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31 de Enero del 2016
Historias
Lectura: 11 minutos
31 de Enero del 2016
Arturo Villavicencio
La "excelencia" académica según el correísmo

Foto oficial de los ganadores del concurso oficialista de excelencia académica Matilde Hidalgo de Prócel.

 

El momento para la entrega de los honores no pudo ser más oportuno para camuflar los protervos intereses de la burocracia gubernamental. En circunstancias en que la universidad ecuatoriana es objeto de una nueva arbitrariedad, esta vez dirigida hacia el sometimiento y control de la Universidad Andina Simón Bolívar, el slogan de la excelencia académica había que utilizarlo como un ingrediente para tratar de justificar, o por lo menos matizar, este atropello.

La Secretaría Nacional de Educación Superior, Ciencia y Tecnología otorgó en días pasados los “Premios Matilde Hidalgo a la educación superior, ciencia, tecnología e innovación 2015". Una de las categorías premiadas fue el reconocimiento a la  “Excelencia y Calidad de las universidades, escuelas politécnicas y universidades de posgrado”. La comprensión del alcance y significado del show publicitario organizado con motivo de la entrega de los premios amerita un breve examen.  

El escenario

Si una universidad de California se erige como el modelo de la academia ecuatoriana,  la otra academia californiana, aquella de la frivolidad y la fanfarria, también debe ser objeto de imitación, aun con el riesgo de caer en la ridiculez.

La puesta en escena de la entrega de los premios fue montada, como agudamente lo señaló un destacado académico y periodista de opinión,  al más puro estilo de la “chabacanería que caracterizan a las reuniones altivas y soberanas:  despliegue de videos, conductora de traje largo, libreto de concurso televisivo, sendero marcado por jóvenes que lucían los trajes que solamente volverán a vestir en su propio matrimonio” y, para culminar el espectáculo, la entrega en medio de abrazos y regocijos de estatuillas que otorgaron un sabor hollywoodense al show. Aquí si hay que reconocer la coherencia de la política de educación superior de la revolución ciudadana: si una universidad de California se erige como el modelo de la academia ecuatoriana,  la otra academia californiana, aquella de la frivolidad y la fanfarria, también debe ser objeto de imitación, aun con el riesgo de caer en la ridiculez.

El personaje

Los actos de reconocimiento implican ante todo la presencia de dos actores: la persona o institución reconocida y quien otorga el reconocimiento. Este último, por sus méritos y trayectoria es quien legitima y reafirma los méritos del  galardonado y da realce al valor de los honores otorgados. Sin duda, el funcionario público encargado de la entrega del máximo reconocimiento a la excelencia universitaria fue la persona menos calificada para el cumplimiento de este acto por la sencilla razón de alrededor de este personaje siempre rondará el fantasma del plagio. Y es que en el mundo universitario la acción de pretender engañar mediante la apropiación del trabajo y textos  de otros, y hacerlos aparecer como si fueran propios, es quizá la falta más grave porque destruye los principios básicos de toda práctica académica. La incongruencia del acto en cuestión seria similar a una invitación del Papa Francisco a Madonna para la entrega del premio universal de castidad. ¡Que escaso favor para el  galardonado recibir los honores de parte de la persona menos calificada para hacerlo! y sobre todo, la insensatez de instrumentalizar a la universidad ecuatoriana para la promoción de un obscuro burócrata a quien ahora se lo quiere convertir en estadista con proyecciones presidenciables.

La circunstancia

El momento para la entrega de los honores no pudo ser más oportuno para camuflar los protervos  intereses de la burocracia gubernamental. En circunstancias en que la universidad ecuatoriana es objeto de una nueva arbitrariedad, esta vez dirigida hacia  el sometimiento y control de la Universidad Andina Simón Bolívar, el slogan de la excelencia académica había que utilizarlo como un ingrediente para tratar de justificar, o por lo menos matizar, este atropello.

Entonces, frente a una universidad comprometida, espacio de pensamiento autónomo, crítico y cuestionador de las arbitrariedades del poder, se volvía imprescindible exaltar  las virtudes de una nueva universidad, la universidad emblemática que trata de implantar la revolución ciudadana: aquellas universidades disciplinadas y dóciles al poder, verdaderos oasis de sanidad académica, funcionales a las demandas de un capitalismo en proceso de modernización, productoras de recursos humanos y conocimientos directamente relevantes para la esfera productiva y la cultura emprendedora.

El mensaje

El espectáculo montado giró en torno a la excelencia académica. El centro de los honores estuvo dirigido a la premiación de la ‘Calidad’, entendida por la intelectualidad burocrática como un “reconocimiento a la búsqueda constante y sistemática de la excelencia”. Esta definición sui-generis conduce a especular que probablemente, en ediciones posteriores de esta premiación, instituyan también el premio a la excelencia, esta vez entendida como reconocimiento a la búsqueda constante y sistemática de la calidad.

