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18 de Enero del 2016
Historias
Lectura: 22 minutos
18 de Enero del 2016
Ivan Carvajal
Pero la risa no es "servicio público"

Foto: Portada AEDEP

En ensayo de Iván Carvajal, filósofo y poeta fue publicado por la Asociación de Editores de Periódicos.

 

El correísmo ha pervertido la convivencia civil en el país a través de leyes reaccionarias, que contienen disposiciones con claros ribetes totalitarios, leyes que ha impuesto a lo largo de estos años durante los cuales ha tenido la mayoría absoluta de la Asamblea Nacional. Ha corrompido la convivencia social a través del miedo y de un miserable espíritu de sumisión que se ha expandido por amplios sectores de la población ecuatoriana. Con esos instrumentos legales ha perseguido a dirigentes sociales y a jóvenes estudiantes, a los que se ha acusado incluso de terrorismo, de sabotaje, por participar en protestas o en marchas convocadas por organizaciones sociales; ha corrompido el aparato judicial para enjuiciar, sancionar y silenciar a periodistas y medios de comunicación. No, la persecución a caricaturistas no es chiste.

Descargue la versión completa del ensayo de 20 páginas de Iván Carvajal.

I. El espíritu de la comedia

Aunque los monjes benedictinos de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, traman sus mortales intrigas en torno al posible tratado de Aristóteles sobre la comedia, probablemente el Estagirita no escribió tratado alguno sobre un género que consideraba, en el breve espacio que le otorga en su Poética, «mímesis de hombres inferiores». No siquiera imitación de su inferioridad total, de sus vicios, sino, aclara el filósofo, de aquello que en esos seres inferiores resulta risible, es decir, un defecto y una fealdad sin dolor ni daño, como la máscara cómica, que a su juicio es algo feo, retorcido, pero que no causa ni expresa dolor. 

Desde Aristóteles, si es que no antes, la comedia ha sido condenada por filósofos y moralistas, aun por Nietzsche. La teología tiene todavía menos espacio para la comedia y la risa: ¿Se podría imaginar a Yahvé, a Alá o al Dios trinitario jugando cómicamente con los seres humanos?... Inimaginable. Sin embargo, en muchas religiones paganas y en varias mitologías aparecen dioses cómicos o demonios que se ríen de sus trastadas, como también hay danzas, piezas teatrales, cuentos, esculturas y pinturas que representan dioses y demonios entregados a la risa, al carnaval, e incluso a los placeres de la carne. Pero para los austeros filósofos, teólogos y moralistas, de ningún modo la comedia, y con ella la risa, estarían a la altura de la tragedia que, según Aristóteles, es mímesis de lo superior dentro de lo humano. Todavía menos podrían ingresar la risa o la comedia dentro del drama histórico de la salvación. Tampoco la seriedad de los discursos modernos sobre la emancipación humana, o las utopías libertarias o comunitarias, toleran lo cómico…

Y sin embargo la risa es parte esencial de la condición humana. La comedia —esa supuesta mímesis de lo risible en los seres humanos— produce placer, distensión, libera energía. Contiene a menudo una incisiva exploración de lo humano, que deconstruye valores, formas y formalismos sociales. Nada más risible que el rostro austero, que el cuerpo rígido del censor moral, casi siempre encerrado en vestimentas densas y oscuras que encubren por completo la piel cetrina. Nada más cómico que el entrecejo y la voz condenatoria del inquisidor o del comisario político que condena tanto el defecto del «hombre (o la mujer) inferior» como su imitación. Nada más risible que el rictus amargo de quien carece de sentido del humor. Por el contrario, qué placer genera la conversación, el contrapunto con quien es capaz de reírse de sí mismo.

La literatura y el arte no moralizan, no enseñan virtudes —ni religiosas, ni morales, ni cívicas— es decir, no tienen por propósito «educar en valores», como dicen hoy los pedagogos cuando quieren aparecer profundos, inspirados.

