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18 de Agosto del 2019
Historias
Lectura: 13 minutos
18 de Agosto del 2019
Redacción Plan V
La vida nómada de los refugiados colombianos en Ecuador
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Fotos: Luis Argüello

Mujeres jóvenes con sus hijos pequeños abandonaron su país por amenazas y la violencia. Algunos de los menores pasaron semanas al aire libre y se enfermaron. 

 

Un centenar de refugiados colombianos pidieron desde junio el reasentamiento, es decir la reubicación en un tercer país. Expulsados por el conflicto colombiano aseguraron que en Ecuador también fueron amenazados. Pero ante además se encontraron con un país racista y que maltrata a los extranjeros. Unos grupos decidieron abandonar el país y seguir en busca de un mejor destino.

En una pequeña escuela en el sur de Quito, decenas de familias se alistaban el pasado miércoles para volver a la incertidumbre. Son refugiados colombianos que han renunciado a esa condición porque ya no se sienten seguros en Ecuador. O son recién llegados del país vecino expulsados por el post conflicto. De ellos casi nadie habla. Salieron hace uno o máximo dos años de su país porque aseguran que la violencia los estaba por alcanzar. O simplemente llegó a sus poblaciones. Sus familiares han sido asesinados o sus hijos mayores han tenido que ocultarse para evitar ser reclutados por grupos armados que se disputan el negocio de narcotráfico.


Mujeres salieron de su país solas y acompañadas. Dicen que la única opción de trabajo que tuvieron fueron las ventas ambulantes. Denunciaron también maltrato. 


En una escuela del sur de Quito, cientos de refugiados y desplazados por el conflicto colombiano no sabían qué rumbo tomar. Para ellos, Ecuador es un país inseguro.

En esa escuela, que les dio posada por dos semanas, el pasado miércoles las familias volvían a hacer maletas. Hasta allí llegaron después de que se juntaran cientos de colombianos al frente de las oficinas de la Acnur, en Quito, en junio pasado. Fue una protesta que derivó en una acampada para exigir protección internacional y que sean enviados a otro país que les garantizara mayor seguridad. Pasaron en la calle, bajo improvisadas carpas, varias semanas. El grupo fue creciendo hasta llegar a las 80 personas. Pero en la madrugada del 4 de julio, fueron desalojados violentamente y enviados a hoteles de la ciudad. La Junta de Protección de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes activó cinco albergues en Quito para su estancia temporal. Pero a las pocas semanas se vio nuevamente las imágenes de cómo les quitaban los colchones para que dejen esos espacios. Entonces creyeron que la iglesia Santa Teresita era una opción para pasar la noche. Pero el procurador del lugar les informó que la iglesia era privada y que nada tenía que ver con la caridad. 

Fue así como llegaron a la escuela. Un centenar de personas durmieron en aulas e instalaciones con techo que existen en el centro. Otros durmieron bajo carpas de plástico con sus niños. Pernoctar a la intemperie les provocó gripe y tos, pues agosto es uno de los meses con los vientos más fuertes del año. Cocinaron con leña las provisiones que recibieron de donantes y organizaciones sociales. Pero otra vez debían dejar la escuela, pues se aproximan las clases. De tanto peregrinaje, algunas familias estaban decididas a buscar protección por sí mismas e irse. No sabían aún a donde o prefirieron no revelar su destino por seguridad. Sostienen que han visto en Quito a miembros de grupos paramilitares y de los Águilas Negras. 

Es el caso de Vannesa, de 22 años, está desde febrero en Quito huyendo de las amenazas en su natal Valle del Cauca. Ese miércoles barría la basura que había en su puesto para dejar limpio el espacio donde pasó las últimas noches. Sobre un colchón donado durmió con su familia. Llevan meses durmiendo en el suelo como otros refugiados más que los acompañan. Ella llegó con su niño de dos años y su esposo. Pensó que Ecuador les daría protección. La mismas bandas de Colombia han llegado a perseguir a las familias, asegura. “Ecuador no revisa las maletas (de quienes ingresan), si tienen pasaporte o no, como sea pasan”. La Acnur le ofreció 170 dólares como apoyo a su permanencia y para que se integrara a la sociedad ecuatoriana. Ella no lo aceptó al inicio porque eso no era garantía alguna para su seguridad. Pero ahora que ha tomado la decisión de irse, recibió el dinero. Aquel día doblaba la ropa de su bebé para dejar lista su maleta que solo tienen ropa y los últimos víveres donados. 

