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17 de Marzo del 2020
Historias
Lectura: 12 minutos
17 de Marzo del 2020
Rodolfo Asar

Periodista, ha colaborado en televisión y prensa. 

La ciencia en guerra contra el coronavirus
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El uso de medicación antirretroviral podría ayudar a combatir la epidemia del coronavirus en el mundo. 

 

Lo que hace tan peligroso al Covid-19 es su facilidad de contagio y su capacidad para multiplicarse rápidamente sin que el enfermo note los síntomas de inmediato, como ocurre, por ejemplo, con una gripe. Y cuando aparecen la fiebre y la tos es porque el virus ya está desbaratando las defensas naturales del cuerpo.

La batalla mundial contra el coronavirus (Covid-19) se libra en dos campos: a cortísimo plazo experimentado con fármacos que puedan salvar la vida a pacientes en estado grave y, a más largo plazo, desarrollando vacunas que puedan evitar una nueva pandemia en el futuro.

Como nunca en la historia médicos y científicos han establecido redes internacionales de cooperación para el intercambio de conocimientos, que permiten a miles de investigadores de todo el planeta contar con información valiosa y actualizada que les ayude a acelerar su trabajo.

Es una auténtica guerra de toda la Humanidad contra un minúsculo pero mortal organismo.

A cortísimo plazo: los fármacos salvadores

Lo que hace tan peligroso al Covid-19 es su facilidad de contagio y su capacidad para multiplicarse rápidamente sin que el enfermo note los síntomas de inmediato, como ocurre, por ejemplo, con una gripe. Y cuando aparecen la fiebre y la tos es porque el virus ya está desbaratando las defensas naturales del cuerpo.

Esa respuesta inmunitaria es muy diferente en personas más jóvenes y sanas que en los adultos mayores y personas que sufren otras dolencias como diabetes o cardiopatías. Es en estos últimos casos en los que el Covid-19 causa los peores estragos y la muerte, y a quienes los médicos deben tratar con extrema urgencia para salvarles la vida. La mayoría de decesos se produce por insuficiencia pulmonar, fallo de órganos como corazón e hígado,  y choque séptico.

No existe al momento ningún medicamento específico ni vacuna contra el virus, así es que los médicos están tratando a sus pacientes con lo que tienen a mano. Están utilizando diversos tratamientos que van demostrando cierta eficacia, pero como aún son pocos casos es prematuro asegurar cuál es el mejor.

Uno de ellos es el empleo de la cloroquina, una medicina que se usa contra la malaria y que bloquea la entrada del virus en la célula. Los virus son como una especie de zombis -no están ni vivos ni muertos- que necesitan penetrar la envoltura de una célula para "secuestrarla", y luego activarse y multiplicarse a velocidades pasmosas. La cloroquina, entonces, actúa como si fuese una puerta blindada de las células.

Pero queda el problema de las células que ya han sido invadidas. Entonces los médicos utilizan otros antivirales usados contra el VIH (como ritonavir y lopinavir) para evitar que el virus se tome más células y se multiplique. Algunos médicos le agregan a este  fuerte "cóctel" otro antiviral que parece prometedor: el remdesivir.

Los médicos utilizan otros antivirales usados contra el VIH (como ritonavir y lopinavir) para evitar que el virus se tome más células y se multiplique. Algunos médicos le agregan a este  fuerte "cóctel" otro antiviral que parece prometedor: el remdesivir.

El remdesivir evita que los virus se repliquen, y aún está en fase de ensayo. Se usó con éxito para combatir el ébola y, más importante todavía, parece haber sido efectivo contra un pariente cercano del Covid-19: dos coronavirus causantes de graves enfermedades respiratorias como el SARS y el MERS.

En los últimos días el remdesivir está adquiriendo notoriedad porque médicos de California sostienen que curó a 15 personas (con una edad promedio de 75 años) que estaban muy graves. En estos momentos se lo está probando en hospitales de Italia, España, Alemania y Francia.

Otro de los tratamiento que ha recibido mucha difusión por las redes sociales es el Interferón. Más específicamente uno de origen cubano conocido como Alfa 2B, del que se dice -erróneamente- que es una vacuna. En realidad el interferón es una proteína natural del cuerpo que se activa cuando el organismo es atacado por algún virus. El medicamento se basa en proteínas animales, y se lo fabrica en muchos laboratorios del mundo desde su descubrimiento hace casi medio siglo por científicos suizos, ingleses y japoneses.

En China, donde comenzó la pandemia del Covid-19, existe un laboratorio mixto con aporte cubano llamado Changheber. Allí se fabrica este medicamento que comenzó a ser utilizado por los médicos que atendían a los primeros pacientes, y con buenos resultados en ciertos casos graves, y no en 1.500 como sostienen algunos memes. El interferón se llama así porque interfiere en la capacidad del virus para replicarse en las células, además de activar el sistema inmunitario del cuerpo.

Pero la Organización Mundial de la Salud ha pedido cautela por cuanto se necesitan muchos más resultados comprobados para poder afirmar que existe un tratamiento efectivo. Por el momento, no lo hay y se sigue experimentando mientras se intenta salvar vidas.