En el ámbito tan serio del pensamiento filosófico, hubo que esperar a Bergson y a Freud para que se intentara comprender la risa y sus mecanismos «corporales» y «espirituales». Y hubo que esperar a un brillante estudioso ruso del lenguaje y la literatura, perseguido durante el estalinismo, Mijail Bajtin, para que al fin la comedia tuviese su lugar en la poética. Para Bajtin, el espíritu de la comedia, y más específicamente la ironía y la sátira, son las raíces del género literario narrativo moderno por excelencia, la novela.

Hay un lugar común sobre El Quijote que dice que la primera lectura provoca la risa del lector, pero que la segunda incita al llanto. Como todo lugar común, contiene una pizca de verdad: en la segunda lectura, el compromiso del lector, que rememora lo que va a ocurrir en la historia, desata la compleja red de sentido que entraña semejante proeza literaria. El lector, a menos que sea un pacato moralista, aunque seguramente llorará en algunos pasajes de la novela a causa de las desdichas del hidalgo manchego y su amigo Panza, sea con lágrimas que rodarán de sus ojos, sea con lágrimas internas, seguirá riendo con sus despropósitos, con sus confusiones, sus dichos, su desbordante imaginación o locura. ¿Quién no ríe con los excelsos disparates de Gargantúa o Pantagruel? ¿O con las terribles aventuras de Gulliver? Y, también es cierto, ¿quién no sufre con Gulliver al ver esos despreciables seres, los yahoos, tan semejantes a seres humanos, sometidos a la esclavitud de unos caballos que parecen haber realizado la utopía de una sociedad racionalista?… Un rebaño de despreciables yahoos…

La literatura y el arte no moralizan, no enseñan virtudes —ni religiosas, ni morales, ni cívicas— es decir, no tienen por propósito «educar en valores», como dicen hoy los pedagogos cuando quieren aparecer profundos, inspirados; valores que no pueden ser otros que los dominantes, los consagrados en una sociedad o en una cultura, es decir, justamente aquellos que deben ser criticados, deconstruidos, desmantelados. Por el contrario, la función del arte y la literatura consiste en poner en crisis los valores, en colocar la condición humana bajo examen en situaciones diversas y probables, exhibiendo en ellas «el bien» y «el mal», el goce, el placer, el dolor, la angustia, la desolación, la solidaridad, el crimen, los bajos instintos, el amor, el odio, la cobardía, la valentía, la derrota, los malos entendidos…

Las obras artísticas o literarias problematizan, escandalizan, «remueven las conciencias», despliegan las fuerzas vitales de lectores, espectadores o auditores. Hay, no obstante, quienes no ríen con las disparatadas aventuras de los personajes rabelesianos, quienes no abandonan sus rictus tenebrosos y austeros con El Quijote. Quienes detestan la mise en abîme del sentido. Quienes se escandalizan con los cómicos, con los delirantes juegos lingüísticos de un Trespatines y su compinche el Tremendo Juez, o con los gags y las frases inconclusas de un Cantinflas. Quienes huyen de Chaplin, de los hermanos Marx. Hay serios que son muy serios, espantosamente serios. Hay individuos que antes reían a carcajadas del rey Ubu y hoy se ponen serios y acartonados cuando tienen ante sí a caudillos que se le parecen. Hay individuos que jamás se ríen de sí mismos, en ninguna circunstancia. O tal vez sí, cuando estando al servicio de algún amo, de algún soberano, tienen la obligación de reírse de los sarcasmos e improperios que este pronuncia sobre sus enemigos o sobre ellos mismos, sobre sus defectos, sus fealdades o sus máscaras de sumisos moralistas y obsecuentes servidores. Y es entre esta ralea de moralistas serviles donde suelen encontrarse los censores tan útiles al poder. Los encargados de perseguir la risa, la ironía, el humor que «amenazan» al poderoso. O a los valores morales consagrados, dominantes, que son los del poder. Porque el autoritarismo nos quiere estúpidos, sumisos. Y la risa es muestra de salud, de inteligencia, de buena disposición anímica, de energía. Quien es capaz de reírse de sí mismo es libre, es sabio.

