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8 de Septiembre del 2021
Historias
Lectura: 13 minutos
8 de Septiembre del 2021
Redacción Plan V
La H es una epidemia sin freno en Guayaquil
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Los centro privados de rehabilitación están en crisis por la pandemia y algunos han cerrado, mientras el consumo de droga entre los más jóvenes crece. Foto cortesía: Gocen Centro de Recuperación

 

Dos expertos describen el avance del consumo de drogas en el Puerto Principal, sobre todo de la llamada H, más adictiva y accesible. Los principales esfuerzos para luchar contra las adicciones provienen de iniciativas ciudadanas, que han pedido la atención del Estado. La pandemia ha acentuado su crisis. Mientras tanto, el Gobierno ha propuesto la eliminación de la tabla de consumo de drogas como respuesta al aumento del microtráfico y la violencia. Pero, ¿es suficiente?


Ernesto Tenorio es enfermero, misionero y es una persona rehabilitada de las drogas. Recuerda que se inició en el consumo a sus 14 años por las amistades que hizo en la calle. Él creció en un hogar fracturado y cree que ese fue uno de los principales motivos para su ingreso a ese mundo. Pero ahora eso ha cambiado. Tenorio creó el Club Charles para motivar a los jóvenes de Nueva Prosperina, en el norte de Guayaquil. A su proyecto han llegado buenos estudiantes y de hogares estables, que desde muy jóvenes consumen H, una droga que es resultado de la mezcla de heroína con otras sustancias.

Tenorio cuenta que conoce decenas de jóvenes que se iniciaron en esta droga porque alguien se las ofreció en el patio o en los baños de su escuela. Conoce niños de 9 y 10 años que ya son adictos. Y esto sucede porque la H es muy adictiva y más barata. “En menos de 15 días una persona se puede volver adicta. Usted necesita meses para hacerse cocainómano, la marihuana la puede consumir tres veces al año y dejarla de consumir por siempre”.

La H es una droga residuo. Es como usar la harina que está en el piso de una panadería, explica Tenorio. Entre sus compuestos hay cafeína y diltiazem, un medicamento para tratar la presión arterial, según un estudio clínico realizado en 2017. Se la puede comprar en las calles por apenas 50 centavos de dólar. Cada dos cuadras hay un vendedor que puede ser desde un joven, un tendero, o vendedor de comidas rápidas. En Nueva Prosperina se estima que de cada 10 jóvenes, siete consumen droga en especial la H. En un barrio de 14 familias, tres pueden dedicarse a su expendio.

Los adictos a la H tienen la piel escamosa, blanca, pasan con los ojos hundidos porque tienen una alta deshidratación, refiere Tenorio. “El que tiene un hábito de consumo intenso ya no le sale ni saliva”. Pasan soñolientos, se quedan dormidos parados. Pierden el apetito y bajan de peso. Asegura que ha conocido a jóvenes que han fallecido a los cuatro años de iniciar el consumo.

Con esto coincide Jenny Díaz, psicóloga clínica, máster en adicciones y presidenta de la Asociación de Centros de Recuperación de Adicciones del Guayas (Acrapg). Después de tres años de consumir H, una persona comienza un deterioro significativo de los órganos internos, dice. Cree que es el único país del mundo con esta droga. Es de fácil expendio, pues apenas la terminan de fabricar, ya la están distribuyendo. 


Foto: Photead Media

Jenny Díaz, presidenta de la Asociación de Centros de Recuperación de Adicciones del Guayas.

Pero junto a la H han aparecido otras drogas. Díaz dice que ella recibió en Gosen, el centro de recuperación que dirige desde hace 15 años, a los primeros casos de jóvenes consumidores de ‘krokodil’, un tipo de droga que era mezclada con la H. “Pero la gente tuvo miedo porque los jóvenes se hacían llagas en la piel de tanto rascarse”, explica Díaz. Afirma que el consumo de drogas en Ecuador aumentó desde hace siete años atrás de manera estrepitosa entre los adolescentes. Con la H el deterioro físico, emocional, cognitivo y social ha sido elevado.

El Club Charles arrancó en 2015 después de que Tenorio hiciera varios talleres de prevención de consumo de drogas en su congregación religiosa. Un día, Yendri, un niño de 10 años, le contó que tenía una adicción a la marihuana y le pidió ayuda. Tenorio habló con la madre del niño y con la escuela y en tres meses dejó de consumir. A raíz de esa experiencia, muchos adolescentes lo buscaron y Tenorio decidió armar un grupo de teatro para que los jóvenes a través del arte manejen su ansiedad.

Por este Club han pasado unos 200 jóvenes, de los cuales 20 se han alejado de las drogas, según Tenorio. Han hecho obras de teatro que reflejan su propia realidad. Una de ellas ganó un concurso intercolegial con una obra que contaba la vida de una familia relacionada con el expendio de drogas. Yendri fue parte de esa obra y como agradecimiento quiso regalar mangos a su grupo de teatro. Se subió a un árbol, pero tocó un cable de alta tensión y falleció. La madre de Yendri impulsó a Tenorio a seguir y se ofreció a ayudar a los niños que asistan al proyecto. Tenorio abrió las puertas del garaje de su casa y con instrumentos reciclados, los menores reciben clases de música o teatro y a veces comen allí. Solo les pide que a cambio dejen de consumir la H ese día.

En Nueva Prosperina se estima que de cada 10 jóvenes, siete consumen droga en especial la H. En un barrio de 14 familias, tres pueden dedicarse a su expendio.