Llegó después de que dos hermanos suyos fueron asesinados en Buenaventura. Él aún guarda esos informes de la Fiscalía colombiana que certifican que los crímenes fueron cometidos por paramilitares.

Pero en las maletas también van documentos. Aydee se lleva dos carpetas repletas de documentos con su historial migratorio. Entre ellos está una hoja de HIAS, organización que trabaja con Acnur,  en que ella acepta 120 dólares para dos personas para fomentar la integración local. “A uno lo lanzan a la calle a pedir limosna. Cuando uno llega a Acnur, este lo direcciona a HIAS, que nos mandó a albergues. Me dijeron vaya a los hoteles y pidan colchones, que son los que sacan a botar. Eso es indigno”. La mujer afrodescendiente se ha ganado el sobrenombre de la tía porque sus connacionales la ven como una familiar. Ella sabe que en Ecuador se discrimina por raza y por nacionalidad. A ella mismo Ecuador le ha cerrado las puertas. Dice que los ecuatorianos solo contratan a ecuatorianos. Y si logran un empleo, no pagan. O se quedan con el dinero. Por unirse a la protesta dejó el cuarto que estaba arrendando, pero su casero no le devolvió el anticipo que entregó. “En toda parte le violan los derechos a uno”. 

Se van también con el reclamo a las autoridades ecuatorianas por no hacer nada ante sus denuncias en la Fiscalía. Hace un año le robaron una maleta con dinero. Pero la Policía respondió que eso pasa todo el tiempo y que no se puede hacer nada. “Vea, en Colombia nosotros nos ganamos la plata con el sudor de nuestra frente, no estamos enseñados a vivir de los demás”.  Cuenta que tenía una tienda de víveres, pero le balearon las ventanas por vacunas (extorsión a los negocios). 


Acnur Ecuador sostuvo que no podía reasentarlos porque eso depende de la voluntad de un tercer país. Su propuesta para los refugiados era que se reintegren a la sociedad ecuatoriana. 

Pero por ser extranjeros tampoco les reciben las denuncias. Abelardo dice que pasó todo un día buscando una Fiscalía que le recibiera una denuncia contra policías que lo maltrataron. Él es refugiado, pero renunció a ese estatus. Llegó después de que dos hermanos suyos fueron asesinados en Buenaventura. Él aún guarda esos informes de la Fiscalía colombiana que certifican que los crímenes fueron cometidos por paramilitares. Dice haber sido reconocido por víctima del conflicto colombiano. Vino solo al Ecuador antes de traer a sus cuatro hijos. Pero él asegura haber visto a los hombres que lo amenazaron en su tierra natal. 

Los niños han perdido clases. De las 106 personas que había hasta la semana pasada en la escuela, 45 eran niños de entre ocho meses y cinco años. Sus padres dicen que los menores han pasado estresados por no estar en un lugar donde puedan establecerse. Corredores migratorio, el colectivo Atopia y Casa Machánkara, organizaciones que han seguido la situación de este grupo desde junio, registraron que en el grupo estaban cinco mujeres embarazadas y un adolescente no vidente. La gran mayoría son desplazadas por el conflicto colombiano, pero han vuelto a ser amenazadas en Ecuador. Alertaron el estado de indefensión de las familias y sus niños. 

Se dedicó a vender aguas y jugos. “Empezando por un racismo terrible. Cuando eres negro te tratan mal. Te dicen: negro asqueroso, vete a tu país.

