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22 de Julio del 2021
Historias
Lectura: 14 minutos
22 de Julio del 2021
Julio Oleas-Montalvo
De la independencia ...a la dependencia
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Si las luchas independentistas de Sudamérica necesitaban una proclama (un grito, como dice la historiografía tradicional), la gritaron los Katari y Amaru treinta años antes que el marqués de Selva Alegre, Pedro Domingo Murillo o Bernardo Monteagudo...

 

La madrugada del 9 de agosto de 1809 un grupo de criollos reunidos en casa de Manuela Cañizares decidió proclamar la independencia de la Audiencia de Quito y su lealtad a Fernando VII, prisionero de José Bonaparte, pero todavía monarca del decadente imperio español. Liderado por el acaudalado marqués de Selva Alegre, Juan Pío Montúfar, el grupo tenía el apoyo del obispo Cuero y Caicedo. Juan de Dios Morales (antioqueño), Manuel Rodríguez de Quiroga (chuquisaqueño) y Juan Larrea (riobambeño) se encargaron de las tres secretarías de la nueva Junta de Gobierno (Estado, Interior y Gracia, Justicia y Hacienda).

En la mañana del 10 de agosto, el secretario de los sediciosos reunidos la víspera informó al conde Ruiz de Castilla, presidente de la Audiencia de Quito, que el marqués de Selva Alegre había conformado un nuevo gobierno, por lo que se lo relevaba de sus funciones. Mientras tanto, Juan Salinas, al mando de las tropas acantonadas en Quito, declaraba su lealtad a Fernando VII y a la Junta de Gobierno.

Seis días más tarde (16 de agosto) el cabildo abierto de la ciudad ratificó todo lo actuado y envió emisarios para informar de lo sucedido a los virreyes de Lima (José Fernando de Abascal) y Santa Fe (Antonio Amar y Borbón), y a los gobernadores de Guayaquil (Bartolomé Cucalón) y Cuenca (Melchor Aymerich).

Ni el primero ni el único

La historia tradicional, ocupada en forjar la idea de nación en la nueva república, calificó a esta revuelta como el primer grito de la independencia del Ecuador y proclamó a su capital como la Luz de América. Pero antes del 10 de agosto, el 25 de mayo de ese mismo año, Bernardo Monteagudo y Jaime de Zudáñez encabezaron la Revolución de Chuquisaca (Sucre, desde 1825), en el Alto Perú, hoy Estado Plurinacional de Bolivia. Como el marqués de Selva Alegre y su grupo, Monteagudo y Zudáñez también proclamaron su lealtad a Fernando VII.

Quien no se declaró leal al monarca español fue Pedro Domingo Murillo, líder de la Junta Tuitiva instaurada en La Paz el 9 de julio de 1809. Junto a sus seguidores, Murillo fue ahorcado por el gobierno colonial el 29 de enero de 1810. En Quito, la masacre del 2 de agosto de 1810 puso fin a la revuelta criolla iniciada un año antes.

A pesar de la brutal represión, en la segunda década del siglo XIX la sedición se expandía por toda América. En Buenos Aires, el 25 de mayo de 1810 la teoría de la retroversión de la soberanía confirmó la creciente debilidad política de la monarquía española y gestó una Junta Provisional de Gobierno compuesta por militares, abogados, comerciantes y sacerdotes criollos. En la Capitanía General de Chile, en septiembre de ese mismo año se formó una Junta General Gubernativa del Reino, leal a Fernando VII y al Consejo de Regencia de Cádiz.

En 1779, Tomás Katari se levantó contra los abusos sufridos por su pueblo en las mitas mineras del Alto Perú. Fue apresado y asesinado, pero Dámaso y Nicolás Katari continuaron la rebelión. En Cusco, entre 1780 y 1781 se produjeron levantamientos comandados por Túpac Amaru II.

Estas fueron la revueltas precursoras de la independencia política de los territorios americanos dominados por la Corona española desde el siglo XVI. Todas fueron lideradas por criollos. Pero todas estuvieron precedidas por una rebelión más ambiciosa y radical, realmente revolucionaria, olvidada durante mucho tiempo por la historiografía tradicional, concentrada en exaltar la visión y el heroísmo de Bolívar, San Martín, Artigas, O’Higgins y la larga lista de sus lugartenientes.