En una ocasión llegó al Club un joven, de 19 años, que se dedicaba al sicariato. Su expresión era muy fuerte y violenta. Sus compañeros evitaban contarle sus problemas para evitar que él les hiciera algo. La agresividad es una característica común de los consumidores de droga. La historia de ‘Gabrielito’ es un ícono en el centro Gosen. El Ministerio de Inclusión Social (MIES) lo dejó en este lugar a los 12 años y no volvió por él. Era muy agresivo y por eso el MIES lo trasladó, recuerda Díaz. ‘Gabrielito’ consumía H desde los 9 años. “Era hiperactivo e irritable porque las drogas habían afectado su sistema nervioso y cerebro”. El niño robaba todo lo que podía, peleaba con sus compañeros.

Estuvo año y medio en Gosen porque ningún lugar lo quería recibir. Él estuvo presente en los momentos en los que era rechazado. ‘No lo podemos tener’, decían frente al niño. ‘Gabrielito’ expresó sus ganas de irse. En una salida al cine, el niño se apartó del grupo y desde entonces no saben nada de él. Pero en el caso del joven sicario, la historia fue distinta. Ahora es un padre de familia con un trabajo como camionero. Dejó el Club Charles después de seis años. Tenorio reconoce, sin embargo, que estos esfuerzos pueden ser limitados si la familia no se involucra en el proceso de rehabilitación de los jóvenes.

El consumo de drogas en los menores puede empezar a los 9 o 10 años. Pocas familias tienen recursos para recibir atención profesional (foto). Los de escasos recursos se ven obligados a acudir a centros clandestinos. Foto: Gocen. Centro de Recuperación

El Ministerio de Inclusión Social (MIES) lo dejó en este lugar a los 12 años y no volvió por él. Era muy agresivo y por eso el MIES lo trasladó, recuerda Díaz.

A ello se suma el papel del Estado. “Las entidades que deberían precautelar la salud de los niños no lo hicieron”, manifiesta Díaz. Desde el caso de ‘Gabrielito’, prefiere no recibir a personas que son referenciadas del Estado porque no cumplen sus promesas. Estas preocupaciones las expresó al vicepresidente Alfredo Borrero, cuando aún era candidato.  “Me saqué la mascarilla y le dije míreme bien, represento a todas esas mujeres que hoy no están aquí, pero necesitan una respuesta”. Díaz afirma que se entregó al presidente Guillermo Lasso un plan de trabajo encaminado a crear políticas públicas para la prevención. Una de sus propuestas es reactivar la antigua Secretaría Técnica de Drogas para que se hagan estudios actuales sobre el problema. Asimismo, solicitaban ayuda para los centros de rehabilitación porque cada vez hay más consumidores y menos lugares de rehabilitación. Centros con 20 y 30 años de experiencia se están cerrando, asegura la presidenta de Acrapg.

Díaz envió una carta al Presidente y a la Alcaldesa sobre esta situación. Explica que solo cinco centros han logrado obtener sus licencias, pues no tienen el dinero suficiente para los trámites. Han dejado de asistir pacientes porque no tienen recursos y terminan en clínicas clandestinas. Acrapg se inició con 26 miembros, luego quedaron 18 y ahora hay centros que están analizando cerrar. Cada centro atiende a entre 20 y 30 chicos.

La única vez que Tenorio se acercó a la política para obtener ayuda para su proyecto fue en las elecciones de 2019 cuando pidió ayuda a una excandidata a la Alcaldía de Guayaquil.  Ella le pidió a cambio el voto, y desde entonces prefirió seguir sin ningún apoyo estatal. Son los jóvenes de escuelas y colegios y sus familias los que han respaldado esta iniciativa. Pero Tenorio no acepta donaciones en dinero. “Una familia arregló una casa de caña, otra compró lentes a uno de los chicos, otra nos donó guitarras y otra hizo un agasajo”. Cree que su proyecto puede ser replicado con la participación de estudiantes universitarios y las casas comunales de los barrios.

Una de sus propuestas es reactivar la antigua Secretaría Técnica de Drogas para que se hagan estudios actuales sobre el problema.

La tabla de consumo de drogas, según los expertos

Tenorio afirma que la tabla ha facilitado la adquisición de drogas en el país. Asegura que esta tabla es responsable de que el consumo de droga se dé en espacios públicos y lugares recreativos. El consumo de droga ocurre incluso en los lugares más turísticos y céntricos como el parque 9 de Octubre y junto a policías, que no pueden detener a los consumidores. Además facilita la venta. Los expendedores salen a la calle con el gramaje permitido, lo venden y luego regresan con otra cantidad similar para evitar las detenciones. En un día se puede vender un kilo de esa manera. “La tabla abrió las puertas para el microtráfico en Guayaquil”.

Para Díaz, la tabla ha sido mal promocionada por el Estado y los jóvenes piensan que se les permite consumir determinadas cantidades. “Si bien se inició como un ayuda para los jueces y peritos, se convirtió en un medio que mentalmente pudo dar una licencia a los consumidores para que lo hagan a diestra y siniestra”. Por eso, dice, los jóvenes consumen en los colectivos, en los espacios públicos, en sus casas, en las instituciones educativas. Pero también ha ayudado a muchos consumidores para que salgan de la cárcel. La adicción es una enfermedad y debe ser tratada de esa manera, sostiene.

Fernando Delgado, director del centro San Luis, confirma que el aumento del consumo de drogas en Guayaquil se debe a la H. Está de acuerdo con la eliminación de la tabla porque los vendedores de droga se hacen pasar por consumidores. Usan niños que son adictos para la venta. Dice que las autoridades deben centrarse en los verdaderos traficantes y en ayudar a los centros de habilitación, afectados por los trámites para su funcionamiento. Además los niños son los que tienen menos lugares para su rehabilitación. Delgado explica que los niños necesitan un tratamiento especial.

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