Es el caso de Sandra, quien tiene cuatro hijos. El mayor de ellos, de 24 años, fue reclutado por los paramilitares, pero se fugó. Desde entonces, el joven está escondido y su madre llegó al Ecuador con los tres niños pequeños. Dos hombres en una moto preguntaron por ella cerca al lugar donde vivía y luego esos hombres fueron hasta el colegio de los niños. Al tiempo, le llegó un panfleto con las fotos de los lugares donde frecuentaba. Pero en Acnur, asegura, no le creyeron. Sandra ha sido agredida por ser extranjera y su única opción de trabajo han sido las ventas ambulantes. “Necesito hacer algo. Porque mi hijo está por cumplir un año como una rata, escondido”. 

Marlene es otra mujer desplazada. Salió de Buenaventura y llegó a Ecuador en octubre de 2018. Tiene una hija de tres años y con su esposo arrendó un cuarto en el sur de Quito. En su caso, recibió amenazas del grupo las Águilas Negras, integrado por paramilitares implicados en narcotráfico. Dice que en el centro de Quito vieron a uno de ellos. “Si aquí ya nos encontraron se imagina si vamos a otra provincia, va a pasar lo mismo”. En la Policía les dijeron que saben eso, pero que no pasa nada. 


Los refugiados recibieron donaciones de alimentos, colchones y cobijas. Asimismo se sintieron rechazados. Esto último sucedió en la iglesia Santa Teresita que nos los recibió porque su procurador dijo que era una iglesia privada. 

Ingrid tiene un año en el país y también renunció al refugio. También recibió un panfleto y una llamada amenazante. A ella le tocó también la calle para encontrar el sustento para su familia. Es enfermera, pero no halló opciones para ejercer su profesión. Se dedicó a vender aguas y jugos. “Empezando por un racismo terrible. Cuando eres negro te tratan mal. Te dicen ‘negro asqueroso, vete a tu país’. En otros trabajos me han dicho: ‘negros no contratamos porque bajan la clientela’. Cuando se unió al grupo y fue trasladada a los hoteles dice que la violencia los siguió. Dos hombres armados llegaron al lugar y fueron detenidos. Y hubo un intento de violación contra una menor de edad. Ingrid explica así su lucha: “no se trata de dinero sino de que estamos en peligro”. 

Acnur Ecuador respondió el pasado 2 de agosto a las críticas. En un comunicado sostuvo que buscó dar soluciones al grupo de refugiados que demandaba ser reubicado a países europeos o Canadá. Pero agregó que no fue posible establecer un diálogo individualizado con las mismas después del desalojo del 4 de julio. Informó que en los albergues temporales las familias fueron entrevistadas con el objetivo de iniciar programas destinados a facilitar su integración local. Acnur lamentó que ayuda solo haya sido aceptada por dos familias. Para el organismo internacional era imposible reubicar a las familias en el extranjero. “La determinación de los cupos y criterios de reasentamiento, así como la decisión de aceptar a un refugiado, depende de los países que implementan este tipo de programas y no del Acnur”. De ahí que para el organismo hubo información incorrecta sobre el reasentamiento que levantó falsas expectativas de los refugiados. 

A Glenda, de 40 años, aún no le han aceptado el refugio en Ecuador para sus siete hijos y tres nietos. Son de Buenaventura donde las fronteras invisibles volvían cualquier mal paso en un riesgo. Se refiere a los territorios que marcan los grupos armados dentro de los barrios. Si alguien se pasa a una calle que no le corresponde, lo amenazan con una pistola en la cabeza. En Quito su peor experiencia fue cuando su hija dio a luz en la maternidad. No le dejaron ver al recién nacido por cuatro días y no recibió información sobre el estado de su hija. Se sintió maltratada. 

Después de dejar la escuela, los refugiados empezarán otra travesía. Dicen que ni Perú ni Chile son opciones porque el crimen organizado ha extendido sus tentáculos hasta allá. Han sido desplazados dentro de Colombia y dentro de Ecuador. No tienen mejor manera para definirse que nómadas.  

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