En 1779, Tomás Katari se levantó contra los abusos sufridos por su pueblo en las mitas mineras del Alto Perú. Fue apresado y asesinado, pero Dámaso y Nicolás Katari continuaron la rebelión. En Cusco, entre 1780 y 1781 se produjeron levantamientos comandados por Túpac Amaru II. Túpac Katari lideró un ejército de 40.000 hombres, se proclamó Virrey y decretó el exterminio de la “raza blanca”. Invadió Puno y sitió La Paz en dos ocasiones. Fue traicionado y apresado el 9 de noviembre de 1781.

Si las luchas independentistas de Sudamérica necesitaban una proclama (un grito, como dice la historiografía tradicional), la gritaron los Katari y Amaru treinta años antes que el marqués de Selva Alegre, Pedro Domingo Murillo o Bernardo Monteagudo. “…mañana volveré y seré millones,” habría dicho Túpac Katari, poco antes de ser descuartizado por la tropa española.

De la independencia…

Las campañas independentistas de las dos primeras décadas del siglo XIX fueron el punto de llegada de varios factores. El más evidente, la debilidad política del gobierno español, agravada con la invasión bonapartista a la península ibérica. Pero más determinante fue la reforma borbónica del siglo XVIII, que creó los virreinatos del Río de la Plata y Nueva Granada. La Audiencia de Quito se integró a Nueva Granada, el virreinato del Perú perdió poder y la Corona incrementó su capacidad para extraer recursos. Se elevaron los impuestos, se liberó el comercio entre las colonias y prohibió crear industrias o actividades agrícolas competidoras de la producción española. Al oponerse a políticas que bloqueaban lo que hoy se denominaría desarrollo endógeno, la Compañía de Jesús fue expulsada de los territorios coloniales en 1767.

Las reformas borbónicas beneficiaron a las economías de exportación y bloquearon la producción destinada al consumo interno. Alentaron el primer boom del cacao en Guayaquil y el auge de la cascarilla en Cuenca, llevada directamente hacia la Real Botica de Madrid. Pero profundizaron la secular crisis de los obrajes y desmonetizaron la región quiteña, como amargamente se quejó Eugenio Espejo. Entre 1730 y 1803 en la sierra centro-norte del actual territorio ecuatoriano se produjeron 12 sublevaciones indígenas (según un estudio de Moreno Yánez) y otras revueltas urbanas, como la de los Estancos, en 1765.


Al finalizar la tercera década del siglo XIX, España ya había sido expulsada de América (excepto de Cuba). Brasil tuvo una historia diferente. Una pintura del ejército de Nueva Granada.

Se elevaron los impuestos, se liberó el comercio entre las colonias y se prohibió crear industrias o actividades agrícolas competidoras de la producción española. Al oponerse a políticas que bloqueaban lo que hoy se denominaría desarrollo endógeno, la Compañía de Jesús fue expulsada de los territorios coloniales en 1767.

La modernización del Imperio español, anhelada por los borbones, debía financiarse optimizando la explotación de sus colonias americanas, lo que acentuó el descontento social y precipitó las campañas independentistas. De su lado, en 1776 las colonias británicas de América del Norte firmaron su Declaración de Independencia y en 1789 la Revolución Francesa marcó el fin del Antiguo Régimen.

Al finalizar la tercera década del siglo XIX, España ya había sido expulsada de América (excepto de Cuba). Brasil tuvo una historia diferente. En 1808 la corte portuguesa se instaló en Río de Janeiro, huyendo del ejército de Napoleón y en 1815 Juan VI creó el Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve. Con el velado, pero determinante apoyo del Imperio Británico, en octubre de 1822 se creó el Imperio de Brasil, que duró hasta el golpe militar de noviembre de 1889. Los militares liderados por el mariscal Manuel Deodoro da Fonseca proclamaron la República Brasileña y depusieron al emperador Pedro II.     

… a la dependencia

En el siglo XIX la revolución industrial hizo del Imperio Británico la primera potencia mundial. Los ingleses necesitaban ampliar sus mercados, por las buenas o por las malas. El Imperio de Brasil les sirvió de puente y luego de 1806 las invasiones militares inglesas a Buenos Aires marcaron el inicio de una nueva era. Entre 1820 y 1850 las exportaciones hacia Iberoamérica promediaron 2,5 millones de libras anuales. “En toda la región la gente que podía hacer el gasto quería tejidos y cristalería ingleses, vinos y platos franceses, ropa para dama de París y Londres, mobiliario europeo”, relata el experto británico John Lynch.   