A largo plazo: fármacos específicos y vacunas

Hay una máxima muy antigua de la Medicina: "lo primero, no hacer daño". Eso, en pocas palabras significa que un médico no debe aplicar un remedio que pueda ser peor que la enfermedad que intenta curar. Y es la razón por la cual las vacunas normalmente demoran años en salir al mercado, por más urgente que sea su necesidad.

En el caso del Covid-19 es posible que pueda batirse un récord, precisamente por lo que decíamos al principio: hay una enorme y generosa red internacional de intercambio de datos entre científicos de todo el mundo que es auspiciada por la propia OMS.

Y eso está ocurriendo desde el principio de la pandemia. Como nunca antes, apenas una semana después de conocerse los primeros casos en Wuhan, China, ya se tenía una completa descripción del virus y su genoma: se trata de una nueva clase de coronavirus que está emparentado con el SARS. Esta enfermedad apareció repentinamente también en China a finales del 2002, y se propagó por 27 países matando a cerca de un millar de personas.

Conocer de esta similitud entre ambos virus ayudó no sólo para que se utilicen ciertos medicamentos, sino también para hacer un modelo informático de cómo el Covid-19 se aferra a las células humanas y las invade. Este proceso de estudio puede demorar muchos meses y, sin embargo, se lo acaba de finalizar. Con ayuda de Summit, la computadora más veloz del planeta, se ha expuesto el virus a 8 mil sustancias químicas diferentes, de las cuales se ha detectado que es sensible a 77 moléculas de compuestos medicinales. Con esta información ya se puede comenzar a trabajar en un fármaco específico.

Y, mientras tanto, la vacuna contra el Covid-19 se ha convertido en escenario de una batalla geopolítica que involucra a China, Estados Unidos, Alemania, Isarael, Canadá, Suecia y otros países. Se estima que hay al menos 39 laboratorios en carrera para producirla. Es que además de ser un buen negocio para la primera empresa que la produzca, puede dar prestigio al gobierno del país donde se lo consiga. Sin embargo, las prisas están creando alianzas insospechadas; por ejemplo, un laboratorio alemán acaba de recibir una fuerte suma de una empresa china para desarrollar su investigación.

La vacuna está en camino

Hay varias vías que se están ensayando, pero todas tienen una mecánica en común: inyectar en el organismo humano una pequeña cantidad del virus (o genes que se le parezcan) para que este reaccione poniendo en pie de lucha su sistema inmunitario. Esto queda "registrado"  en el cuerpo para defenderse cuando llegue el ataque del verdadero Covid-19.

El genoma del virus ya está plenamente identificado, pero el problema para tener ya mismo la vacuna es que debe probarse que no tiene efectos secundarios antes de ser inoculada a millones de personas. Y en esa etapa de la carrera están varios de los proyectos.

Un laboratorio de la Universidad de Shanghai y la empresa Sthermirna Therapeutics ya están trabajando en una vacuna que está siendo testeada en monos. Algunos expertos creen que están seguros de su efectividad porque ya han comenzado a producirla.  Otra sociedad formada por tres universidades, incluyendo la de Pekín, ha sido autorizada para iniciar ensayos clínicos

Mientras tanto, el laboratorio estadounidense Moderna (que cuenta con apoyo estatal) acaba de inciar las pruebas en voluntarios para determinar las dosis que podrían crear inmunidad contra el Covid-19. Científicos australianos de la Universidad de Queensland desarrollan su propia idea con la ayuda de la denominada "pinza molecular". Se busca que la vacuna engañe al cuerpo para crea que los virus ya están desarrollados, aunque aún estén apenas formándose; así, el sistema inmunitario los atacaría incluso antes de que intenten fusionarse con una célula.

Pero en apariencia el proyecto más adelantado estaría en manos de un laboratorio alemán, propiedad de uno de los hombres más odiados en el fútbol alemán. El millonario Dietmar Hopp, accionista de un equipo de la Bundesliga y criticado por querer convertirlo en su propiedad, es el dueño del laboratorio CureVac (que ha recibido un subsidio de 80 millones de euros de la Unión Europea) y que estaría ya en las últimas fases para la producción de la vacuna que podría ayudar al mundo a salir de la parálisis. Este es el laboratorio que -se dijo- Donald Trump intentó comprar para producir la vacuna en Estados Unidos.

La Organizacion Panamericana de la Salud anticipa que no habrá una vacuna efectiva hasta dentro de un año, ya iniciada la próxima temporada invernal en el hemisferio norte.

Y hay otros proyectos en curso, pero a pesar de la velocidad con la que se investiga, la Organizacion Panamericana de la Salud anticipa que no habrá una vacuna efectiva hasta dentro de un año, ya iniciada la próxima temporada invernal en el hemisferio norte.

Algunos expertos afirman que hay indicios de que lo más probable es que el virus Covid-19 se vaya suavizando a medida que se expanda, y que termine por parecerse a una gripe con la que tendremos que convivir cada año.

Y es seguro que el mundo habrá tomado buena nota del enorme daño que puede causar un minúsculo gérmen. Y empezará a tomar en serio las advertencias de los científicos sobre la próxima gran pandemia que sería mucho más letal y que todavía no ha llegado.

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