Indudablemente, excelencia y calidad son un términos que sufren de una tremenda inflación intelectual. Ya lo señalaba el filósofo norteamericano Bill Readings que “como un principio integrador, excelencia tiene la singular ventaja de no significar nada o, para ponerlo en términos más precisos, es no-referencial. …[L]a necesidad de excelencia es algo en lo todos estamos de acuerdo; y todos estamos de acuerdo porque no es una ideología en el sentido de que carece de referencia externa o de contenido interno.” Entonces, la insistencia del termino excelencia en el discurso de la burocracia gubernamental no es sino una confesión de impotencia intelectual y, parafraseando a Borges se puede afirmar que el uso del termino universidad de excelencia equivale a decir: A mí no se me ocurre nada… o No he logrado encontrar un adjetivo definidor de universidad.

La insensatez de instrumentalizar a la universidad ecuatoriana para la promoción de un obscuro burócrata a quien ahora se lo quiere convertir en estadista con proyecciones presidenciables.

Pero, mas allá de una terminología vacía, excelencia y calidad encajan y legitiman perfectamente la agenda del neoliberalismo en la educación superior a la que devotamente trata de seguir la reforma universitaria del Gobierno. En circunstancias en la que el poder del estado-nación se reduce mientras el del mercado se fortalece, excelencia y calidad se convierten en los elementos críticos para el funcionamiento del mercado. Los consumidores globales requieren información condensada y confiable acerca del producto que están comprando. Dictadas por la racionalidad que les confiere el mercado, la excelencia y la calidad, y por su puesto su evaluación, adquieren una centralidad en las preocupaciones acerca de la educación superior.

En este proceso, las universidades se convierten en sujetos de los rudos protocolos del mercado. Los concursos, las emulaciones con fines de premiación crean la necesidad de estándares uniformes, una métrica que sirve para valorar la diversidad del trabajo intelectual y bajo la cual los principios permanentes de reflexión, erudición y rigor intelectual son rápidamente reemplazados por aquellos de calidad, eficiencia, logro competitivo y excelencia. Es en este entorno donde la lógica de la competencia y no de la complementariedad, la lógica de la simulación y no de la pertinencia, las prácticas de la irrelevancia y no de un trabajo académico serio se convierten en una amenaza constantemente a la praxis de un análisis critico, de compromiso, autónomo del poder y del mercado.

La calificación

El máximo reconocimiento, el premio a la ‘Excelencia’, se otorgó a la universidad que obtuvo una calificación de 97 sobre 100 “de conformidad con la evaluación que realizó el CEAACES y el CES” (ahora dos instituciones evaluadoras por falta de una). Esta sorprendente precisión en la calificación pretende, bajo un supuesto rigor y objetividad, otorgar legitimidad a una evaluación carente de contenido y, en definitiva, instrumentalizada con fines de control y vigilancia a las universidades. Entonces, como en ocasiones anteriores, el uso de una aritmética engorrosa y de formulas inescrutables, así como la utilización de índices de precisión nanométrica y la aplicación de indicadores que en definitiva no indican nada, no sirven sino para dar una apariencia de cientificidad, siguiendo los dictámenes de aquel aforismo que dice: si usted quiere que le crean algo realmente estúpido, agréguele un número.    

Pero lo que resulta preocupante en este juego de una aritmética burocrática es el hecho que la burocracia gubernamental es la que define los indicadores de calidad y excelencia y los resultados de la evaluación son considerados por los evaluadores como expresión autentica de la excelencia y calidad, como algo independiente de su propia creación y libre de sus propios prejuicios y distorsiones. En otras palabras, se trata de un juego de espejos que permite a cualquier burócrata erigirse en el árbitro de los avances académicos de las universidades,  en el juez de niveles aceptables de pensamiento crítico que se genera al interior de las instituciones, en el interventor de la transparencia en la gestión universitaria, paradójicamente en un Gobierno donde el despilfarro y el secreto son la norma  en el manejo de los fondos públicos y que justifican fundadas sospechas de una enorme corrupción.

Los logros académicos alcanzados por las universidades premiadas han sido ampliamente reconocidos por la sociedad y  por lo tanto estas instituciones no necesitaban de un pírrico galardón para reafirmar su posición y prestigio en el ámbito académico nacional e internacional. Más aun, es siempre necesario tener en cuenta que los ‘premios’, incluso los premios Nobel, también se pueden declinar (meses atrás el académico Thomas Piketty rechazó el galardón que le otorgo el Gobierno francés). Guardo la convicción que mi Universidad jamás caerá en el juego de farsas y sainetes cursis.

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