetas se hacen directamente al lector.

Las medidas de Supermaxi

Rubén Salazar es el gerente corporativo de Supermaxi. El ejecutivo de la cadena, que pertenece al grupo La Favorita, uno de los principales supermercado del país, relata que se han puesto en contacto con sus proveedores para poner garantizar el suministro de alimentos en las ciudades. 

Salazar dice que han tenido algunas limitaciones para el transporte sobre todo de productos de limpieza, pues algunas autoridades habrían puesto trabas al transporte de alimentos. Supermaxi tiene por lo menos 3000 proveedores en todo el país, entre alimentos procesados, productos frescos y productos de limpieza. El ejecutivo dice que han tenido algunas dificultades para circular en sitios como Babahoyo y Chone, así como el paso de la Sierra a la Costa, aunque se ha logrado superlos. Algunos de los casi diez mil empleados de la Corporación Favorita han tenido algunas dificultades para llegar a sus puestos de trabajo. 

Una flota de por lo menos 500 grandes camiones, la mitad de ellos refrigerados, transportan los alimentos a los distintos puntos de venta en todo el país. Actualmente la corporacion tiene 160 puntos de venta entre Megamaxi, Supermaxi, Aki y el mercado mayorista Titán.

La Corporación tiene una gran bodega y centro de distribución en el sector de Sangolquí, a donde deben llegar las mercaderías que llegan de distintas partes del país. Actualmente, explica Salazar, tienen una reserva estratégica de cerca de un mes de alimentos y otros artículos en caso de que empezaran a fallar las cadenas de distribución. La mercadería es despachada a todo el país, hacia Loja al sur y Carchi al norte. Una flota de por lo menos 500 grandes camiones, la mitad de ellos refrigerados, transportan los alimentos a los distintos puntos de venta en todo el país. Actualmente la corporacion tiene 160 puntos de venta entre Megamaxi, Supermaxi, Aki y el mercado mayorista Titán. Los locales más grandes pueden llegar a tener hasta 8000 metros cuadrados, mientras los más pequeños alcanzan hasta 1500 metros cuadrados de superficie.  

Los productos vienen de distintas partes del país: si el atún enlatado viene de Manta, al igual que el arroz y algunas frutas que provienen de varias provincias de la Costa, la papa llega de Carchi y de la Sierra central. Todos los días la mercadería llega a Sangolquí y vuelve a ser despachada. Cerca del 7% de los productos que se venden en Supermaxi son importados y la mayoría llega por vía marítima, que llega y sale de los puertos de Guayaquil y Manta. 

Salazar destaca que el grueso de los productos alimenticios se producen en el país, lo que significa que los alimentos no faltarían si se cierran las fronteras. No descarta que un cierre total de la provincia del Guayas pueda afectar la logística de los productos que vienen de esa provincia y de sus puertos.

Salazar destaca que el grueso de los productos alimenticios se producen en el país, lo que significa que los alimentos no faltarían si se cierran las fronteras. No descarta que un cierre total de la provincia del Guayas pueda afectar la logística de los productos que vienen de esa provincia y de sus puertos. 

El ejecutivo destaca que no llegó a haber escasez de papel higiénico, sino que el aumento de la demanda complicó reponer las perchas. Lo mismo pasó con carne y pollo antes de la cuarentena, pero en la actualidad están totalmente abastecidos. Toda la carne que vende esa cadena proviene de su propio camal, mientras que el 50% del pollo también es producido por Favorita. Los pescados y mariscos provienen de proveedores de la Costa. 

Sobre las compras a domicilio, Salazar aclara que Favorita no tiene ninguna aplicación para entregar compras, sino que tiene una alianza con Tipti, que se encarga de enviar mensajeros. Pero Salazar admite que esa aplicación, que tiene su sistema integrado con el de Supermaxi, está "desbordada" por lo que se están demorando varios días en entregar los productos. 

Los equipos de trabajo están divididos en dos grupos: la mitad de ellos están en su casa en cuarentena y otro grupo está despachando en las bodegas. Cerca de 9500 personas trabajan actualmente en los supermercados y un diez de por ciento de ellos están en los grupos vulnerables, por lo que están haciendo teletrabajo. 

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