II. El poder autoritario nos quiere estúpidos

Bonil es artista, dibujante, caricaturista. Bonil está «obligado», en tanto caricaturista, a recurrir a la sátira, a la ironía, a la broma, está involucrado en los juegos de la crítica, en la demolición de valores, costumbres, hábitos. Bonil está «obligado», ante quienes esperan sus dibujos, incluso a la irreverencia. Si no lo hiciera, simplemente no sería caricaturista. ¿Qué es una caricatura? Las dos primeras entradas del diccionario de la RAE —hay que citarlo, no queda otra, para que se enteren los censores— señalan que es un «dibujo satírico en que se deforman las facciones y el aspecto de alguien», o una «obra de arte que ridiculiza o toma en broma el modelo que tiene por objeto». Sátira, broma y hasta ridiculización artística. Pero hoy, bajo el régimen político que el correísmo nos ha impuesto a los ecuatorianos, justamente es esa condición del trabajo artístico del caricaturista lo que se ha tornado objeto de acción policial, de persecución judicial, de control y sanción.

El 28 de diciembre de 2015, «día de inocentes», es decir, en el Ecuador, día de la broma, de la inocentada, del juego que nos permite burlarnos del prójimo, aparece en el diario El Universo un dibujo de Bonil. Dos mujeres, una de ellas pregunta a la otra, que está embarazada: «¿Y qué será? ¿Varón o mujer?». La embarazada responde: «No sé. Hay que esperar a ver qué escoge en la cédula.» ¿Hay algo más «inocente» que este dibujo? Por cierto, la caricatura aparece en medio de un debate semántico, legal y político acerca de las diferencias entre «sexo» y «género», en relación con el registro del estado civil de las personas. El caricaturista juega, como es obvio, con la ambigüedad o la polisemia de la palabra «sexo», a semejanza de lo que hacían muchos jóvenes de ambos sexos hace unos años al llenar los formularios de ingreso a las universidades. Cuando se encontraban con la pregunta «sexo», muchos jóvenes contestaban alegremente, haciéndose los inocentes, «todos los días de la semana».

Tampoco es inocentada que en el Ecuador se acuse, se encarcele y se enjuicie por terrorismo a un chofer contratado para transportar en su camioneta un borrego de trapo verde destinado a ser quemado en un juego semejante a la quema de monigotes de año viejo.

¿De quién se ríe Bonil o de quién nos reímos cuando vemos la caricatura? ¿De la madre? ¿Del niño que está por nacer? Niño que, aparte de su sexo, que es condición que viene dada de manera «natural», azarosa, desde el momento de la fecundación —varón o mujer, o en términos biológicos, macho o hembra—, más tarde, cuando «sea grande», adolescente, joven, o aun más tarde, cuando sea adulto, tendrá sus orientaciones, sus opciones, sus formas de realización de su sexualidad que no se encasillan en la alternativa «varón o mujer». ¿No es acaso esta opción o condición la que indica un uso reciente del término «género», adoptando para ello el significado de la palabra inglesa «gender»? La caricatura juega con esos desplazamientos de sentido entre el dato inmediato del sexo del niño que está por nacer, varón o mujer, y el dato futuro relativo a la identidad sexual, o como se dice hoy, de «género», que solo se sabrá en el futuro, y que se manifestará en su declaración, cuando deba obtener su documento de identidad. ¿A quién denigra, discrimina, hace violencia este juego? Sin embargo, no ha faltado un representante de una organización de defensa de los derechos de personas GLBTI, que no solamente se ha sentido ofendido por la caricatura, sino que ha considerado que es discriminatoria, y por consiguiente ha puesto una denuncia en la Superintendencia de Control de la Información y la Comunicación —Supercom—, contra el caricaturista y El Universo, que ya anteriormente han sido sancionados por otro supuesto mensaje «discriminatorio».