En el siglo XIX la revolución industrial hizo del Imperio Británico la primera potencia mundial. Los ingleses necesitaban ampliar sus mercados, por las buenas o por las malas.

Con estas preferencias de consumo vinieron la Ilustración y el liberalismo. El filósofo utilitarista, Jeremías Bentham, afirmó que el comercio entre las ex colonias españolas e Inglaterra solo sería beneficioso si se lo practicaba “en términos iguales y libres en ambos lados.” El tratado comercial celebrado en 1835 entre Gran Bretaña y Venezuela aplicó esta enseñanza: libre circulación recíproca de personas, embarcaciones y cargamentos; ingleses y venezolanos podían viajar con sus barcos de carga y residir en cualquier parte de uno u otro país; la cláusula de la nación más favorecida: cada país aceptaba conceder a los productos del otro el arancel más favorable acordado con cualquier otro país; no se podía cobrar derechos portuarios discriminatorios ni imponer aranceles especiales sobre bienes de los contratantes transportados en embarcaciones de otro país…

En la vida real el utilitarismo de Bentham no es equitativo. La reciprocidad no era aplicable porque los venezolanos no tenían capacidad para ejercer sus derechos, no tenían industria ni flota naviera, y sus exportaciones de productos agrícolas las debían transportar en naves extranjeras. Los británicos disfrutaron de las facilidades para acceder a Venezuela, pero pocos venezolanos pudieron hacer lo mismo en la isla británica. La cláusula de nación más favorecida tampoco los beneficiaba, ya que las colonias británicas del Caribe introducían los mismos productos que ofrecía Venezuela (café, algodón, añil, cacao, azúcar y tabaco), pero con aranceles menores a los de cualquier otra nación más favorecida.

En la primera mitad del siglo XIX los países sudamericanos negociaron tratados de libre comercio buscando el reconocimiento diplomático. En 1842, Juan José Flores firmó un tratado con España: preferencias arancelarias a cambio de reconocimiento internacional.

En la primera mitad del siglo XIX los países sudamericanos negociaron tratados de libre comercio buscando el reconocimiento diplomático. En 1842, Juan José Flores firmó un tratado con España: preferencias arancelarias a cambio de reconocimiento internacional. También negoció con Francia privilegios arancelarios para el cacao, y con Inglaterra un tratado de comercio y amistad que nunca se pudo ejecutar por la mora en el pago de la deuda de independencia. Colombia y Venezuela suscribieron tratados con Francia, Dinamarca, Holanda y España, todos con cláusula de nación más favorecida, lo que en la práctica beneficiaba a Gran Bretaña, el país con la productividad más alta y la flota naviera más eficiente.

Lynch sostiene que los tratados comerciales no fueron esenciales, pero ofrecieron seguridad para el comercio y los comerciantes, estabilidad tarifaria y acceso a los mercados europeos, aunque compitiendo en desventaja con los productos tropicales de las colonias de ultramar. Un hito importante en el tránsito sudamericano hacia el subdesarrollo ocurrió en 1852, cuando el Perú entregó sus recursos guaneros a Anthony Gibbs, el banquero inglés que financiaba al estado peruano y representaba a los acreedores externos.  

A lo largo del siglo XIX la creciente necesidad de bienes manufacturados a bajo costo en Europa implicó al mismo tiempo la carencia de industrias internas. El “imperio informal” de libre comercio e inversiones creado por Gran Bretaña proscribió el proteccionismo. Los europeos subordinaron las economías de los nuevos países a sus propios intereses y nunca alentaron el desarrollo autónomo de las naciones en formación. Y estas no se preocuparon de remover las taras sociales heredadas de la colonia y menos de conformar mercados internos de consumidores, imprescindibles para el desarrollo económico.

En la década de 1950 ya se hizo evidente que el subdesarrollo no es una fase previa al desarrollo, sino un producto histórico del colonialismo y del imperialismo. Y que el rasgo característico de los países capitalistas subdesarrollados es la dependencia que provoca el carácter nocivo de las relaciones económicas internacionales. Estos son los pilares de la teoría de la dependencia, la más fecunda escuela de pensamiento social latinoamericano, a la que aportaron intelectuales de la talla de A. G. Frank, O. Sunkel, F.H. Cardoso, T. dos Santos, R. M. Marini, C. Furtado, A. Pinto, M. Tavares y E. Faletto, entre los más destacados.

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