No sé si quien ha presentado esta denuncia contra Bonil es partidario o funcionario del correísmo. Puede no serlo. No obstante, de lo que se trata es que el correísmo ha pervertido la convivencia civil en el país a través de leyes reaccionarias, que contienen disposiciones con claros ribetes totalitarios, leyes que ha impuesto a lo largo de estos años durante los cuales ha tenido la mayoría absoluta de la Asamblea Nacional. Ha corrompido la convivencia social a través del miedo y de un miserable espíritu de sumisión que se ha expandido por amplios sectores de la población ecuatoriana. Con esos instrumentos legales ha perseguido a dirigentes sociales y a jóvenes estudiantes, a los que se ha acusado incluso de terrorismo, de sabotaje, por participar en protestas o en marchas convocadas por organizaciones sociales; ha corrompido el aparato judicial para enjuiciar, sancionar y silenciar a periodistas y medios de comunicación. No, la persecución a caricaturistas no es chiste. Tampoco es inocentada que en el Ecuador se acuse, se encarcele y se enjuicie por terrorismo a un chofer contratado para transportar en su camioneta un borrego de trapo verde destinado a ser quemado en un juego semejante a la quema de monigotes de año viejo u otras fiestas donde las llamas consumen simbólicamente lo viejo para que surja lo nuevo. A lo que se persigue en este caso es a la alegría que produce quemar simbólicamente a los asambleístas de mayoría, quienes al inicio mismo de su mandato renunciaron a su condición de representantes de la ciudadanía para someterse a la «disciplina partidista», que no es otra cosa que servidumbre incondicional al caudillo —¡y a ese sometimiento incondicional tuvieron el cinismo de llamar «código de ética»!— de ahí que sean mirados como miembros de un rebaño borreguil.

La Ley de Comunicación aprobada en el 2013 por tal mayoría de la Asamblea Nacional creó un órgano inquisitorial: la Superintendencia de Control de la Información y la Comunicación. La Supercom está para moralizar al país, está para imponer el control sobre los mensajes, para saber cuándo una broma deja de ser broma y se convierte en ofensa o en «incitación a prácticas o actos violentos basados en algún tipo de mensaje discriminatorio», como dice semejante engendro legal. Ni más ni menos.

¿Qué discriminación, qué violencia puede derivarse del dibujo de Bonil? El asunto es que ello no cuenta para nada. Bonil ya fue perseguido y sancionado con argumento semejante por dibujar a un asambleísta «afroecuatoriano» a quien sus colegas gobiernistas le encomendaron la tarea de plantear alguna propuesta o moción, y que fue incapaz de leer el documento que le entregaron para tal fin. Se acusó al caricaturista, no de burlarse del analfabetismo del asambleísta, como podría suponerse, sino de «racismo», de «discriminación racial». ¿Será posible burlarse en una caricatura de un asambleísta «blanco-mestizo» que no sepa leer un documento de media página? No sabemos si eso resultará punible a juicio de la inquisición del siglo XXI, pero ahora sabemos que no se puede caricaturizar a un «afroecuatoriano», y seguramente tampoco a un «indígena» gobiernista —para decirlo en lenguaje «políticamente correcto»— porque tal caricatura será considerada de inmediato como discriminatoria, o aun peor, como incitación a la violencia…

Bonil ha sido víctima de una persecución permanente por parte del correísmo. Lo hostigan, lo acosan, lo acusan, y lo seguirán hostigando sin cuartel, al menos hasta que termine este gobierno.

Bonil ha sido víctima de una persecución permanente por parte del correísmo. Lo hostigan, lo acosan, lo acusan, y lo seguirán hostigando sin cuartel, al menos hasta que termine este gobierno. Como acosarán a El Universo y a todo medio de comunicación que mantenga una línea crítica o cuando menos independiente frente al régimen, no solo frente al gobierno, sino frente la mayoría de la Asamblea, el aparato judicial, el Tribunal Constitucional, el Consejo Nacional Electoral, el llamado Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, todo el andamiaje del régimen correísta... ¿Con qué clase de instrumento jurídico, deben preguntarse fuera del Ecuador, es posible que se persiga a un dibujante bajo el supuesto de que una caricatura es un «mensaje discriminatorio»? ¿Cómo puede funcionar un aparato inquisitorial a estas alturas, para que se sancione con multas y cárcel a los humoristas?, deben preguntarse sorprendidos los lectores de Charlie Hebdo que se enteren de estas persecuciones. ¡Ah, caricaturistas del mundo, reíos! ¡Indignaos!... Aunque no cabe esperar solidaridad alguna de aquellos jefes surgidos de los indignados europeos, que miran hacia otro lado cuando se trata de las persecuciones que emprenden los «gobiernos progresistas» de estos lados del mundo contra estudiantes, caricaturistas, periodistas o simples portadores de un muñeco con petardo, destinado a ser quemado en una fiesta o en una protesta de los indignados de acá.

¿Cómo es posible que un tribunal de la inquisición de la supuesta revolución ciudadana condene a multas y rectificaciones a periodistas y a periódicos, radioemisoras o televisoras locales porque no informan sobre lo que los funcionarios del gobierno central o de los gobiernos locales quieren que se informe —en un país donde al mismo tiempo el caudillo dispone que ninguno de los funcionarios subalternos, incluidos los ministros, proporcione información alguna a los medios? No, no es broma. No es caricatura. Como no es broma que se enjuicie y se sancione a medios que se equivocan de horario y pasan programas que resultan inconvenientes, discriminatorios o no veraces, a juicio del aparato policial-inquisitorial integrado por la Supercom, la Secretaría Nacional de Comunicación y el Consejo de Regulación y Desarrollo de la Información y la Comunicación… —¡Vaya nombres tan explícitos para su finalidad: establecer el Estado de propaganda, ejercer la censura y la persecución a los críticos, los disidentes, los que cuestionan al régimen y sobre todo al caudillo!, ¡para perseguir a los que atentan contra la moral y las buenas costumbres, cómo no! Supercom, Secom, Consejo de Regulación y Desarrollo— .

No hay duda de que el Estado, de que el régimen correísta, velan por la moral, las buenas costumbres. No hay ciudadanos, hay un rebaño que debe ser protegido, educado, informado de lo que a juicio del poder debe ser informado, y no más. Roberto Aguilar, el estupendo cronista de este periodo del régimen correísta, ha llamado «Estado de propaganda» a este Estado benefactor, que cuida de la salud moral y de la corrección-sumisión política del rebaño. Porque la educación e información del rebaño provienen de la propaganda oficial, de las sabatinas, de los discursos de recepción de los doctorados honoris causa que otorgan al caudillo, de las agobiantes e interminables cadenas que se trasmiten por las radiodifusoras y televisoras, todos los días, en distintos momentos del día.

Así, el Estado se encarga de definir qué conviene escuchar o ver o saber, y a qué hora. Los censores escarban. Aquello que cae bajo sospecha pasa a «expertos en semiótica», que adivinan las perversas intenciones de los caricaturistas o de los articulistas que esconden su maldad en frases marcadas por verbos en condicional. Detrás de «podría ser» el policía-semiólogo sabrá cuándo se encubre un «es». Para eso sirven las experiencias de las policías políticas. Hay que proteger a los menores de edad, a las mujeres, a las personas de la tercera edad: no se espere de ellos discernimiento… No individuos, no personas críticas: se quiere un rebaño. Ya tenemos quienes piensan y deciden por nosotros. Ya tenemos quienes vigilan para que no se atente contra la moral pública, ya tenemos los guardianes de la verdad… Nos quieren sometidos, adocenados, obedientes. Nos quieren estúpidos.

El ensayo completo de Iván Carvajal, editado por la Asociación de Editores de Periódicos, puede bajarse aquí.

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